Silla 11

16 marzo, 2019 § Deja un comentario


… Una silla lleva a otra y a otra y a otra como en cadena…

Encadenadas

Tardé en ver la cadena y el candado. Cuando llegué a otra silla igual, frente a la encadenada y también encadenada, aunque esto lo noté más tarde, no caí en la cuenta del cautiverio. Estaba allí para encontrarme con un amigo, pintor, con quien esperaba conversar sobre su trabajo. Escribo un libro que narra encuentros con pintores; sin embargo, más que encuentros con los pintores, el libro narra encuentros con sus obras, sus colores, sus personajes, sus situaciones. Mientras esperaba noté la cadena y el candado. Algunas razones posibles pasaron por mi mente: que alguien pase y en un descuido del personal se lleve la silla, fue la primera opción; que los administradores no acepten clientes desorganizados que junten y separen mesas y sillas en el centro del local, pequeño, con los consiguientes problemas de circulación y servicio; que apenas trabaje allí personal para atender dos personas por mesa. Advertí esa posibilidad cuando al seguir el curso de la cadena confirmé que otra silla igual, al lado de otra mesa pequeña, redonda y metálica también, estaba encadenada. Recordé películas y fotografías de prisioneros en cautiverio, encadenados unos a otros, sin opción de alejarse más allá de la extensión de la cadena. Entonces entraron en el local dos mujeres y un hombre llamado William, me enteré de su nombre porque una de ellas lo presentó a la otra cuando pasaron frente a mí: “mirá éste es William”, dijo. William es un hombre promedio, parece inquieto, quizá se siente encadenado, va hasta el fondo del local y regresa a la mesa sujeta a las sillas por la cadena cuando las mujeres ya están sentadas. Como no hay más sillas y no puede mover ninguna otra por culpa de la cadena se queda de pie, mira el piso, contiene la respiración y encoge la barriga, se simula delgado; el esfuerzo hace aun más saltones sus ojos y le eriza el pelo engominado, sobre todo porque  al dejar de respirar los bluyines descosidos, desteñidos y estrechos que lleva lo maltratan. Las mujeres no lo determinan. Su mujer no lo mira, es quizá el detalle que lo encadena. Mi amigo pintor no llega, ya voy por el segundo café, entonces intento imaginar cómo pintaría, el pintor, el drama del encadenado frente a mí…

Hechos…

… Sillas con respaldo a manera de pasamano y patas torneadas estuvieron de moda en casas elegantes de los Estados Unidos en la primera parte del siglo XVIII, eran incómodas y poco a poco desaparecieron…

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Silla 7

16 febrero, 2019 § Deja un comentario


… No las hay sin historia…

El vacío de la historia

Allá, al final de un salón hasta el tope de objetos en desorden que bordean pasillos por donde apenas es posible caminar, está el arrume y encima de él, la silla; allá, los objetos se amontonan unos contra otros. Hay mesas, tablones, espaldares de camas, marcos pesados, con y sin adornos, con espejo o con pintura y sin lo uno o lo otro. Llegar hasta esas profundidades no es posible sin el consentimiento de las dos mujeres que reciben los visitantes y los dejan perderse por los vericuetos estrechos hasta que encuentran lo que buscan o se antojan de lo que no buscan: objetos discontinuados, floreros, copas nonas, vajillas antiguas, mesas de centro, baúles o sillas que esperan. En ocasiones encuentran tesoros; los visitantes en general buscan tesoros. Iba yo casi a mitad de camino entre la entrada donde reciben las dependientas y el fondo del salón cuando vi lo que no fui a buscar resplandeciente entre formas de muebles arrumados. La silla con asiento y espaldar tapizados en paño ocre decorado de arriba abajo con puntos rojos, amarillos y oscuros en filas paralelas, resaltaba en el desbarajuste. En apariencia no había sufrido los avatares del desorden. El pasillo, sinuoso y estrecho, dificultaba llegar a ella, debía pasar entre muebles altos y bajos, tapices enrollados y mesas de vidrio con objetos encima; la poca luz impedía ver bien dónde poner el pie, el peligro de pisar algún objeto y dañarlo o algún tesoro, nadie sabe dónde saltan los tesoros, era inminente. Me acerqué paso a paso, no solo por la dificultad sino por aquello de los tesoros, nadie sabe dónde están, sobre todo porque lo que no es tesoro para mí seguramente lo es para otros. A uno o dos obstáculos de la silla sobre el arrume, un señor con voz de señora, se plantó entre ella y yo. Llegó por otro pasillo, invisible para mí, y anunció: “… ésta es la mía…” y como el señor era solo músculos en pantalón corto y camiseta apretada, de un tirón la bajó del arrume y la transportó sobre su cabeza, esquivando obstáculos, hasta la entrada donde estaban las dos mujeres. Allá, con voz agitada notificó a pleno pulmón: “… conmigo es así, ¡ya! es ¡ya!…” y salió a la calle con la silla en alto como un trofeo. De este cruce me quedó la foto de la silla y el vacío de la historia que sin duda tenía para narrar…

Hechos…

… La número 14 es la primera silla Thonet que en 1841 se fabricó en serie. La técnica que permitió moldear listones de madera maciza con vapor a presión se convirtió desde entonces en símbolo de la cultura vienesa…

Silla 5

2 febrero, 2019 § Deja un comentario


… La imaginación tiene estaciones que la razón ignora…

Yuba y Miró

Parece una obra de Miró. Las líneas magenta y fucsia se cruzan templadas por la estructura negra y metálica; se enroscan en ella, siguen su forma, la limitan y la incluyen en el espacio. Sin embargo, no se trata de una composición del pintor catalán, se trata de la silla sin ocupante que al entrar en la casa para ancianos donde vive Yuba, el abuelo andoque, sabio, que remontará con nosotros el río Amazonas hasta Puerto Nariño, se encuentra a su lado. Yuba Andoque, tomó el apellido de la étnia donde nació y creció, vive en Leticia capital de la Amazonía colombiana, en la casa donde fuimos a visitarlo desde el día en que el aguardiente adulterado le robó los ojos, de esto hace cerca de cuarenta y cinco años. Cuando llegamos, estaba bajo la sombra de un alero en compañía de otros ancianos en el patio central de la casa, al escuchar la voz de Carlos Guillermo Gutiérrez nuestro compañero de viaje, médico, guía, y leticiano por adopción, levantó la cabeza, alegró su cara, nos vio y sonrió, fue mi primera sensación. Sin embargo, no nos vio o, si nos vio, nos vio como solo él puede ver: distinguió a Luz Elena, mi mujer, por el tono sabroso, lo dijo, de su voz; a Carlos Guillermo por el calor de su presencia; no sé por qué me distinguió, quizá me presintió cuando ocupé la silla con aire de obra de Miró a su lado. Aquí me llaman Juan Andoque Andoque pero mi nombre es Yuba, dijo con la mirada sin ojos puesta en el lugar de donde le llegó mi saludo. Aunque su mirada vacía parece ver, puede más su sonrisa; sonríe con facilidad, sonríe entre palabras, habla en tono bajo, murmura, dice lo que tiene para decir y sonríe de nuevo. Su manera de ver, de reconocer, de distinguir, incluso de oler y sentir los espacios por donde circula es así, al tacto, como sus murmullos. En el patio donde pasa las horas y los días hay otras sillas con diseños, podríamos decir, salidos de la imaginación del pintor catalán. Yuba seguramente las conoce, alguien las ha descrito para él. No parece muy aventurado decir que Yuba y Miró, habitantes de mundos lejanos y distintos, comparten un lugar en ese espacio infinito que solo ve la imaginación…

Hechos…

… En la antigua Roma, los cónsules disponían de una silla reservada para su transporte: la curul, un asiento en ocasiones sin respaldo con incrustaciones de marfil y patas cruzadas en forma de equis…

Silla 1

5 enero, 2019 § Deja un comentario


… Las sillas están en todo: la paz, la guerra, el amor, la desidia, el compromiso o la soledad; sin excepción cada una lleva indeleble la huella de una historia o de un encuentro. La Marginalia narrará en los próximos números, los encuentros con aquellas que se atraviesan, están ahí o sencillamente esperan… 

Encuentro a las tres

A las tres de la tarde de este último jueves la vi. El sol picante de tierra fría la golpeaba de frente. La vi desde la calle, llamó mi atención pero seguí mi camino, iba en busca de una ferretería y ella, la silla amarilla con barrotes a manera de espaldar, hacía parte del mobiliario en una cafetería desierta. Me alcancé a alejar unos quince metros pero su figura brillante bajo el sol fue más y regresé; seis mesas con cuatro sillas cada una, iguales pero de colores distintos, llenaban el espacio pequeño duplicado por un espejo del tamaño de una de las paredes de costado. Me vi en el reflejo. Vi, también en el reflejo, a una mujer agachada detrás de la vitrina organizando cajas y paquetes. Saludé. No escuchó, repetí el saludo. Ella levantó la cabeza, miró al espejo y respondió: “buenas tardes”. Quizá pensó que, por el sol, iba a pedir algo para tomar y por eso pareció sorprendida cuando pregunté: “¿puedo tomar una foto de la silla?” Respondió con un “sí” entre dientes. Dejé la silla amarilla allí mismo donde la vi desde el primer momento y tomé una foto con mi celular. Dudé y entonces hice una segunda foto de su reflejo en el espejo. Agradecí a la mujer, no respondió, y salí al sol picante de tierra fría con la foto de la silla amarilla entre mis cruces…

Hechos. En la antigüedad la sillas eran en metal o marfil adornadas con piedras preciosas e incrustaciones en oro o plata, tenían por objeto exhibir el poder de quienes las podían utilizar…

© Saúl Álvarez Lara / 2019

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