Silla 20

18 mayo, 2019 § Deja un comentario


¿En la silla de Julio?

La estación de la mano

Es posible que la mano estuviera en la silla aun antes de mi llegada, sin embargo, solo tuve noción de su presencia cuando el azar me detuvo frente a ella, articulada, en pose de modelo, haciendo, ¿a mí?, ¿a quién más, sino?, un signo que podía significar saludo, sorpresa o riesgo, según de dónde se mire. Su pose la obligaba a estar inclinada hacia adelante, tal vez esperaba recostarse, cerrar los dedos y descansar. Sucedió como una secuencia y no hice intento alguno por interrumpirla. Un encuentro arreglado, pensé, ¿por quién?, ¿para qué?, ¿algún presagio? no lo sé. No escuché más las conversaciones alrededor, ni el tintineo de los vasos al chocar, ni las risas que celebran los chistes de siempre. La mano me agarró y no me soltó más. Ya era imposible no entrar en su juego, no podía dejarme sorprender y, sobre todo, debía dejar claro que su presencia no era inesperada para mí. Entonces sin preámbulos ni apretones de manos le pregunté por Julio, me pareció ver un gesto de nostalgia entre sus dedos articulados. Todos sabemos que Julio, hablo de Cortazar, murió hace más de treinta años, pero todos sabemos también que las ficciones y sus personajes son para siempre, cada vez que un libro está cerca y uno lo abre los personajes reviven la historia. Ella recordaba, por supuesto, cuando entraba por la ventana, recorría el escritorio de trabajo de Julio escudriñando lo que había por allí: la mesa, los libros, las joyas que encontraba en sus recorridos por el estudio. Dije entonces: hola “Dg”, el nombre que Julio le adjudicó porque es un nombre que solo se deja pensar. No se sorprendió, me pareció que le cayó bien escuchar su nombre, se sintió como en casa o en el estudio donde Julio trabajaba mientras ella seguía el movimiento de sus manos. Quizá recordó también que él, Julio, presintió que ella, por ser derecha, se había enamorado de su mano izquierda, ese recuerdo fue como una melancolía que circuló entre sus dedos y, me pareció, la entristeció un poco. Con el tiempo, la piel y las articulaciones frescas de aquellos días, dieron paso a una cierta rigidez. Un tono reposado acorde con el paso de los años y la nostalgia que la invadió después de abandonar el estudio, eran evidentes en su figura y en su pose. La duda que Julio dejó notar la noche en que escondió el cortapapeles por temor a que el amor por su mano izquierda la llevara a hacer una locura fue la causa del desengaño y la partida. Quizá la señal con los dedos abiertos anunciaban la despedida, el regreso a “La estación de la mano”, como Julio tituló su relación con ella. Todos lo saben: las ficciones y sus personajes vuelven cada vez que uno abre el libro donde viven…

Hechos…

… La Silla Gestatoria tiene dos travesaños en su base para ser llevada a hombros. Era utilizada para transportar al Pontífice. La última vez que uno se subió en ella fue en mil novecientos setenta y ocho…

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