Cosas 41

19 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Culillo

Un anochecer. Un grupo en fila india camina por el sendero que bordea un cementerio. Alguien del grupo menciona su miedo a los cementerios y a los muertos. El guía, un hombre de la región, sentenció sin detenerse y sin mirar atrás: “…no hay que tenerle miedo a los muertos, es a los vivos a los que hay que tenerles miedo…” Sucedió hace años. Muchos años antes, en un pueblo de la sabana de Bogotá donde estudié no teníamos miedo de nada. Teníamos “culillo”. Culillo de todo. Teníamos culillo de los exámenes de aritmética, de inglés, de geografía, de español; de las jornadas sin recreo, del partido de fútbol con los grandes, de perder el año; teníamos culillo del infierno; la confesión nos producía un culillo sin igual por la penitencia que, sin duda, iba a ser mayor que los pecados. Recuerdo la imagen que adornaba una de las paredes del confesionario: era una estampa donde un hombre se debatía entre ángeles y diablos a las puertas del infierno. Nunca supe cuál de los dos bandos se llevó al pobre hombre que por la expresión de su cara tenía un culillo enorme. Pero el culillo mayor venía de la posibilidad de que alguien lo pillara a uno con culillo. Era lo peor. Luego el culillo desapareció, seguramente crecimos, y entonces llegó el miedo. El miedo viene en presentaciones variadas y se encuentra en todas partes. El miedo es la contraparte de la tranquilidad. Produce desasosiego y en la mayoría de los casos ganas de salir corriendo, el problema es saber para dónde. El miedo elimina toda posibilidad de discernimiento, toda posibilidad de elección y obliga a quien lo sufre a aferrarse a cualquier tabla de salvación al alcance de la mano, del ojo o del oído. El miedo tiene múltiples maneras de manifestarse: el ruido, las multitudes, los espacios abiertos o cerrados, los otros, la violencia, el odio, la inseguridad, la muerte, la vejez, la politiquería, el poder. El miedo convierte a su víctima en presa fácil de salvadores de esquina, predicadores, magos, charlatanes, estafadores, mentirosos, politiqueros, caudillos. Hay quien dice que el miedo es un sentimiento que nos ha acompañado desde siempre. En Colombia lo hemos vivido en carne propia en veintitrés guerras civiles sin contar con la última que llegó a un acuerdo entre las partes pero el miedo inoculado con mentiras y engaños no ha dejado que termine aun. La guerra es una fuente de miedo; si la comparamos con la sociedad de consumo de hoy, la guerra es el supermercado de los miedos; en ella se encuentran todos, desde la ignorancia hasta la muerte, pasando por el dolor, la enajenación, la soledad, la persecución, el desplazamiento, el hambre, la enfermedad; la guerra viene con todos los miedos incluidos. Hoy, vivimos igual que durante mis años juveniles en aquel pueblo de la Sabana: al borde del culillo. Nunca me he cruzado con elecciones donde el miedo no haya sido parte integral del resultado. En las que pasaron hace dos años en Colombia ganó el miedo. Ganó el miedo que nos vienen inoculando en dosis de mentiras, de noticias falsas, de agresiones y violencia, de grosería, de politiquería, de cinismo, de suficiencia. Ganó el miedo que obligó a poco más diez millones a votar por el candidato que infunde el miedo que el jefe tras bambalinas le ordena; ganó el miedo que llevó a millones a votar por el que ganó porque les anunciaron que el otro les debía producir miedo; ganó el miedo que intimidó a los que no aceptaban ni al uno ni al otro y se abstuvieron. Ganó el miedo que aun hoy nos domina. ¡Qué culillo…!

Cosas…

… Y la “cosa” con o sin tapabocas, como el miedo, sigue ahí…

Ficción La Revista viene con equipaje y estará en circulación muy pronto…

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