Cosas 11

14 marzo, 2020 § Deja un comentario


Nona

Desde hace algún tiempo recibo en mi correo información sobre las obras y exposiciones de Christopher Stott, pintor americano de quien solo conozco sus obras, nunca he visto una fotografía suya; sin embargo, desde la primera vez que por casualidad, en un recorrido por la virtualidad me crucé con ellas, llamó mí la atención la precisión de su trazo, el aura de unicidad, de organización y desorganización, de uso con que representa libros, maletas, máquinas de escribir, de confites, cámaras, teléfonos, sillas, relojes, y sobre todo, llamó mi atención el momento en que los pinta rodeados de esa suerte de soplo que solo es posible en la luz de las horas nonas. Stott dice que pinta los objetos tal como son, sin efectos, solo un poco más grandes que su tamaño original. Hace pocos días tuvieron lugar dos sucesos que se unieron en el tiempo, en su tiempo, puesto que se trata de relojes. El primero fue la constatación de la presencia de cuatro relojes en la habitación, escenario donde la fragilidad del tiempo se manifestó, donde paso las noches y muchas veces los días. Cada reloj señalaba una hora distinta, algo que sin lugar a dudas lleva a equívocos. En uno eran las tres menos cinco, ¿de la mañana?, ¿de la tarde?; en otro, la una menos veinte, según eso veníamos de pasar la media noche o el medio día; el tercero, que obligó con mayor razón la duda, marcaba la una y veintitrés. Muy fácil dirán algunos, basta mirar por la ventana si es día o noche para determinar cuál de ellos está más cerca de la luz del momento, de la posición del sol, de la intensidad de las nubes, de si la luna o las estrellas, en fin, posibilidades infinitas se presentarían con solo mirar por la ventana. El cuarto, marcaba las nueve y diecinueve, ¿de la mañana? Decidí abandonar aquella necesidad espontánea de conocer la hora, no tenía importancia. Desde que intento convivir con la ficción, el paso de las horas o la hora misma lo determina el momento de la narración. El cruce con los cuatro relojes en la habitación sucedió como un contratiempo. Fue entonces, quizá segundos, minutos, quizá horas después del primer suceso, cuando al recorrer la virtualidad encontré en el último correo de Christopher Stott un óleo de sesenta por noventa centímetros titulado “Diez relojes”. Todos distintos, pero iguales porque marcaban la misma hora: las diez. ¿Las diez de qué?, ¿de la mañana?, ¿de la noche?, ¿de la mañana y de la noche?, ¿cuáles a una hora?, ¿cuáles a la otra? El único hecho concreto, si así pudiera llamarlo, pero hace parte de las ficciones de Stott y seguramente de quienes miran sus pinturas, como yo, es la hora nona en que las pinta…

Cosas…

… Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, dijo un maestro a sus alumnos cuando el tema central de la reflexión era: el origen de las cosas…

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

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