Cosas 49

14 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Huevo

Dicen que el desayuno es la comida más importante, más aun que el almuerzo y mucho más que la cena. Su importancia está en que por ser la primera del día equivale al impulso inicial que pone todo, cuerpo y entendimiento, a funcionar. Desde hace algún tiempo vengo siguiendo sus pasos porque cuando se trata de comer en cualquiera de las tres instancias diarias todo es bueno; un desayuno con huevos y café, pan o arepa, también está bien al medio día o en la noche. Y al contrario, el recalentado, lo que quedó de las comidas del día, es válido a la hora de desayunar. Sin embargo cuando se habla de desayuno, no confundir con déjeuner: almuerzo en francés, lo propio es pensar en lo básico: café negro o con leche, huevos, pan o arepa, mantequilla, mermelada y queso. Se pueden presentar variables en los ingredientes, por ejemplo: en lugar de pan o arepa, croissants, medias lunas como las llaman en el sur; eliminar la mermelada o el queso, uno de los dos, no los dos porque el desayuno quedaría cojo. Se encuentran variedades de quesos desde jóvenes hasta maduros en casi todos los mercados, lo mismo mermeladas de sabores variados o incluso exóticos, eso se da por hecho en la oferta y cada uno consume lo que más le guste. Los huevos en cambio, siempre son los mismos, la misma forma, el mismo contenido, la misma clara, la misma yema. En “El cerebro y la rosa” Julio César Londoño escribe que “el huevo es, quizá, el invento más revolucionario de la naturaleza…” por su contenido y por su empaque, frágil hasta la “huevonada”, pero resistente a la luz, la humedad, el calor; además de la versatilidad infinita de formas que asumen la yema y la clara cuando se mezclan, se separan, se cuecen a fuego lento y una vez cocidos, se cortan, en tajadas, en bandas, en cubos o, en la amplitud de un perol antiadherente que permita la expansión y blanqueamiento de las claras, separadas de las yemas, se extienden a fuego lento hasta lograr una consistencia mediana y en ese momento se agregan, en el centro del perol, las yemas enteras, redondas e intensas, se cubre el perol y cuando las yemas lleguen a punto, la posibilidad de agregar una lonja de queso Mozzarella antes de que las yemas comiencen a cambiar de color aparece; un minuto después, con suavidad, se doblan los costados de las claras hacia el centro hasta formar un cuadrado que, por el espesor de las claras y las yemas cocidas, parecerá un sobre de correo de aquellos que no llegan más y se sirve caliente en el centro de un plato que ponga en valor el color y la forma. El acompañamiento con café negro sin azúcar, pan o arepa, hará el resto. Recuerdo ahora un profesor de dibujo. Una vez llevó, para que los dibujáramos en su taller varios cubos transparentes, pequeños, cada uno con un huevo al interior; en ese momento era visible la yema redonda y suspendida en el líquido de la clara. En una olla también transparente con agua hasta la mitad colocó los cubos a la vista de los ocho o diez estudiantes, prendió la parrilla portátil en el centro del salón, y propuso que dibujáramos la cocción, desde la transparencia del cubo con la yema visible y suspendida en el centro, hasta la densidad del blanco cocido con el agua hirviendo. El mismo huevo pero entre el primero y el último dibujo la diferencia era un mundo. No hay duda, el huevo es un invento revolucionario…

Cosas…

… La “cosa”, en cambio, no es un invento. Está ahí y bien ahí…

“La otra cara del retrato” está en The Gallery at Divas / @thegalleryatdivas

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