Silla 41

12 octubre, 2019 § Deja un comentario


James Ensor, una silla, un cruce inesperado

Frente al Pacífico

Quienes conozcan a James Ensor, el pintor belga, se preguntarán qué hace frente al océano Pacífico y, además, ilustrado por una silla metálica cuya sombra en lugar de pegarla al piso la hace tan ligera que vuela, los accidentes de la piedra parecen texturas de cielo y quizá, sin esfuerzo, se convertirán en nubes. James Ensor nació en Ostende, en la costa belga frente al mar del Norte a mediados del siglo XIX. Lo conocí en los años setenta por dos de sus obras: El autorretrato con máscaras y La entrada de Cristo a Bruselas. Dos pinturas de finales del siglo XIX que vi una tarde de invierno en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas. La luz y la factura del trazo que algunos intentan asimilar a la de los impresionistas franceses y que él negó con vehemencia, no fue lo que me atrajo de esas pinturas. Fueron las máscaras de colores diversos que podrían ser saltimbanquis o brujas o esqueletos coloridos o el mismo Ensor vestido de rojo con sombrero de pluma y barba acicalada, en medio de la alegría del Carnaval entre bandas de música y pancartas. Eso fue lo que me atrajo. Me pareció una suerte de reivindicación de la vida, la luz y la alegría, que un hombre nacido frente a las frías aguas del mar del Norte, donde los días son cortos, las noches largas y el frío se cuela por las rendijas, dedicara su obra al colorido y la parodia del Carnaval. Pero estaba equivocado. Ensor nació, creció y vivió buena parte de su vida en el segundo piso del almacén donde su abuela exhibía objetos exóticos, encajes con colores fabulosos, extrañas bestias disecadas, colecciones de máscaras, de disfraces y de objetos llegados de países lejanos. Nada hubiera podido estimular más su imaginación que la diversidad del contenido de la tienda y es por esto que en la mayoría de sus pinturas y dibujos, el domino de la luz, el color y las formas inesperadas, están presentes. Después perdí de vista a Ensor y su obra, quizá lo recordé en alguna ocasión pero sin más. Hasta un medio día de primavera, hace poco, cuando me crucé en el Museo Getty de Los Ángeles con La entrada de Cristo a Bruselas. Tan inesperado fue el encuentro que no tuve la agilidad suficiente para tomar la fotografía que lo certificara. Allí, en una sala relativamente pequeña estaba la tela inmensa, más de cuatro metros por tres, con su colorido intacto, sus bandas de música, sus pancartas, sus calaveras, sus máscaras y su carnaval. Constaté entonces que era imposible distinguir a Cristo entre la multitud enmascarada por el color. Al salir de la sala encontré la silla en listones metálicos que por falta de cuerpo confundía su forma con la sombra en el piso. Con el recuerdo de la pintura en la memoria pensé que él también se hubiera sentado en esa silla a imaginar, bajo la luz cambiante del mar del Norte en primavera, las máscaras y el Carnaval de Bruselas, con o sin Cristo. Sin embargo, como lo que tenía frente a mí era el Pacífico, solo alcancé a imaginar a Ensor mientras recreaba sus parodias…

Hechos…

… La silla Mackintosh se distingue por el respaldo estrecho de cuatro alturas. Las tres primeras cruzadas por listones horizontales; la cuarta, con listones horizontales y verticales en forma de damier coronan la altura. Siempre pintadas de negro, las Mackintosh, son un ejemplo de diseño moderno. Su autor fue el arquitecto escocés Charles Rennie Mackintosh…

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 25 / 11 / 2019

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Silla 39

28 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… La silla de director…

Silla en equis

Sencilla en apariencia, con espaldar de lona, madera ensamblada y estructura en equis, la silla de director está al origen de una historia que viene desde el Antiguo Egipto donde su uso determinaba el rango, incluso la divinidad, de quien la utilizara. Una silla del mismo estilo, quizá con asiento y espaldar en piel o cojinería fue utilizada en Roma, durante la República y el Imperio, por magistrados o personajes con la categoría o el poder para ocuparla. Algunas de estas curules, su nombre en latín es Sella curulis, no tenían espaldar y esto obligaba a los patricios que las utilizaban a inclinarse hacia adelante, una actitud que aportaba significado y convicción a sus palabras en público. Por práctica, la Sella curulis fue conocida entre la soldadesca y las gentes de a pie como la Silla de tijera y con ese nombre perdió el aura de divinidad y poder que la había precedido. A finales del siglo XIX una empresa de mobiliario para exteriores presentó, con base en la silla de tijera, un modelo que llamó: Silla de director. A partir de mediados del siglo XX la Silla de director comenzó su carrera en el cine, pasó de ser el lugar insignia del poder para convertirse en el trono de las estrellas de Hollywood con sus nombres en letras de molde marcado en el espaldar. Recuerdo una fotografía de Rita Hayworth y Orson Welles, jóvenes y sonrientes, mientras posan en sillas, marcadas con sus nombres, en el set de la Dama de Shanghai; también recuerdo a Federico Fellini levantando los brazos desde su silla en el set de La Dolce Vita; y la bella Marilyn Monroe en pose sugestiva durante el descanso de alguna de sus películas, quizá Niágara. La denominación Silla de director pasó a través del tiempo, mientras que sus predecesoras la Silla curulis y la Silla de tijera se quedaron estancadas entre los vaivenes de la historia. Recuerdo que en el mobiliario de sala de una casa donde viví había por lo menos cuatro Sillas de director con asientos y espaldares que cambiaban de color con la frecuencia necesaria para que no parecieran envejecidos. La Silla de director pintada de negro, algo desgastada, plegada contra la pared entre cables y extensiones eléctricas, tuvo tiempos mejores; la vi una tarde en el estudio de un pintor amigo que seguramente la tuvo como modelo en alguna de sus obras…

Hechos…

Ludwig Mies van der Rohe diseñó La silla Barcelona, una de las más famosas del diseño moderno. Su estructura es de acero cromado y lineal con cojines de cuero. El respaldo y las patas en una sola pieza de acero tienen forma de equis como la Silla de director.

Museo Maja de Jericó / Inauguración 05 / 10 / 2019 / Auditorio del Museo

Silla 38

21 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… “Invierta la imagen: nada de más, nada distinto, nada”…

Nada distinto

“El imperio de los signos” es el título de un libro de Roland Barthes donde el signo, en el país del dibujo y la escritura con pincel, es el centro. “… El lugar del signo en este libro, escribe Roland Barthes, no está en el arte ni en el folclor y tampoco en la civilización. Está, continúa, en la calle, el almacén, el teatro, la cortesía, los jardines, incluso en la violencia; también en algunos gestos, poemas o alimentos; pero sobre todo está en las expresiones, las miradas, y los pinceles con los que todo esto se dibuja pero no se escribe…” La escritura convertida en dibujo. Entre las páginas sesenta y cuatro y, sesenta y cinco, en doble página, se encuentra la fotografía de un pasillo interior con ventanas, a la izquierda del lector, divididas por recuadros de marco pequeño tapizados con papel de arroz; a la derecha puertas corredizas que miran al salón principal. A pesar de que la fotografía es en blanco y negro, el piso y el techo de madera, con incrustaciones preciosas, asumen la perspectiva. Al pie de la fotografía, una frase escrita a mano: “Invierta la imagen: nada de más, nada distinto, nada”. La primera vez que tuve el libro en mis manos hice lo que indicaba la nota al margen, le di vuelta y me encontré con el mismo pasillo, la misma luz y la misma imagen; el techo tomó el lugar del piso, el piso invertido era ahora techo y los ventanales y puertas en lados opuestos pero en su lugar. La sensación de encontrarme en el pasillo con la posibilidad ir y volver sin moverme de mi puesto de lector fue trastocante. El pasillo era pasillo al derecho y al revés. La frase al pie de la imagen da cuenta de la sutileza japonesa que, con base en pictogramas, símbolos, escritura, dibujos, líneas, luz, representa todo y nada a la vez. Hace poco entré por primera vez, después de años, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes de Medellín. Estaban en plena labor de restauración, sin embargo fue posible recorrer los primeros salones y también admirar la belleza estancada en el tiempo de ese edificio. Desde una de las dos poltronas de cuero blanco que había por allí, admiré, presentí el tiempo y al levantarme, seguramente por una costumbre ya enraizada, tomé una fotografía de la poltrona; la combinación con el piso en baldosa verde y gris agua era especial. Esa misma noche mientras miraba la fotografía en mi casa, un movimiento inesperado la hizo girar ciento ochenta grados y me encontré frente a la poltrona del Palacio de Bellas Artes al revés y sin embargo, igual. La sensación trastocante que encontré en el pasillo de “El imperio de los signos” al derecho y al revés volvió. Se me ocurrió entonces que podía confirmar que los objetos, las imágenes o las imágenes-objetos, llevan en ellos su derecho y su revés, su aquí y su allá. Todo igual, nada distinto…

Hechos…

… Frank Owen Gehry creó una silla con ondulaciones hacia adelante y hacia atrás llamada “Wiggle side” o “Silla ondulada” por su base entretejida con tiras de cartón y madera para mayor consistencia. Fue producida industrialmente pero su precio la sacó demasiado pronto del mercado…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 37

14 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… No es una nube cualquiera…

La Nube de los miércoles

Un final de tarde que no era de verano y tampoco de invierno, caminando por una calle amplia del Barrio Chino, barrios chinos hay en muchas ciudades y el encuentro hubiera podido suceder en cualquiera de ellos, me encontré frente a frente con la nube. Puedo decir que a fuerza de perseguirlas, ellas, me persiguen y la que encontré aquella tarde gris, quizá de lluvia, era mi nube. Como no la esperaba a la vuelta de la esquina, el encuentro fue una sorpresa, aun para mí, perseguidor, coleccionador de nubes; les tomo fotografías, las dibujo, las pongo en lugares inesperados. Una nube en el cielo, si tenemos en cuenta la variedad infinita que circulan, es una nube en su elemento; pero, esa misma nube en otro contexto es un misterio, una representación de la ficción. Y la de aquella tarde en el Barrio Chino era ficción pura, podía incluso pararme a su lado o sentarme en ella. Debo decir que nos perseguimos desde una mañana en la puerta de mi casa. La vi cuando iba rumbo a la parada de bus; era una nube solitaria quizá pequeña en comparación con el espacio infinito que la rodeaba. Me pareció una de esas que se cruzan siempre en el camino y apenas la miré. Cuando llegué a la parada continuaba allí; no había cambiado de forma, era la misma, idéntica, con trazo como de pintura al óleo. Aquello era extraño porque las nubes cambian de forma todo el tiempo, es su mayor virtud. Esa mañana ocupé uno de los puestos de adelante al lado de la ventanilla. La mañana estaba despejada y aquella nube, única en el cielo, parecía seguir el bus. Si otro automóvil se interponía, la nube esperaba justo a la vista de mi ventanilla. Cuando se detuvo, sin cambiar de forma, tamaño o densidad, mientras el semáforo pasaba de rojo a verde, y arrancó de nuevo cuando la luz cambió, ya no pude quitarle el ojo de encima. Era miércoles. Al atardecer ya de regreso a casa la vi de nuevo, parecía esperarme iluminada a ras por la luz rojiza del poniente. La mañana del jueves amaneció lluviosa y los otros días fueron grises y encapotados. El miércoles siguiente, una semana después, la mañana fue azul con la nube en el mismo lugar, igual en tamaño, densidad y forma de la semana anterior. Fue imposible no caer en la cuenta de que esa nube única que no cambia de forma ni tamaño, que se deja ver los miércoles sin falta, es mi nube y entonces, como cualquier vecino salí, y aun salgo, a pasear con ella. A veces, es mejor decirlo ahora, también era miércoles el día del encuentro en el Barrio Chino, ella me juega bromas, se disfraza y se planta en lugares inesperados a ver si la reconozco…

Hechos…

Los clásicos son iguales en todas partes, solo cambian de material. En algunos lugares llevan listas de madera en el respaldo; en otros, el mismo respaldo es tejido de bejuco. En otros, es en cuero, en metal o en tablilla con grabados. Aunque parezcan distintos son, siempre, el mismo…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 36

7 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… La lámina y la silla…

La huella

El tiempo no pasa en vano, dicen. Me crucé, muy de mañana, en el pasillo de una casa ajena con algo que no debió dejarme dudas respecto al tiempo que pasa. Su huella es indeleble. La lámina, con marco de madera, del arriero cargando la mula con sacos de café, colorida y luminosa como una mañana de verano en otra época, era, en ese momento, azul, pálida, después de pasar horas, días, quizá meses, en un lugar donde la luz del sol fue inclemente. La silla de mimbre también tuvo épocas mejores, no debió pasar horas a la luz del sol en algún pasillo al borde de un patio pero si soportó el peso cada día mayor, supongo, del dueño o la dueña de casa. Ambas, lámina y silla, viven con la huella del tiempo presente. El tiempo es cosa seria. Nos mantiene pendientes de sus argucias y desplantes. Que el tiempo pase tiene poco o mucho de bueno, su martillar sin reposo abruma o exalta. Hace años, he ahí el tiempo, me detuve frente a una vitrina donde un aparato que nunca había visto marcaba un movimiento. No era un reloj cualquiera, en caso de que hubiera sido uno, ni siquiera era digital. Se trataba de una canaleta metálica, brillante, por donde una esfera del mismo material y diámetro de la canaleta se deslizaba con ritmo continuo; los tramos, cortos e iguales, unos diez, se inclinaban a medida que la esfera los recorría; al llegar al final de un tramo el peso de la esfera invertía la inclinación y, sin detenerse, recomenzaba el movimiento en el siguiente. Un sin fin parecido al tiempo. Llegué a la vitrina de día. Sin notarlo y sin que la esfera se detuviera bajo el impulso de su propio peso, la noche cayó. El tiempo se deslizó, como la esfera en la canaleta y marcó su huella entre el día y la noche. No hace mucho escuché esta conversación en una mesa vecina: “¿qué horas son? fue la pregunta. Las horas no son, las horas pasan, fue la respuesta. ¿Qué horas pasan? insistió el que pregunta. No sé respondió el otro, como no las escucho pasar, no sé por dónde ni cuándo pasan, nunca las he visto pero dejan huella y por eso las reconocerá, agregó.”

Hechos…

… La Silla Butaque, parece una adaptación de la silla de la Savonarola y de otra de origen español. Se dice también que la Butaque tiene origen en otra silla de montar femenina llamada jamuga o de tijera…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 35

31 agosto, 2019 § Deja un comentario


…La mecedora lateral…

La silla ola

La vi por primera vez en la vitrina de una librería. Estaba en un libro abierto sobre un atril de mesa entre otros libros. Era una de esas cosas que no se ven con frecuencia y cuando aparecen hay que mirarlas de verdad. Entré a la librería y pregunté, recuerdo bien que era una joven librera, por el libro de la vitrina. Ella no miró la vitrina, giro a la estantería que tenía justo detrás y sin dudarlo sacó un libro de pasta dura con portadas de un color azul verdoso que tenía marcado el título grande en letras amarillas: Catalogue d’objets introuvables. Carelman era el nombre de su autor. Era un catálogo de objetos inesperados. Una cafetera con el vertedero en dirección de quien sirve; una bicicleta con dos sillines y dos manubrios en los extremos del marco justo encima de las ruedas; un mapamundi con forma de cubo; un piano circular o una pipa con dos recipientes y una sola boquilla. Entre todos ellos estaba la “Mecedora lateral”, acompañada de una corta definición: “… Recordará a los enamorados del mar el balanceo suave de una embarcación…” Durante un buen rato hojeé el libro. Cuando me decidí a preguntar su precio, la librera me dijo uno que estaba, de lejos, fuera del alcance de mi billetera. Ella vio el desencanto que paso por mi cara y agregó, lo tenemos en edición de bolsillo con el mismo contenido pero más pequeño y en otro papel. Buscó en otra estantería y me lo entregó. Era más pequeño y los dibujos de los objetos como grabados a la pluma estaban en negro, en el otro libro algunos tenían colores. Me dijo el precio, al alcance de mi billetera, y lo compré. Hace treinta o más años llevo el “Catálogo” a todas partes, me ha acompañado en todos los trasteos y ha estado en todas las maletas cuando los cambios han sido de un continente a otro o de un barrio a otro. Sus hojas han tomado el color amarillo, huella del tiempo, y las puntas se han doblado. Una vez compré otro ejemplar para un hermano mío aficionado a los objetos inesperados, aun lo conservan en su casa. “La mecedora lateral” ha puesto mi imaginación en vilo, siempre; cada vez que la veo, mantengo el “Catálogo” entre los libros al alcance de la mano, presiento el balanceo suave con el que conviven los navegantes. Un día pediré a un carpintero que me haga una, la instalaré en un balcón de tercer piso y desde allí miraré las nubes en su desfile interminable como si navegara en altamar rumbo a algún imaginario lejano…

Hechos…

En la antigua Grecia inventaron el Klismos. Silla con patas y respaldo curvo; presentes en el arte griego de la época, se ven aun hoy. A pesar de las variaciones que vienen con el tiempo son identificables… ​

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 34

24 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Una silla lejana…

La silla que Zacarías no usa

El libro de Zacarías, 410 a.C., está en el Antiguo Testamento y el Tanaj judío. Lo llaman así porque su autor, el profeta Zacarías, recopiló en él visiones y oráculos, anteriores y posteriores al exilio. No pensaba en ese libro y menos en Zacarías el profeta aquella tarde de domingo cuando, por fin, encontramos el restaurante del que habíamos escuchado hablar y nos habían recomendado pero ignorábamos dónde quedaba. Se trata de un local estrecho y profundo con mesas, quizá ocho o nueve, para cuatro y para tres sillas blancas despintadas según una moda que se impone y seguramente tiene poco de árabe. Desde la puerta de doble batiente, alta y transparente, vimos una familia numerosa, suficientes comensales para fundir dos mesas en una. Cerca de la puerta nos recibió un hombre alto, delgado, de pelo quieto, entrecano, mirada vivaz y sonrisa permanente. Nos indicó una mesa para tres más allá de las ocupadas por la familia, en la parte estrecha del local, frente al afiche de una mezquita que cubría la pared del piso al techo. El hombre nos señaló la número cuatro y agregó que su nombre era Zacarías. El trajín de atender las mesas, revelar el origen de las especias traídas especialmente del Medio Oriente, de donde él es originario, explicar la composición de los platos; sonreír a unos y otros; subir y bajar escaleras porque la cocina está en el segundo piso; mostrar elixires, jabones y perfumes que promueven la buena energía, la paz, el sueño y sobre todo rejuvenecen la piel y previenen la caída del pelo, expuestos para la venta en dos vitrinas a un costado del salón, no le daban respiro y como su voz tenía el tono de la profecía su nombre parecía hecho a la medida para él. Cuando su mujer apareció en escena, bajó de la cocina para organizar platos o gestionar detalles, aproveché para preguntarle si tenía picante, sonrió, desapareció y regresó con una bandeja pequeña donde venían, en dedales de cerámica, ajíes en orden del menos picante, uno de cacao, al más picante, una mezcla de marroquí y mexicano. Entretanto Zacarías conversaba con los clientes, dejaba en cada mesa pedazos de conversación que después recuperaba entre servicios. En alguno de esos trozos le escuché mencionar a Casablanca, me pareció difícil, entonces, no recordar el idilio de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart truncado por la guerra en ese puerto e imaginar, premonición del profeta, que de un momento a otro como en la taberna de Rick, aparecería el moreno Sam cantando “… As time goes by…”. Por supuesto la Taberna de la película solo pasó por mi imaginación, el local era de por aquí, cercano, con nombre de rosa y azafrán y sillas, taburetes, en los cuales Zacarías no se sentaba porque el trajín le dejaba tiempo solo para conversar de pie. El picante me acompañó el resto de la tarde, lo mismo que la sensación de haber estado en un lugar que no era como lo había imaginado…

Hechos…

La silla Trona, tiene el asiento elevado con una repisa frontal donde los padres sientan los bebés para que puedan comer a la altura de la mesa como sus mayores.

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

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