Cosas 21

2 mayo, 2020 § Deja un comentario


Chirrido

Hace quince mil años, quizás más, la necesidad de proteger los pies obligó el primer paso hacia un invento que cambió el rumbo de la humanidad: la pantufla ligera y sin tacón que además de resguardar los pies de accidentes y raspones, los embellecía. Con la idea de procurar la belleza es necesario tener en cuenta que desde siempre los chinos sostuvieron que el pie pequeño era el pilar del encanto femenino y en favor de conseguirlo inventaron los suecos de madera que las mujeres calzaron, más pequeños que el tamaño de su pie, durante siglos. En la antigua Roma el vestido de los pies era símbolo de posición social; pero fueron los griegos quienes crearon el zapato con forma opuesta para pie izquierdo y derecho. Los ingleses iniciaron la numeración según la talla en 1642, cuando tuvieron la necesidad de fabricar botas para el ejército. El calzado no siempre fue cómodo, por pesado o por ancho y plano, con frecuencia era poco adecuado para caminar. El tacón apareció entre los siglos XVI y XVII y se incorporó al calzado femenino como un elemento estético. La Revolución Francesa acabó con todos los símbolos de la aristocracia y los ciudadanos calzaron por igual zapatos planos. Con la derrota de Napoleón en Waterloo la bota Wellington, de tacón bajo y liviana, se puso de moda y ha sido la fuente de inspiración para casi todas las variables de bota masculina y femenina hasta nuestros días. La industria ha evolucionado. En su fabricación se han empleado metales, pieles con o sin pelo, hojas de palmera, caucho, madera de diferentes tipos, sedas, bordados y materiales de descubrimiento reciente. La historia no menciona por ningún lado aquel calzado que, a parte de proteger el pie y estar al origen del sonido de los pasos, produce también el chirrido de los materiales que se rozan entre sí. Sin embargo es necesario contarla resumida y encomendarse a San Crispin, patrón de los zapateros desde la Edad Media, cada vez que se escucha la temible maldición: “Que te chirreen los zapatos”. Lo único que se puede hacer cuando el ruido aparece es destruirlos, cortarlos en pedazos pequeños para que nadie los pueda armar de nuevo, enterrarlos y esperar que la naturaleza no deje rastro. En otros tiempos, al comienzo del año escolar, muchos estudiantes llevaban unos botines de cuero duro que, para “domarlos”, como decían, había que sufrir de las ampollas en el talón por lo menos los tres primeros meses del año; allí no valía la doble media, ni la plantilla, ni el contrafuerte bajo la pata del mueble más pesado. Era posible llegar a dominarlos y acabar por vencer las ampollas, pero lo que era indomable, sin lugar a duda, era el chirrido que producían. Otra versión cuenta que un cliente insatisfecho lanzó la maldición a un zapatero y a partir de ese día todos sus zapatos chirriaron. Desesperado, el zapatero cambió de materiales, de suelas de cuero pasó a suelas de caucho, buscó entre sus plantillas y utilizó un cuero más suave; fabricó él mismo las hormas y aún así, sus zapatos, por encargo o para poner en vitrina tuvieron el chirrido incluido. Dicen que la policía descubrió al autor de un crimen porque un testigo que se encontraba en la habitación contigua a la de los hechos reconoció al asesino por el chirrido de sus zapatos…

Cosas…

… Así, sin ruido o con chirridos, la “cosa” nos acorraló.

La otra cara del retrato exposición virtual, se puede visitar en: http://paf.re/g/marginaliahasta el 23 de mayo. El libro con igual título y contenido puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solicítelo a saulalvarezlara@gmail.com. Un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

Ficción La Revista está Aquí… https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/4-ficcio_n-la-revista-no7

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