Silla 49

7 diciembre, 2019 § Deja un comentario


… Más allá del telón…

Cine al revés

Hace algunos días, en conversación con un amigo, llegamos al tema del cine que veíamos hace años cuando las películas, las “pelis” como las llaman hoy, no llegaban hasta las pantallas, comunes ahora en las casas y era necesario ir  al cine en el centro de la ciudad porque en los barrios no había teatros, y si los había, eran pocos y las mejores cintas no pasaban por allí. Hablamos de “pelis” de Fellini, Ford, Kubrick, Buñuel; o de actores como Quinn, Deneuve, Rey, Loren, Masina o Mastroianni. Muchas de estas “pelis” en maravillosos colores blanco y negro. En la conversación fuimos más allá en el tiempo y recordamos las que proyectaban al aire libre en la plaza del pueblo o del barrio, algún parque o patio amplio donde fuera posible alinear los asientos para el público; hileras de asientos como los de los cines que, la necesidad de ampliar el espacio por exceso de espectadores, obligaba a alinear detrás de la tela blanca que servía de telón. Quienes ocuparan esos puestos podían ver la película desde atrás, en sentido contrario a los que se encontraban frente al telón. Las “pelis” casi siempre en lengua original, inglés o francés, venían con subtítulos, un inconveniente para los del lado escondido del telón porque no solo no entendían los diálogos sino que los subtítulos en letra blanca y al revés, sobre las imágenes en blanco y negro, resultaban ilegibles. Recordé, sobre todo, el atardecer en un patio de colegio cuando pasaron “Casablanca”, una aventura de amor y espionaje en medio de la Segunda Guerra Mundial con Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. Me acomodaron detrás del telón, el lado opuesto al de los espectadores. Aquella noche los cruces encubiertos en el bar de Rick: Humphrey Bogart; la incertidumbre con mezcla de recuerdos en la mirada de Ingrid Bergman; “As time goes by” la tonada al piano interpretada por el negro Jimmy; y los ojos volados de Peter Lorre, el húngaro inolvidable de “El hombre que sabía demasiado” de Alfred Hitchcock que vería al poco tiempo del lado correcto del telón, pasaron frente a mí pero al revés. Poco vi aquel atardecer. Mejor decir: nada vi. Cuando se dio la posibilidad de estar del lado correcto del telón y llegué a “Casablanca” por segunda vez fue como si no la hubiera visto antes. Hoy, cada vez que ocupo una silla como las de aquellos cines, recuerdo las sesiones al revés donde lo que veíamos o imaginábamos tenía poco que ver con lo que sucedía del otro lado. Era otro cine, la imaginación y nosotros también…

Hechos…

La Silla Fantasma, Ghost, fabricada en policarbonato transparente de una sola pieza es una versión contemporánea de las sillas estilo Louis XVI. Fue concebida por Phillip Stark y su nombre deriva del material transparente, invisible, en que fue creada… 

Museo Maja / Exposiciones abiertas al público hasta / 26 / 01 / 2020

Silla 46

16 noviembre, 2019 § Deja un comentario


… Un taburete en Marsella…

Taburete y empanadas

Marsella es un caserío al borde de la carretera. A lado y lado una suerte de parque separa la vía adoquinada de las casas con ventanas de colores y balcones bajos donde los habitantes se acomodan a ver pasar, conversar o recordar acontecimientos sucedidos o por suceder. El parque hace que las casas, porque se disimulan tras los árboles, parezcan pocas, sin embargo son suficientes para los trescientos sesenta y tres habitantes. Tal vez porque se encuentra al borde de la carretera el caserío tiene nombre de ciudad grande: Marsella, también puerto frente al Mediterráneo. Una tarde de agosto, Sergio nuestro amigo artista, mi mujer y yo, pasamos por Marsella al regreso de Jericó a una hora en la que el almuerzo, ya lejano, ha dejado espacio para la angustia que llega con las ganas de comer. Aunque no sabíamos si en aquel caserío con nombre de ciudad grande encontraríamos algo que apaciguara nuestras angustias paramos frente a la iglesia, pequeña, con atrio amplio y vista sobre los techos más allá de los árboles del parque. En uno de los costados de la iglesia, al otro lado de la carretera adoquinada y empinada un café con terraza, tres mesas recostadas contra las paredes amarillas entre las puertas abiertas a la penumbra del café y una mujer morena, grande, vestida con delantal azul cielo detrás de una parrilla donde fritaba empanadas, aparecieron como la solución a nuestras angustias. Subimos los tres escalones hasta la terraza con piso de baldosa amarilla y losanges vinotinto, mesas y taburetes de madera teñida con tintura oscura, espaldar y asientos de cuero crudo con remaches de metal oscuro. Todo normal, incluso los afiches anunciando el “ron Parce” desconocido para mí. Rodeamos el taburete caído en un lugar donde no interfería con el ir y venir de los parroquianos aunque en ese momento éramos los únicos además de Elkin, el dependiente, y la morena vestida de azul cielo ocupada con las empanadas. Rodeamos el taburete, la morena trajo las empanadas, diez; Elkin sirvió dos cafés y una botella de agua; hablamos con él de una cosa y otra: los habitantes de Marsella; el tiempo, los carros que pasaban, el “ron Parce”. No mencionamos el taburete caído en el piso. Elkin no lo mencionó, ni siquiera lo miró y nosotros tampoco. Era un espacio vedado. Sin embargo, la imaginación, como es su costumbre, voló: está allí porque alguien salió corriendo y lo tumbó; o porque se rompió y Elkin espera que el pegante seque; o, más imaginativo, porque así quedó después de la pelea; o, aun más, porque quien sufrió el síncope cayó de espaldas, nadie se atrevió levantar el taburete y, como un monumento, lo dejaron como quedó en memoria del caído. Las empanadas deliciosas, la mejor salsa es el hambre dice Julián Estrada; terminamos con ellas, con los cafés, pagamos la cuenta, esquivamos el taburete en el piso antes de bajar los escalones y prometimos a Elkin que volveríamos. Después de aquella tarde he pasado varias veces por Marsella. El café abierto siempre, la morena de las empanadas por ningún lado y el taburete, que estimuló la imaginación hasta el drama, tampoco…          

Hechos…

… En 1924 Xavier Pauchard diseñó Tolix una silla en acero cromado con la posibilidad de almacenamiento en pilas. Tolix es uno de los hitos en la historia del diseño industrial…

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 22 / 11 / 2019

Silla 45

9 noviembre, 2019 § Deja un comentario


… Una pintura de Vilhelm Hammershøi…

Reposo. Vilhelm Hammershøi / Óleo sobre tela / 49.5 X 46.5 cms. / 1905 / Musée D’Orsay. Paris

Reposo

La mujer está de espaldas. De espaldas a Vilhelm Hammershøi artista danés quien la pintó y, claro está, de espaldas a mí, espectador circunstancial. El tiempo no parece correr para ella ni para el pintor y menos aun para mí. Es el momento del reposo en un taburete color madera inspirado en los famosos Thonet de principios del siglo XX. Es el descanso a pesar de que el tiempo no corre. El peinado despeinado cogido en moña, la mesa cubierta con tela gruesa y el paño blanco utilizado para evitar que la ropa se chafe en el momento de planchar, son testigos quietos. La pose relajada y la mirada baja sugieren el reposo. Como en la mayoría de sus pinturas, las habitaciones parecen desiertas o casi y como el tiempo no corre puede ser mañana o tarde. Conocí a Vilhelm Hammershøi en una calle de la Ciudad de la Pintura que, por estar en el mundo paralelo, es todas las ciudades. Nos encontramos frente a una habitación de otro tiempo que hubiera podido estar en Bruselas, Londres o Copenhagen. En las pinturas de Hammershøi la luz como la hora son indefinibles, el sol entra por la ventana, ilumina el piso y los pocos muebles; las puertas de par en par comunican habitaciones desiertas con ventanas lejanas; de repente un escritorio o una mesa con mantel blanco recién planchado quizá por la mujer que ahora reposa; muebles de salón, taburetes, lámparas, y en alguno que otro rincón una figura de mujer a la espera. Aquel encuentro con Hammershøi sugirió la posibilidad de devolver el tiempo y en efecto lo devolvió en forma de recuerdo, de mí recuerdo. Entonces me encontré en habitaciones de techo alto, lámpara en el centro, piso de madera curtida por los pasos, uno que otro mueble, en ocasiones una silla Thonet original o solo imitación; paredes blancas con pocas pinturas a pesar de que era casa de pintores, puertas abiertas también blancas de aparente solidez y peso venido de un tiempo pasado en dirección a otro por venir. Un recuerdo tan sólido como el silencio se abrió a la experiencia de la memoria. Entré en las pinturas. Pasé de espectador a sujeto y en el recuerdo me deslicé en una silla como la que ocupa la mujer en la pintura solo que la mía no era color madera, era roja. Comprendí que el tiempo estaba abierto, podía ir hacia atrás o hacia adelante tanto como quisiera. Decidí que estaba en el número cuarenta y nueve de la rue Berckmans de Ixelles, en Bruselas, donde compartí el tercer piso, un taller de artista, con Serge Herbiet amigo pintor belga. Pasé de una habitación a otra, subí y baje escaleras. Entrar en la pintura y recorrer lugares como aquellos que hicieron parte de mi día a día fue extraordinario. Recorrí las estancias que Hammershøi trajo a la memoria, pasé por aquella donde la mujer espera y no escuchó mis pasos. Crucé el salón amplio, llegué a la ventana, la luz del otoño era suave. En la fachada del frente, al otro lado de la calle, una ventana igual coincidía, podría decir, con la ventana donde el recuerdo me llevó. Me pareció distinguir en ella la mujer que Hammershøi pintó mientras reposaba en la silla, quizá allí mismo, años antes de mi recuerdo…

Hechos…

La silla Wassily, conocida como Modelo B3, fue diseñada por Breuer con tubos de acero cromado y asientos de cuero en 1926 para el pintor Wassily Kandinsky. Profesor en el Bauhaus. 

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 22 / 11 / 2019

Silla 44

2 noviembre, 2019 § Deja un comentario


… En el café de Flore, un banco…

Paris era una fiesta

Con frecuencia los resquicios de la memoria juegan distinto a como uno imagina. El café de Flore queda en la esquina de la rue Saint Benoit y el boulevard Saint Germain en Paris. No sé por qué siempre pensé que el encuentro o, cruce imaginario, que tuvo Hemingway con aquella chica que ocupó una mesa cercana a la suya cerca a la ventana y parecía vigilar la calle porque seguramente tenía una cita, había ocurrido en el Café de Flore y no en el café frente a la Place Saint Michel, donde Hemingway iba en busca de unos rones de Jamaica o de una docena ostras portuguesas acompañadas con media jarra de blanco seco y, por supuesto, iba a escribir. El día que la chica de cara fresca como moneda recién acuñada, cutis de lluvia y pelo negro como ala de cuervo que daba a su mejilla un limpio corte en diagonal apareció en la mesa al lado de la ventana, como narró en “Paris era una fiesta”, Hemingway escribía un cuento en una libreta de bolsillo; la aparición le causó tal sorpresa que la intención de meter a la chica en el cuento lo obligó a escribir con más empeño. Hemingway escribía y solo para ver a la chica y meterla en el cuento levantaba los ojos, así constataba que estaba allí y que cada vez la tenía más en su historia. Cuando llegó al último párrafo leyó el cuento, le pareció perfecto, levantó la mirada y la chica ya no estaba, se había marchado. Sucedió en el café frente a la Place Saint Michel. Por una de aquellas jugadas de la memoria siempre tuve la idea de que el cruce había sido en el Café de Flore, lugar de reunión de escritores, pintores y poetas en los años anteriores a la ocupación. Hace algún tiempo, un otoño, pasé por el café de Flore con Luz Elena, mi mujer, y Jaime Gómez nuestro amigo pintor y ocupamos una mesa en la terraza. Pedimos lo que hubiera pedido Hemingway: ron de Jamaica para nosotros y vino blanco seco para mi mujer. Conversamos y miramos pasar la gente como Perec en “Inventario de un lugar parisino”. Esperé, debo decir, la aparición, en alguna de las mesas cercanas, de una chica como la que describió Hemingway para hacer como él: meterla en una historia, pero ninguna chica apareció. Con el tiempo caí en la cuenta de mi error, seguramente, me dije, la chica de Hemingway estaba en el café frente a la Place Saint Michel mientras nosotros estábamos en el Café de Flore. De todas maneras la incluí en esta historia…

Hechos…

… Tiene forma de bola, por eso la llaman La silla Ball. La definieron como un espacio dentro del espacio porque produce la sensación ligera de incluir a quien la ocupa en la levedad de un universo como el de Kubrick en 2001, Odisea del espacio

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 25 / 11 / 2019

Silla 43

26 octubre, 2019 § Deja un comentario


… Silla en vitrina…

Se vende

Diez pasos más allá, cuando caí en la cuenta del letrero, regresé y la consideré de cerca. No reaccioné en el primer momento. El aviso “Se Vende” pegado sobre su espaldar removió un cúmulo de historias oídas, ajenas y cercanas. El “Se Vende” estaba pegado a la silla, especie de trono para elegidos, como las que, hace años, amoblaban el salón principal de algunas casas. Hablo del salón que se mantenía cerrado y con muebles protegidos con forros de paño fino; al que estaba prohibido entrar y solo se abría cuando la visita era importante o, por muerte de un obispo, según un decir premonitorio, quizá porque la esperanza era velar al obispo en esa misma sala. En general, la silla y el salón estaban reservados a la visita del prelado, ojalá antes de su muerte si se dignaba hacerla o, a la del pariente rico, más escaso aun que el obispo. El salón se abría también cuando algún dignatario menor, el párroco o un secretario de alcalde en ejercicio que, ellos sí, hacían visita con frecuencia a la hora del chisme acompañado de té con galletas finas. Una andanada de situaciones de los años en que era imposible imaginarme sentado en una silla de aquellas me alcanzó. Con seguridad el vendedor del local donde estaba exhibida notó mi tumulto interior, adivinó las grietas por donde se deslizaba mi memoria, salió del local y sin permitir duda alguna de mi parte dijo: es una silla de origen, tengo certificados de garantía, usted sabe, y le puedo asegurar que quienes han posado sus nalgas en ella han sido, todos, usted sabe, prohombres, faros, luminarias, si así pudiera llamarlos, de nuestra sociedad, usted sabe. No dije nada, no respondí y tampoco me moví del lugar frente a la vitrina que, en su reflejo de vidrio mezclaba la silla de madera brillante y posadera de paño rojo con mi silueta sin detalles y el anuncio con la inscripción de venta. No vi en el reflejo rastro alguno del vendedor que apareció a mi lado y con voz de galán de telenovela, agregó: está como nueva, usted sabe, personajes tan distinguidos solo dejan el recuerdo de su paso en la memoria. La silla, dijo convencido, perteneció a una familia de la misma alcurnia de sus visitantes pero, usted sabe, los tiempos cambian y aquellos salones reservados para las personalidades ya no existen en las casas de hoy, ni siquiera esas casas, casonas, palacios, usted sabe, existen hoy en día y los herederos, no todos, claro, solo algunos, decidieron venderla antes de… No me moví, no respondí, tampoco miré al vendedor pero escuché su voz de telenovela a pesar de que su figura no apareció en el reflejo de la vitrina…

Hechos…

La Silla Panton creada en 1967 por el danés Verner Panton, de ahí su nombre, fue la primera silla  en plástico flexible. Una obra maestra del diseño de mobiliario…

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 25 / 11 / 2019

Silla 42

19 octubre, 2019 § Deja un comentario


… La banca y la manicure…

En varios tiempos

Pintarse las uñas es un arte. Unas uñas bien pintadas requieren minucia y pulso firme. Por esta razón la presencia de la mujer en una de las tantas rutas de bus, en acción de pintarse las uñas me puso sobre aviso. La pose de la mujer plegada sobre ella como si quisiera aprovechar un momento propicio, que no va a regresar, llamó mi atención y fui a ocupar la banca paralela a la suya. Por supuesto no vi lo que hacía hasta llegar a su lado. La mujer, con ropa deportiva pegada al cuerpo y tenis fluorescentes, iba concentrada en sus manos, tenía un pincel con tapa de esmalte para pintar uñas en una mano y un frasco de esmalte rojo entre los muslos apretados. Apenas llegué a su lado el bus arrancó de nuevo, ella dejó de aplicar esmalte y quedó suspendida en la acción. Cuando el bus se detuvo por culpa del tráfico, aprovechó y con precisión aplicó dos pasadas en una uña, lo iba repetir en la del corazón pero el bus se puso en movimiento, frenó, arrancó, esquivó un desnivel, disminuyó la velocidad y ella se vio obligada a interrumpir de nuevo su manicura. Tomarle una fotografía, se convirtió en obligación. Lo que sucedió de ese momento en adelante fue así: ella esperó cada ocasión para aplicar esmalte y yo esperé cada ocasión para hacer, con mi celular, al calculo, sin mirar en la pantalla para no delatarme, una fotografía. Fallé más veces de las que acerté. Las fallé todas. Unas porque solo veía partes de su cuerpo, muslos o camiseta; otras, porque, ella, más hábil que yo en eso de aprovechar los espacios de quietud, pintó sus diez uñas, alcanzó a soplarlas para que secaran rápido y llegó a su destino antes que yo pudiera hacer mi fotografía. Me quedé con el celular preparado en el ángulo ideal para lograr la imagen del momento exacto en que ella aplicaría el esmalte. Pero ella desapareció en una de tantas paradas y no logré tomar la foto. La banca del bus desierta es el testimonio único de esta historia. Tendrán que creerme…

Hechos…

… En 1958 el diseñador danés Arne Jacobsen creó la silla Egg llamada así por la forma de huevo que incluye asiento, brazos y respaldo en una sola pieza…

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 25 / 11 / 2019

Silla 41

12 octubre, 2019 § Deja un comentario


James Ensor, una silla, un cruce inesperado

Frente al Pacífico

Quienes conozcan a James Ensor, el pintor belga, se preguntarán qué hace frente al océano Pacífico y, además, ilustrado por una silla metálica cuya sombra en lugar de pegarla al piso la hace tan ligera que vuela, los accidentes de la piedra parecen texturas de cielo y quizá, sin esfuerzo, se convertirán en nubes. James Ensor nació en Ostende, en la costa belga frente al mar del Norte a mediados del siglo XIX. Lo conocí en los años setenta por dos de sus obras: El autorretrato con máscaras y La entrada de Cristo a Bruselas. Dos pinturas de finales del siglo XIX que vi una tarde de invierno en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas. La luz y la factura del trazo que algunos intentan asimilar a la de los impresionistas franceses y que él negó con vehemencia, no fue lo que me atrajo de esas pinturas. Fueron las máscaras de colores diversos que podrían ser saltimbanquis o brujas o esqueletos coloridos o el mismo Ensor vestido de rojo con sombrero de pluma y barba acicalada, en medio de la alegría del Carnaval entre bandas de música y pancartas. Eso fue lo que me atrajo. Me pareció una suerte de reivindicación de la vida, la luz y la alegría, que un hombre nacido frente a las frías aguas del mar del Norte, donde los días son cortos, las noches largas y el frío se cuela por las rendijas, dedicara su obra al colorido y la parodia del Carnaval. Pero estaba equivocado. Ensor nació, creció y vivió buena parte de su vida en el segundo piso del almacén donde su abuela exhibía objetos exóticos, encajes con colores fabulosos, extrañas bestias disecadas, colecciones de máscaras, de disfraces y de objetos llegados de países lejanos. Nada hubiera podido estimular más su imaginación que la diversidad del contenido de la tienda y es por esto que en la mayoría de sus pinturas y dibujos, el domino de la luz, el color y las formas inesperadas, están presentes. Después perdí de vista a Ensor y su obra, quizá lo recordé en alguna ocasión pero sin más. Hasta un medio día de primavera, hace poco, cuando me crucé en el Museo Getty de Los Ángeles con La entrada de Cristo a Bruselas. Tan inesperado fue el encuentro que no tuve la agilidad suficiente para tomar la fotografía que lo certificara. Allí, en una sala relativamente pequeña estaba la tela inmensa, más de cuatro metros por tres, con su colorido intacto, sus bandas de música, sus pancartas, sus calaveras, sus máscaras y su carnaval. Constaté entonces que era imposible distinguir a Cristo entre la multitud enmascarada por el color. Al salir de la sala encontré la silla en listones metálicos que por falta de cuerpo confundía su forma con la sombra en el piso. Con el recuerdo de la pintura en la memoria pensé que él también se hubiera sentado en esa silla a imaginar, bajo la luz cambiante del mar del Norte en primavera, las máscaras y el Carnaval de Bruselas, con o sin Cristo. Sin embargo, como lo que tenía frente a mí era el Pacífico, solo alcancé a imaginar a Ensor mientras recreaba sus parodias…

Hechos…

… La silla Mackintosh se distingue por el respaldo estrecho de cuatro alturas. Las tres primeras cruzadas por listones horizontales; la cuarta, con listones horizontales y verticales en forma de damier coronan la altura. Siempre pintadas de negro, las Mackintosh, son un ejemplo de diseño moderno. Su autor fue el arquitecto escocés Charles Rennie Mackintosh…

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 25 / 11 / 2019

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