Cosas 28

20 junio, 2020 § Deja un comentario


Otto

Las coincidencias están en todas partes y cuando se cruzan el resultado es inesperado. Hace pocos días el tedio del confinamiento me llevó a revisar el contenido de mi computadora. Por azar abrí una carpeta de hace algunos años donde encontré un texto titulado: La sombra de Marolini. Me entró curiosidad porque recordaba poco el texto, pensé que lo había escrito otra persona. Se trata de una novelita corta de esas que no publica nadie porque no es de mafiosos ni tiene el morbo del desarraigo social incluido y menos aun la “cosa” que nos acorrala. Es una novelita que narra la relación entre “El Gran Marolini”, mago de circo, y un joven de quien nunca se menciona el nombre y llega o mejor, no llega, a ser su ayudante porque vive enamorado de la diva que acompaña al mago en escena: “Galaxia”, una mujer hermosa que aparece y desaparece pero desaparece más de lo que aparece. En la búsqueda de “Galaxia” el joven candidato a asistente cuenta su búsqueda al trapecista: Lucio Lomas en la vida civil; “Otto. The flying man” en escena, en homenaje a Otto Lilienthal el inventor del planeador. Otto era un solitario que salía de su carromato para hacer acrobacias en el trapecio; el resto del tiempo lo pasaba pintando máquinas voladoras con la minuciosidad de quien sabe de volar. “… Vivir en los aires es mi profesión. Fui ‘hombre bala’ pero un accidente me planteó la disyuntiva: el trapecio o el pavimento. Elegí el trapecio…”, confiesa Otto en un momento de la conversación. Leí la novelita. Otto llamó mi atención por su convicción de hombre volador pero sobre todo porque reencontrarlo, pues fui yo quien escribió la novelita, me llevó al efecto “coincidencia” que menciono en la primera línea de este texto. En una repisa cercana al puesto donde paso buena parte de mis días, un grupo de trapecistas, ocho, venidos de distintos lugares esperan que me detenga a su lado y apriete la base del trapecio para ejecutar malabares que no se repiten. Dos, llevan vestido de superhéroe, Batman y el Hombre araña; otro lleva un vestido de letras porque lo recibí en una Fiesta del Libro; otro, es mujer, lleva un vestido corto, oscuro con puntos claros, y la encontré en un bazar en el oriente de Antioquia; los otros cuatro, llevan uniformes de equipos de fútbol: Medellín, Nacional, Selección Colombia, el de la Selección se repite. Los vende un hombre que podría ser Otto, por su aplicación al vuelo de los malabares, en una esquina a tres semáforos de mi casa. Lo vi cuatro veces, en cada una me pareció que lograba obtener de los trapecistas, frente a las ventanillas de los carros, malabares irrepetibles y cada vez le compré uno. Un medio día le pregunté si tenía trapecistas con uniformes de otros equipos, el Barcelona por ejemplo. Me miró, seguramente como Otto miró al joven candidato a asistente cuando le preguntó si conocía a Galaxia, por supuesto, en ese momento no hubiera podido imaginarlo, pero el hombre que ahora recuerdo como Otto me miró y me dijo: la semana entrante se lo tengo. Pero la semana entrante no llegó, la “cosa” nos acorraló y nos tiene haciendo malabares en tierra. Ojalá Otto, el de la esquina a tres semáforos de mi casa, siga con su aplicación al vuelo de los trapecistas…

Cosas…

… ¿Será que con el tiempo llegaremos a pensar: no hay “cosa” que por bien no venga? … ¿Será?

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Cosas 27

13 junio, 2020 § Deja un comentario


Espejismo

Sucedió en uno de esos pasillos limitados por telas de plástico verde que se utilizan para disimular, a ojos de los transeúntes, el avance de las obras públicas. Medio día, el sol y el calor se cuelan por todas las rendijas, las únicas sombras son las que proyectamos la mujer vestida de flores de todos los colores que avanza por el pasillo y yo, unos diez pasos detrás. Nadie más de este lado del plástico verde. Del otro lado se escucha el fragor de los taladros mecánicos y el choque del metal contra el pavimento que es necesario romper para instalar otro que quedará como nuevo cuando las reparaciones en las tuberías estén listas. El tráfico de vehículos particulares, además de taxis, buses, camiones y camionetas de todos los tamaños, contribuye al estrépito que sacude todo a los dos lados del plástico verde. El pasillo, transitable a riesgo del peatón, parece una servidumbre desierta si no fuera por el ruido y la polvareda. De repente un brillo fugaz cae de la mano de la mujer y rebota contra el pavimento. Ella, sin prestar atención al objeto, sigue su camino. Hubiera esperado un gesto, ver que se detiene y lo recoge, pero siguió como si nada hubiera sucedido. Dos cosas: no se dio cuenta de la pérdida o no quiere ser reconocida dejando objetos abandonados en la calle. Como no había notado que yo estaba a unos pasos, caminé un poco más rápido, disminuí la distancia entre nosotros y comprobé que lo que cayó de su mano fue una pierna de Barbie, la muñeca que primero fue juego de adultos y luego de niñas, casi destruida, arrancada de su cuerpo por la fuerza, rota. Mientras me recosté contra la tela verde para tomar la fotografía la mujer se alejó, caminó más rápido y unos pasos más adelante otro objeto se deslizó de su mano. Aceleré el paso. Ella también. Alcancé el nuevo objeto y me encontré con otra pierna de Barbie, esta vez sin zapato, sin pie, al lado de una marca verde pintada sobre el asfalto por los ingenieros de la obra. Se está deshaciendo del pasado, me dije y quiere que se lo trague la tierra o, al menos, los trabajos en la vía. La mujer caminó sin mirar atrás y a medida que avanzaba, rápido pero sin correr, quizá no tenía la fuerza para eso, dejaba caer al pavimento roto y polvoriento por los trabajos, pedazos de Barbie: brazos, piernas, torso, abandonados a su suerte. El cuerpo entero. Íbamos más allá de la mitad de la servidumbre cuando la perdí de vista, ella avanzó rápido y yo me distraje con los pedazos que encontré. De repente, por culpa de un viento que no sé de dónde vino y levantó el plástico verde unos ojos me miraron fijamente. El plástico subió y bajó. Los ojos me miraron y desaparecieron tras el verde. Parecían fijos. Una camioneta estuvo a punto de atropellarme cuando intenté agacharme para verlos de cerca. Descubrí entonces que un par de ojos sin mirada me miraban sin pestañear enmarañados en la cabellera rubia de Barbie. Recordé entonces una frase que siempre pensé de Borges: “…No son ojos porque te ven sino porque los estás viendo…” –alguien me señaló un día que no era de él–. Quizá, me dije, los fragmentos de muñeca, la mujer que ya había desaparecido y los ojos enmarañados por la cabellera, fueron un espejismo, una jugada de la hora, del sol, de la ausencia de sombras. Sin embargo, la pierna certifica el momento. La mujer, el espejismo como la llamé, se alejó sin mirar atrás abandonando en el camino, como marcas para un improbable regreso, fragmentos de tiempos idos…

Cosas…

… Cuando no las entendemos, las cosas como la “cosa”, nos acorralan…

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Cosas 26

6 junio, 2020 § Deja un comentario


Marcado

Al otro lado del cruce de Junín con la avenida La Playa donde en otras épocas el café La Bastilla, fundado en 1920, fue centro de reunión de artistas, poetas e intelectuales con don Tomás Carrasquilla a la cabeza, tuve la idea de pedir un café y esperar, siempre estamos a la espera de algo, mientras miraba pasar la gente. Es posible que en algún recoveco de aquella intención se encontrara el deseo de ver aunque fuera de lejos al mismísimo don Tomás tomando café y conversando con sus amigos. El lugar, hoy, no tiene parecido con el Café de antes, la clientela parece apurada, consume sin hablar y libera la mesa tan pronto termina. Aparte de la mesa vecina donde dos hombres mayores tomaban un desayuno abundante en silencio, tal vez están allí desde las épocas de don Tomás, en las otras mesas no se notaba la intención de mirar la gente, conversar o escuchar, como antes, alguna historia de boca de don Tomás. Por un lado el ruido de la calle que no deja hablar ni escuchar y por el otro, una cierta presión en el ambiente que obliga a partir. Solo los dos hombres mayores en la mesa vecina parecían protegidos de aquello, incluso llegaron a cruzar entre ellos palabras que no pude escuchar. Terminé mi café y como es costumbre fui a hacer la fila frente a la caja para pagar mi consumo. Delante de mí, seis personas con sus tiquetes en mano esperaban que un joven vestido de negro con peinado en puntas engominadas y brazos tatuados recibiera tiquetes y dinero. Cuando llegué a la fila el joven sostenía un intercambio de palabras y billetes con el cliente que encabezaba la fila. Con el siguiente fue igual y con el siguiente también. La fuerza indefinida que incitaba a partir y el ruido me obligaron a espiar la causa de la demora. Alcancé a notar que un billete era objeto explicaciones, demoras y devoluciones. El cliente delante de mi pagó su consumo, revisó el cambio y cuando llegó al billete en cuestión lo devolvió al joven quien, con un gesto de impotencia, lo recibió y lo cambió por otro. Mi turno sucedió como en cámara lenta. Los brazos tatuados, la mirada precisa, el teclado de la registradora, el recibo de mi consumo y la voz por encima de todos los ruidos: tres mil novecientos pesos, fueron como una acción eterna. El joven recibió mi billete de cinco mil pesos, inscribió el valor, esperó que la registradora entregara el tiquete con el monto de la devuelta, tomó el billete que nadie quería del lugar donde siempre lo dejó y me lo entregó disimulado bajo el recibo de caja, blanco con cifras negras, casi tan grande como el billete, además de una moneda de cien pesos. Esperó que yo lo recibiera. Todo esto en cámara lenta tomó una eternidad. Recibí el billete marcado con una escritura azul por las dos caras, quizá una declaración o una historia que quise conocer, mientras el joven esperaba mi reacción. Una fracción de segundo, eterno, se deslizó entre su mirada precisa y el movimiento de mis manos al doblar el billete por la mitad y guardarlo en mi billetera, como si nada. Respiró con alivio y liberado de semejante peso se dispuso a recibir el dinero del cliente que seguía en la fila. Entonces salí a la acera de aquel Café con historia, con la seguridad de llevar en mi billetera otra historia marcada en el billete…

Cosas…

… Dicen que la “cosa” vino para quedarse. Lo que pasa es que nadie quiere saber dónde, ni cómo, ni con quién…

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Cosas 25

30 mayo, 2020 § 1 comentario


Náufrago

Los personajes aparecen en cualquier mesa de café, puerta de casa o esquina. Con libros o cajas de herramientas bajo el brazo o entre cachivaches en la cima de un arrume de reciclador. Sin embargo, los personajes no aparecen, están, no los vemos y cuando los vemos por culpa del azar o la coincidencia, rodeados por un  halo que los separa del resto, en general están a punto de hacer otra cosa. La coincidencia tuvo su parte en este encuentro. Primero un marco de madera destartalado que se sostiene entre la esquina de una caja de cartón y una tela azul cielo hecha un nudo en la cima de una carreta de reciclador cargada hasta el tope. Allí, en lo más alto estaba el marco, y no lo hubiera visto si el hombre que arrastraba la carreta, Javier es su nombre, no se detiene en la esquina antes de la glorieta porque el tráfico le hacía difícil el paso. Segundo, lo alcancé en la esquina. Todo lo que había visto hasta ese momento era el arrume de cachivaches atado con cuerdas por los costados y balanceándose, un peligro para quien se encuentre a su lado si el equilibrio falla. Tercero, esperábamos el momento de cruzar. Más por desconfianza que por curiosidad miré la cima del arrume, vi el marco de madera y en su interior una cara borrosa. Pregunté a Javier, desconocía aun su nombre, qué era ese marco y respondió que no era nada; viene con el viaje, murmuró sin quitar los ojos de la calle. Le compro el marco, dije, ¿cuánto vale? No respondió, me miró como si midiera cuánto podía cobrar por el marco pero vio poco porque repitió: no vale nada, ¿para qué lo quiere?, eso no sirve para nada. Le doy diez, dije. Entonces me miró con más detenimiento, bajó el freno de estacón de la carreta y con una agilidad que nunca hubiera imaginado subió por el borde, aprovechó para tensar la cuerda, agarró el marco medio destartalado y lo dejó en mis manos. Todo en segundos. Era la fotografía en sepia de un hombre tal vez joven con corbata, saco oscuro y camisa blanca, un uniforme quizá; suposición que vino por el pelo de corte a ras y la pose rígida. Un accidente, ¿un naufragio? borró los detalles: ojos, nariz, boca; mojó la fotografía y la adhirió al vidrio que en el desbarajuste fue lo único que quedó intacto; o, se me ocurrió pensar, mientras Javier esperaba mi reacción al tener el marco entre mis manos, que una marea constante lo dejó sin identidad posible y el tiempo hizo el resto. Recordé una película de hace años en blanco y negro o sepia como la fotografía: “El hombre que nunca existió”. Entregué el billete de diez a Javier, fue cuando pregunté su nombre, que no podía creer en la venta, y seguí rumbo a mi casa con la foto, el marco destartalado y el vidrio sin rasguños. Lo recordé como parte de una operación de espionaje durante la guerra que terminó en simulacro de naufragio en una playa desierta. Desde aquel día el marco destartalado con vidrio intacto y foto borrosa del hombre que nunca fue, hace juego con otros marcos que cuelgan en la pared frente a mi puesto de trabajo en la pieza donde paso buena parte de mis días…

Cosas…

… Dónde andará la “cosa” hoy. ¡Vaya “cosa”!

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Cosas 24

23 mayo, 2020 § 1 comentario


Poncherazos

Un “poncherazo” es una fotografía tomada sin avisar, sin medición de luz, distancia o foco. Como salga. En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado había fotógrafos en las calles de las ciudades que hacían “poncherazos” de los pasantes que, casi siempre, caían en la cuenta cuando el “poncherazo” ya no tenía reversa. Los transeúntes recibían un comprobante numerado con el que podían reclamar su foto ese mismo día por la tarde o la mañana siguiente, a más tardar, en un local con puerta a la calle, a cambio de una tarifa razonable. Eran pocos los que no pasaban a recoger sus fotos, para verse, burlarse o pegarlas en los álbumes familiares. Ya no hay fotógrafos de “poncherazo” en las calles. Desde que llevamos una cámara en el celular, somos fotógrafos de “poncherazo” en potencia. Incluso yo, que no soy fotógrafo, he cometido algunos pero debo decir que también los he escrito…  

Tres puestos libres. Una sombra se abalanza sobre el que tiene más cerca. Quedan dos puestos. El sujeto de camisa a cuadros a mi lado espera que yo ocupe uno, lo presiento. Antes de decidir lo que voy a hacer pasa a mi lado y me empuja. Es una clara insinuación para que me siente. ¿Una orden? Ignoro el empujón, no ocupo ninguno de los puestos vacíos. La sombra sonríe…

• Frente a mí un anciano revisa su pasaporte. Lo abre sobre la mesa y saca del bolsillo de su chaqueta una bolsa de plástico con fotos. Una docena de fotos y las extiende sobre la mesa. Tiene la intención de elegir una. Algunas regresan a la bolsa y con las otras arma una columna al lado del pasaporte abierto. Compara. Hace una nueva selección y deja solo dos sobre la mesa. Las otras van a la bolsa. Con calma las coloca en el lugar que corresponde. Elige una. Arranca la foto pegada al pasaporte, saca un tubo de otro bolsillo de la chaqueta, aplica dos gotas en el reverso de la elegida y la fija en el lugar donde estaba la que arrancó. La considera con cuidado, se mira a un espejo satisfecho…

• Dos mujeres se miden ropa en un almacén. Una entra al apartado donde cambia de prendas. La otra espera. Se turnan para entrar a medirse la ropa. Se hacen comentarios. En general son comentarios grises: “se te ven los gordos”, “te ves muy bajita”, “tus tetas se pierden”. Como ocupo un lugar preferencial escucho lo que dicen. No tardo en darme cuenta de que a cada cambio de prendas los comentarios suben de tono. Si alguien llegara en este momento diría que la guerra está cerca. La sorpresa es mayor cuando las mujeres parten, dejan un desorden parecido a un campo de batalla, no compran nada, y sonríen satisfechas…

• Detrás del sol canícular un hombre me ofrece una botella de agua helada. Parece más espejismo que presencia. No habla. Desde más allá del resplandor me ofrece la forma de una botella que no alcanzo a atrapar. Entonces veo el juego, muestra la botella, yo intento atraparla y la botella desaparece, solo queda el resplandor. En la esquina siguiente comienza de nuevo. Solo veo el espejismo …

• Una flaco vestido de verde besa a la mujer a su lado. Le arranca el beso. Ella no deja ver dolor, no siente nada, no cierra los ojos y se deja hacer mientras sus labios quedan pegados a los de él. Mientras la besa, sube sus piernas sobre las de ella, enmalladas de negro que se encogen sin remedio. Se besan sin mirar…

• Un sujeto mayor intenta tomar la fotografía de un vaso desechable con su celular. Lo intenta varias veces: de más cerca o de más lejos. Hace la foto, corrige y la repite con una mínima diferencia de distancia y ángulo. Toma cuatro fotos, después las mira y no sabe cuál escoger para mandar a su mujer que quiere saber qué hace en ese momento…

Una mujer a mi lado pregunta la hora a otra que está detrás de una puerta cerrada. A pesar de que la puerta es de vidrio no la escucha y responde con señas que la mujer afuera no entiende. Esto la desespera. Levanta la voz, se nota urgida; sin duda tiene necesidad de conocer la hora, está retrasada y por esto insiste en comprender los gestos de la otra al interior. Por señas la mujer al interior responde a los gritos. Se ven pero no se escuchan, las señas son incomprensibles y el tiempo pasa. El poncherazo queda…

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… Sin avisar, sin medición de luz, distancia o foco la “cosa” nos atrapó…

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Cosas 23

16 mayo, 2020 § Deja un comentario


Leer

El número ocho de Ficción La Revista circula hoy, sábado dieciséis de mayo de este año de gracia 2020. Recuerdo que el último enero, en la primera Marginalia del año, escribí lo siguiente: “… 20/20 es la medida de agudeza visual. El primer 20 es la distancia, en pies, a la que se encuentra el objeto del sujeto; el segundo 20 es la distancia a la cual el sujeto ve el objeto en detalle. Si se dan estas medidas, la agudeza visual es perfecta. Esperemos que en el 2020 que llega, la agudeza no sea solo visual, que también sea para escuchar, para entender, para distinguir verdades de mentiras, política de politiquería, para hablar menos y hacer más, para vivir y dejar vivir…” Hoy, cinco meses después, esperemos que la agudeza sea también para leer, tema central de este número de la Ficción La Revista. Buenas y provechosas lecturas:

… Frases tomadas al azar en los textos que hacen parte de esta edición son la mejor definición de leer: su significado y trascendencia: … La profesora quería que hiciera énfasis en mi faceta de lector […] Hace días viene leyendo a Elvira Sastre y “Días sin ti” la dejó casi sin aliento […] Liberó legendarios lenguajes; labró lustrosas leyendas, legando lúcidas lecciones literarias […] Las primeras letras que junté como una suerte de invocación al milagro fueron las que, en una cartilla muy colorida […] Dante, en el último círculo del infierno, le habla al lector, le advierte que no dirá más de lo que está viendo y de paso lo reta […] Durante siglos, saber escribir fue privilegio de pocos; aún en los albores del siglo XXI millones de personas en el mundo continúan ajenas a su dominio […] Se leyó a la mujer mientras comía, lentamente, aprendiéndosela de memoria, como si leyera un tratado importante de filosofía o una historia del mar de Creta […] Una carta en sobre cerrado, / una promesa arrojada al buzón / baila entre mis dedos, / mientras, / el estado de excepción / se abre paso en cada vuelta […] Sabía que tenía libros suficientes, dado el caso de que, como sospechaba, le iba a sobrar mucho tiempo […] Tallamos el cuerpo con lecturas: Palabras luciérnagas. Palabras Océano. Palabras solares. Boscosas palabras nos tallan los cuerpos que hay en el cuerpo […] Leer es asistir a un concierto de palabras que devienen en imágenes, ritmos y sonidos […] Hay que leerlos. Suelen llegar en la noche. Hay que leerlos detenidamente y más cuando suelen llegar de uno en uno. Hay que leerlos en la oscuridad. Leerlos en silencio […] Leer ahora es leerme a mí misma, revisarme entre las páginas de mi vida. Caminar entre las páginas de mi vida […] “Lee. ¡Escucha!”, me decían mis hijos, mi esposo, mis padres, antes de dormir […] Para dar cuenta también de que “leer” ha tenido y seguirá teniendo transformaciones y que estas transformaciones nos llevarán a espacios imaginativos no explorados […] Leer es una cuestión de actitud. No solo se leen cartas, libros, artículos o avisos, también se leen imágenes… Lo leído hasta aquí y mucho más se descubre en este número de Ficción la Revista…

Cosas…

… ¿Hemos aprendido a leer la “cosa” que nos acorrala? Ojalá…

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Cosas 20

25 abril, 2020 § Deja un comentario


Nubes

Lao Tse era, lo dijo Confucio, el dragón que cabalgaba los vientos y las nubes. Los pensamientos son como nubes en el cielo, sopla suavemente sobre ellas y verás el universo, reza el proverbio budista que resultó, quizá, de las palabras de Confucio. Ikkyu Sojun fue monje zen y poeta que murió casi desconocido en 1481 a la edad de ochenta y siete años. Desde muy joven Ikkyu  mostró su talento y a pesar de su origen japonés escribió sus poemas en chino: … Muchas sendas arrancan / del pie de la montaña / pero en la cumbre / todos vemos la misma / nube brillante y sola… Treinta años recorrió el país y firmó sus poemas como “Nube Loca”, (Kyo-un), expresión derivada de (Un-sui): “Nube agua”, que señala los monjes vagabundos del camino. Años más tarde, en occidente, Walter Benjamín las escribió así: … Y aprendí a disfrazarme en palabras que propiamente eran nubes… Las nubes pasan, no permanecen, mutan y no vuelven. Me pregunto, entonces, si pintores excepcionales como Katsushika Hokusai o Giovanni Antonio Canal conocido como Canaletto o William Turner o Jan Vermeer o Joaquín Sorolla o David Hockney pintaban de memoria los cielos con nubes de invierno o de verano. Los inventaban con el talento para inspirar su paso, su cambio de forma, color y densidad, incluido el viento que acerca la lluvia. Pierre Lahaut, profesor de dibujo, trabajaba con una técnica que durante mucho tiempo hice mía: lápices de colores sobre papel. Lahaut dibujaba en capas sucesivas paisajes con cielos cambiantes y también dibujaba bodegones. Una vez escribí la relación entre él y un bodegón con nubes en la ventana, la titulé: El pintor y el tiempo: … Pocas nubes en el cielo. Es temprano. Más allá del caballete el bodegón con frutas frescas. Lápices verdes, de todos los tonos que se encuentran en la naturaleza, listos para la jornada; el cuadro será tan grande como la naturaleza misma. Estoy listo, pero dudo, dice. Si comienzo por la manzana, cuando llegue a la sandía su color tal vez no será el mismo que veo ahora, en ese momento tendrá manchas oscuras en la piel y las nubes habrán cambiado. Cuando llegue a las peras, el verde de la mañana se habrá transformado en amarillo quizá ocre; pero eso no es todo, si vuelvo a la primera manzana su piel también habrá cambiado como en las otras frutas, y, si me aplico a pintar cada fruta con el color y las nubes del momento, mi trabajo solo acabaría cuando, después de su propia evolución, cada una alcance el mismo tono seco del final y las nubes se queden quietas. Al terminar, el bodegón no será el mismo de la mañana y yo tampoco, agrega. Mientras Lahaut ve el correr del tiempo, las nubes pasan sin detenerse. De cúmulos, pasan a cirros y luego a nada, pasan y solo son un instante. La duda será siempre la misma frente al bodegón que nunca termina…

Cosas…

… Las cosas cambian según el momento, la hora, el lugar, la luz y quien está cerca. ¿Será que a la “cosa” que nos acorrala le sucede lo mismo?

La otra cara del retrato exposición virtual, se puede visitar en: http://paf.re/g/marginalia hasta el 23 de mayo. El libro con igual título y contenido puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solicítelo a saulalvarezlara@gmail.com. Un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

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Cosas 19

23 abril, 2020 § Deja un comentario


Libro&Expo

23 de abril “Día del Libro”. Hoy abre al público La otra cara del retrato exposición virtual y libro. La exposición se puede visitar en: http://paf.re/g/marginalia hasta el 23 de mayo. El libro puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solo debe solicitarlo a saulalvarezlara@gmail.com y un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

“… Es mal pintor el pintor que ha pintao aquel día, pues me pintó por afuera porque adentro no veía…” cantó Atahualpa Yupanqui hace años a quien quisiera escucharlo. En una afirmación más cercana en el tiempo he escuchado el decir de artistas que pintan lo que sienten y no lo que ven. La otra cara del retrato no son retratos en el sentido de la representación, la técnica y seguramente la evocación. No son eso. Son fotografías que van y vienen entre la función que cada uno construye de sí frente al mundo, y la mezcla con doce líneas de texto que no pertenecen al sujeto que las inspiró; pertenecen a otro que encuentra en las calles un universo de ficciones, evidentes algunas, un poco más soterradas otras, a flor de piel muchas, imaginadas la mayoría. Los gestos, las poses, los colores y vestidos que elegimos para aparecer frente al mundo no son gratuitos. Y el retrato, como todo, tiene otra cara, la de adentro que cantó Yupanqui. Y si no parecen retratos es bueno recordar lo que Picasso dijo a una dama que protestó porque no se encontraba parecida en el retrato recién pintado “… Se parecerá…” dijo Picasso…

Cosas…

… “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído…” Jorge Luis Borges

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Cosas 18

18 abril, 2020 § Deja un comentario


Gafas

Benjamín Franklin veía poco y borroso y por esta razón en 1784, diseñó a su medida una montura con vidrios de aumento para su uso personal. Esto no quiere decir que, como siempre sucede, un chino no aparezca mezclado en el origen del artefacto. Dijo Marco Polo que los chinos utilizaban lentes de aumento para mejorar la visión desde mucho antes del siglo XIII. Según esto los chinos utilizaron lentes de aumento para ver mejor y también, como lupa, para encender el fuego. Durante el siglo I d.C., para aumentar el tamaño de los objetos pequeños se utilizó un vaso con agua como lente de aumento. La historia menciona a Séneca como usuario de dicho lente pero es probable que el descubrimiento venga de la China, según decir de Marco Polo. El uso de lentes para mejorar la visión era, digamos, de uso corriente desde tiempos inmemoriales, Nerón acostumbraba a llevar al Coliseo un monóculo tallado en berilo para ver en detalle los gladiadores y en otro tiempo, la historia confirma que las primeras gafas europeas fueron diseñadas por el italiano Salvino Degli Armati hacia 1285; igualmente, uno de los monjes de El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco, lleva gafas. Es frecuente, entonces, desde la Edad Media el uso de gafas para quienes tienen poca vista. En 1517 Rafael pintó el retrato del Papa León X con gafas, pero fue, sobre todo, después de la invención de la imprenta que las gafas pasaron a ser un objeto de primera necesidad para aquellos primeros lectores. Hoy en pleno siglo XXI son indispensables frente a las pantallas de los computadores y desempeñan un papel visible, sea el caso de decirlo, como artilugio de la moda. Hace algún tiempo escribí una historia que iniciaba con esta frase: “Para lo que hay que ver… con un ojo basta”. En ella narraba que esa frase era lo que se decía para manifestar la poca importancia de los acontecimientos que suceden alrededor. La frase podría significar que si con dos ojos veo el cien, con uno veo el cincuenta, o sea, lo que verdaderamente vale la pena. Lo constaté cuando llegó a mí correo el número doscientos treinta y cinco de la revista Graphis. La cubierta de ese número representaba el retrato de un hombre pintado por Brad Holland. La fuente luminosa permitía que su cara pasara de la sombra a la piel iluminada; el lado derecho sobresalía en el claro-oscuro y la cabeza se desvanecía hacia la izquierda. “Ciclopeia” era su título. El saco, la corbata, la boca, las facciones tranquilas existían en su realismo perfecto, pero lo que sobresalía porque tenía mirada era el ojo solitario detrás de la montura de un solo aro que me seguía. Desde el primer momento constaté en él una vitalidad inesperada. Para comprobarlo desplacé la revista frente a mí y el ojo me miró. A la derecha primero a la izquierda después, alejé la revista unos centímetros y la pupila brillante casi se sale de su órbita. Pensé entonces que para volverlo a la normalidad, nuestra normalidad de ojos repetidos, debía pintar otro ojo al lado de ése, único, que me miraba sin pestañear a través de la montura de un sólo aro que se sostenía sobre su nariz recta. Entonces me di cuenta de que era inútil pintarle un segundo ojo pues él ya lo llevaba puesto en la gafa de un sólo eslabón que le permitía verme mejor… A propósito de gafas un amigo me contó que un amigo suyo, desconocido para mí, debía emprender un viaje pero perdió sus gafas y como era temeroso tomó la decisión de no viajar. Otro amigo le cedió las suyas con el argumento de que no necesitaba ver más de lo que veía sin ellas. Además, agregó el otro amigo, mis gafas le sirven a todo el mundo. El amigo de mi amigo aceptó y partió a su viaje pero nunca regresó y tampoco devolvió las gafas al amigo que se las prestó y nunca más las volvió a ver…

Cosas…

… Varias veces en los últimos días he recibido mensajes donde la última frase es: abrazos pandémicos. Me parece que es una buena manera de amaestrar la “cosa” que nos acorrala…

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Cosas 17

11 abril, 2020 § Deja un comentario


Papel hecho a mano por Aquari / Barcelona / 10 X 7.5 cms / 250 g/m2

Papel

La historia del papel se remonta a los primeros siglos de nuestra era, incluso a siglos anteriores. La viví en sus inicios cuando fui asistente de Ts’ai Lun, su inventor, aunque él no pareció darse por enterado de mi presencia, tan ocupado estaba por aquellos años. A pesar de que los egipcios grababan jeroglíficos en la piedra que cubría los muros de los templos o en papiros elaborados con una hierba común en los meandros del Nilo quizá tres mil años, o más, antes de que Ts’ai Lun, mi jefe, eunuco y Consejero del Emperador Guang Wu Di de la Dinastía Han inventara el papel. Ts’ai Lun, lo llamaré Ts’ai, se pronuncia Cai, curioso por naturaleza buscó, hasta encontrar, una forma, un material, que abriera el contacto del Emperador con los súbditos, con otros eunucos o con los cortesanos y cortesanas que abundaban en los alrededores de palacio. El resultado de años de ensayos en el cobertizo detrás del palacio con telas viejas, cortezas del cáñamo y del árbol de la mora y fibras de red de pesca, mezcladas y hervidas hasta convertirlas en una masa maleable, fue la materia prima que mezclada con pega a base de harina y agua, y extendida sobre un tamiz de madera, dio el resultado esperado. Resultado que después de numerosos ensayos Ts’ai dejaba a la luz del sol durante días, en ocasiones meses, hasta que destiñera (el tiempo de blanqueado dependía del color de las telas de base), fue el papel. Desgraciadamente no presencié el momento en que Ts’ai  levantó del tamiz la primera hoja de papel como siempre la había imaginado, debió ser emocionante, quizá más larga que ancha y un poco más gruesa que otras que produjo después, pero con las características necesarias para el uso de científicos, artistas y calígrafos que entonces trabajaban sobre reglas de bambú, madera o rollos de seda natural. En este momento ustedes se preguntarán quién soy yo. ¿La historia me menciona? No. Mi nombre no tiene importancia. Lo único que puedo asegurar o lo mejor, es que Ts’ai Lun, mi jefe, aceptaba mi presencia en el cobertizo detrás del palacio donde hizo los experimentos y no se opuso cuando le anuncié que iba a seguir el devenir de su invento. Devenir que, en ese momento, no tenía idea hasta dónde me iba a llevar. Ahora puedo asegurar que lo seguí hasta verlo convertido en soporte sin igual para la creación, en las artes, la ciencia y la literatura, incluso para la comunicación en los tiempos modernos y más aun en este último siglo cuando la luz ha reemplazado la tinta y todo o casi todo es digital, el invento de mi jefe Ts’ai sigue siendo de vital importancia. Pero volvamos al inicio. La invención del papel llevó al uso de sellos de madera con pictogramas, como caracteres móviles, que permitieron la impresión múltiple sobre papel del Bencao Gangmu, un tratado de botánica medicinal china; y además, la divulgación de las artes y la cultura. Algunos años más tarde en el siglo XV Johannes Gutenberg utilizó la misma técnica de los caracteres móviles para la impresión de El Misal de Constanza y La Biblia, los primeros libros impresos sobre papel en occidente. A mediados del siglo XVI, un orfebre grabador cubrió con tinta una plancha de metal marcada por los surcos del buril, limpió la tinta sobrante dejando únicamente la que se incrustó en los surcos y luego, con un rodillo, presionó sobre la plancha una hoja de papel humedecido hasta que los surcos aparecieron reproducidos en él, fue entonces cuando el papel se convirtió en soporte del arte. Ts’ai Lun, mi jefe, murió a los setenta y un años reconocido y respetado por todos en la corte, incluso por los cinco Emperadores a quienes sirvió como Consejero, de la misma manera que, imagino, hoy es reconocido y respetado por todos…

Cosas…

… El papel de cada uno es cuidarse de la cosa que nos acorrala y quedarse en casa. Algo más sencillo que inventar papel…

Ficción La Revista ya está en circulación. Aquí…https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/4-ficcio_n-la-revista-no7

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