Silla 15

13 abril, 2019 § Deja un comentario


… Sillones para invisibles…

La invisibilidad y el consumo

Un pasillo de centro comercial. Espero en uno de los sillones dispuestos, eso creo, para quienes no gozan del placer del consumo. A mi lado un anciano en otro sillón idéntico. El anciano no me ha visto, mira con ansia frente a él; espera que quien lo llevó allí lo rescate pronto de la barahúnda del consumo. De repente una mujer empujando un coche de bebé se acerca al anciano. La mujer deja el coche a su lado, no lo mira y tampoco me mira no hay razón para que lo haga. El anciano no dice nada, tampoco siente la necesidad de mirarme y con resignación acepta el coche pero no lo mira. En una situación normal, dos hombres mayores, el anciano y yo, pasaríamos por dos maridos a la espera de sus esposas. Pero la situación no es normal. Somos dos viejos que esperan en el pasillo de un centro comercial acompañados de un coche de bebé al que ninguno de los dos presta atención y sin embargo, nadie nos mira; el público, abundante por la hora y el día, no nos mira, ni siquiera nos ve. Me pregunto si llegamos a la edad en que la invisibilidad nos consume. Cuando esta idea cruza mi mente se me ocurre preguntar a mi vecino si piensa lo mismo que yo, pero en el momento en que lo hago se para del sillón y sin mirarme, no me ha mirado una sola vez, se aleja empujando el coche. Con mayor razón ahora nadie me va a ver, me digo; debo agregar sin embargo que abrigo la esperanza de volverme invisible desde hace años. Mientras evalúo, por millonésima vez las ventajas de la invisibilidad, un anciano igual al anterior pero de apariencia mayor se apodera del sillón a mi lado. Tomo la decisión de hablarle, le pregunto dónde está el coche. No me mira, no me escucha; repito la pregunta. No responde. Está claro, me digo, los invisibles no tenemos imagen, no somos portadores de sombras y tampoco producimos sonidos. Cuando miro al anciano, idéntico, pero más anciano que el anterior, su posición es incómoda; espero hasta que, como el anciano anterior, parte sin que la mujer del coche regrese a buscarlo. Nadie más, mientras estuve allí, ocupó el sillón. Así, invisible del todo, ni siquiera medianamente invisible escuché los goterones en el techo de vidrio, un aguacero torrencial se desató. Desde mi sillón de invisible entre consumidores imaginé la ciudad sumergida, invisible, entre las aguas…

Hechos…

La silla curul, en latín: sella curulis, era el sitial semicircular con asiento y brazos pero sin respaldo que se utilizó para designar el puesto de los Patricios con poder político y militar. Julio César tenía derecho a utilizarla en todas partes menos en el teatro donde otra silla, dorada, lo esperaba…

www.museomaja.com

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Silla 14

6 abril, 2019 § Deja un comentario


… Una buena silla siempre tiene dueño…

Fuera de lugar

De regreso a casa la vi recostada a un árbol. El “fuera de lugar” sucedió cuando, después de distinguirla a unos veinte o treinta pasos, después de imaginar que alguien, desde allí, mira la gente pasar, llegué frente a ella y seguí mi camino como si debajo de aquel árbol no hubiera nada. Alcancé a alejarme unos quince metros cuando un impulso inesperado, ¿…y por qué no tomo una foto…? me hizo volver sobre mis pasos y hacer la foto aun a riesgo de un accidente, pues para lograrla debía retirarme casi hasta la mitad se la calle. Se trata de una silla en bambú trabajado, con cojinería blanca y negra en diagonal a la que falta el asiento. No dudo que es una silla cómoda para observar o escuchar, incluso es cómoda para responder alguna pregunta pero no es una silla para mirar televisión. Las costumbres cambian; la tecnología o el estrés, hacen que la mayoría prefiera ver la tele acostado o, a medio acostar en otro tipo de sillón. Ésta no es para eso. Cuando la vi a lo lejos o cuando pasé a su lado sin detenerme me pareció ver a alguien sentado en ella. Era un hombre de edad promedio que en un momento de intensidad o de “fuera de lugar”, sacó la silla de su casa y dejó en la sala, se trata de una silla de sala, un vacío difícil de llenar. Debemos conseguir una igual a la que Julio se llevó, con ese nombre imagino al hombre sentado en ella, dijo su mujer, o comprar muebles nuevos, agregó con tranquilidad. Julio se llevó la silla, “su silla” porque estaba cansado de ver lo que no quería ver y oír lo que no quería oír. Llevó la silla debajo del árbol, no dijo cuál o dónde, y con la tranquilidad de quien ha logrado su objetivo pasa en ella días enteros. En ocasiones da un paseo con el cojín de asiento bajo el brazo para que nadie se siente en ella y estirar las piernas, en uno de ellos hice la fotografía, y regresa a su puesto con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a molestarlo porque no responde o porque se queja de las telenovelas, repetitivas, siempre iguales, que su mujer ve en la televisión. Cada día Julio se queda hasta más tarde en la silla bajo el árbol. Cada día, por supuesto, llega más temprano a su silla bajo el árbol. No se sabe qué tan lejano está el día en que no regrese a casa. Quizá ese día nadie eche de menos su presencia…

Hechos…

… Dantesca llamó Girolamo Savonarola, predicador y confesor, la silla donde los florentinos debían arder con sus lujos. Era una silla con brazos y espaldar alto donde sentaban a los condenados. Girolamo murió, condenado por la Inquisición, de pie en la hoguera…

Silla 12

23 marzo, 2019 § Deja un comentario


… Las hay que son solo aventura…

El puesto del piloto

Llegué por sorpresa, sin buscarla. La encontré o me encontró a la vuelta de un pasillo marcado por objetos, muebles y enseres. Como no esperaba tal cruce, tropecé y por poco caigo sentado en ella, hubiera sido el primero. La idea de que nadie la había utilizado nunca vino justo después del tropezón. Su apariencia, como las corrientes de los ríos, era mansa en la superficie pero turbulenta al interior; el cuero de asiento y espaldar, ajado por el tiempo, presuponía historias sin narrar o en espera de ser narradas de nuevo. La certeza de que nadie se había sentado en ella y las insinuaciones del cuero, rastro de historias, fueron la paradoja que me demoraron frente a ella. Tenía el estilo, la forma, el cuero y los bordes de aluminio con remaches del puesto del piloto en un avión de la Segunda Guerra, tal vez un Lightning P38 el avión en el que Antoine de Saint-Exupéry desapareció el treinta y uno de julio de mil novecientos cuarenta y cuatro en el Norte de Africa. Entonces presentí “Vuelo nocturno”, “Correo del sur”, “El aviador”, las novelas, crónicas, donde Saint-Exupéry narra las horas, la soledad, la noche y las luces inesperadas que van y vienen en la imaginación del piloto. No solo en aquellas novelas, siempre, lo vi o lo imaginé enfundado en una chaqueta de cuero gastado como el de la silla: cuero duro, rudo, confidente de aventuras, incluso la de desaparecer en pleno vuelo. Y entonces ocupé la silla. Miré a lado y lado. No con la angustia de ser pillado infraganti por algún acucioso que quisiera venderla; sino con la esperanza de ver lo que Saint-Exupéry veía en los cielos infinitos, con horizonte lejano, poblados de nubes, estrellas y sobre todo de imaginación. No sé decir si el momento fue largo o corto, nadie se acercó y cuando me levanté tuve la certeza de que ni siquiera yo había ocupado la silla y probablemente nadie lo haría, quizá Saint-Exupéry si regresara de allá de donde se perdió…

Hechos…

… Durante el siglo XVI, en Francia, la chaise caquetoire, del verbo caqueter: parlotear, era una silla baja y estrecha, incómoda, donde sentaban las visitas que no paraban de hablar…

Silla 4

26 enero, 2019 § Deja un comentario


Bajo el sol nada es como uno imagina…

Se acabó el helado

Bajo la sombra, al otro lado de la calle frente a la banca en listones de madera curada, el clima es sostenible. Allá, en la banca, bajo el sol es insostenible. Minutos antes de la fotografía, la banca estuvo ocupada por una madre joven y un niño de tres o cuatro años que no gusta del sol picante y quiere partir pero la madre, joven y a la moda, camiseta con letreros que no logro leer, bluyines rotos en las rodillas, tenis rojos y cachucha también roja, retiene al niño por la cintura, lo carga, lo deja a su lado, permite que baje al piso, cuando intenta escapar lo atrapa por la cintura y lo retiene contra su cuerpo. El niño que también viste a la moda, igual a la madre, lleva un helado en vaso desechable que no abandona ni en los momentos más apretados de sus intentonas de escape. Nada fuera de lo común, una madre y un hijo inquieto que recibió un helado para que se calme y no se calma. La madre retiene al niño pero no lo mira, su cara, sus ojos y su deseo están en el lugar de donde llegaron, sin duda espera algo o alguien que no ve. El niño insiste, intenta evadirse, hace fuerza, no llora y come helado con sabor múltiple: caramelo, chocolate y arequipe. El forcejeo ha hecho que la madre se mueva de una punta a la otra de la banca pero sin dejar de mirar, abismada, hacia el lugar donde espera ver lo que no ve. Después de diez, quizá quince minutos, un lloriqueo devuelve la madre a su lugar. El helado se acabó y el niño reclama. Ella lo abraza por la cintura, lo levanta y parte con él bajo el brazo en dirección contraria al lugar donde tenía puestos los ojos. Entonces dudo, quizá no es un niño, quizá es una niña que lloriquea, patalea y deja caer el vaso desechable que, en el piso, es testigo único de lo que su madre no logra ver en el lugar aquel de donde vinieron. Después vino la fotografía…

Hechos…

… El ratán es una de unas seiscientas​ especies de palmera trepadora del género Calamus originaria de la isla de Java. Son plantas de tallo delgado y elástico que se utiliza trenzado, como soporte en cestería, mobiliario y silletería…

Silla 3

19 enero, 2019 § Deja un comentario


Toda silla lleva, hasta en su sombra, una historia…

La sombra y el desayuno

La sombra es la premonición del objeto, de la hora, del lugar. Su posición delata una presencia, ahora, ausente. El lugar es el pasillo-balcón alrededor del patio, entreverado por plantas y flores, en el piso bajo de la Casa Rosada en Jericó, Antioquia, donde los desayunos son, eran, excelentes. Digo eran porque suceden eventos, órdenes oficiales o caprichos, que determinan la duración de todo, incluso de los desayunos en la Casa Rosada. La presencia, anterior a la sombra, había terminado el suyo: huevos revueltos con o sin tomate, arepa-tela blanca, tostada y redonda, dos porciones de queso, café jericoano con leche porque pocos lo toman negro y sin azúcar a esa hora, y pandequeso recién horneado para completar. El piso de tablilla revestida por el paso del tiempo y el roce con zapatos de todo material, incluso tacones puntudos, traquea, ¿se queja?, no, se alegra por los visitantes, mi mujer y yo, que llegamos para ocupar la mesa recién abandonada. La sombra obliga un  intento por imaginar al caballero que partió satisfecho, al tiempo de nuestra llegada, y en su partida dejó la silla como la encontramos, recostada contra la mesa: mayor, camisa amarilla y libro bajo el brazo. Lo del libro y la camisa amarilla son detalles del caballero que, en compañía de dos damas, veo cerca de la puerta de salida, también rosada y entreabierta. Sin dudarlo ocupamos la mesa y la silla a la que la sombra pertenece. Don Jaime, el patrón, nos ofrece el desayuno completo. Completo, sí, pero con café negro, doble, y sin azúcar, insistimos nosotros…

Hechos…

Durante la Dinastía Ming (1368-1644), China abrió sus puertas a la llegada de extranjeros que quedaron impresionados por el refinamiento del trenzado con rejilla de ratán en las sillas que utilizaban las familias nobles.

© Saúl Álvarez Lara / 2019

Silla 2

12 enero, 2019 § Deja un comentario


… Hay sillas en la paz, la guerra, el amor, la desidia, el compromiso, el hambre, la furia o la soledad; sin excepción cada una lleva indeleble la huella de una historia o de un encuentro. La Marginalia narrará los encuentros con aquellas que se atraviesan, están o solo esperan… 

Se desmorona

Nadie puede sentarse en ella porque se desmorona, decían. Sin embargo durante años estuvo cerca. En los primeros tiempos su puesto fue un lugar visible al lado de los sillones, era como una silla de acompañante, un estrapontin, donde nadie podía sentarse porque el solo intento de hacerlo levantaba las voces de los presentes: “…no, no se siente ahí, esa silla se desmorona…” El único que logró ocuparla fue un muñeco de año viejo, relleno de paja, llegado un treinta y uno de diciembre de La calle de la Madera en Rionegro donde los exhiben y allí se quedó, rígido por la falta de articulaciones, hasta marzo o abril. Año viejo fue testigo mudo y quieto del día a día hasta que cansados de su presencia lo plegamos por la fuerza y lo mandamos a la basura. Si bien se salvó de la quema la noche de año viejo no se salvó de la basura algunos meses después. La silla entonces, volvió a su función original: estrapontin sin ocupante. No tengo memoria de cuando decidimos pintarla de rosado, tal vez para hacerla más visible y al mismo tiempo destacar su posibilidad de desmoronamiento; sin embargo, el tiempo que puede con todo, pasa y está, a la vez, hizo que se diluyera y ya nadie intentara ocuparla, se diluyó tanto que su figura no dejó rastro y cuando llegó la hora de la reforma, una hecatombe indescriptible, desapareció. Nada es eterno y cuando la hecatombe pasó, una reforma es como un terremoto o dos incendios, la silla reapareció maltrecha después de meses de arrume en bodega bajo enseres, como ella, recuperados de la catástrofe. La encontré maltrecha camino de la desaparición y ya, sin disimulo, dejando ver la posibilidad de desmoronarse en cualquier momento…

Hechos. En el siglo XVI la silla se convierte en mueble de uso común, aparecen entonces sillas o taburetes con asiento de paja o rejilla…

© Saúl Álvarez Lara / 2019

Silla 1

5 enero, 2019 § Deja un comentario


… Las sillas están en todo: la paz, la guerra, el amor, la desidia, el compromiso o la soledad; sin excepción cada una lleva indeleble la huella de una historia o de un encuentro. La Marginalia narrará en los próximos números, los encuentros con aquellas que se atraviesan, están ahí o sencillamente esperan… 

Encuentro a las tres

A las tres de la tarde de este último jueves la vi. El sol picante de tierra fría la golpeaba de frente. La vi desde la calle, llamó mi atención pero seguí mi camino, iba en busca de una ferretería y ella, la silla amarilla con barrotes a manera de espaldar, hacía parte del mobiliario en una cafetería desierta. Me alcancé a alejar unos quince metros pero su figura brillante bajo el sol fue más y regresé; seis mesas con cuatro sillas cada una, iguales pero de colores distintos, llenaban el espacio pequeño duplicado por un espejo del tamaño de una de las paredes de costado. Me vi en el reflejo. Vi, también en el reflejo, a una mujer agachada detrás de la vitrina organizando cajas y paquetes. Saludé. No escuchó, repetí el saludo. Ella levantó la cabeza, miró al espejo y respondió: “buenas tardes”. Quizá pensó que, por el sol, iba a pedir algo para tomar y por eso pareció sorprendida cuando pregunté: “¿puedo tomar una foto de la silla?” Respondió con un “sí” entre dientes. Dejé la silla amarilla allí mismo donde la vi desde el primer momento y tomé una foto con mi celular. Dudé y entonces hice una segunda foto de su reflejo en el espejo. Agradecí a la mujer, no respondió, y salí al sol picante de tierra fría con la foto de la silla amarilla entre mis cruces…

Hechos. En la antigüedad la sillas eran en metal o marfil adornadas con piedras preciosas e incrustaciones en oro o plata, tenían por objeto exhibir el poder de quienes las podían utilizar…

© Saúl Álvarez Lara / 2019

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