Cosas 25

30 mayo, 2020 § 1 comentario


Náufrago

Los personajes aparecen en cualquier mesa de café, puerta de casa o esquina. Con libros o cajas de herramientas bajo el brazo o entre cachivaches en la cima de un arrume de reciclador. Sin embargo, los personajes no aparecen, están, no los vemos y cuando los vemos por culpa del azar o la coincidencia, rodeados por un  halo que los separa del resto, en general están a punto de hacer otra cosa. La coincidencia tuvo su parte en este encuentro. Primero un marco de madera destartalado que se sostiene entre la esquina de una caja de cartón y una tela azul cielo hecha un nudo en la cima de una carreta de reciclador cargada hasta el tope. Allí, en lo más alto estaba el marco, y no lo hubiera visto si el hombre que arrastraba la carreta, Javier es su nombre, no se detiene en la esquina antes de la glorieta porque el tráfico le hacía difícil el paso. Segundo, lo alcancé en la esquina. Todo lo que había visto hasta ese momento era el arrume de cachivaches atado con cuerdas por los costados y balanceándose, un peligro para quien se encuentre a su lado si el equilibrio falla. Tercero, esperábamos el momento de cruzar. Más por desconfianza que por curiosidad miré la cima del arrume, vi el marco de madera y en su interior una cara borrosa. Pregunté a Javier, desconocía aun su nombre, qué era ese marco y respondió que no era nada; viene con el viaje, murmuró sin quitar los ojos de la calle. Le compro el marco, dije, ¿cuánto vale? No respondió, me miró como si midiera cuánto podía cobrar por el marco pero vio poco porque repitió: no vale nada, ¿para qué lo quiere?, eso no sirve para nada. Le doy diez, dije. Entonces me miró con más detenimiento, bajó el freno de estacón de la carreta y con una agilidad que nunca hubiera imaginado subió por el borde, aprovechó para tensar la cuerda, agarró el marco medio destartalado y lo dejó en mis manos. Todo en segundos. Era la fotografía en sepia de un hombre tal vez joven con corbata, saco oscuro y camisa blanca, un uniforme quizá; suposición que vino por el pelo de corte a ras y la pose rígida. Un accidente, ¿un naufragio? borró los detalles: ojos, nariz, boca; mojó la fotografía y la adhirió al vidrio que en el desbarajuste fue lo único que quedó intacto; o, se me ocurrió pensar, mientras Javier esperaba mi reacción al tener el marco entre mis manos, que una marea constante lo dejó sin identidad posible y el tiempo hizo el resto. Recordé una película de hace años en blanco y negro o sepia como la fotografía: “El hombre que nunca existió”. Entregué el billete de diez a Javier, fue cuando pregunté su nombre, que no podía creer en la venta, y seguí rumbo a mi casa con la foto, el marco destartalado y el vidrio sin rasguños. Lo recordé como parte de una operación de espionaje durante la guerra que terminó en simulacro de naufragio en una playa desierta. Desde aquel día el marco destartalado con vidrio intacto y foto borrosa del hombre que nunca fue, hace juego con otros marcos que cuelgan en la pared frente a mi puesto de trabajo en la pieza donde paso buena parte de mis días…

Cosas…

… Dónde andará la “cosa” hoy. ¡Vaya “cosa”!

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