Silla 40

5 octubre, 2019 § 3 comentarios


… La banca de cemento y los días…

Declaración pública

Cerca del medio día caminé bordeando los árboles, no recuerdo exactamente qué era lo que buscaba por aquel lugar que no es parque, es zona verde que rodea la canalización por donde baja la quebrada Ayurá, no lejos de mi casa. El sol me obligó a sentarme bajo un sombra corta en una de las bancas de cemento cercanas a la baranda que separa la zona verde de la acera. Extrañamente me encontré solo en un buen tramo de acera donde, por lo general, los pasantes, los automóviles y los ruidos abundan. Cuando caí en la cuenta del silencio me acomodé en una esquina de la banca a esperar. Siempre estamos a la espera. El lugar y el momento eran propicios. Por una costumbre que se ha ido agudizando con el tiempo comencé a mirar alrededor en busca de algo que, ha sucedido, me lleve a otra parte, me narre una historia o, al menos, la sugiriera; el resto lo haría yo de regreso a casa, después, claro, de tomar las fotografías de rigor. No había nada, es decir, había poco alrededor aparte de algunas ramas sueltas y uno que otro rastro de hoja seca. La banca tenía manchas por aquí y por allá, manchas de tiempo y del paso de las gentes. En el extremo opuesto alcancé a notar una suerte de rasguño, algo que no venía del tiempo ni de los accidentes que pueden causar los pasantes. Me deslicé hasta allí y me encontré con una frase que, a medida que llegaba a su final, se hacía ilegible; sin embargo me apliqué a descifrarla. La frase iniciaba con un símbolo visto en espacios virtuales y seguía con letra redonda, clara, limpia, que poco a poco se desmoronaba, se perdía quizá en la angustia o la falta de tiempo. Me tomó algunos minutos desenredar las letras confusas. Era una frase contundente escrita por alguien que seguramente vivía la experiencia descrita en ella; alguien que, entre la primera y la última de sus letras había definido el vacío o el exceso convertido en vacío. Imaginé ese alguien, mayor o lo suficiente para saber o constatar, en cinco palabras, el límite del tiempo. Lo imaginé en un momento de soledad y silencio, sin pasantes ni automóviles, cerca de la zona verde, escribiendo con la urgencia que la declaración impone. Lo imaginé subrayando, como quien estampa una firma, la duración del hecho. Lo imaginé, también, caminando calle abajo, bordeando la zona verde, hasta perderse en el primer cruce de calles después de marcar su declaración indeleble: “La vida son dos días”…

Hechos…

Historia de la silla. Silvio Rodríguez. «… En el borde del camino hay una silla / La rapiña merodea aquel lugar / La casaca del amigo está tendida / El amigo no se sienta a descansar / Sus zapatos de gastados son espejos / Que le queman la garganta con el sol / Y a través de su cansancio pasa un viejo / Que le seca con la sombra el sudor…”

Museo Maja de Jericó / Inauguración 05 / 10 / 2019 / Auditorio del Museo

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