Cosas 39

5 septiembre, 2020 § 2 comentarios


¿Tapaqué?

Seis meses, o casi, sin salir a la calle o con salidas cortas, cerca y por poco tiempo a la tienda del frente o donde “Sombrero” que no cerró su venta de aguacates en la entrada del corredor estrecho que lleva a su casa. Seis meses sin salir. Hasta el día esperado por muchos que sentían el peso del encierro e inesperado por otros tantos que por la misma causa se encerraron en sí mismos. Hago parte de los últimos. Sin embargo el lunes pasado, día de la apertura, salí a recorrer la ciudad que esperaba encontrar cambiada después del aislamiento obligatorio, con el artefacto sobre nariz y boca que solo dejaba ver mis ojos. La ciudad seguía igual pero un cambio notable, rezago de la pandemia, era el uso generalizado de la nueva prenda. Las posibilidades de interpretación de una situación son múltiples y dependen del interés de cada uno, lo mismo sucede con el tapabocas. Unos lo usan bien, otros de cualquier manera, muchos lo ignoran, pero llegado el momento lo acomodarán, como mejor puedan y donde corresponde. Solo ojos. El aislamiento dejó solo los ojos para sorprender, disimular, disfrazar, para el llamado de atención, la conversación, la sonrisa o la negación; la voz, sin labios en movimiento que prefiguran las palabras, obliga a confirmar lo escuchado o lo dicho en los ojos del otro. Y tiene su encanto, un halo de intriga al que es difícil sobreponerse. Quien está detrás del artefacto ¿lleva bigote, barba, sonríe, se muerde los labios, mastica chicle? Igual que las máscaras, el artefacto tapabocas, hace parte del día a día como una variable infinita de la moda por el color, por la decoración, por lo que su portador busca significar con él, por la forma o la actividad de quien lo lleva. El artefacto tapabocas pasa a ser la expresión de un universo infinito e invisible. Al cabo de seis meses de aislamiento, la idea de una ciudad donde el artefacto de resistencia al virus estuviera al orden del día como apoyo a las palabras pero sostenido por los ojos, me acosó. Caminé por calles y pasillos donde multitud de tapabocas de todos los colores, con dibujos de objetos naturales o decoraciones geométricas que se adaptan a la forma de la cara de quien lo porta; con bocas abiertas, cerradas, sonrientes, o agresivas como de tigre, estampadas en ellos; con decoraciones inesperadas, ojos en el lugar de bocas y narices, como un juego de intercambio de los sentidos, la vista en lugar del gusto y el olfato. Me crucé con tapabocas diseñados con imágenes piadosas y también con obras de arte. Me encontré con unos como piyamas y con otros que llevan la marca de la empresa que los patrocina y otros diseñados para superhéroes. El Hombre Araña me interpeló en una esquina; “Los amantes” de Magritte en un cruce de pasillos; un paisaje tropical con palmeras en el reflejo de una vidriera; mi autorretrato en el reflejo de un espejo y en todos los casos, aunque el artefacto fuera negro o blanco, sin más, era en los ojos donde se sostenía el instante; ni bocas ni narices, solo ojos que parpadean, que reconocen, que miran más allá, o llevan gafas y un brillo inesperado oculta su duda. Ojos, solo ojos y tapabocas, artefactos que parecen el rezago de la pandemia que nos sometió… 

Cosas…

… La “cosa” no lleva tapabocas…

Los “Retratos Aislados” están aquí…

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