Cosas 32

18 julio, 2020 § Deja un comentario


Máscaras

Son dos las máscaras que se acomodan y en ocasiones se desacomodan pero vuelven a su lugar cerca de mi puesto de trabajo. Son dos, pequeñas, les sobra espacio en mi mano abierta. Una la conseguí hace algunos años, ¿tres, cuatro?, en un mercado de la ciudad de Morelia en México. Era la más pequeña entre las máscaras que poblaban la estantería. Era su única diferencia. Todas tenían el mismo tono rosado piel, el mismo mostacho negro sobre el labio callado y los mismos ojos lentos. Pero lo que me obligó a acercarme a ellas fueron dos ranuras en los párpados que de lejos semejaban el comienzo de ojeras y de cerca la certeza de que eran máscaras de esas que utilizan los actores en escena o en carnaval. Elegí la más pequeña porque a pesar de ser igual a las otras la obra que alguien representara con ella puesta debía ser para dos caras, una suerte dos en uno, como Jekill y Hyde. La segunda máscara la encontré en un almacén de mil cosas en el municipio de El Retiro, cerca de Medellín. Uno de esos almacenes donde hay de todo, desde cremas de manos hasta fertilizantes florales, pasando, claro está, por tinturas, telas, lápices de colores, adornos, juegos, joyería de diseñador, bebidas o dulces saludables y, no podían faltar, máscaras. La que saltó a mis ojos tenía puntos negros rodeados de un halo naranja en lugar de ojos; por nariz, dos arcos medios al final de una línea gris oscura de arriba abajo que la partía en dos; nada de boca y sin embargo una suerte de lengua sobresalía hasta tocar un collar de argollas blancas alrededor del cuello. La piel, de tono amarillo ocre rodeada de gris oscuro marcaba el óvalo que, incluyendo una forma de puntas redondas, hacía las veces de corona o sombrero. Si bien sus proporciones eran los de una figura humana la condición de máscara ritual era evidente por la textura con la que había sido concebida. La compré. Y cuando llegué a mi casa le encontré lugar al lado de la máscara de teatrero de Morelia. Esto sucedió hace un tiempo ya, meses, quizá más de un año. Después de aquel día, cada vez que paso a su lado, lo hago varias veces al día, tengo la sensación de que ellas, las máscaras, al sentir mi cercanía se separan para no delatar su complicidad. En estos tiempos de confinamiento obligatorio mi tiempo en su cercanía aumentó, lo mismo que la sensación de confabulación entre ellas. Recordé que Saramago escribió en sus “Cuadernos” un texto donde hacía mención de las actividades y actitudes, incluso relaciones de las cosas entre ellas durante la noche, cuando todos duermen y nadie las mira. “El extraño caso del doctor Jekill y mister Hyde” de Stevenson, también volvió a mi memoria, no solo porque ya había pensado ver en ellas al uno y al otro, si no porque Henry Jekill y Edward Hide, en un solo cuerpo, evidenciaron la inconformidad de Jekill, que Hide convirtió en crimen, como resultado del desasosiego que le producía la conservadora Inglaterra de finales del siglo XIX. ¿Como Jekill y Hyde las máscaras están a disgusto en el lugar que les correspondió en mi casa? Qué puedo esperar de ellas si desde los primeros días del encierro, cada vez que paso a su lado, siento que ocupan su puesto como si nada y me ignoran, pero es evidente que disimulan. Ha sucedido que sentado frente a la pantalla de mi computadora, cuando el silencio del confinamiento se cuela por todas las rendijas, las escucho cuchichear. ¿Traman?, ¿qué traman?, ¿Jekill y Hyde?, ¿en mi casa? Entonces la duda se instala. ¿Será mi imaginación? O será el peso atronador de los días de encierro que las acosa…

Cosas…

… Y la “cosa” ahí…

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