Cosas 50

21 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Voces

Entre el personaje de“Muebles El Canario”, el cuento de Felisberto Hernández, y yo, hay puntos en común ineludibles aunque su novedad, la voy a llamar “novedad”, es inducida, y la mía, en algunos puntos parecida a la suya, es natural, por lo menos eso es lo que quiero creer. El personaje de “Muebles El Canario” desea dormir porque está fatigado y acalorado, pero el asunto del tranvía es lo peor. En el trayecto a casa un hombre le inyectó en el brazo una solución líquida, él sólo alcanzó a ver la jeringa marcada con un anuncio publicitario: “Muebles El Canario”. La sorpresa y la actitud de otros pasajeros que exigieron al promotor de la publicidad que les inyectara a ellos también, le impidieron evitar el pinchazo. El único reticente parecía ser él. El resto del cuento narra la noche sin dormir por culpa de algo parecido a una radio imposible de apagar, bajar el volumen o cambiar de programa, en su cabeza. Las menciones, poemas, lecturas y dedicatorias se repetían sin cesar. No se sabe si al final logra apagar el programa que retumba en sus oídos. No puedo decir que igual de claro y específico como el programa de “Muebles El Canario”, pero yo también tengo un ruido, como voces, en la cabeza. Una mañana al despertarme lo escuché y desde ese día ahí está. He hecho esfuerzos inútiles por deshacerme de él, he intentado bloquearlo con tapones, tomar agua al revés, taparme la nariz y respirar de adentro hacia afuera. Fui donde un especialista que diagnosticó: “falta de un buen susto” y estuvo a punto de empujarme escaleras abajo en el edificio donde tiene el consultorio. Nada ha servido. Una amiga a quien hablé del ruido encontró la solución estampando sonoros besos en mis orejas. Ella creyó en la efectividad de su remedio pero yo, que soy quien lo vive minuto a minuto, me fatigué de asegurarle que lo que hacíamos era cambiar mi ruido interior por el de sus besos. El ruido, como voces o raspaduras, en la cabeza no hace parte de mi personaje, no es un recurso puesto allí para hacerme más o menos interesante, en ocasiones me causa dificultad disimularlo pero no creo que el escritor del cuento en el que trabajo lo haya notado. Ahora que la casualidad puso los “Muebles El Canario” en mis oídos, intentaré ser más explícito con mi ruido. Es como un zumbido, quizá voces, que a veces se acercan, otras se alejan y en ocasiones se sobreponen a otros sonidos y parece seguirlos, como acompañamiento de fondo. Mí ruido es así pero no exactamente así, es igual en la luz y en la oscuridad, no cambia. En cierta forma eso me tranquiliza. Otra cosa sería que se sintonizara a media noche en el estallido de una calle congestionada por una balacera, o por una gata en celo al pie de la ventana, o peor aún, que se concentrara en la música ambiente de cualquier centro comercial a todo volumen. ¿El siguiente estado será como el de mi colega de “Muebles El Canario”?, me pregunto. Parece que el más grave o quizá, el más premonitorio de los ruidos en el oído es el de voces que insinúan, ordenan, anuncian o sólo conversan en el fondo de la cabeza y nadie puede hacer nada por acallarlas. Antonin Artaud, escuchaba voces en permanencia, voces que le decían versos o le sugerían dibujos. Adolf Wölfli, el pintor suizo que murió en un asilo a comienzos del siglo XX, también escuchó voces que le decían lo que debía pintar y el resultado fueron unos cuadros maravillosos en forma y color. Ambos, parece, estaban locos…

Cosas…

… Sin ruido, la “cosa”, tan campante, se mete por todas partes…

“La otra cara del retrato” está en The Gallery at Divas / @thegalleryatdivas

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