Cosas 30

4 julio, 2020 § Deja un comentario


Alebrijes

Sigue la narración de una búsqueda de hace algunos años que dio como resultado el Alebrije que conservo cerca y hace parte de lo cercano de cada día. Sucedió así: Alebrije en “caló”, variante del “romaní”, lengua gitana, significa: cosa enredada, difícil y de tipo confuso o fantástico. Nunca había escuchado la palabra que un conocido, al enterarse de un posible viaje a México, mencionó como algo que quería para él. Después de buscar en diccionarios y en internet encontré que los alebrijes eran figuras fantásticas creadas por un “cartonero”, así llaman en México a quienes hacen figuras en papel maché, llamado Pedro Linares López. En 1936 Pedro sufrió una grave enfermedad y cuando volvió del coma dijo que se había encontrado con animales fantásticos, que le gritaban ¡AlebrijesAlebrijesAlebrijes! Eran leones con cabeza de perro, serpientes con alas y testuz de jaguar, iguanas de colores y colas retorcidas en tirabuzón, puercoespines con apariencia de osos hormigueros y puntas de colores en el cuerpo. Para que sus familiares vieran cómo eran aquellos seres fantásticos los recreó en papel maché, con tan buena fortuna que la fama de sus figuras traspasó los muros de su casa. Otra versión dice que los Alebrijes fueron obra de un artesano esquizofrénico de Oaxaca que, en sus crisis alucinatorias, veía seres fantásticos, armados con alas, cuernos, garras y cabezas de animales que no pertenecían a esos cuerpos. Las dos versiones tienen un punto en común, ambas aseguran que los hijos heredaron el oficio de “alebrijeros”. Entre los alebrijes creados en Ciudad de México y los de Oaxaca hay una diferencia fundamental, los primeros son hechos en papel maché, los segundos tallados en madera de copal. Buscar los alebrijes en el DF, como llaman en lenguaje telegráfico a Ciudad de México, se convirtió en una persecución en filigrana por la variedad de versiones que nos llevaron por pistas equivocadas. No todas las figuras zoomorfas que se concentran en los anaqueles, mercados o vitrinas de almacenes y puestos de artesanos, son alebrijes. Alguien nos dijo que en la Avenida del Ayuntamiento pero encontramos el rastro frío. Al día siguiente fuimos por los alrededores del Zócalo, los habían visto por allí pero solo dimos con almacenes a puerta seguida que ofrecían la mayor cantidad de Vírgenes de Guadalupe que habíamos visto. En un restaurante de Coyoacán tuvimos por vecino de mesa a Juan Villoro y estuvimos a punto de interrogarlo, quizá él conociera alguna pista pero los espejos que duplicaban el lugar nos dejaron la sensación de que solo habíamos visto su reflejo. En “La Ciudadela” encontramos un “alebrijero”. Había allí, en canecas transparentes, innumerables alebrijes en papel maché, casi todos representando un animal de cuatro patas con garras de dinosaurio, aleta en el lomo y pico abierto de ave en lugar de hocico, ninguno estaba pintado. Un hombrecito pequeño, con apariencia de muchacho pero voz de bajo que lo hacía parecer mayor, nos dijo: “en San Ángel”. Para llegar allí pasamos por callejones estrechos de piso en piedra y casas con muros insalvables. Recorrimos puestos con músicos, pintores de Ex-Votos, vendedores de telas bordadas con animales inesperados cercanos a los alebrijes, pintores de lucha libre y tejedores de sueños, hasta que llegamos a un “alebrijero” de segundo piso. Detrás de vitrinas protectoras nos esperaban tallados en copal, pintados, de todos los tamaños y combinaciones de alas, garras, colas, cuerpos y colores. La pista estaba allí, sin embargo, la persecución solo comenzaba y debía seguir en la medida que los “alebrijeros” en madera de copal de Oaxaca o de papel maché del DF, estimulen la imaginación con combinaciones cada vez más fantásticas…

Cosas…

… La “cosa” es cosa seria y deja sin respiración… Qué “cosa”…

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Cosas 22

9 mayo, 2020 § Deja un comentario


La rosa de los vientos

Viento

El gran eunuco Zheng He era el comandante de la flota china, más de setenta naves y cinco mil hombres, que en 1421 inició un viaje alrededor del mundo en busca de mercados. El Nuevo Mundo no había sido descubierto aun pero los cartógrafos chinos sabían de su existencia. Poco antes de zarpar Zheng He asistió a la inauguración de la Ciudad Prohibida pero menos de un año después debió suspender la correría y regresar porque un incendio, hubo dos durante la Dinastía Ming, destruyó la Ciudad Prohibida. Esta catástrofe dio como resultado la interrupción de la expedición, el aislamiento de China del resto del mundo y con absoluta seguridad evitó la llegada al Nuevo Mundo de los chinos que se aislaron de occidente hasta la primera parte del siglo XX. En 1992 Enrique Tobón Lara escribió un texto que fue publicado en Asfalto Graphis una revista que editábamos por aquellos años. Enrique fue, entre todos sus talentos, constructor de barcos a escala y conocedor profundo de las naves que surcaban los mares en tiempos en que era necesario aprender a domesticar los vientos. “… Los primeros navegantes tuvieron que poner riendas a la fuerza del viento para maniobrar sus embarcaciones en direcciones distintas a las que imponían los vientos, su presencia constante los obligó a crear una estrella de dieciséis puntas, llamada Rosa de los Vientos, en la cual cada punta corresponde a una de las direcciones en las que sopla el viento […] Hasta finales del siglo XVII la construcción naval era producto de la experiencia de maestros carpinteros navales ligados al conocimiento del mar y sobre todo de los vientos […] En 1492 Cristóbal Colón llegó a la Hispaniola con poco más de noventa hombres distribuidos en tres naos, dos carabelas y una carraca, y la esperanza de haber acortado las rutas comerciales con el Extremo Oriente. Dicen que sus cartas de navegación estaban sustentadas en aquellas que los cartógrafos de Zheng He habían trazado más de setenta años antes…” En su texto, Enrique menciona las naos exploradoras del Almirante. “… dos carabelas: La Pinta y la Niña; y la Santa María, la capitana, una carraca de tres palos con velas cuadras apoyadas por una latina en el palo de mesana, construida a ‘ojo’ en 1480 en Santander. La Santa María no regresó del primer viaje y con sus restos se edificó el tristemente célebre Fuerte de Navidad […] Según Alvise de Ca’ de Mosto la carabela era la mejor nao que surcaba los mares. La Pinta era pequeña, veinte metros de eslora por seis de manga y una tripulación de veinte hombres pero no era tan veloz como La Niña una clásica carabela latina, con tres velas sin rizos, lo que indica que no era posible reducir el velamen en caso de vientos demasiado fuertes; en aquellos casos se debía maniobrar con la vela de capa, de ahí el decir popular: ‘capear el temporal’. Colón realizó su tercer viaje en 1498 a bordo de La Niña…” Hasta aquí algunos fragmentos de lo escrito por Enrique para aquella ocasión, que traigo de nuevo a primer plano, por si alguien pregunta hoy qué habría sido de nosotros si en lugar de Colón, Zheng He hubiera llegado al Nuevo Mundo setenta años antes, en 1421…

…Cosas

… “Capear el temporal” es una expresión cercana a lo que hacemos con la “cosa” en estos tiempos de tempestades… 

La otra cara del retrato exposición virtual, se puede visitar en: http://paf.re/g/marginaliahasta el 23 de mayo. El libro con igual título y contenido puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solicítelo a saulalvarezlara@gmail.com. Un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

Cosas 21

2 mayo, 2020 § Deja un comentario


Chirrido

Hace quince mil años, quizás más, la necesidad de proteger los pies obligó el primer paso hacia un invento que cambió el rumbo de la humanidad: la pantufla ligera y sin tacón que además de resguardar los pies de accidentes y raspones, los embellecía. Con la idea de procurar la belleza es necesario tener en cuenta que desde siempre los chinos sostuvieron que el pie pequeño era el pilar del encanto femenino y en favor de conseguirlo inventaron los suecos de madera que las mujeres calzaron, más pequeños que el tamaño de su pie, durante siglos. En la antigua Roma el vestido de los pies era símbolo de posición social; pero fueron los griegos quienes crearon el zapato con forma opuesta para pie izquierdo y derecho. Los ingleses iniciaron la numeración según la talla en 1642, cuando tuvieron la necesidad de fabricar botas para el ejército. El calzado no siempre fue cómodo, por pesado o por ancho y plano, con frecuencia era poco adecuado para caminar. El tacón apareció entre los siglos XVI y XVII y se incorporó al calzado femenino como un elemento estético. La Revolución Francesa acabó con todos los símbolos de la aristocracia y los ciudadanos calzaron por igual zapatos planos. Con la derrota de Napoleón en Waterloo la bota Wellington, de tacón bajo y liviana, se puso de moda y ha sido la fuente de inspiración para casi todas las variables de bota masculina y femenina hasta nuestros días. La industria ha evolucionado. En su fabricación se han empleado metales, pieles con o sin pelo, hojas de palmera, caucho, madera de diferentes tipos, sedas, bordados y materiales de descubrimiento reciente. La historia no menciona por ningún lado aquel calzado que, a parte de proteger el pie y estar al origen del sonido de los pasos, produce también el chirrido de los materiales que se rozan entre sí. Sin embargo es necesario contarla resumida y encomendarse a San Crispin, patrón de los zapateros desde la Edad Media, cada vez que se escucha la temible maldición: “Que te chirreen los zapatos”. Lo único que se puede hacer cuando el ruido aparece es destruirlos, cortarlos en pedazos pequeños para que nadie los pueda armar de nuevo, enterrarlos y esperar que la naturaleza no deje rastro. En otros tiempos, al comienzo del año escolar, muchos estudiantes llevaban unos botines de cuero duro que, para “domarlos”, como decían, había que sufrir de las ampollas en el talón por lo menos los tres primeros meses del año; allí no valía la doble media, ni la plantilla, ni el contrafuerte bajo la pata del mueble más pesado. Era posible llegar a dominarlos y acabar por vencer las ampollas, pero lo que era indomable, sin lugar a duda, era el chirrido que producían. Otra versión cuenta que un cliente insatisfecho lanzó la maldición a un zapatero y a partir de ese día todos sus zapatos chirriaron. Desesperado, el zapatero cambió de materiales, de suelas de cuero pasó a suelas de caucho, buscó entre sus plantillas y utilizó un cuero más suave; fabricó él mismo las hormas y aún así, sus zapatos, por encargo o para poner en vitrina tuvieron el chirrido incluido. Dicen que la policía descubrió al autor de un crimen porque un testigo que se encontraba en la habitación contigua a la de los hechos reconoció al asesino por el chirrido de sus zapatos…

Cosas…

… Así, sin ruido o con chirridos, la “cosa” nos acorraló.

La otra cara del retrato exposición virtual, se puede visitar en: http://paf.re/g/marginaliahasta el 23 de mayo. El libro con igual título y contenido puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solicítelo a saulalvarezlara@gmail.com. Un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

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Cosas 11

14 marzo, 2020 § Deja un comentario


Nona

Desde hace algún tiempo recibo en mi correo información sobre las obras y exposiciones de Christopher Stott, pintor americano de quien solo conozco sus obras, nunca he visto una fotografía suya; sin embargo, desde la primera vez que por casualidad, en un recorrido por la virtualidad me crucé con ellas, llamó mí la atención la precisión de su trazo, el aura de unicidad, de organización y desorganización, de uso con que representa libros, maletas, máquinas de escribir, de confites, cámaras, teléfonos, sillas, relojes, y sobre todo, llamó mi atención el momento en que los pinta rodeados de esa suerte de soplo que solo es posible en la luz de las horas nonas. Stott dice que pinta los objetos tal como son, sin efectos, solo un poco más grandes que su tamaño original. Hace pocos días tuvieron lugar dos sucesos que se unieron en el tiempo, en su tiempo, puesto que se trata de relojes. El primero fue la constatación de la presencia de cuatro relojes en la habitación, escenario donde la fragilidad del tiempo se manifestó, donde paso las noches y muchas veces los días. Cada reloj señalaba una hora distinta, algo que sin lugar a dudas lleva a equívocos. En uno eran las tres menos cinco, ¿de la mañana?, ¿de la tarde?; en otro, la una menos veinte, según eso veníamos de pasar la media noche o el medio día; el tercero, que obligó con mayor razón la duda, marcaba la una y veintitrés. Muy fácil dirán algunos, basta mirar por la ventana si es día o noche para determinar cuál de ellos está más cerca de la luz del momento, de la posición del sol, de la intensidad de las nubes, de si la luna o las estrellas, en fin, posibilidades infinitas se presentarían con solo mirar por la ventana. El cuarto, marcaba las nueve y diecinueve, ¿de la mañana? Decidí abandonar aquella necesidad espontánea de conocer la hora, no tenía importancia. Desde que intento convivir con la ficción, el paso de las horas o la hora misma lo determina el momento de la narración. El cruce con los cuatro relojes en la habitación sucedió como un contratiempo. Fue entonces, quizá segundos, minutos, quizá horas después del primer suceso, cuando al recorrer la virtualidad encontré en el último correo de Christopher Stott un óleo de sesenta por noventa centímetros titulado “Diez relojes”. Todos distintos, pero iguales porque marcaban la misma hora: las diez. ¿Las diez de qué?, ¿de la mañana?, ¿de la noche?, ¿de la mañana y de la noche?, ¿cuáles a una hora?, ¿cuáles a la otra? El único hecho concreto, si así pudiera llamarlo, pero hace parte de las ficciones de Stott y seguramente de quienes miran sus pinturas, como yo, es la hora nona en que las pinta…

Cosas…

… Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, dijo un maestro a sus alumnos cuando el tema central de la reflexión era: el origen de las cosas…

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

Cosas 10

7 marzo, 2020 § Deja un comentario


Carta

Era el final de la tarde, no había oscurecido aun y la luz del sol cada vez más rasante estiraba las sombras. La calle, empinada y estrecha del centro de esta ciudad desconocida desbordaba de gente que iba y venía, cuando la acera se hacía estrecha los pasantes debían bajar a la calle, sin embargo no había encontrones ni atascos, todos circulaban a sus anchas y ninguno miraba el suelo. Debía ser yo el único porque desde una distancia respetable, entre las piernas del gentío, vi la carta de baraja entre el borde de la acera y una grieta que no la dejaba volar al paso de los transeúntes. No le quité más el ojo. Soy algo supersticioso y si estaba al revés era porque escondía alguna de las figuras y seguramente traería buena suerte. La carta que fuera me traería suerte. La distancia entre ella y yo se acortaba a cada paso. La duda de que alguien más la hubiera visto y se adelantara a recogerla me asaltó a unos diez metros de donde se encontraba. Aceleré como pude, bajé a la calle y un poco más libremente la alcancé. Antes de agacharme a recogerla tuve que dejar pasar una señora con un niño que también vio la carta pero como a esa edad, quizá menos de diez años, la suerte está en otra parte no le importó o no le interesó el grabado de los gallos de pelea que van de un lado a otro en ella. En el mismo momento en que la toqué con mis dedos, la agarré, la saqué de la grieta donde estaba y me levanté para mirarla y ver si era un as, una reina o un rey o mejor aun, un comodín, y ojalá de ninguna manera un tres o un cuatro, un hombre tan alto como yo, con barriga y vestido de gris se acercó y dijo, muéstreme qué carta es, si es un as, nos va a ir bien. El uso del plural de su parte me dejó fuera de base, era la primera vez que lo veía, no éramos amigos, ni siquiera vecinos de acera y quería apropiarse por lo menos de la mitad de la suerte que me correspondía. No dije nada, lo miré sin mirar la carta y tampoco la destapé; en ese momento ni él ni yo sabíamos qué carta tenía entre manos. Entonces repitió, si es un as nos va a ir bien, muy bien. Entonces le dije, no sé que carta es. Y él insistió, destápela y veamos. No, le dije, es de mala suerte mirar las cartas de naipe que uno se encuentra en la calle. El hombre me miró con los ojos de par en par. ¿Cómo? preguntó. Sí, le dije con voz de conocedor, no la puedo destapar porque entonces la suerte se va y eso sería grave. Sin decir más y sin mirarla la guarde en el bolsillo interior de mi chaqueta. El hombre no lo podía creer. Si hay una, debe haber otras por aquí cerca, una de esas debe ser la suya, le dije y seguí caminando como si llevara la suerte en mi bolsillo. Lo importante de esta historia es que hasta el sol de hoy, esto sucedió hace más de un año, no he mirado la carta, la guardo entre otros papeles que mantengo cerca y no la he mirado. Me creí mi cuento…

Cosas…

… Un comodín es una cosa especial que se encuentra entre otras y sirve para sacarlo a uno de apuros. Hay cosas así…  

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

Cosas 9

29 febrero, 2020 § Deja un comentario


Inmarchitable

El basalto es piedra dura, pesada y resistente a los embates del mazo y el buril del tallador que busca la forma en su interior. Jota Peláez es artista, escultor y tallador de piedra jericoano. Se puede decir que ha sido tallador de piedra toda la vida y fue por eso que la Gobernación de Antioquia le encargó, a comienzos del segundo semestre de 2019, la ejecución de una fuente tallada en piedra, en basalto precisamente. El encargo confirmaba la ejecución de una fuente que debía instalarse en el parque principal de Jericó, llamado Parque de Reyes en honor del presidente Rafael Reyes creador del departamento de Jericó en agosto de 1908. Roberto Ojalvo, director del Museo Maja, estuvo al origen de la idea; la propuso a Jota Peláez quien, en compañía de Edward Duigenan, realizó la maqueta que permaneció exhibida en el Museo Maja hasta el día en que el Gobernador visitó el Museo, preguntó por el significado de la maqueta y sin más cuestionamientos estuvo de acuerdo en que fuera realizada pero, con una salvedad, debía quedar lista a finales del año. Faltaban tres meses y medio, casi cuatro, para la llegada de diciembre y comprometerse con el proyecto era un reto. Jota se comprometió. Aseguró que lo realizaría. Contactó siete talladores, escultores, como él: Wilson, Andrés Julián y Andrés solo, Óscar, Robinson, Fernando y Carlos Mario; consiguieron las piedras de varias toneladas cada una en la quebrada Ayurá en Envigado, tierra de Santiago Santamaría fundador de Jericó en 1850, las transportaron al suroeste y emprendieron la obra. Un estanque circular es la base, de su centro se levanta un obelisco forrado con fragmentos de piedra en cuadrícula y salamandras que rebosan la piedra. Alrededor del estanque, cuatro grifos, gárgolas o quimeras, como queramos llamarlas, guardianes de la obra, vigilan que de día como de noche, bajo el sol o la lluvia, con visitantes o sin ellos, el surtidor de agua se encuentre siempre abierto. El agua circulará y retornará a la fuente después de subir hasta la cima del obelisco en un movimiento sin fin. La realización en el tiempo propuesto, la talla de las quimeras, el levantamiento de la estructura y la instalación de los sistemas hidráulicos, fue un reto al que dedicaron días y noches disimulados tras los plásticos verdes que rodearon la fuente. Mientras tanto, Marcela, Marcelita en palabras de Jota, su compañera, coordinaba la administración de la obra. Poco antes de terminarla, el dieciséis de diciembre, ya tarde, Jota cayó en la cuenta de que era el cumpleaños de Marcelita, además del día de los aguinaldos, y no había tenido tiempo de comprarle un regalo; terminó de tallar la rosa, símbolo de Jericó que iría en la cima del obelisco y grabó en su cálice una declaración: “A Marcela, mi reina”, le tomó una fotografía y se la mandó por WhatsApp con un mensaje: “Hola mi amor, hoy, en tu cumpleaños, no tuve con qué enviarte un ramo de rosas, pero a cambio te dedico esta rosa inmarchitable… con todo mi amor…”. Después instalaron la rosa en la cima del obelisco. Pocos saben de la inscripción y su historia, sin embargo, de entre los pétalos de la rosa jericoana, con declaración e inmarchitable, brotará el agua de la fuente durante los años por venir…

Cosas…

… Cosa es un nombre femenino que más a menudo de lo que uno se imagina reemplaza otras cosas: dígame una cosa, compré una cosa, qué cosa, voy a comer una cosa, pensé una cosa. Hay gentes que le cambian el género y la convierten en: coso; o también la hacen diminutivo: cosita…

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Cosas 8

22 febrero, 2020 § Deja un comentario


Traición

René Magritte podría decir, con la misma certeza con que abordó siempre sus pinturas, que la imagen que ilustra este texto tampoco es una pipa, como hizo cuando aseguró que la pipa en su pintura de mil novecientos veintiocho no era una y, a ojos de todos, era una pipa cabal y fumante. La pipa de Magritte hace parte de la confabulación que descubrió y denunció como La Trahison des images. Si Magritte hubiera aceptado que su pintura era una pipa, mentiría, porque lo visible en el rectángulo amarillo era la imagen de una pipa y por lo tanto, el texto, debajo del objeto, que asegura que la pintura es solo la representación de lo que todos imaginan, es una verdad de a puño. En alguna conversación con amigos en el café Jupiler, en la esquina de su casa en Schaerbeek donde siempre vivió, le preguntaron por qué escribió la famosa frase debajo de la pipa. Magritte respondió que su propósito era hacer evidente que las imágenes no son lo que representan y se acercan más a lo que cada uno piensa o imagina de la representación que al objeto o al momento representado. Para corroborar lo dicho, aquella misma noche preguntó a sus amigos, ¿es posible poner tabaco en el recipiente de la pipa en el cuadro?, ¿es posible fumarla?, ¿ver el humo, sentir el aroma del tabaco?, no es posible, por lo tanto la imagen de la pipa no es una pipa. Fue lo último que supe de aquella reunión en últimos años veinte. Poco después, entre mil novecientos treinta y dos y treinta y cinco, Magritte pintó varios óleos que tituló: La condition humaine en los cuales una imagen sobre caballete reproduce el momento, el lugar, la situación más allá del caballete; con la misma perspectiva la integra y en algunos casos llega a sobrepasarla. Se trataba de una imagen dentro de otra imagen que al complementarse proponen una tercera imagen, la que el espectador registra; imagen imposible, que no existe y se presta al malentendido; debe ser, entonces, el momento en que se hace necesario distinguir qué es y qué no es. Es a partir de la premisa de que las imágenes son lo que son, nada más, y liberan aquello que cada uno comprende distinto según quien sea el espectador, que René Magritte construyó su obra. La pipa que ilustra este texto y no es una, estoy de acuerdo con Magritte, es otra de sus posibles representaciones, la encontré una tarde en el banco de trabajo de un cacharrero entre cientos de objetos en desorden. Le pregunté por su precio. Respondió, ¿la pipa?, no vale nada, se la regalo, ya no fumo…

Cosas…

… Las cosas, como las imágenes, tienen vida propia, sirven para lo que fueron hechas y representan lo que no son. Además cada uno las entiende según su leal saber y entender…

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

Cosas 7

15 febrero, 2020 § Deja un comentario


Anónimo / Paisaje inclinado / Frasco de esencia / sf.

Inclinado

El paisaje es pequeño, cabe en un frasco de esencia. El encuentro con su autor sucedió en el oriente de Antioquia. Aquel hombre tenía por profesión conocida y única, dijo, conservar paisajes con cielo, nubes, en ocasiones aves que pasan y horizontes llanos o quebrados, con tonos de verde, azul y ocre o los que la hora y el lugar permitan, en frascos de esencia. Era, aseguró, la técnica que prefería para narrar sus viajes. Era un viajante sin puerto, que cargaba en frascos de esencia la imagen de los lugares por donde había pasado. Mientras se detenía en algún lugar elegido para preservar el cielo, con nubes o aves, y el verde con praderas y árboles, con piedras y montañas; o el horizonte con mares tranquilos o picados, la gente lo abordaba, entonces sacaba de sus alforjas un sin fin de lugares conservados en frascos de esencia y narraba los pormenores de cada uno: cómo pasó de un lugar a otro, cómo se protegió de una tormenta, la hora y punto preciso de un acontecimiento, el personaje que lo guió o el plato que le dieron a probar en algún restaurante del camino. El hombre hablaba y mientras se extendía en detalles y personajes, el paisaje frente a él se construía al interior del frasco. Lo conocí una tarde mientras daba forma a un paisaje del oriente de Antioquia. Aquella misma tarde me regaló el frasco de esencia con el oriente en él. No sé por qué lo hizo, su bitácora de viaje, como explicó, eran los paisajes conservados en frascos de esencia y al regalármelo se estaba desprendiendo de un momento significativo o, y eso lo comprendí mucho más tarde, dejaba en mis manos el itinerario de sus viajes. El tiempo pasó. Un día, por causa de una ausencia programada, pedí a mi hermana que conservara el frasco de esencia en su casa. Mi ausencia tomó más tiempo del imaginado y a mi regreso otras situaciones retardaron el reencuentro. Algo más de un año pasó antes de que el paisaje volviera a mis manos. Tenía una idea lejana de cómo era y al verlo de nuevo no era el mismo. Las montañas recortadas al límite del cielo azul, con tres nubes, cúmulos pequeños, se había convertido en una línea azul, tenue por la distancia que se mezclaba con nubes masivas, blancas y bajas, cúmulos humilis, quizá. Además, parecía inclinado. Imaginé, entonces, que, igual que en El Hombre ilustrado de Ray Bradbury, el tatuaje en el cuerpo del ilustrado se transforma y ocupa un lugar según el momento y quien lo mira; en el frasco de esencia, en la medida en la que el paisajista viaja de un lugar a otro, el paisaje cambia según dónde se encuentre. Desde aquel día el frasco de esencia está en un lugar donde espero ver los días de sol, de lluvia y las noches estrelladas o de luna que suceden en su interior pero sigue igual, quizá más inclinado…

Cosas…

… Mis cosas, dijo el mago, caben aquí y sin decir más acomodó: ropa, libros, una cama, un armario, una mesa de trabajo, la computadora, un plato y dos vasos, en el sombrero de copa que apareció en su mano…

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Cosas 6

8 febrero, 2020 § Deja un comentario


Bairo Martinez / Transformatus VI / 127 X 52 X 40 cms. / Técnica mixta / 2018 / En exposición en el Museo Maja de Jericó hasta el 30 de marzo de 2020

Silencio

Recuerdo, hace años, el patio de la casa de mi tía Enriqueta en una de las esquinas del parque de El Poblado, en el Medellín de los años cincuenta y sesenta, rodeado de helechos y jaulas con canarios que no cesaban de trinar desde temprano en las mañanas. El trinar de los canarios no es solo melodioso, es intenso porque es un llamado de amor a la hembra y, también, un acto de prevención contra posibles depredadores. Sin embargo, los depredadores con frecuencia pueden más. Cuando el canario, a pesar de la vivacidad de su color amarillo y la alegría de su canto, cesa de trinar y el silencio lo alcanza, es porque el peligro está cerca y es posible que se encuentre en trance morir. Pero no de muerte natural. El silencio del canario, que menciono, viene desde el siglo XIX y aun antes, cuando se les utilizaba para detectar la presencia de metano y óxido de carbono, mezcla explosiva que se conoce como “grisú”*, en la explotación de minas de carbón. ¿Por qué se utilizan canarios para detectar la presencia del gas en los socavones?, fue una pregunta que se planteó con frecuencia; la respuesta es que el canario es el ser viviente más sensible a la mezcla mortífera aun cuando la presencia del gas sea de menos del uno por ciento, cuando todavía no es nocivo para los humanos y, sin embargo, el peligro de explosión es posible. Por esta razón los canarios llevan la delantera cuando de entrar en minas se trata. Se han inventado aparatos para prevenir el peligro pero, unos por poco fiables y otros por malos, no han logrado reemplazar su trinar o su silencio. En estos tiempos de tecnología se sigue utilizando una técnica con más de doscientos años para detectar el peligro en el socavón a pesar de que las jaulas clásicas presentan inconvenientes insalvables si el canario muere en el intento, puesto que su muerte, o su silencio, agota la posibilidad de detectar el peligro y es necesario, entonces, repetir la operación desde el principio: regresar a la boca del socavón, requisicionar otro canario y retornar al interior de la mina. No hace mucho, en Inglaterra, diseñaron una jaula con paredes herméticas y puerta corrediza; dos mineros entraban al socavón con un canario en la jaula; a la profundidad requerida abrían la puerta y si el canario mostraba síntomas de postración y callaba, cerraban la puerta y por medio de una válvula inyectaban oxígeno en la jaula. Si las cosas salían bien el canario revivía y quedaba listo para otra prueba. Este invento tiene mucho de económico puesto que es menos costoso detectar gases explosivos con canarios, sobre todo si se pueden utilizar varias veces. Las obras que el artista Bairo Martínez presenta en el Museo Maja de Jericó en su exposición, Orbis Terrarum, son un llamado de atención a las minas de carbón de Amagá, la tierra de sus ancestros, y sitúan a los visitantes frente al drama de la minería en general, el trinar de los canarios también se escucha hasta el silencio en las minas de cobre de Chile. En Orbis Terrarum, conmueve profundamente la jaula incrustada en un bloque de carbón. Frente a ella, no es posible ignorar el silencio del canario…

Cosas…

El libro de las cosas perdidas de John Connolly; Las cosas de Georges Perec; El sistema de los objetos de Jean Baudrillard; Casi un objeto de José Saramago. Libros trascendentales y significativos que narran las cosas y los objetos que vemos, oímos, olemos, tocamos, consumimos y en ocasiones nos llevan a rebelarnos…

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

Cosas 5

1 febrero, 2020 § Deja un comentario


Plumas

Por una razón que no sé explicar un día decidí que los dibujos que hiciera serían con pluma, en tinta, con trazos cortos, a veces precisos, a veces no. Lo que dibujara, los trazos que hiciera, tendrían un valor definitivo, no habría dibujos previos a lápiz y tampoco marcha atrás. Fue un tiempo en el que hice trazos sin interrupción, cada día terminaba uno o varios dibujos. La técnica era siempre la misma: trazos cortos que se convertían en texturas, densidades o volúmenes sugeridos por una fuente de luz definida de antemano y mezclados con trazos más largos que marcaban límites, formas, fisuras, algo más accidentados y temblorosos que, si no alcanzaban la precisión de la silueta o el movimiento, se repetían sin restricción. De esta manera de trabajar resultó una relación con el papel, también con la tinta, pero sobre todo con las plumas que son, en definitiva, las que marcan el temblor, el perfil y el grueso, la claridad, la longitud o la precisión del trazo. Hasta que llegó el día del trasteo. Un trasteo equivale a dos incendios o también a un terremoto. No es raro, entonces, que en situaciones catastróficas objetos pequeños como las cajas donde guardaba las plumas cambiaran de lugar o cayeran, sin que nadie lo notara en otras cajas, más grandes, con objetos no relacionados con la función de las plumas; o también es posible que fueran a parar al cuarto útil en cajas donde está lo que ya nadie quiere. Así fue cómo la caja con las plumas desapareció. Extraño, las plumas eran importantes. Perderlas de vista tuvo influencia en una decisión que venía fraguando: escribir historias que por falta de pulso, quizá, no lograría dibujar. El paso se dio con la naturalidad suficiente para no echar de menos las plumas. Esto sucedió hace algunos años. Hace poco menos de un año, en algún arranque de reorganización aparecieron, en cajas donde no tenían por qué estar, los útiles de dibujo que iban con las plumas: encabadores, tramos de bambú tallados a manera de plumas y otros objetos que habían estado siempre cerca, o con, las plumas. A pesar del hallazgo las plumas seguían sin aparecer. Estaba ya tan involucrado en el intento de escribir historias que no iba a dibujar que el hallazgo pasó, digamos, desapercibido. Hasta que al escarbar en el fondo de un guardarropa oscuro encontré una caja que no había visto antes, o tal vez sí pero sin prestarle atención. Al interior de aquella caja estaban, estuvieron durante años, las cajas más pequeñas con las plumas que busqué sin encontrar. Fue importante reencontrarlas pero como estoy dedicado a escribir historias en lugar de dibujarlas y cuando dibujo lo hago con otras plumas que he logrado adaptar a mis posibilidades de dibujante la caja perdida adquirió el valor de trofeo. Recuperarla fue reconfortante, fue como recuperar recuerdos diluidos. Al menos por ahora sé que no las utilizaré o, quizá sí, un día intentaré el dibujo de una nube o un autorretrato con ellas, quién sabe… 

Cosas…

… Según el diccionario, “cosa” es todo lo que existe, ya sea real o irreal, concreto o abstracto y más adelante agrega: en oraciones negativas equivale a nada… 

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

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