Cosas 48

7 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Saúl Alvarez Lara / Retrato aislado / Tinta y pluma / 10 x 16.5 cm. / 2020

Diario

Desde hace algunos años, ¿diez, doce?, llevo un diario que no es uno. En los últimos días he intentado escribir, para el diario, un retrato del desayuno que tomo todos los días pero no he logrado nada distinto a la descripción del hecho y sus ingredientes, entonces decidí escarbar entre archivos guardados en la computadora, como el personaje de un cuento escabroso, hasta llegar a dos entradas del diario, sin fecha pero, con seguridad, anteriores a la llegada de la “cosa” que nos acosa. … El jubilado va en el puesto delante del mío. La joven va en la banca al otro lado del pasillo a la altura del jubilado, habla por celular y va de uniforme; él lleva el uniforme de los jubilados: ropa formal de la que se usa para ir a trabajar a una corporación pero sin corbata. El jubilado mira a lado y lado con la tranquilidad de quien tiene tiempo. La joven habla por celular y hace planes para salir después de clase, es lo que supongo por el disimulo con que habla. El jubilado también tiene celular pero no lo lleva en el bolsillo de atrás porque le han dicho que es peligroso, prefiere llevarlo en uno de los bolsillos de adelante. La joven no tiene problemas y si los tiene no se ha dado cuenta o tiene quien le ayude a solucionarlos, todo va bien, dice ella, sin embargo no está satisfecha y por eso organiza programa, el tono de su voz no delata con quien habla. El jubilado, en cambio, sabe de qué esta hecha la vida y por eso mira a lado y lado con ojos de perro que late echado, tiene problemas y sabe dónde están; para esquivarlos o para afrontarlos va hacia un lugar no definido aun en su comportamiento, un lugar que puede ser una sala de espera, la fila de un banco o un café donde se encontrará con los amigos… […] … El hombre dijo que había trabajado siete años en la construcción y calló. No supe más porque no habló más. La mujer que estaba incómoda, a una distancia igual del que habló y de mí, llamó su atención, diciéndole que cerrara la ventana porque estaba lloviendo, pero él no le prestó atención porque después de decir lo que dijo se quedó embelesado mirando llover. Es cierto que ver llover atrae y el que habló era un buen ejemplo. Como estaba sentado no sabría decir si es alto o bajo, diría que es bajo, tal vez por el tamaño de su cabeza pequeña y cuadrada con pelo cortado a ras. Sus orejas son grandes, esto, claro está, no asegura que oiga bien porque no escuchó a la mujer cuando le habló. Como mira la lluvia con detenimiento en ocasiones veo su perfil y sus orejas. Puedo decir que tiene la nariz puntiaguda y los ojos hundidos, con ojeras; debe ser por el trabajo en la construcción. Seguramente acaba de salir, son más de las cinco de la tarde y parece cansado, lo digo, no solo por la hora, sino  porque no es la lluvia lo que lo tiene abismado, es el trabajo agotador. De repente, como si algún movimiento mío lo hubiera puesto sobre aviso, se voltea y me mira fijamente. Sus ojos son pequeños y separados, duros; la nariz, confirmé, era puntiaguda, bajaba hasta casi tocar la línea con curva hacía abajo que tenía por boca; su expresión, dura, tenía todo que ver con la lluvia o el exceso de trabajo; como era lampiño, los pocos pelos encima de la raya de la boca y el mentón endurecían su cara. Quizá me hubiera retado, agredido, no sé, iniciado algún gesto violento hacia mí si la mujer, ella sí pequeña porque la vi de pie, vestida con un talego azul, grande para su talla, que ocupa el asiento mojado por la lluvia, llora a mares; él no supo que hacer y yo tampoco, su agresividad bajó, en apariencia, y mi preocupación también; nos concentramos en la mujer que llora como si sus lágrimas fueran la continuación de la lluvia…

Cosas…

¡Que cosa! Cuando todos creen que está por irse, vuelve y se queda…

“La otra cara del retrato” está en The Gallery at Divas / @thegalleryatdivas

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando las entradas etiquetadas con lluvia en .