Cosas 47

31 octubre, 2020 § Deja un comentario


Saúl Álvarez Lara / Árbol y cemento / Fotografía digital / 21.5 x 27.9 cm. / 2020

Cemento

Tenía los ojos oscuros y la piel pálida porque salía poco de las dos piezas, treinta y cinco metros cuadrados, donde vivía solo. No era un hombre joven, más bien lo contrario. Tenía esposa, pero por costumbre y espacio, desde cuando se casaron en los años treinta del siglo XXI ella vivía en un apartamento idéntico al suyo en otro de los edificios de la misma unidad residencial llamada “Las Brujas”. Trabajaba, desde su apartamento, en una empresa editora de textos para divulgación virtual y pasaba los días y las noches frente a la computadora en la pieza que al mismo tiempo era salón, comedor y cocina. La vida era normal, sin altibajos, no salía, trabajaba, y una vez por semana veía películas; pedía comida o utensilios de aseo a domicilio, y dormía cuando el sueño lo vencía. De vez en cuando iba a visitar a su mujer pero prefería no salir porque el calor afuera era insoportable, solo había cemento alrededor. Al menos, decía a su mujer, en su apartamento del piso trece podía abrir la ventana, de metro por metro, y recibir el aire que aun contaminado, refrescaba un poco. A pesar de que los constructores prometían naturaleza y espacios abiertos no había árboles, ni pájaros, no recordaba el trinar de ninguno, ni plantas, ni prados, ni flores; no había nada alrededor a parte del cemento de los edificios, el ruido de las sirenas de la policía y las ambulancias, la polución y los rectángulos azules y rojos que adornaban la parte baja de las ventanas de los cientos de apartamentos, la mayoría desocupados, en edificios iguales que alcanzaba a ver desde su ventana. Hasta que una mañana o un medio día o un atardecer hizo un descubrimiento. Sucedió cuando iba de visita donde su mujer. En un arrume de desechos, frente a la excavación de lo que pronto sería otro edificio, encontró uno de esos accesorios, discos externos los llamaban, que en los años de expansión de la tecnología servía para aumentar la capacidad de almacenamiento en las computadoras. Había visto objetos así en fotografías, le entró curiosidad y lo guardó en el bolsillo. Esa misma noche lo conectó a la computadora. Después de un buen rato, porque esos accesorios ya no existían en el mercado, logró abrirlo y navegar entre archivos con información de alguien que vivió en aquellos mismos parajes durante los primeros años veinte del siglo XXI, es decir, cuarenta años antes. Almacenados allí había facturas, cuentas de cobro, documentos, fotografías de familia, cartas y sobre todo cuentos, novelas y textos que seguramente habían servido para algún trabajo o documento publicado o sin publicar. Como en “La máquina del tiempo”, la novela de H. G. Wells, escrita a finales del siglo XIX, el hombre, como “el Viajero” de la novela, hurgó en los documentos y descubrió que mientras el señor Wells trabajaba en su novela aquellas lomas, en Envigado cerca de Medellín, donde ahora solo había cemento armado y edificios, eran conocidas como “El Chinguí”, lomas con fauna y flora silvestre, fincas, vacas, y abundancia de árboles, ¿escobos?, que los habitantes utilizaban para hacer escobas y por esto les cambiaron el nombre. “El Escobero” las llamaron desde entonces. De allí, a decirle “Brujas” a quienes fabricaban escobas en esas lomas donde ahora había edificios en lugar de árboles o árboles marcados solo en los accidentes del cemento, había un paso. Más de cien años antes, continuó leyendo el Viajero mientras regresaba en el tiempo como el personaje de la novela, la primera vía subía por El Escobero hasta la finca de un señor Villa quien, en la segunda parte del siglo XX, decidió parcelar sus tierras y construir unas casas con la idea de ver crecer en ellas la armonía entre naturaleza, flora, fauna y habitantes; unas casas que llamó por el nombre y la historia que esas lomas llevaron desde siempre: “Las Brujas”. Aunque hay quien dice que el nombre viene de la ciudad belga. Árboles para hacer escobas, ¿escobos?, brujas, ciudades belgas, las historias se cruzan hasta dejar al Viajero en vilo. ¿Qué pasó? se pregunta, ¿qué pasó con los árboles?, ¿las plantas, las flores?, ¿qué pasó con “Las Brujas”, aquellas casas que sembrarían la armonía entre naturaleza y habitantes? Afuera, la noche profunda, las sirenas y los motores habituales en la oscuridad lo mantenían despierto. ¿Qué pasó? La fiebre del cemento atacó, cortaron todos los árboles y en lugar de prados plantaron cemento. No más aves, ni plantas, ni flores, ni ardillas. Era necesario, según los constructores y políticos del momento construir, abrir espacio para los edificios y vías para los automóviles a pesar de las protestas de los habitantes de aquellas lomas, a pesar de la contaminación del aire, a pesar de la fauna y de la flora, a pesar de todo. El viajero no podía creer que esto hubiera sucedido allí mismo treinta o cuarenta o incluso veinte años antes y que él viviera en el mismo lugar donde la idea original había sido la armonía entre naturaleza y habitantes. Desde su puesto frente a la computadora, el Viajero alcanzó a ver un pedazo del cielo gris de amanecer; fue entonces cuando llegó a un documento titulado: “Cemento”, lo abrió y comenzó a leer: … Tenía los ojos oscuros y la piel pálida porque salía poco de las dos piezas, treinta y cinco metros cuadrados, donde vivía solo…

Cosas…

… Y la “cosa” ahí, dura, como el cemento armado… 

“La otra cara del retrato” está en The Gallery at Divas / @thegalleryatdivas

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