El corrector y el ascensor

3 noviembre, 2018 § Deja un comentario



Despertó sin razón aparente. Se había acostado, como de costumbre, después de tomar una tisana y lavarse los dientes. Lo sorprendente era que ahora, cuando tenía los ojos bien abiertos en medio de la noche, se encontraba en un lugar distinto a aquel donde se había acostado la noche anterior. Se tocó por todas partes para cerciorarse de que realmente era él, debo estar soñando, dijo en voz baja. Cuando vio donde estaba gritó. Estaba en el ascensor del edificio de su oficina. Gritó otra vez, oprimió el botón de alarma y los números de todos los pisos, golpeó las puertas, pero nadie lo escuchaba. Después de unos momentos alcanzó a percibir que lentamente, muy lentamente, las paredes del ascensor se desplazaban hacia el centro dejando cada vez menos espacio para él. Gritaba pero nadie parecía escucharlo, ni siquiera su mujer. De repente en el tablero con números el botón con dos triángulos en sentidos opuestos que indica puertas abiertas, comenzó a titilar, inmediatamente tuvo el reflejo de tocarlo pero las paredes habían reducido el espacio y al intentar levantar el brazo no pudo. Decidió girar su cuerpo, cuando logró hacerlo tuvo unos segundos de respiro pero las paredes volvieron a comprimir su pecho, con esfuerzo alcanzó a tocar el botón que titilaba. La presión cedió, las paredes volvieron a su lugar y las puertas se abrieron, dio un paso al frente, dudó en dar el segundo porque afuera estaba oscuro, pero se decidió por miedo a encontrarse de nuevo encerrado. Salió a su habitación. La respiración de su mujer era tranquila, los ruidos lejanos de la ciudad eran los mismos de siempre y el tic tac del reloj mantenía el ritmo. Estaba exhausto, la respiración agitada y la piyama húmeda por el sudor. Volteó para buscar el ascensor detrás de él pero sonó el despertador. Las cinco y media de la mañana. Ese día subió hasta su oficina por la escalera. ¡Quince pisos! El día se hizo largo. Los quince pisos por las escaleras lo tenían más fatigado que la pesadilla. Aunque estuvo somnoliento todo el día, sólo recordó la pesadilla al final del día cuando esperaba frente a la puerta del ascensor, apenas vio el interior estrecho sintió terror. Bajó por las escaleras.


Se quejó de dolor de cabeza al llegar a casa. Su mujer le ofreció dos aspirinas, con el tiempo tan húmedo, le dijo, lo mejor es que te metas a la cama ya mismo. Se tomó las aspirinas con la tisana caliente mientras miraba la telenovela que no alcanzó a ver hasta el final, porque se quedó dormido y se encontró de nuevo en el ascensor de su oficina. No lo creyó. Trató estar tranquilo pero las paredes del aparato se cerraban sobre él. Intentó, como la noche anterior, oprimir el botón con los triángulos en sentidos opuestos pero no pasó nada. Le pareció ver las caras de sus compañeros y su jefe sonriendo y haciendo gestos de despedida. Como la noche anterior, estaba ahogado por la presión de las paredes cuando una luz brilló en el tablero. Esta vez fue el número cinco. Con dificultad alcanzó el botón, lo oprimió y las puertas cedieron. Saltó fuera sin dudarlo y se encontró en su habitación en el mismo instante en que el reloj señalaba las cinco y treinta minutos de la mañana. Su mujer despertó y al verlo parado al lado de la cama como si no supiera qué hacer le preguntó ¿para dónde vas? No respondió. Era evidente que, en solo dos noches, el efecto de lo vivido o soñado, había dejado marcas tenía aspecto demacrado con ojeras y se dolía de los brazos, pero lo más inquietante era el brillo del miedo en sus ojos. Su mujer se lo dijo cuando le sirvió el café antes de salir para la oficina. Estaba retrasado y se lo tomó de pie al lado de la puerta, debía hacer esfuerzos para mantener la cabeza derecha y los ojos abiertos. Cada vez que sus párpados pesados se cerraban, el color verde agua del ascensor lo rodeaba. Ese día volvió a subir a la oficina por las escaleras.
Su trabajo de corrector consistía en revisar y corregir ortografía y redacción en folletos, plegables, publicaciones y libros. Esa mañana luchó para no quedarse dormido corrigiendo unas cartas. Un paquete de textos para chequeo en su escritorio lo medio despertó. Lo mismo sucedió en la tarde con otro paquete de publicaciones para revisión urgente. Estuvo varias veces a punto de ser vencido por el sueño y no podía concentrarse en la lectura. Con esfuerzo logró entregar el trabajo del día y a las seis de la tarde en punto salió para su casa. Bajó por las escaleras. Al llegar a casa dijo a su mujer que había tenido un día terrible y que se iba directo a la cama. Más se demoró en poner la cabeza sobre la almohada que en quedarse dormido. Como las veces anteriores, las paredes del ascensor comenzaron a cerrarse sobre él en un movimiento que nada podía detener. Como las veces anteriores buscó el tablero con los botones que indicaban los pisos pero todos titilaban como si hubieran enloquecido. Comenzó a apretar botones en desorden, ninguno respondía a sus llamados y las paredes del ascensor continuaban cerrándose, el sudor corría por su espalda empapando su piyama. Cuando vio un botón que no titilaba, el número quince, lo apretó desesperado y las paredes cedieron su presión, la puerta se abrió, salió a su habitación y como en las ocasiones anteriores el despertador sonó. Eran las cinco y media de la mañana. Como no dijo nada, su mujer no se dio por enterada de la situación ni de su aspecto y lo dejó tomarse el café parado en la puerta de la cocina. Ya estaba retrasado.


Pasaron varios días en los que la falta de sueño y el pánico a los ascensores se reflejó en su aspecto y en su trabajo. Los quince pisos por las escaleras se sumaban a la fatiga por la falta de sueño. Una mañana, después de pasar la noche frente a la pecera, lo único que encontró para distraerse que no hiciera ruido, llegó a su escritorio con una hora y media de retraso. En ese momento sonó el teléfono, era el jefe. Venga a mi oficina, fue la orden. Estamos muy preocupados, dijo el jefe desde el otro lado del escritorio. Los socios, la empresa, la organización entera ha puesto las más altas expectativas en usted y su trabajo. Nos hemos dado cuenta de que no está cumpliendo a cabalidad, hemos detectado errores, ninguno hasta ahora, menos mal, ha sido irreparable; lo vemos cansado, adormilado, disminuido, pero no le vamos a preguntar nada, la vida privada es asunto de cada uno. Mire, agregó el jefe en un tono falsamente amigable, yo lo estimo, si no fuera por mí usted ya no trabajaría con nosotros. Le voy a dar una oportunidad, insistió, será la última y le señaló un paquete. Este relato será un éxito de ventas, lo necesito corregido esta misma semana.
Regresó a su puesto para comenzar la lectura del manuscrito. Al final de la primera página leyó: “… despertó sobresaltado, soñó que había pasado la noche encerrado en un ascensor que lo aprisionaba…” Con sorpresa constató que al personaje de ese manuscrito le sucedía lo mismo que a él, separó las primeras quince hojas y leyó en la siguiente: “… Los socios, la empresa, la organización entera ha puesto las más altas expectativas en usted y su trabajo. Nos hemos dado cuenta de que no está cumpliendo a cabalidad, hemos detectado errores, ninguno hasta ahora, menos mal, ha sido irreparable; lo vemos cansado, adormilado, disminuido, pero no le vamos a preguntar nada, la vida privada es asunto de cada uno. Mire, agregó el jefe en un tono falsamente amigable, yo lo estimo, si no fuera por mí usted ya no trabajaría con nosotros. Le voy a dar una oportunidad, insistió, será la última, advirtió y señaló un paquete. Le voy a dar una oportunidad…”


Quedó desconcertado. Era lo mismo que le había dicho el jefe. Buscó la primera página para ver el nombre del autor pero no había autor ni título ni primera página. Dejó a un lado las hojas que ya había leído, buscó el final pero temblaba y las hojas caían de sus manos; en la que parecía ser la última, leyó: “… las hojas caían de sus manos. Leyó hasta la última línea de la última hoja, buscó un final que no encontró. Leyó y releyó hasta que la fatiga y el sueño lo dominaron y se encontró en el ascensor estrecho con paredes color verde agua que se cerraban sobre él… ” Entonces cerró los ojos abrumado, leyó hasta la última línea de la última hoja, buscó un final que no encontró, leyó y releyó hasta que la fatiga y el sueño lo dominaron y se encontró en el ascensor estrecho con paredes color verde agua que se cerraban sobre él…
Argumento. Todo se repite, a veces igual, a veces distinto, aquí o allá, se repite… Así comienza una historia repetida…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2006 / 2018

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“Déjà vu”

10 junio, 2017 § Deja un comentario


Cada cierto tiempo algo ya visto o con la sensación de lo ya visto aparece. “Déjà vu” es el término en francés que define el momento. El diccionario dice que se trata de una alteración de la memoria por la que el sujeto cree recordar situaciones que no han ocurrido o modifica circunstancias de aquellas que se han producido. Es posible que los “déjà vu” que siguen solo lo sean para mí. Es posible también que narrarlos predisponga a que sucedan de nuevo y parezcan más que un instante. Es posible que sean el primer paso a la repetición a la que estamos expuestos en permanencia. Así es la ficción…

El azar juega en todos los espacios. Por azar presencié el empaque de unos regalos, disímiles en forma y tamaño. La mujer, joven, pequeña, delgada, de manos pulidas y bien cuidadas, lo advirtió desde el primer momento: yo puedo hacerlo pero no será rápido, dijo. Aceptamos el procedimiento, lo llamo así porque ella lo asumió como un ritual. Dispuso los objetos a empacar en aparente desorden sobre un extremo de la mesa, sacó de un cajón un lápiz corrector de tinta blanca; uno a uno tomó cada objeto borró el precio y lo devolvió a su lugar en un orden que parecía establecido. Por la rigurosidad con que asumió la tarea, esa primera parte pareció sencilla. La proporción, el ritmo y el orden de los objetos tomó forma despacio como había anunciado…

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De un momento a otro se va la luz, quedamos a oscuras, inmersos en la noche profunda. Nos abandonó el fluido eléctrico del que todo depende. Todo se apaga, se interrumpe, las pantallas van a negro, los aparatos dejan de funcionar, los bombillos se apagan, las redes se cortan, todo se detiene. Un hombre que hablaba por teléfono se quedó con la mitad de una palabra en la boca; una mujer que tomaba una ducha en un baño estrecho y oscuro con la luz prendida se encontró a oscuras y se terminó de bañar a tientas; un oficinista frente a su computadora perdió buena parte del trabajo realizado; un grupo de empleados quedó encerrado en el ascensor. Se fue la luz y aunque no lo notemos así, se fue todo. No solo dependemos de la energía física dependemos de la energía alterna, la que nos mantiene conectados…

Un escritor se propone narrar los hechos que suceden en un período de veinticuatro horas. Pronto se da cuenta que no logrará hacerlo y contrata los servicios de un digitador que llega a su estudio a las seis de la mañana y no debe abandonarlo hasta la misma hora del día siguiente. El escritor dicta y el digitador digita lo que el escritor dice. En cierto momento el escritor siente que no tiene mucho para agregar y decide involucrar dos elementos: el suspenso y un personaje. El personaje será el digitador que tendrá una participación activa, deberá digitar lo que él diga o haga, incluso lo que sienta. El suspenso llega con la aparición de un revólver con el que el escritor amenaza al digitador y dispara a su cabeza. El digitador escucha el chasquido del metal seco, sin detonación, el escritor ríe y de ese momento en adelante comienza un juego de ruleta rusa. Cada cierto tiempo sortean quien dispara pero en ningún intento hay detonación. Todo queda por escrito bajo la supervisión del escritor que no quiere ser engañado por el digitador pues su proyecto es enviar el texto a un concurso. Con una sola bala, el último disparo, en el revólver, el digitador, que de nuevo perdió el sorteo, no dispara a su cabeza sino a la del escritor. ¿Qué sucede después? no tiene importancia. La novela no ganó el concurso…

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Por supuesto las rutas se marcan, basta con recordar a Hansel y Grettel. También se desmarcan y desaparecen. Sé de personas a quienes ha sucedido. Sin embargo para hablar de caminos, de rutas que se desmarcan, que desaparecen, tal vez sea mejor hablar de imprevistos, accidentes o hechos fortuitos que los desvanecen. La lluvia es uno. Un ejemplo se da en la búsqueda de los personajes, testigos urbanos los llamo, que aparecen a mi paso en las aceras. No siempre es una búsqueda lineal, viene con frecuencia acompañada de desvaríos y es posible que lo visto hoy, mañana ya no se encuentre en el mismo lugar, se haya desplazado unos metros o se haya ido para siempre. Esta contingencia hace que la decisión de sacar al personaje de su confinamiento en cualquier acera sea espontánea y no deje tiempo para dudas; ésta es, quizá, su riqueza, a pesar de que ellos solo están, esperan, y van o vienen, como todos, según los avatares del día, como la lluvia que los cambia, incluso los desaparece…

Cuando abandonó la mesa el conocido que no me reconoce deja un vaso desechable, vacío, en ella. Lo vi como uno de los personajes de José Luis Cuevas, el pintor mexicano. Las expresiones atareadas, los cuerpos enmarañados, los trazos feroces que, en apariencia, van en todas direcciones y caen, sin prevenir, en cualquier parte. A pesar de que todo es preciso, ninguna línea, ninguna sombra, sobra o está fuera de lugar. No sé por qué sucedió así, no puedo tampoco decir que la mezcla de las figuras de Cuevas con el vago recuerdo del conocido hubiera sido nítido desde siempre. La sensación de que podría ser uno de los personajes de Cuevas apareció la primera vez que me crucé con él después de un buen número de años. Para decir la verdad yo no estaba seguro de que fuera el conocido de antes, supongo que él tampoco estaba seguro de que yo fuera yo. Nos saludamos con una seña. Ni él, ni yo, preguntamos si éramos quien imaginábamos, fue una seña de esas que significan menos que un saludo y quedan fijas en el tiempo, quizá por miedo al error o a la efusividad sin respuesta. Fue entonces cuando el personaje de Cuevas apareció, de pie, no muy distante, con trazos múltiples en todas direcciones pero en su lugar y con expresión fija. Así quedó en mi memoria…

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Queremos tocar. Necesitamos tocar. Somos santo Tomases en potencia. En un mundo cada día más virtual, más privado de sensaciones táctiles, donde el deporte y el sexo, dos aficiones masivas, suceden con mayor frecuencia en la pantalla de un televisor o de una computadora, el deseo de tocar, de sentir, incluso más que el de ver u oler, es fuente desequilibrios o angustias, en ocasiones, difíciles de controlar. Es por esto que las barreras, las cintas amarillas, los espacios vacíos entre los paradigmas, los héroes y el público, son cada vez más frecuentes y se desplazan a la virtualidad. Hoy, las campañas políticas ocupan buena parte de su tiempo y presupuesto en estudios de televisión o en redes sociales. En otras épocas ese mismo tiempo era dedicado a la plaza pública, al contacto con la gente, a sentir, como decían antes, “el pulso del pueblo”. Hoy, el mismo “pulso” se mide con estadísticas y tendencias, la mayoría de las veces erróneas porque, como la gente no siente, no toca, no aprieta, como se hace con un aguacate para saber si está maduro, no dice abiertamente sus preferencias…

Llegó a mis manos un libro pequeño. “Opio” es su título. Su autor, Jean Cocteau, narra su estadía en la clínica durante una cura de desintoxicación del opio. Cocteau escribe y dibuja, cuando no escribe dibuja y cuando no dibuja, escribe. Tres veces al día, en la mañana, al final de la tarde y cerca de la media noche, cuando no dibuja o escribe, consume opio como parte del tratamiento. Causa y remedio son lo mismo. En uno de esos textos Cocteau narra una visita al taller de Picasso en la Rue des Grands-Augustins. Durante la visita hablaron de milagros. Picasso dijo que todo era un milagro y que ya era un milagro no deshacerse en el baño como un terrón de azúcar. De esa visita quedó un poema escrito por Picasso y un dibujo hecho por Cocteau. Quizá fue al contrario. Sin embargo, la pregunta se mantiene, ¿de qué milagros podrían hablar estos dos personajes?, ¿alguien podría decir de qué milagros?, si milagros ya no quedan, todos los que iba a ser fueron y si no fueron se habló tanto de ellos que terminaron por serlo…

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Los espacios amplios, como las salas de espera o de paso en los aeropuertos o centros comerciales, hoteles, clínicas o lugares públicos que en general están ocupados, llenos de gentes que se mueven en todas direcciones sin un patrón o una ruta definida, son igualmente abrumadores cuando están desiertos. El espacio vacío pesa, no sugiere libertad de desplazamiento, ni siquiera silencio. Espacios así, concebidos para albergar decenas, cientos o quizá miles, no se liberan de esas presencias aun desiertos. La coincidencia de encontrarme en un espacio así a una hora vacía, es lo menos que puedo decir, y percibir los movimientos, las voces, los roces de metales o de materiales opuestos y alguna música distante, puede venir de un sueño, de una imaginación desenfrenada, del deseo no cumplido de encontrarme solo en uno de estos lugares multitudinarios a plena luz del día. Es posible que la percepción de multitud tenga origen en alguna de las causas mencionadas; es posible también que por imposibles que parezcan, las situaciones se cumplen. Nada se guarda, nada se queda sin suceder, todo tiene su lugar y su momento. La soledad frente al vacío no fue un sueño, ni un deseo cumplido. Seguramente fue una de esas ficciones que se quedan atrapadas en la maraña de la llamada realidad y se manifestó, por coincidencia, de la misma manera que se hubiera podido manifestar a otro. Un “dé-jà vu”…
Argumento. Todo se repite. Distinto pero se repite, dice uno. Lo habíamos dicho, responde el otro… Así, la conversación igual pero cada vez distinta está lanzada… Siempre es igual…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

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