Células e historias

10 noviembre, 2018 § 2 comentarios


Hace pocos días leí una frase que me produjo un sin fin de sensaciones; la primera de ellas es que la hubiera querido escribir yo. “… Los seres humanos no solo están compuestos de células, también están compuestos de historias…” La leí y luego, en el vaivén de los días, pasó a segundo plano; no la olvidé, pero sí olvidé dónde la leí y quién la escribió; sé que está en algún lugar del mundo paralelo, la busqué pero no la encontré. Quiero, entonces, pedir a su autor que me disculpe por no citar su nombre. La frase hizo su camino, me parece que es lo importante, y como paso los días y las horas al encuentro de las historias de otros y siempre hago el cruce con las mías, recordarla es parte de la historia y las células que van conmigo y todos llevamos cada día, cada hora, a todas partes. He aquí algunas de ellas…


… A las dos y cincuenta y siete. Las personas solas en una mesa de restaurante me causan curiosidad. En la mesa vecina un mujer joven, sola, toma agua de un vaso largo y lee, no alcanzo a ver qué lee porque su bolso sobre la mesa no deja ver si lee un libro, una carta o un volante de publicidad, imagino que lee porque al lado del bolso hay dos libros; de repente deja de leer, una de las señoras del servicio le trajo un plato y ella interrumpió la lectura. Leía el celular, seguramente chateaba o miraba fotografías. A las tres y quince, el hombre que lleva la camiseta marcada con el número tres y entró adelante de los que iban con él, lo voy a llamar “el capataz”, es un maleducado o no quería estar con los que está, su mujer, su hija y el marido de la hija. Digo el marido de la hija porque si ella fuera la novia del hijo y como él se siente el patrón del rebaño, sería más amable con ella, incluso trataría de seducirla un poco. Las dos parejas entraron por la terraza interior donde hay mesas libres; si no es porque mi mujer y yo estamos allí, la mujer que lee en el celular y otra en una mesa lejana que cuida un perro vestido con abrigo de lentejuelas, la terraza estaría desierta. El capataz, digo capataz porque tiene actitud de tal, entró adelante de los otros, eligió la mesa más pequeña de las disponibles, todas estaban disponibles, mesas para cuatro o incluso para seis estaban disponibles, la mesa más pequeña era como una mesa auxiliar para dos; el capataz se adueñó de la única silla libre y se sentó aun antes de que los otros se hubieran aproximado y antes de que las mujeres del servicio se propusieran acercar otra mesa para completar los cuatro puestos, el capataz pidió la carta. Cuando los cuatro estuvieron acomodados, las dos parejas frente a frente, el capataz ya tenía decidido que iban a tomar sopa y ordenó cuatro sopas. Esperaron. Las dos parejas esperaron sin hablar la llegada de las sopas. No alcancé a notar si pidieron algo más…


… A las diez y cuarenta y nueve de la mañana hago una fila, es la segunda fila del día y seguramente faltan otras. La mujer delante de mí esta nerviosa, afanada porque esta fila como la mayoría de las filas es lenta. La mujer que viste ropa deportiva maneja su afán moviéndose de un lado a otro, balanceándose en un pie, luego en el otro, como lleva tenis con suela de caucho los movimientos parecen fluidos, se nota que está acostumbrada al ejercicio. No deja de moverse hasta que le llega el turno, se acerca al cajero, saca una libreta de notas y la deposita abierta al lado del teclado del cajero, las hojas donde quedó abierta están llenas con número escritos en tinta negra, ilegibles desde mi puesto en la fila. Supuse que eran números con los que ella debía hacer transacciones, entonces quien comenzó a sentir angustia y a balancearse sobre un pie y sobre el otro con movimientos no tan fluidos como los de ella, fui yo. La mujer frente al cajero ya no se movía, concentrada entre el teclado, los números y las cifras que debía transferir, lo único visible, desde mi puesto, eran dos dedos de su mano derecha que sostenían el lapicero verde fluorescente con el que indicaba dónde iba en la lectura de los números. Lo que imaginé sería una operación que tomaría el tiempo suficiente para escribir un cuento en mi celular duró unos segundos, al cabo del segundo número la mujer organizó la libreta y el lapicero en el bolso, sacó el celular y buscó un número que seguramente tenía registrado porque solo hizo un movimiento sobre la pantalla, se retiró a un lado, me miró, era la primera vez que veía su cara y la había imaginado distinta, y me dijo siga usted que mis números están malos…


… A las nueve y cincuenta de la mañana me encuentro con una señora que me dice que tiene memoria de pollo. ¿Qué habrá querido decir? Si es que los pollos no tienen memoria, me temo que está equivocada, porque los pollos sí que tienen memoria, si no, ¿cómo recordarían dónde está la gallina o el gallo? Mientras espero que sean las diez y quince entro a un lugar donde más de la mitad de los presentes está pegado al celular, me tomo un capuchino con un pandebono, coincidencialmente, me enteré esta mañana que el creador del pandebono fue un señor de apellido Bono hijo de panadero que creó su propio pan cuando heredó el negocio y se hizo rico; el capuchino y el pandebono estuvieron bien, cuando terminé de consumirlos todos los usuarios de celular en la terraza donde me encontraba se habían ido y la terraza estaba a mitad desierta. A las diez y diez abandoné el lugar y dejé sobre la mesa el charol con el pocillo desechable vacío, dos servilletas arrugadas, un tubo pequeño y delgado de plástico para revolver, y una galleta de mantequilla, pequeña, que acompañaba el capuchino, sin probar. Me levanté y me fui, era hora…


… A las diez y veintidós llegó un hombre a la mesa vecina como si estuviera buscando escondite, no escuché sus pasos y cuando noté su presencia ya había pasado a mi lado y estaba a punto de ocupar una de las cuatro sillas de la mesa desierta. Era, sin duda, un hombre extraño; pequeño, vestía ropa de deportista una o dos tallas más grande que la suya, no tenía pelo y su cara ajada parecía el fuelle de un acordeón. Nadie se acercó, nadie le preguntó qué quería o por qué estaba allí, en medio de una terraza en el punto más visible con la actitud de quien se esconde. Desde el momento en que ocupó la silla quedó rígido como si la falta de movimiento lo mimetizara con las mesas y las sillas y el reflejo en el ventanal. Desde mi puesto veía su perfil en punta por culpa de una nariz en apariencia desproporcionada, quizá la falta de pelo y la oreja, visible desde mi puesto, aumentaban el tamaño de la nariz; quizá la quietud contribuía también a la desproporción entre cráneo limpio y oreja con nariz puntuda. Pensé en Cyrano de Bergerac pero el hombre no parecía, para nada, dueño de esa energía. De repente, dos movimientos cambiaron la imagen. Primero apareció el mesero con un café en pocillo pequeño, un expreso, y lo dejó justo debajo del mentón del hombre que, como dije, era bajito y su mentón casi pegado a la mesa quedó cerca del pocillo; segundo, tal vez para evitar el vapor caliente del pocillo, el hombre buscó apoyo en la mano derecha que colocó debajo del mentón. Desde mi puesto su figura de perfil, sin relieves ni sombras parecía la de un pensador y sobre todo, disimulaba la diferencia de tamaño entre la nariz y el resto de la cabeza. El hombre no cambió de pose, por lo tanto no sé decir si se tomó el café o si hizo algún otro movimiento con su mano o con su cuerpo. La verdad es que no lo vi más, su intención de mimetizarse en el lugar, como el camaleón, fue un éxito…
Argumento. El error de la ficción es hacer creíble la realidad, dijo o escribió John Le Carré… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2018

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