Silla 36

7 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… La lámina y la silla…

La huella

El tiempo no pasa en vano, dicen. Me crucé, muy de mañana, en el pasillo de una casa ajena con algo que no debió dejarme dudas respecto al tiempo que pasa. Su huella es indeleble. La lámina, con marco de madera, del arriero cargando la mula con sacos de café, colorida y luminosa como una mañana de verano en otra época, era, en ese momento, azul, pálida, después de pasar horas, días, quizá meses, en un lugar donde la luz del sol fue inclemente. La silla de mimbre también tuvo épocas mejores, no debió pasar horas a la luz del sol en algún pasillo al borde de un patio pero si soportó el peso cada día mayor, supongo, del dueño o la dueña de casa. Ambas, lámina y silla, viven con la huella del tiempo presente. El tiempo es cosa seria. Nos mantiene pendientes de sus argucias y desplantes. Que el tiempo pase tiene poco o mucho de bueno, su martillar sin reposo abruma o exalta. Hace años, he ahí el tiempo, me detuve frente a una vitrina donde un aparato que nunca había visto marcaba un movimiento. No era un reloj cualquiera, en caso de que hubiera sido uno, ni siquiera era digital. Se trataba de una canaleta metálica, brillante, por donde una esfera del mismo material y diámetro de la canaleta se deslizaba con ritmo continuo; los tramos, cortos e iguales, unos diez, se inclinaban a medida que la esfera los recorría; al llegar al final de un tramo el peso de la esfera invertía la inclinación y, sin detenerse, recomenzaba el movimiento en el siguiente. Un sin fin parecido al tiempo. Llegué a la vitrina de día. Sin notarlo y sin que la esfera se detuviera bajo el impulso de su propio peso, la noche cayó. El tiempo se deslizó, como la esfera en la canaleta y marcó su huella entre el día y la noche. No hace mucho escuché esta conversación en una mesa vecina: “¿qué horas son? fue la pregunta. Las horas no son, las horas pasan, fue la respuesta. ¿Qué horas pasan? insistió el que pregunta. No sé respondió el otro, como no las escucho pasar, no sé por dónde ni cuándo pasan, nunca las he visto pero dejan huella y por eso las reconocerá, agregó.”

Hechos…

… La Silla Butaque, parece una adaptación de la silla de la Savonarola y de otra de origen español. Se dice también que la Butaque tiene origen en otra silla de montar femenina llamada jamuga o de tijera…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Anuncios

Silla 34

24 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Una silla lejana…

La silla que Zacarías no usa

El libro de Zacarías, 410 a.C., está en el Antiguo Testamento y el Tanaj judío. Lo llaman así porque su autor, el profeta Zacarías, recopiló en él visiones y oráculos, anteriores y posteriores al exilio. No pensaba en ese libro y menos en Zacarías el profeta aquella tarde de domingo cuando, por fin, encontramos el restaurante del que habíamos escuchado hablar y nos habían recomendado pero ignorábamos dónde quedaba. Se trata de un local estrecho y profundo con mesas, quizá ocho o nueve, para cuatro y para tres sillas blancas despintadas según una moda que se impone y seguramente tiene poco de árabe. Desde la puerta de doble batiente, alta y transparente, vimos una familia numerosa, suficientes comensales para fundir dos mesas en una. Cerca de la puerta nos recibió un hombre alto, delgado, de pelo quieto, entrecano, mirada vivaz y sonrisa permanente. Nos indicó una mesa para tres más allá de las ocupadas por la familia, en la parte estrecha del local, frente al afiche de una mezquita que cubría la pared del piso al techo. El hombre nos señaló la número cuatro y agregó que su nombre era Zacarías. El trajín de atender las mesas, revelar el origen de las especias traídas especialmente del Medio Oriente, de donde él es originario, explicar la composición de los platos; sonreír a unos y otros; subir y bajar escaleras porque la cocina está en el segundo piso; mostrar elixires, jabones y perfumes que promueven la buena energía, la paz, el sueño y sobre todo rejuvenecen la piel y previenen la caída del pelo, expuestos para la venta en dos vitrinas a un costado del salón, no le daban respiro y como su voz tenía el tono de la profecía su nombre parecía hecho a la medida para él. Cuando su mujer apareció en escena, bajó de la cocina para organizar platos o gestionar detalles, aproveché para preguntarle si tenía picante, sonrió, desapareció y regresó con una bandeja pequeña donde venían, en dedales de cerámica, ajíes en orden del menos picante, uno de cacao, al más picante, una mezcla de marroquí y mexicano. Entretanto Zacarías conversaba con los clientes, dejaba en cada mesa pedazos de conversación que después recuperaba entre servicios. En alguno de esos trozos le escuché mencionar a Casablanca, me pareció difícil, entonces, no recordar el idilio de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart truncado por la guerra en ese puerto e imaginar, premonición del profeta, que de un momento a otro como en la taberna de Rick, aparecería el moreno Sam cantando “… As time goes by…”. Por supuesto la Taberna de la película solo pasó por mi imaginación, el local era de por aquí, cercano, con nombre de rosa y azafrán y sillas, taburetes, en los cuales Zacarías no se sentaba porque el trajín le dejaba tiempo solo para conversar de pie. El picante me acompañó el resto de la tarde, lo mismo que la sensación de haber estado en un lugar que no era como lo había imaginado…

Hechos…

La silla Trona, tiene el asiento elevado con una repisa frontal donde los padres sientan los bebés para que puedan comer a la altura de la mesa como sus mayores.

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 14

6 abril, 2019 § Deja un comentario


… Una buena silla siempre tiene dueño…

Fuera de lugar

De regreso a casa la vi recostada a un árbol. El “fuera de lugar” sucedió cuando, después de distinguirla a unos veinte o treinta pasos, después de imaginar que alguien, desde allí, mira la gente pasar, llegué frente a ella y seguí mi camino como si debajo de aquel árbol no hubiera nada. Alcancé a alejarme unos quince metros cuando un impulso inesperado, ¿…y por qué no tomo una foto…? me hizo volver sobre mis pasos y hacer la foto aun a riesgo de un accidente, pues para lograrla debía retirarme casi hasta la mitad se la calle. Se trata de una silla en bambú trabajado, con cojinería blanca y negra en diagonal a la que falta el asiento. No dudo que es una silla cómoda para observar o escuchar, incluso es cómoda para responder alguna pregunta pero no es una silla para mirar televisión. Las costumbres cambian; la tecnología o el estrés, hacen que la mayoría prefiera ver la tele acostado o, a medio acostar en otro tipo de sillón. Ésta no es para eso. Cuando la vi a lo lejos o cuando pasé a su lado sin detenerme me pareció ver a alguien sentado en ella. Era un hombre de edad promedio que en un momento de intensidad o de “fuera de lugar”, sacó la silla de su casa y dejó en la sala, se trata de una silla de sala, un vacío difícil de llenar. Debemos conseguir una igual a la que Julio se llevó, con ese nombre imagino al hombre sentado en ella, dijo su mujer, o comprar muebles nuevos, agregó con tranquilidad. Julio se llevó la silla, “su silla” porque estaba cansado de ver lo que no quería ver y oír lo que no quería oír. Llevó la silla debajo del árbol, no dijo cuál o dónde, y con la tranquilidad de quien ha logrado su objetivo pasa en ella días enteros. En ocasiones da un paseo con el cojín de asiento bajo el brazo para que nadie se siente en ella y estirar las piernas, en uno de ellos hice la fotografía, y regresa a su puesto con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a molestarlo porque no responde o porque se queja de las telenovelas, repetitivas, siempre iguales, que su mujer ve en la televisión. Cada día Julio se queda hasta más tarde en la silla bajo el árbol. Cada día, por supuesto, llega más temprano a su silla bajo el árbol. No se sabe qué tan lejano está el día en que no regrese a casa. Quizá ese día nadie eche de menos su presencia…

Hechos…

… Dantesca llamó Girolamo Savonarola, predicador y confesor, la silla donde los florentinos debían arder con sus lujos. Era una silla con brazos y espaldar alto donde sentaban a los condenados. Girolamo murió, condenado por la Inquisición, de pie en la hoguera…

Silla 11

16 marzo, 2019 § Deja un comentario


… Una silla lleva a otra y a otra y a otra como en cadena…

Encadenadas

Tardé en ver la cadena y el candado. Cuando llegué a otra silla igual, frente a la encadenada y también encadenada, aunque esto lo noté más tarde, no caí en la cuenta del cautiverio. Estaba allí para encontrarme con un amigo, pintor, con quien esperaba conversar sobre su trabajo. Escribo un libro que narra encuentros con pintores; sin embargo, más que encuentros con los pintores, el libro narra encuentros con sus obras, sus colores, sus personajes, sus situaciones. Mientras esperaba noté la cadena y el candado. Algunas razones posibles pasaron por mi mente: que alguien pase y en un descuido del personal se lleve la silla, fue la primera opción; que los administradores no acepten clientes desorganizados que junten y separen mesas y sillas en el centro del local, pequeño, con los consiguientes problemas de circulación y servicio; que apenas trabaje allí personal para atender dos personas por mesa. Advertí esa posibilidad cuando al seguir el curso de la cadena confirmé que otra silla igual, al lado de otra mesa pequeña, redonda y metálica también, estaba encadenada. Recordé películas y fotografías de prisioneros en cautiverio, encadenados unos a otros, sin opción de alejarse más allá de la extensión de la cadena. Entonces entraron en el local dos mujeres y un hombre llamado William, me enteré de su nombre porque una de ellas lo presentó a la otra cuando pasaron frente a mí: “mirá éste es William”, dijo. William es un hombre promedio, parece inquieto, quizá se siente encadenado, va hasta el fondo del local y regresa a la mesa sujeta a las sillas por la cadena cuando las mujeres ya están sentadas. Como no hay más sillas y no puede mover ninguna otra por culpa de la cadena se queda de pie, mira el piso, contiene la respiración y encoge la barriga, se simula delgado; el esfuerzo hace aun más saltones sus ojos y le eriza el pelo engominado, sobre todo porque  al dejar de respirar los bluyines descosidos, desteñidos y estrechos que lleva lo maltratan. Las mujeres no lo determinan. Su mujer no lo mira, es quizá el detalle que lo encadena. Mi amigo pintor no llega, ya voy por el segundo café, entonces intento imaginar cómo pintaría, el pintor, el drama del encadenado frente a mí…

Hechos…

… Sillas con respaldo a manera de pasamano y patas torneadas estuvieron de moda en casas elegantes de los Estados Unidos en la primera parte del siglo XVIII, eran incómodas y poco a poco desaparecieron…

Silla 7

16 febrero, 2019 § Deja un comentario


… No las hay sin historia…

El vacío de la historia

Allá, al final de un salón hasta el tope de objetos en desorden que bordean pasillos por donde apenas es posible caminar, está el arrume y encima de él, la silla; allá, los objetos se amontonan unos contra otros. Hay mesas, tablones, espaldares de camas, marcos pesados, con y sin adornos, con espejo o con pintura y sin lo uno o lo otro. Llegar hasta esas profundidades no es posible sin el consentimiento de las dos mujeres que reciben los visitantes y los dejan perderse por los vericuetos estrechos hasta que encuentran lo que buscan o se antojan de lo que no buscan: objetos discontinuados, floreros, copas nonas, vajillas antiguas, mesas de centro, baúles o sillas que esperan. En ocasiones encuentran tesoros; los visitantes en general buscan tesoros. Iba yo casi a mitad de camino entre la entrada donde reciben las dependientas y el fondo del salón cuando vi lo que no fui a buscar resplandeciente entre formas de muebles arrumados. La silla con asiento y espaldar tapizados en paño ocre decorado de arriba abajo con puntos rojos, amarillos y oscuros en filas paralelas, resaltaba en el desbarajuste. En apariencia no había sufrido los avatares del desorden. El pasillo, sinuoso y estrecho, dificultaba llegar a ella, debía pasar entre muebles altos y bajos, tapices enrollados y mesas de vidrio con objetos encima; la poca luz impedía ver bien dónde poner el pie, el peligro de pisar algún objeto y dañarlo o algún tesoro, nadie sabe dónde saltan los tesoros, era inminente. Me acerqué paso a paso, no solo por la dificultad sino por aquello de los tesoros, nadie sabe dónde están, sobre todo porque lo que no es tesoro para mí seguramente lo es para otros. A uno o dos obstáculos de la silla sobre el arrume, un señor con voz de señora, se plantó entre ella y yo. Llegó por otro pasillo, invisible para mí, y anunció: “… ésta es la mía…” y como el señor era solo músculos en pantalón corto y camiseta apretada, de un tirón la bajó del arrume y la transportó sobre su cabeza, esquivando obstáculos, hasta la entrada donde estaban las dos mujeres. Allá, con voz agitada notificó a pleno pulmón: “… conmigo es así, ¡ya! es ¡ya!…” y salió a la calle con la silla en alto como un trofeo. De este cruce me quedó la foto de la silla y el vacío de la historia que sin duda tenía para narrar…

Hechos…

… La número 14 es la primera silla Thonet que en 1841 se fabricó en serie. La técnica que permitió moldear listones de madera maciza con vapor a presión se convirtió desde entonces en símbolo de la cultura vienesa…

Silla 5

2 febrero, 2019 § Deja un comentario


… La imaginación tiene estaciones que la razón ignora…

Yuba y Miró

Parece una obra de Miró. Las líneas magenta y fucsia se cruzan templadas por la estructura negra y metálica; se enroscan en ella, siguen su forma, la limitan y la incluyen en el espacio. Sin embargo, no se trata de una composición del pintor catalán, se trata de la silla sin ocupante que al entrar en la casa para ancianos donde vive Yuba, el abuelo andoque, sabio, que remontará con nosotros el río Amazonas hasta Puerto Nariño, se encuentra a su lado. Yuba Andoque, tomó el apellido de la étnia donde nació y creció, vive en Leticia capital de la Amazonía colombiana, en la casa donde fuimos a visitarlo desde el día en que el aguardiente adulterado le robó los ojos, de esto hace cerca de cuarenta y cinco años. Cuando llegamos, estaba bajo la sombra de un alero en compañía de otros ancianos en el patio central de la casa, al escuchar la voz de Carlos Guillermo Gutiérrez nuestro compañero de viaje, médico, guía, y leticiano por adopción, levantó la cabeza, alegró su cara, nos vio y sonrió, fue mi primera sensación. Sin embargo, no nos vio o, si nos vio, nos vio como solo él puede ver: distinguió a Luz Elena, mi mujer, por el tono sabroso, lo dijo, de su voz; a Carlos Guillermo por el calor de su presencia; no sé por qué me distinguió, quizá me presintió cuando ocupé la silla con aire de obra de Miró a su lado. Aquí me llaman Juan Andoque Andoque pero mi nombre es Yuba, dijo con la mirada sin ojos puesta en el lugar de donde le llegó mi saludo. Aunque su mirada vacía parece ver, puede más su sonrisa; sonríe con facilidad, sonríe entre palabras, habla en tono bajo, murmura, dice lo que tiene para decir y sonríe de nuevo. Su manera de ver, de reconocer, de distinguir, incluso de oler y sentir los espacios por donde circula es así, al tacto, como sus murmullos. En el patio donde pasa las horas y los días hay otras sillas con diseños, podríamos decir, salidos de la imaginación del pintor catalán. Yuba seguramente las conoce, alguien las ha descrito para él. No parece muy aventurado decir que Yuba y Miró, habitantes de mundos lejanos y distintos, comparten un lugar en ese espacio infinito que solo ve la imaginación…

Hechos…

… En la antigua Roma, los cónsules disponían de una silla reservada para su transporte: la curul, un asiento en ocasiones sin respaldo con incrustaciones de marfil y patas cruzadas en forma de equis…

Silla 1

5 enero, 2019 § Deja un comentario


… Las sillas están en todo: la paz, la guerra, el amor, la desidia, el compromiso o la soledad; sin excepción cada una lleva indeleble la huella de una historia o de un encuentro. La Marginalia narrará en los próximos números, los encuentros con aquellas que se atraviesan, están ahí o sencillamente esperan… 

Encuentro a las tres

A las tres de la tarde de este último jueves la vi. El sol picante de tierra fría la golpeaba de frente. La vi desde la calle, llamó mi atención pero seguí mi camino, iba en busca de una ferretería y ella, la silla amarilla con barrotes a manera de espaldar, hacía parte del mobiliario en una cafetería desierta. Me alcancé a alejar unos quince metros pero su figura brillante bajo el sol fue más y regresé; seis mesas con cuatro sillas cada una, iguales pero de colores distintos, llenaban el espacio pequeño duplicado por un espejo del tamaño de una de las paredes de costado. Me vi en el reflejo. Vi, también en el reflejo, a una mujer agachada detrás de la vitrina organizando cajas y paquetes. Saludé. No escuchó, repetí el saludo. Ella levantó la cabeza, miró al espejo y respondió: “buenas tardes”. Quizá pensó que, por el sol, iba a pedir algo para tomar y por eso pareció sorprendida cuando pregunté: “¿puedo tomar una foto de la silla?” Respondió con un “sí” entre dientes. Dejé la silla amarilla allí mismo donde la vi desde el primer momento y tomé una foto con mi celular. Dudé y entonces hice una segunda foto de su reflejo en el espejo. Agradecí a la mujer, no respondió, y salí al sol picante de tierra fría con la foto de la silla amarilla entre mis cruces…

Hechos. En la antigüedad la sillas eran en metal o marfil adornadas con piedras preciosas e incrustaciones en oro o plata, tenían por objeto exhibir el poder de quienes las podían utilizar…

© Saúl Álvarez Lara / 2019

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando las entradas etiquetadas con Silla en .