Silla 34

24 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Una silla lejana…

La silla que Zacarías no usa

El libro de Zacarías, 410 a.C., está en el Antiguo Testamento y el Tanaj judío. Lo llaman así porque su autor, el profeta Zacarías, recopiló en él visiones y oráculos, anteriores y posteriores al exilio. No pensaba en ese libro y menos en Zacarías el profeta aquella tarde de domingo cuando, por fin, encontramos el restaurante del que habíamos escuchado hablar y nos habían recomendado pero ignorábamos dónde quedaba. Se trata de un local estrecho y profundo con mesas, quizá ocho o nueve, para cuatro y para tres sillas blancas despintadas según una moda que se impone y seguramente tiene poco de árabe. Desde la puerta de doble batiente, alta y transparente, vimos una familia numerosa, suficientes comensales para fundir dos mesas en una. Cerca de la puerta nos recibió un hombre alto, delgado, de pelo quieto, entrecano, mirada vivaz y sonrisa permanente. Nos indicó una mesa para tres más allá de las ocupadas por la familia, en la parte estrecha del local, frente al afiche de una mezquita que cubría la pared del piso al techo. El hombre nos señaló la número cuatro y agregó que su nombre era Zacarías. El trajín de atender las mesas, revelar el origen de las especias traídas especialmente del Medio Oriente, de donde él es originario, explicar la composición de los platos; sonreír a unos y otros; subir y bajar escaleras porque la cocina está en el segundo piso; mostrar elixires, jabones y perfumes que promueven la buena energía, la paz, el sueño y sobre todo rejuvenecen la piel y previenen la caída del pelo, expuestos para la venta en dos vitrinas a un costado del salón, no le daban respiro y como su voz tenía el tono de la profecía su nombre parecía hecho a la medida para él. Cuando su mujer apareció en escena, bajó de la cocina para organizar platos o gestionar detalles, aproveché para preguntarle si tenía picante, sonrió, desapareció y regresó con una bandeja pequeña donde venían, en dedales de cerámica, ajíes en orden del menos picante, uno de cacao, al más picante, una mezcla de marroquí y mexicano. Entretanto Zacarías conversaba con los clientes, dejaba en cada mesa pedazos de conversación que después recuperaba entre servicios. En alguno de esos trozos le escuché mencionar a Casablanca, me pareció difícil, entonces, no recordar el idilio de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart truncado por la guerra en ese puerto e imaginar, premonición del profeta, que de un momento a otro como en la taberna de Rick, aparecería el moreno Sam cantando “… As time goes by…”. Por supuesto la Taberna de la película solo pasó por mi imaginación, el local era de por aquí, cercano, con nombre de rosa y azafrán y sillas, taburetes, en los cuales Zacarías no se sentaba porque el trajín le dejaba tiempo solo para conversar de pie. El picante me acompañó el resto de la tarde, lo mismo que la sensación de haber estado en un lugar que no era como lo había imaginado…

Hechos…

La silla Trona, tiene el asiento elevado con una repisa frontal donde los padres sientan los bebés para que puedan comer a la altura de la mesa como sus mayores.

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

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