Silla 48

30 noviembre, 2019 § Deja un comentario


Sacramento la mujer asiento…


Hernando Tejada. Sacramento, la mujer asiento. Maderas de balso y cedro policromadas y pirograbadas con apliques. Altura 130 cms. 1970. Colección Banco de la República.

Sucedió en un libro

Sacramento, la mujer asiento, es una de las mujeres-mueble que Hernando Tejada talló en madera de balso y cedro en los primeros años setenta. Con ellas: Teresa la mujer mesa, Rosario la mujer armario, Bertha la mujer puerta, Estefanía la mujer telefonía, Isadora la mecedora, Abigail la mujer atril, Paula la mujer jaula, Mónica la filarmónica, Leonor la mujer tocador y Sacramento ya nombrada, Tejada abrió de par en par las puertas del arte POP colombiano. Me crucé con Sacramento, sin esperarlo porque no la conocía, en un libro y como sucede con lo inesperado dejó en el aire la curiosidad suficiente para buscarla por los recovecos de la virtualidad. Entonces, no solo encontré a Sacramento, encontré dónde vive hoy, y también el año en que Hernando Tejada la talló, incluso me enteré de su altura, sentada; por supuesto, también encontré las otras mujeres-mueble y podría decir como un vecino curioso: todas de la misma familia, ni siquiera parecidas pero con el aire de familia visible en los pechos alborotados, tumultuosos, con cajón como Teresa o discos de teléfono en las puntas como Estefanía; ojos con apariencia de ver más de lo que ven; zapatos grandes y en ocasiones sin piernas porque no son necesarias. El faldón que llega hasta las botas de Sacramento, tiene cuatro, termina en pliegues sin ajuste a pesar de que está sentada y parece quieta; seguramente por eso el vestido florido hasta los puños de las mangas, tan largas como los brazos, cubre su cuerpo de asiento, se frunce en los extremos, y solo en los extremos, porque no alcanza a cubrir el corazón que desborda y deja las margaritas a punto de caer desde las cimas de sus pechos tumultuosos, pero no caen, su equilibrio depende del camafeo que a su vez obedece, quizá por accidente, al vuelo inesperado del sombrero, culpa de un viento que viene pero no llega. Y las manos: la derecha apoyada en el brazo de la silla que estruja como si temiera caer; y la izquierda con la palma hacia arriba, el índice levantado porque algo, alguien, cosa o suceso, para tener en cuenta, ¿qué?, ¿quién?, ¿un espectador? pasa por allí. Entonces volví al libro. Hay quien dice que es indispensable pasar al revés de la página para ver aquello que sus ojos, los de Sacramento, como en las otras mujeres-mueble, de pestaña larga y abiertos hasta la pregunta, ven. Es lo que dicen. Entonces pasé al revés de la página donde lo descrito hasta ahora era visible; no se trataba de evadir el índice levantado; ni tampoco recorrer al detalle el espaldar florido de la silla, ni las nalgas amplias de asiento confortable, ni la mariposa que sostiene, incluso, el camafeo entre los pechos tumultuosos. Pasé al revés de la página, o, al espaldar de Sacramento para ver desde allí al espectador frente a ella. Pero no, me encontré a sus espaldas, el espectador era yo. Sucedió en un libro, así son los libros…

Hechos…

… La primera silla de plástico fue la DSW diseñada por Ray y Charles Eames para el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Aun hoy es posible verla en las exhibiciones del Museo…

Museo Maja / Próximas Exposiciones / Inauguración / 30 / 11 / 2019

Silla 47

23 noviembre, 2019 § Deja un comentario


…Taburete, juguete, escalera o nada…

El juego

Fue una sorpresa. A la vuelta de una arrume de cajas, en el pasillo más estrecho de una bodega que siempre ha sido bodega, nunca fue otra cosa, me encontré frente al taburete, pequeño, de juguete, contra las cajas de cartón con platos y de apariencia pesada. Por poco me tropiezo con él, lo vi en el último momento y estuve a punto de caer. Mi primera reacción fue tomar la foto. Pensé en quejarme, el peligro de un tropezón para visitantes distraídos que miran al techo, como yo, era inminente, sin embargo, la pregunta apareció en seguida: ¿quién?, ¿por qué?, ¿para qué?, dejarlo allí, contra las cajas en sentido contrario como quien insinúa que no es para sentarse, sino para utilizarlo como escalera, pararse en él y alcanzar las cajas en altura. Sin embargo, para alcanzar la cima del arrume era necesario algo más alto que el taburete o una estatura de metro ochenta o más. Por lo que había podido ver, nadie en la bodega tenía la estatura para que el taburete sirviera de escalón. Entonces recordé el “contexto cambiado”. El sentido como encontré el taburete y el sitio donde lo encontré podía, sin duda, ser parte del juego que consiste en estacionar objetos lejos de su contexto natural en lugares inesperados: tijera en vaso con agua como si fuera pitillo; pitillo en la atadura de zapato como si fuera cordón; cordón entre hojas de libro como si fuera separador; separador en árbol como si fuera hoja; hoja entre periódico como si fuera prensa; prensa debajo de almohada como si fuera piyama; piyama, en fin…. El juego consiste en cambiar el contexto acostumbrado de los objetos; hecho esto, las ficciones se precipitan y suben a la superficie donde los jugadores las convierten en narraciones. Las ficciones que resulten serán tanto más únicas como inusitado sea el contexto donde el jugador planta, así se dice “plantar”, el objeto elegido. Taburete en sentido contrario como escalera; escalera en bodega para alcanzar plato; plato…

Hechos…

… El Taburete 60 se distingue porque no tiene espaldar y por el triángulo equilátero que se traza uniendo los extremos de las tres patas que sostienen el asiento circular. 1933 fue el año de su creación por el arquitecto Alvar Aalto…

Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 22 / 11 / 2019

Silla 17

27 abril, 2019 § Deja un comentario


… Sillas pintadas…

La silla de van Gogh / 1888 / Óleo sobre lienzo, 93 x 73,5 cm. / National Gallery,
Londres / Vincent van Gogh

Retratos ausentes

Los objetos son representación y memoria de quienes los usan, conservan o abandonan, con razón o sin ella, y aun así la memoria persiste; el color, la forma, los accidentes grandes o pequeños, las marcas del tiempo, la combinación con situaciones y momentos hacen referencia a la intimidad de retratos donde personalidad y figura se construyen con la participación de objetos que el sujeto tuvo cerca, utilizó, presintió como parte de su día a día. En este sentir se encuentran los “retratos ausentes” que Vincent van Gogh hizo de Paul Gauguin y de él mismo después de la accidentada partida de Paul dos meses o menos después de llegar a Arles. A pesar de la admiración de Vincent por Paul y su pintura, la relación entre ellos estuvo marcada por el desencuentro. Vincent llegó a Arles el veintiuno de febrero de 1888. Al día siguiente comenzó a pintar campos, árboles, caminos, gentes, carretas, cielos. En mayo alquiló la Casa Amarilla donde instaló su taller porque la habitación del Hotel Carrel le quedó pequeña; pintaba un óleo al día, a veces dos. La Casa Amarilla y los alrededores de Arles le sugirieron la idea de formar un grupo de artistas que pintara las maravillas a la vista en cada recodo del paisaje. Vincent escribió a Paul para que se uniera al grupo que solo tuvo dos miembros él y Paul que llegó a Arles el veinte de octubre. Apasionado por el clima, el color y las mujeres de La Martinique, Paul no encontró en Arles nada parecido. Sus temperamentos no coincidieron, el  proyecto de la colonia de pintores fracasó y la alianza terminó el veintitrés de diciembre cuando Paul abandonó la Casa Amarilla después de una agria discusión. Esa misma noche Vincent se cortó el lóbulo de la oreja derecha y lo envió a Paul envuelto en una hoja de papel…

La silla de Gauguin / 1888 / Óleo sobre lienzo, 90,5 x 72,5 cm / Museo Van Gogh,
Amsterdam / Vincent van Gogh

… Vincent fue internado en el hospital. Paul dejó Arles. Acosado por la soledad Vincent recordó que a la muerte de Charles Dickens a quien admirada desde su estancia en Londres, el pintor inglés Samuel Luke Fildes realizó un grabado, “retrato ausente”, donde aparece la silla del escritor en su estudio. El recuerdo y la admiración llevaron a Vincent a pintar las sillas donde él y Paul reposaban después de la jornada de trabajo en los alrededores o imaginaban la pintura que emprenderían al día siguiente. La silla, “retrato ausente”, de Paul es elegante con formas curvas que denotan una manera refinada de ir por el mundo, Vincent agregó libros sobre el asiento para confirmar su admiración por la inteligencia y conocimiento del arte de Paul, ratificado además por la vela encendida, un faro en la soledad que lo acosa. Desconozco cuál silla pintó Vincent primero. Me atrevo a pensar que la “ausencia” lo llevó a pintar primero la de Paul y luego la suya: una silla de madera y paja, sencilla como su naturaleza, con los objetos que lo retrataban mejor: la pipa y el tabaco sobre el asiento, los girasoles que no abandonaban su imaginario, pintaba sin cesar en sus salidas al aire libre y sobre todo, insistía para que Paul los pintara. La luz de Arles que lo cautivó desde el primer día entra por la ventana, ilumina la habitación y se hace presencia, la única en sus “retratos ausentes”…

Hechos…

… La escasez de caucho en Europa y en Estados Unidos durante los años sesenta dio lugar a la aparición del plástico que, por su versatilidad, se convirtió en la materia prima ideal para la creación de sillas con diseños prácticos y contemporáneos…

www.museomaja.com

Silla 15

13 abril, 2019 § Deja un comentario


… Sillones para invisibles…

La invisibilidad y el consumo

Un pasillo de centro comercial. Espero en uno de los sillones dispuestos, eso creo, para quienes no gozan del placer del consumo. A mi lado un anciano en otro sillón idéntico. El anciano no me ha visto, mira con ansia frente a él; espera que quien lo llevó allí lo rescate pronto de la barahúnda del consumo. De repente una mujer empujando un coche de bebé se acerca al anciano. La mujer deja el coche a su lado, no lo mira y tampoco me mira no hay razón para que lo haga. El anciano no dice nada, tampoco siente la necesidad de mirarme y con resignación acepta el coche pero no lo mira. En una situación normal, dos hombres mayores, el anciano y yo, pasaríamos por dos maridos a la espera de sus esposas. Pero la situación no es normal. Somos dos viejos que esperan en el pasillo de un centro comercial acompañados de un coche de bebé al que ninguno de los dos presta atención y sin embargo, nadie nos mira; el público, abundante por la hora y el día, no nos mira, ni siquiera nos ve. Me pregunto si llegamos a la edad en que la invisibilidad nos consume. Cuando esta idea cruza mi mente se me ocurre preguntar a mi vecino si piensa lo mismo que yo, pero en el momento en que lo hago se para del sillón y sin mirarme, no me ha mirado una sola vez, se aleja empujando el coche. Con mayor razón ahora nadie me va a ver, me digo; debo agregar sin embargo que abrigo la esperanza de volverme invisible desde hace años. Mientras evalúo, por millonésima vez las ventajas de la invisibilidad, un anciano igual al anterior pero de apariencia mayor se apodera del sillón a mi lado. Tomo la decisión de hablarle, le pregunto dónde está el coche. No me mira, no me escucha; repito la pregunta. No responde. Está claro, me digo, los invisibles no tenemos imagen, no somos portadores de sombras y tampoco producimos sonidos. Cuando miro al anciano, idéntico, pero más anciano que el anterior, su posición es incómoda; espero hasta que, como el anciano anterior, parte sin que la mujer del coche regrese a buscarlo. Nadie más, mientras estuve allí, ocupó el sillón. Así, invisible del todo, ni siquiera medianamente invisible escuché los goterones en el techo de vidrio, un aguacero torrencial se desató. Desde mi sillón de invisible entre consumidores imaginé la ciudad sumergida, invisible, entre las aguas…

Hechos…

La silla curul, en latín: sella curulis, era el sitial semicircular con asiento y brazos pero sin respaldo que se utilizó para designar el puesto de los Patricios con poder político y militar. Julio César tenía derecho a utilizarla en todas partes menos en el teatro donde otra silla, dorada, lo esperaba…

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Silla 14

6 abril, 2019 § Deja un comentario


… Una buena silla siempre tiene dueño…

Fuera de lugar

De regreso a casa la vi recostada a un árbol. El “fuera de lugar” sucedió cuando, después de distinguirla a unos veinte o treinta pasos, después de imaginar que alguien, desde allí, mira la gente pasar, llegué frente a ella y seguí mi camino como si debajo de aquel árbol no hubiera nada. Alcancé a alejarme unos quince metros cuando un impulso inesperado, ¿…y por qué no tomo una foto…? me hizo volver sobre mis pasos y hacer la foto aun a riesgo de un accidente, pues para lograrla debía retirarme casi hasta la mitad se la calle. Se trata de una silla en bambú trabajado, con cojinería blanca y negra en diagonal a la que falta el asiento. No dudo que es una silla cómoda para observar o escuchar, incluso es cómoda para responder alguna pregunta pero no es una silla para mirar televisión. Las costumbres cambian; la tecnología o el estrés, hacen que la mayoría prefiera ver la tele acostado o, a medio acostar en otro tipo de sillón. Ésta no es para eso. Cuando la vi a lo lejos o cuando pasé a su lado sin detenerme me pareció ver a alguien sentado en ella. Era un hombre de edad promedio que en un momento de intensidad o de “fuera de lugar”, sacó la silla de su casa y dejó en la sala, se trata de una silla de sala, un vacío difícil de llenar. Debemos conseguir una igual a la que Julio se llevó, con ese nombre imagino al hombre sentado en ella, dijo su mujer, o comprar muebles nuevos, agregó con tranquilidad. Julio se llevó la silla, “su silla” porque estaba cansado de ver lo que no quería ver y oír lo que no quería oír. Llevó la silla debajo del árbol, no dijo cuál o dónde, y con la tranquilidad de quien ha logrado su objetivo pasa en ella días enteros. En ocasiones da un paseo con el cojín de asiento bajo el brazo para que nadie se siente en ella y estirar las piernas, en uno de ellos hice la fotografía, y regresa a su puesto con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a molestarlo porque no responde o porque se queja de las telenovelas, repetitivas, siempre iguales, que su mujer ve en la televisión. Cada día Julio se queda hasta más tarde en la silla bajo el árbol. Cada día, por supuesto, llega más temprano a su silla bajo el árbol. No se sabe qué tan lejano está el día en que no regrese a casa. Quizá ese día nadie eche de menos su presencia…

Hechos…

… Dantesca llamó Girolamo Savonarola, predicador y confesor, la silla donde los florentinos debían arder con sus lujos. Era una silla con brazos y espaldar alto donde sentaban a los condenados. Girolamo murió, condenado por la Inquisición, de pie en la hoguera…

Silla 12

23 marzo, 2019 § Deja un comentario


… Las hay que son solo aventura…

El puesto del piloto

Llegué por sorpresa, sin buscarla. La encontré o me encontró a la vuelta de un pasillo marcado por objetos, muebles y enseres. Como no esperaba tal cruce, tropecé y por poco caigo sentado en ella, hubiera sido el primero. La idea de que nadie la había utilizado nunca vino justo después del tropezón. Su apariencia, como las corrientes de los ríos, era mansa en la superficie pero turbulenta al interior; el cuero de asiento y espaldar, ajado por el tiempo, presuponía historias sin narrar o en espera de ser narradas de nuevo. La certeza de que nadie se había sentado en ella y las insinuaciones del cuero, rastro de historias, fueron la paradoja que me demoraron frente a ella. Tenía el estilo, la forma, el cuero y los bordes de aluminio con remaches del puesto del piloto en un avión de la Segunda Guerra, tal vez un Lightning P38 el avión en el que Antoine de Saint-Exupéry desapareció el treinta y uno de julio de mil novecientos cuarenta y cuatro en el Norte de Africa. Entonces presentí “Vuelo nocturno”, “Correo del sur”, “El aviador”, las novelas, crónicas, donde Saint-Exupéry narra las horas, la soledad, la noche y las luces inesperadas que van y vienen en la imaginación del piloto. No solo en aquellas novelas, siempre, lo vi o lo imaginé enfundado en una chaqueta de cuero gastado como el de la silla: cuero duro, rudo, confidente de aventuras, incluso la de desaparecer en pleno vuelo. Y entonces ocupé la silla. Miré a lado y lado. No con la angustia de ser pillado infraganti por algún acucioso que quisiera venderla; sino con la esperanza de ver lo que Saint-Exupéry veía en los cielos infinitos, con horizonte lejano, poblados de nubes, estrellas y sobre todo de imaginación. No sé decir si el momento fue largo o corto, nadie se acercó y cuando me levanté tuve la certeza de que ni siquiera yo había ocupado la silla y probablemente nadie lo haría, quizá Saint-Exupéry si regresara de allá de donde se perdió…

Hechos…

… Durante el siglo XVI, en Francia, la chaise caquetoire, del verbo caqueter: parlotear, era una silla baja y estrecha, incómoda, donde sentaban las visitas que no paraban de hablar…

Silla 4

26 enero, 2019 § Deja un comentario


Bajo el sol nada es como uno imagina…

Se acabó el helado

Bajo la sombra, al otro lado de la calle frente a la banca en listones de madera curada, el clima es sostenible. Allá, en la banca, bajo el sol es insostenible. Minutos antes de la fotografía, la banca estuvo ocupada por una madre joven y un niño de tres o cuatro años que no gusta del sol picante y quiere partir pero la madre, joven y a la moda, camiseta con letreros que no logro leer, bluyines rotos en las rodillas, tenis rojos y cachucha también roja, retiene al niño por la cintura, lo carga, lo deja a su lado, permite que baje al piso, cuando intenta escapar lo atrapa por la cintura y lo retiene contra su cuerpo. El niño que también viste a la moda, igual a la madre, lleva un helado en vaso desechable que no abandona ni en los momentos más apretados de sus intentonas de escape. Nada fuera de lo común, una madre y un hijo inquieto que recibió un helado para que se calme y no se calma. La madre retiene al niño pero no lo mira, su cara, sus ojos y su deseo están en el lugar de donde llegaron, sin duda espera algo o alguien que no ve. El niño insiste, intenta evadirse, hace fuerza, no llora y come helado con sabor múltiple: caramelo, chocolate y arequipe. El forcejeo ha hecho que la madre se mueva de una punta a la otra de la banca pero sin dejar de mirar, abismada, hacia el lugar donde espera ver lo que no ve. Después de diez, quizá quince minutos, un lloriqueo devuelve la madre a su lugar. El helado se acabó y el niño reclama. Ella lo abraza por la cintura, lo levanta y parte con él bajo el brazo en dirección contraria al lugar donde tenía puestos los ojos. Entonces dudo, quizá no es un niño, quizá es una niña que lloriquea, patalea y deja caer el vaso desechable que, en el piso, es testigo único de lo que su madre no logra ver en el lugar aquel de donde vinieron. Después vino la fotografía…

Hechos…

… El ratán es una de unas seiscientas​ especies de palmera trepadora del género Calamus originaria de la isla de Java. Son plantas de tallo delgado y elástico que se utiliza trenzado, como soporte en cestería, mobiliario y silletería…

¿Dónde estoy?

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