Células e historias

10 noviembre, 2018 § 2 comentarios


Hace pocos días leí una frase que me produjo un sin fin de sensaciones; la primera de ellas es que la hubiera querido escribir yo. “… Los seres humanos no solo están compuestos de células, también están compuestos de historias…” La leí y luego, en el vaivén de los días, pasó a segundo plano; no la olvidé, pero sí olvidé dónde la leí y quién la escribió; sé que está en algún lugar del mundo paralelo, la busqué pero no la encontré. Quiero, entonces, pedir a su autor que me disculpe por no citar su nombre. La frase hizo su camino, me parece que es lo importante, y como paso los días y las horas al encuentro de las historias de otros y siempre hago el cruce con las mías, recordarla es parte de la historia y las células que van conmigo y todos llevamos cada día, cada hora, a todas partes. He aquí algunas de ellas…


… A las dos y cincuenta y siete. Las personas solas en una mesa de restaurante me causan curiosidad. En la mesa vecina un mujer joven, sola, toma agua de un vaso largo y lee, no alcanzo a ver qué lee porque su bolso sobre la mesa no deja ver si lee un libro, una carta o un volante de publicidad, imagino que lee porque al lado del bolso hay dos libros; de repente deja de leer, una de las señoras del servicio le trajo un plato y ella interrumpió la lectura. Leía el celular, seguramente chateaba o miraba fotografías. A las tres y quince, el hombre que lleva la camiseta marcada con el número tres y entró adelante de los que iban con él, lo voy a llamar “el capataz”, es un maleducado o no quería estar con los que está, su mujer, su hija y el marido de la hija. Digo el marido de la hija porque si ella fuera la novia del hijo y como él se siente el patrón del rebaño, sería más amable con ella, incluso trataría de seducirla un poco. Las dos parejas entraron por la terraza interior donde hay mesas libres; si no es porque mi mujer y yo estamos allí, la mujer que lee en el celular y otra en una mesa lejana que cuida un perro vestido con abrigo de lentejuelas, la terraza estaría desierta. El capataz, digo capataz porque tiene actitud de tal, entró adelante de los otros, eligió la mesa más pequeña de las disponibles, todas estaban disponibles, mesas para cuatro o incluso para seis estaban disponibles, la mesa más pequeña era como una mesa auxiliar para dos; el capataz se adueñó de la única silla libre y se sentó aun antes de que los otros se hubieran aproximado y antes de que las mujeres del servicio se propusieran acercar otra mesa para completar los cuatro puestos, el capataz pidió la carta. Cuando los cuatro estuvieron acomodados, las dos parejas frente a frente, el capataz ya tenía decidido que iban a tomar sopa y ordenó cuatro sopas. Esperaron. Las dos parejas esperaron sin hablar la llegada de las sopas. No alcancé a notar si pidieron algo más…


… A las diez y cuarenta y nueve de la mañana hago una fila, es la segunda fila del día y seguramente faltan otras. La mujer delante de mí esta nerviosa, afanada porque esta fila como la mayoría de las filas es lenta. La mujer que viste ropa deportiva maneja su afán moviéndose de un lado a otro, balanceándose en un pie, luego en el otro, como lleva tenis con suela de caucho los movimientos parecen fluidos, se nota que está acostumbrada al ejercicio. No deja de moverse hasta que le llega el turno, se acerca al cajero, saca una libreta de notas y la deposita abierta al lado del teclado del cajero, las hojas donde quedó abierta están llenas con número escritos en tinta negra, ilegibles desde mi puesto en la fila. Supuse que eran números con los que ella debía hacer transacciones, entonces quien comenzó a sentir angustia y a balancearse sobre un pie y sobre el otro con movimientos no tan fluidos como los de ella, fui yo. La mujer frente al cajero ya no se movía, concentrada entre el teclado, los números y las cifras que debía transferir, lo único visible, desde mi puesto, eran dos dedos de su mano derecha que sostenían el lapicero verde fluorescente con el que indicaba dónde iba en la lectura de los números. Lo que imaginé sería una operación que tomaría el tiempo suficiente para escribir un cuento en mi celular duró unos segundos, al cabo del segundo número la mujer organizó la libreta y el lapicero en el bolso, sacó el celular y buscó un número que seguramente tenía registrado porque solo hizo un movimiento sobre la pantalla, se retiró a un lado, me miró, era la primera vez que veía su cara y la había imaginado distinta, y me dijo siga usted que mis números están malos…


… A las nueve y cincuenta de la mañana me encuentro con una señora que me dice que tiene memoria de pollo. ¿Qué habrá querido decir? Si es que los pollos no tienen memoria, me temo que está equivocada, porque los pollos sí que tienen memoria, si no, ¿cómo recordarían dónde está la gallina o el gallo? Mientras espero que sean las diez y quince entro a un lugar donde más de la mitad de los presentes está pegado al celular, me tomo un capuchino con un pandebono, coincidencialmente, me enteré esta mañana que el creador del pandebono fue un señor de apellido Bono hijo de panadero que creó su propio pan cuando heredó el negocio y se hizo rico; el capuchino y el pandebono estuvieron bien, cuando terminé de consumirlos todos los usuarios de celular en la terraza donde me encontraba se habían ido y la terraza estaba a mitad desierta. A las diez y diez abandoné el lugar y dejé sobre la mesa el charol con el pocillo desechable vacío, dos servilletas arrugadas, un tubo pequeño y delgado de plástico para revolver, y una galleta de mantequilla, pequeña, que acompañaba el capuchino, sin probar. Me levanté y me fui, era hora…


… A las diez y veintidós llegó un hombre a la mesa vecina como si estuviera buscando escondite, no escuché sus pasos y cuando noté su presencia ya había pasado a mi lado y estaba a punto de ocupar una de las cuatro sillas de la mesa desierta. Era, sin duda, un hombre extraño; pequeño, vestía ropa de deportista una o dos tallas más grande que la suya, no tenía pelo y su cara ajada parecía el fuelle de un acordeón. Nadie se acercó, nadie le preguntó qué quería o por qué estaba allí, en medio de una terraza en el punto más visible con la actitud de quien se esconde. Desde el momento en que ocupó la silla quedó rígido como si la falta de movimiento lo mimetizara con las mesas y las sillas y el reflejo en el ventanal. Desde mi puesto veía su perfil en punta por culpa de una nariz en apariencia desproporcionada, quizá la falta de pelo y la oreja, visible desde mi puesto, aumentaban el tamaño de la nariz; quizá la quietud contribuía también a la desproporción entre cráneo limpio y oreja con nariz puntuda. Pensé en Cyrano de Bergerac pero el hombre no parecía, para nada, dueño de esa energía. De repente, dos movimientos cambiaron la imagen. Primero apareció el mesero con un café en pocillo pequeño, un expreso, y lo dejó justo debajo del mentón del hombre que, como dije, era bajito y su mentón casi pegado a la mesa quedó cerca del pocillo; segundo, tal vez para evitar el vapor caliente del pocillo, el hombre buscó apoyo en la mano derecha que colocó debajo del mentón. Desde mi puesto su figura de perfil, sin relieves ni sombras parecía la de un pensador y sobre todo, disimulaba la diferencia de tamaño entre la nariz y el resto de la cabeza. El hombre no cambió de pose, por lo tanto no sé decir si se tomó el café o si hizo algún otro movimiento con su mano o con su cuerpo. La verdad es que no lo vi más, su intención de mimetizarse en el lugar, como el camaleón, fue un éxito…
Argumento. El error de la ficción es hacer creíble la realidad, dijo o escribió John Le Carré… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2018

“365 fragmentos de nada” se encuentra en librerías
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Historias sin final

21 abril, 2018 § Deja un comentario


Infinitas sugerencias, sentimientos, instantes, circulan entre las cajas de Mónica Ramírez y quien se encuentre frente a ellas. Las llamo cajas porque cada una, limitada por un borde preciso, propone una representación. Es inevitable que una relación de gusto, emoción, contacto, incluso de reflejo se establezca entre la obra y quien la mira. Sin embargo la obra es una historia sin final y cada espectador la considera desde un ángulo propio, personal. Cuando unos perciben ciertas sensaciones, emociones, texturas, otros ven o sienten distinto. Cuando el espectador cierra el instante de encuentro con la obra y pasa a otra o abandona el lugar donde se encuentra, la relación queda en suspenso; es cuando la memoria y las coincidencias entran en juego. Y cada vez que el encuentro sucede, con las cajas de Mónica Ramírez, la historia recomienza pero no como continuación del anterior, sino, con la disposición y la posibilidad de descubrir lo no visto antes o de interpretarlo con otra mirada, con la curiosidad dispuesta al filo del momento por una multitud situaciones, palabras legibles o ilegibles, incluso puntos de color que conviven en ese espacio limitado en la forma pero ilimitado en el contenido…

… En esas condiciones la proliferación de historias puede ser infinita y su final, lejano. Las historias, como las cajas de Mónica Ramírez, son el resultado de una organización, o mejor, de una organización inesperada de detalles que puestos unos al lado de otros componen el contenido, debiera decir componen el discurso, puesto que el brillo de los materiales y el reflejo en los costados interiores que multiplican al infinito las figuras, obran como eco inconfundible que estimula los sentidos de quien está en frente y lo obliga a entrar en el juego. Un juego determinado por el orden que cada espectador encuentre. Los detalles precisos, preciosos por su ejecución perfecta, los ojos cerrados o abiertos que llevan a preguntase si pertenecen a alguien que sueña o a alguien que mira y espera. Imaginar qué sueña quien cierra los ojos y mira su interior es el inicio de una historia que lleva hasta los confines de la imaginación, llegaríamos, sin duda, a mezclar sueños propios y, por qué no, a descubrir que en lo soñado está la clave de las ficciones y en ellas el origen de lo que imaginamos como realidad…

… En las cajas, entonces, obra el reflejo y en él los detalles que narran el contenido, las figuras y las texturas, de la historia. Y si los ojos abiertos permitieran mirar al interior de cada caja, de cada figura o de cada espectador descubriríamos que la espera es común; la expectativa es también un aliciente para la imaginación. Con los cinco sentidos presentes en todos los rincones las manos que hacen la pausa y en su expresión llaman, indican un acercamiento, un saludo, un reconocimiento, hablan con lenguaje propio. Si las cajas tienen la función de escena, en el extremo opuesto, en contraste con las caras, las manos expresan su intención, incluso permiten descifrar textos que llevan grabados entre los dedos o en el interior de las palmas donde las líneas que determinan lo desconocido se resaltan con figuras, marcas, círculos punteados en color rojo o incluso puntas de lanza apenas perceptibles que indican una dirección. Son, para retomar la idea, la contraparte de las caras, en las historias que representan. Las manos llaman, los ojos miran, las bocas simulan sonrisas, las texturas imponen el ritmo. ¿Y el espectador? El espectador une los extremos y crea su historia, busca en su significado, descubre la relación entre los sentidos, estimula su imaginación y hace parte de lo que ve. Es el guía de lo que tiene en frente y el final que no llegará es su cometido…… Las historias no terminan, aseguró Jorge Luis Borges, cuando se cree llegado el momento derivan en otras historias y estas en otras y en otras hasta el infinito. Así es la ficción, así son las historias que, para existir, necesitan un narrador, alguien que lo haga con imaginación, con las manos, con el tacto, con los ojos; alguien que mezcle en espacios precisos lo que hasta ese momento no se había mezclado en materiales, en objetos, en formas y en intención. Porque no me queda la menor duda del sin número de situaciones que imagina, construye, narra Mónica Ramírez mientras trabaja en su taller en las colinas de El Poblado, las cajas son una muestra del imaginario que ronda cerca y que ella compone, narra, para que otros, según las palabras de Borges, deriven de allí sus propias ficciones. Si nos situáramos afuera de las cajas, algo que se puede lograr con dificultad, escucharíamos el silencio del lugar o los murmullos de quienes pasan cerca. Dejaríamos de lado los eventos en su interior: los textos que rozan las caras, los ojos que miran, las bocas que esbozan sonrisas, las manos que tienen voz propia y llaman, las texturas que van de un lado a otro y marcan su ritmo en la piel y en los objetos que a veces cubren los ojos sin ocultarlos, la transparencia líquida y quieta de las aguas sólidas que envuelven lo que encuentran a su paso y en su movimiento estimulan el imaginario, los detalles que lo crean y la presencia del que parece estar afuera pero está al origen de la historia, y entonces sucede que la obra creada para ser habitada por quien la mira vive y es otra y es otra y es otra como una historia sin final…

El Museo Maja de Jericó presenta:
Hilos Atávicos . Obra reciente de Mónica Ramírez H.
Hasta el 30 de mayo de 2018

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Detalles

17 marzo, 2018 § Deja un comentario



Los detalles son importantes. Tal vez por eso los grandes regalos se califican como “un pequeño detalle”. Lo dicen también en diminutivo: “un detallito”. Claro, un detalle solo no hace verano, como la golondrina, se necesita de un encadenamiento de ellos para que se den las grandes o pequeñas situaciones que por tamaño o fama, no son menos importantes. Me contó un amigo que en dos ocasiones personas sin conexión alguna entre ellas, en momentos y ciudades diferentes, le hicieron ofertas que de haber aceptado, cualquiera de las dos, habrían cambiado radicalmente el devenir de su vida. Con toda seguridad no nos hubiésemos conocido. En ambos casos fue sólo un detalle… Sé de una joven que perdió el bus del colegio un día, el día anterior había perdido el lápiz. Dos detalles. El día que perdió el bus conoció un joven que no sólo la llevó al colegio, también le regaló un lápiz nuevo. Lo que siguió no ha terminado aun. Otro joven prefirió dormir cinco minutos más porque tenía tiempo. Durmió veinte. Llegó tarde donde iba porque se vio mezclado en un trancón. Cuando llegó su puesto ya estaba ocupado por otro que no se quedó dormido. Le correspondió el número doscientos quince en lugar del veintiuno que tenía reservado. No llegó a la ventanilla ese día y tampoco el siguiente, al tercer día una señora con cara de señor anunció a los presentes que los trámites por esa ventanilla se suspendían hasta nueva orden. Todo por un detalle ínfimo, sin importancia… Pero sucede con frecuencia que sólo remontamos hasta detalle inicial cuando su devenir es reconocido. La memoria juega en terrenos conocidos o bien informados, juega de local, dirían los hinchas al fútbol. Si la pusiéramos a jugar de visitante, es decir en lo desconocido que en muchos casos es lo propio, es posible que el resultado final sea tan sorprendente como el detalle ínfimo por donde inició. Hay personas que hacen profesión de la rememoración de detalles que se encadenan hasta dar forma a eventos, pequeños o grandes, que suceden a todo el mundo a diario. Estos personajes tienen el talento para hacer creer que sus cuentos o novelas sucedieron. Construyen historias a partir de detalles, minucias, miradas, palabras o equívocos…


… Es una cuestión técnica, en la pintura sucede así: uno de los elementos del cuadro, aquel que se encuentra donde el artista considera que está la tensión, el lugar donde el espectador dirige la mirada, está pintado con detalle, con precisión. El resto, lo que sucede alrededor no tiene el mismo tratamiento. Ese objeto puede ser una luz, una sombra, una esquina, un color o un punto. Para quienes construyen historias y las escriben, el detalle se encuentra en un hecho histórico, una fecha, un nombre, una calle, una sensación, un color, una palabra o nada. Casi se podría decir que la mayoría de los detalles tienen su inicio en la nada… Hay escritores que tienen la capacidad para recordar los hechos trascendentes que sucedieron en sus vidas y los convierten en Memorias: Confieso que he vivido, Vivir para contarla, Antes del fin, La lengua absuelta, son títulos de obras maravillosas, que cuentan en detalle las sensaciones, encuentros, palabras, angustias y desvaríos de quien escribe. Es este un ejercicio que, en un curso de iniciación para escritores se plantea más o menos de esta manera: “… Piense en un detalle que haya sucedido en su vida y no le gustaría que ningún vecino o amigo descubra. Un secreto. Escríbalo en un papel. Observe el papel. Si cree que no puede escribir sobre eso, es posible que no sea un buen candidato para escribir memorias. Un error frecuente consiste en narrar hechos en lugar de detalles. Es necesario narrar detalles. Cuente lo que una cámara vería, los detalles de un recorrido, las sombras y las figuras que sugieren. Las detalles convertidos en palabras despertarán sentimientos incluso experiencias y recuerdos en el lector…”


… Otras personas encuentran en las cartas una forma de narrar detalles. La lectura de esas correspondencias es emocionante. Recuerdo ahora la que llevaron por años Henry Miller y Lawrence Durrell, creo que leí esas cartas en un momento que se convirtió en el punto de partida o el detalle primero de eventos que no han cesado. En las últimas semanas me interesé más de lo acostumbrado por el origen de los detalles, no es que no lo haya hecho antes, no, sucede que pasaron a primera línea, se convirtieron en protagonistas que revelan, que observan, que se convierten en el comienzo y el final de todo. Me di cuenta en estas semanas que nos inundan por todos los costados, lástima que cuando los reconocemos casi siempre es tarde… ¿Cómo sería un día sin detalles? No pienso en los que genera el personaje hablantinoso dicharachero y social, ése es puntual, incluso superficial, fuente de detalles y minucias, incluso chismes, visibles a pesar de ellos. Los detalles de verdad son todo lo contrario. Parten de lo invisible y se convierten en moles que derrotan lo que se interponga. Además, nadie se atreve a interrumpir su camino por una razón sencilla: a medida que avanzan, a medida que crecen en importancia, mutan, adhieren o se oponen. Siempre se mueven. Cuando alguien se atreve a levantar una barrera frente a ellos o intenta cambiar su curso, su actitud es la que adopta quien hace creer al otro que tiene la razón, cuando en realidad no ha entendido nada y su devenir es subsidiario del querer del detalle que, en apariencia, deja hacer. A estas alturas y después de años de minucias acumuladas, es bueno recordar que un detalle en su estado primigenio puede ser una sombra, un suspiro, un movimiento, un perfume o, como en “Blow up”, la película de Antonioni, puede ser la silueta imperceptible, lejana, que se produce por allá, donde nadie la ve, pero con el pasar de las horas, es más importante que cualquier otro segmento de la historia. En el estado final, ese mismo detalle, insignificante al comienzo, es una tromba que influye en las palabras, los hechos o, incluso, en los deseos de las personas hasta el punto de gobernar sus pasiones. El detalle, por donde todo comienza, se vuelve grande, irreversible. Es la conclusión. Detalles aislados no existen, suman, multiplican; nunca restan, dividen o individualizan. Un detalle solo no es nada, no se tiene en cuenta. Dos detalles son una multitud avasalladora…


Argumento.
He aquí un detalle dijo uno. ¿Dónde? preguntó el otro. Ya son dos, respondió el primero… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2018

Las historias de La Yía

13 enero, 2018 § Deja un comentario


Alicia, mi hermana, a quien llamábamos la Yía, fue una narradora excepcional. Un ejemplo de su talento está en los recuerdos evocados en la despedida que nos vimos obligados a hacerle en los últimos días porque La Yía partió y nos dejó con el vacío de su presencia pero con el recuerdo intacto. Un recuerdo de esos difíciles, sino, imposibles de borrar. Me queda el vacío de las historias que se llevó y no me contó porque cada vez que hablábamos planeábamos encuentros donde, por supuesto, ellas eran el centro de nuestras conversaciones. La Marginalia que sigue la publiqué en julio del 2014 después de varios días en su compañía…

… Tres días al borde de las historias. Mi hermana es quien las cuenta. Tiene espíritu de narradora. Le ayuda, por supuesto, una memoria asombrosa y una facilidad para describir las situaciones hasta lograr que quien la escucha vea el personaje, el momento, el lugar. Otra faceta que confirma y reconfirma ese espíritu de narradora es que toda ocasión es propicia para una historia. Hay momentos en los que se levanta del sillón que ocupa en la sala, va hasta la cocina y desde allá narra una historia relacionada con algo que ve en el camino y cuando regresa a su puesto lo hace con el recuerdo fresco del nombre con que bautizó platos famosos en la familia: arroz de niño chiquito, arroz de los siete sabores, papas de paseo, cazuela de pobre, sopa de enfermo; su tortilla española es famosa entre los parientes, lo mismo que el arroz de leche asado o la mota, jugo de guanábana con leche; llama panelitas embrujadas unas que compran en la ruta de Anapoima y siempre se confunden entre los paquetes del equipaje. Con su talento de narradora cada vez que menciona un plato cuenta cómo, cuándo y de dónde surge el nombre que seguramente viene de recetas inventadas por ella o adaptadas de otras que conoce de antes. Sus historias, son historias vividas, de esas que no tienen finales esplendorosos pero tampoco trágicos; historias, se podría decir, que terminan en punta, como termina todo en el día a día. Pero terminar en punta no significa que donde termina se acaba, no, la punta, el aparente final donde termina una historia, es el comienzo de otra. Su habilidad para contar no viene solo de su memoria para recordar eventos de familia con protagonistas incluidos, viene de la facultad para convertirlos en personajes con momentos y situaciones naturales pero también únicas…

… Uno de aquellos personajes es Pastora, la llamaban Tola, tía abuela casada con un militar de grado intermedio. Tola pasó su vida bordando manteles, colchas, servilletas o cojines para una parienta más rica sin recibir nada a cambio. Sin cambiarse de ropa y quizá sin bañarse tampoco pues siempre iba vestida con la misma salida de baño de tela esponjosa y color indefinido la tía Tola bordaba sin parar en el corredor de la casa, mientras su marido militar, que ya había alcanzado el retiro cuando mi hermana lo conoció, aportaba su pensión para el mantenimiento de la casa. La situación hasta ahí parece natural para una pareja mayor aplicada vivir una vida apacible. Solo que para la tía Tola, dedicada a sus bordados alejada del mundo, nunca fue distinta. La Tía nunca se enteró del quehacer de la casa, tampoco de que su marido ordenaba traer todos los días de un restaurante cercano un porta-comida con el almuerzo y otro con la cena que compartía con ella. Mientras ella pasaba las horas entre agujas, hilos de colores y bordados, la casa, bajo las órdenes de las mujeres del servicio y no del marido militar, acumulaba el paso del tiempo; los platos en la cocina se arrumaban en columnas inestables hasta que era necesario lavarlos pues no quedaban más en las alacenas; lo mismo las ollas y los cubiertos y los manteles. Con otros enseres que también se debían cambiar cuando estuvieran sucios o el polvo del tiempo obligara a hacerlo como cortinas, ropa de cama, toallas etcétera, sucedía lo mismo: se cambiaban cuando no hubiera más remedio. Era una casa que siempre llegaba al límite de sus existencias. Tal vez por eso el marido militar, como buen estratega, se hacía llevar comida hecha fuera de la casa para que no le dieran de comer lo mismo cada día.
La descripción que mi hermana hace de la tía Tola sugiere una mujer casi transparente, callada, pálida, con el mismo peinado recogido en moña sobre la cabeza que blanqueó con el paso de los años y ni ella, ni su marido, que trocó el aire marcial de sus años de actividad por una tranquilidad sostenida entre los periódicos que leía de la primera a la última página, la espera de la pensión que sí le llegaba y los porta-comidas que lo sacaban de la monotonía a que se había acostumbrado en la casa, intentaron cambiar. Mi hermana no dice en su relato que la pareja haya tenido hijos, es posible que el marido no se atreviera a tocarla para no resquebrajar la fragilidad con que la imaginamos sentada en la esquina más alejada del corredor concentrada en el ir y venir de las agujas y los hilos. Sin duda la tía Tola parece el personaje de una ficción lejana, tal vez ella se sintió así y prefirió la ficción de sus costuras a la realidad de las obligaciones domésticas que le cayeron encima desde el mismo día de su matrimonio o desde antes porque la habilidad para bordar, quizá lo mismo siempre, no apareció de un momento a otro…

… Y entre sorbos de vino, queso Paipa, semi graso y casi joven, pasamos de la tía Tola, transparente, por lo que evoca su figura, a un personaje con peso específico y múltiples imitadores. Pensé que Teo Sarapo el joven que enamoró a una Edith Piaf, mayor y enferma, podía ser un referente del personaje que mi hermana hiló con la historia de la tía Tola. Pero no, el señor Sarapo fue todo lo contrario del Germán que entró a la vida de la familia por la misma ventana que convirtió en puerta cuando la Abuela que pasaba las tardes sentada en el borde del mirador a la espera de ver quién llegaba a la tienda de la esquina, quién regresaba tarde o quién partía temprano, se enamoró. La Abuela vio a Germán por primera vez recostado en la puerta de la tienda una tarde de miércoles. De ese día en adelante lo vio en el mismo lugar y en la misma pose hasta que él se hizo amigo de ella, la conquistó y fue a compartir su vida con la de ella en la casa que solo había visto desde la acera del frente y de la que solo conocía la ventana que hizo desaparecer una vez dueño del corazón de la Abuela, quizá para borrar recuerdos o, con certeza, para instalar en el salón principal de la casa, al que correspondía la ventana, una tienda de mucho más alcurnia que la del frente. Una tienda que, además, le permitiría convertir el dinero de las ventas en dinero de bolsillo que gastaba sin rendir cuentas a nadie y sin pensar en la necesidad de aprovisionar la mercancía, licores y enlatados que se agotaban porque la Abuela, enamorada, le daba el dinero para abastecerla. Germán no solo se adueñó del corazón de la Abuela, también se adueñó, de a pocos, de los otros espacios de la casa. El salón lo convirtió en su almacén de rancho y licores; invadió los patios, las habitaciones, los baños, hasta la cocina y los patios de atrás donde se extendía la ropa para secar después de lavarla. Todos los espacios abundaron con su presencia. Los nietos que vivían con la Abuela encontraron excusas distintas para abandonar la casa puesto que ella solo veía por los ojos de Germán, escuchaba por sus oídos y hablaba por su boca. A pesar de que cierta sensación de fragilidad femenina lo dominaba, Germán tenía la fuerza para hablar al oído de la Abuela y hacerle creer lo que él quería. La fragilidad era la fachada que derribó cualquier defensa que la Abuela hubiera podido levantar para protegerse…

… El enamoramiento duró algo más de un año. Por alguna razón que mi hermana no tiene clara el amorío terminó. Es posible, me digo ahora, que la Abuela hubiera descubierto los lances que Germán hacía en su ausencia en los primeros tiempos, pero aun en su presencia cuando ya tuvo más confianza, al cojín que ella no abandonaba ni para ir al baño, llevaba a todas partes y trataba como su amuleto. El final de la relación con Germán sucedió un martes por la tarde cuando los proveedores de licores llegaron con el pedido y en la caja registradora del almacén no había con qué pagarlo. La Abuela fatigada de desembolsar dinero sin ver a dónde iba a parar, llamó la atención a Germán delante del vendedor que esperaba con la factura en la mano y como no supo responder, en un arranque de autoridad de esos que habían desaparecido pero que súbitamente salieron de nuevo a flote la Abuela devolvió la mercancía. Germán protestó. La Abuela no cedió. Germán dijo que así era inútil seguir con el almacén. La Abuela dijo que tenía razón, era inútil un almacén sin mercancía. Germán dijo que sin almacén era inútil que él se quedara. La Abuela le señaló la puerta de salida con el brazo izquierdo extendido porque bajo el brazo derecho tenía el cojín amuleto que no abandonaba. La escena tuvo lugar a las cinco de la tarde, la discusión delante del vendedor duró mientras devolvían las cajas con botellas y latas a la camioneta que esperaba frente a lo que en otra época fue la ventana por donde entró el amor y a partir de ese momento se convertía en la puerta por donde salía el desamor. Era un poco más de las cinco y media, comenzaba a caer la tarde y las sombras de las enredaderas en el patio eran más densas, era la hora en que los objetos, las plantas y los muebles pierden forma. Creo ahora, narra mi hermana, que Germán tuvo la intención de arrebatar a la Abuela el cojín amuleto o quizá también caja fuerte donde guardaba sus secretos y partir con él como único equipaje; sin embargo fue esa hora precisa en que los límites se confunden, lo grande desaparece y lo pequeño se deforma que aturdió a un Germán frágil en toda la extensión de la palabra. La Abuela lo notó pero la decisión tomada era inquebrantable y no echó pie atrás. Germán fue el último que salió por la puerta que había hecho abrir. Antes de las seis de la tarde de ese mismo día, la Abuela la cerró para siempre. Empacó su equipaje, cerró puertas y ventanas y al día siguiente, con el cojín amuleto, caja fuerte, debajo del brazo se fue de viaje. La casa quedó cerrada el tiempo suficiente para que la capa de polvo hiciera lo justo con los recuerdos. La Abuela no regresó. Parece que solo se separó el cojín cuando la llevaron a la clínica después de un ataque de apoplejía. Pocas horas antes de morir el cojín desapareció. La enfermera de servicio dijo que una de sus hijas, la menor, que no vivía con ella, se lo llevó apenas se enteró de que la Abuela agonizaba. Mi hermana nunca supo a ciencia cierta qué contenía el cojín amuleto, quizá caja fuerte, que ni siquiera por amor la Abuela abandonó…
Argumento. Su recuerdo traerá otras historias, me digo ahora… El recuerdo sin final de mi hermana es una historia que comienza…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior  Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.

© Saúl Alvarez Lara 2014 / 2018

El lugar común

15 julio, 2017 § Deja un comentario



Los martes de cada semana paso unas dos horas en un lugar público. Siempre el mismo. A primera vista hay pocas diferencias entre un martes y otro, los personajes se repiten a veces y esperan como todo el mundo. Detalles mínimos que se muestran poco y son casi siempre inesperados hacen la diferencia. Los presentes tienen poca o ninguna referencia de los otros, no los miran y si les preguntaran quizá digan que son los mismos, siempre. Sin embargo, cada día este salón de paso público es un hervidero de historias y personajes iguales pero distintos. Hoy, por ejemplo, veo solo mujeres en las sillas, tres dobles y dos sencillas, que hacen rectángulo con la vitrina donde venden café y pasteles. Solo mujeres. Seis y un bebé en los brazos de una de ellas. Caigo en la cuenta de que una de las mujeres es un hombre con camisa roja que teclea en el celular cerca de sus ojos. No sé por qué lo confundí con una mujer; teclea, se acaricia el mentón, como si se arrepintiera de lo tecleado y mira para otro lado. Al mismo tiempo el bebé hizo amagos de llanto, la mujer que lo tiene en brazos se levanta y se aleja cinco o seis pasos en el espacio abierto, “la tierra de nadie”, entre las sillas y la vitrina. La mujer se levanta y al mismo tiempo un joven sin afeitar ocupa su lugar; las otras mujeres murmuran. El joven sin afeitar cae en la cuenta de la invasión y desaparece como apareció. El hombre que tomé por mujer deja el celular a un lado y ahora, siempre acariciándose el mentón mira al frente sin ver, espera a la mujer que lleva tapabocas tiene los ojos cerrados y está más acostada que sentada; otra mujer a su lado se tapa la boca con un pañuelo y parece acostada también. El taconeo de una joven que corre detrás de una moneda llama mi atención, los tacones le impiden ir a la velocidad de la moneda, cuando la alcanza más allá de la mitad del salón, la recoge y regresa. En sentido contrario, por el mismo lugar por donde pasó la que perseguía la moneda otra joven, gorda, concentrada en su celular pasa, el choque se evitó por poco. El hombre con uniforme blanco, incluso la gorra, mas no el delantal de plástico amarillo, no vio correr los tacones detrás de la moneda; pasa con afán, lleva una escoba como se lleva una bandera y parece retrasado. En ese momento una mujer se para frente a mí, piensa que soy un espejo, me mira, se mira en mí, no me ve, acomoda la entrepierna de su pantalón y luego se va, pasa cerca de la mujer que carga el bebé y no se ha vuelto a levantar de su puesto, no corre el riesgo de perderlo de nuevo. Mi silla, la que siempre ocupo en uno de los ángulos del rectángulo está libre, la dejo así; hoy me instalo en una banca de tres puestos al lado de una máquina dispensadora.


Mientras hago inventario de lo que hay alrededor, el hombre con uniforme blanco, menos el delantal, pasa en sentido contrario rastrillando el piso con el palo de la escoba, detrás de él un gordo camina despacio y me mira, se debe preguntar qué hago allí. Otro, joven, con ropa de playa, audífonos y barba de tres días parece en busca de un lugar dónde pasar vacaciones, no debe de estar lejos porque un señor mayor vestido como el joven de los audífonos también busca dónde veranear. A mi izquierda, en otra fila de sillas como las que ocupo ahora, un hombre doblado por la mitad, la cabeza entre las piernas, habla por celular; a su lado una mujer ordena documentos en un sobre, guarda el sobre en el bolso que lleva colgado del hombro y parte. La mujer del bolso y el sobre es reemplazada por otra mayor que lleva el morral colgado al pecho, toma café en pocillo desechable descansa los brazos en el morral, toma café a sorbos pequeños y piensa. La que me confundió con un espejo regresa con otra mujer que camina como ella, a las dos les queda estrecho el pantalón. Hay más mujeres que hombres. De vez en cuando uno, como el que pasa en este momento escarba en el bolso que lleva terciado, busca el celular, cuando llega frente a mí lo encuentra, lo pone en la oreja pero no habla, seguramente espera que le hablen y por poco se choca con la mujer se acerca a la máquina dispensadora pone un billete en la ranura y no recibe nada a cambio, insiste, sacude la máquina, hunde el botón y nada; imagino que desconsolada por la pérdida del billete la mujer parte, minutos después regresa con el encargado que no sé de dónde salió porque nunca aparecen cuando se necesitan; el encargado llega con un manojo de llaves y ensaya una por una hasta que encuentra la que abre la máquina, saca el billete de la mujer, lo guarda en el bolsillo de su bata azul y le entrega un paquete, de maní, quizá. Entonces veo el hombre que confundí con una mujer, está de pie y no entiendo por qué lo confundí con una mujer. Cedió su puesto a una pareja de morenos voluminosos. El hombre que confundí con una mujer parece cansado, hace poses a la izquierda y a la derecha, mira la cabeza caída hacia un lado de la mujer con tapabocas y le provoca sacudirla, quizá ronca pero desde mi puesto no la escucho. Es posible que los tres hombres que hacen fila frente a un cajero automático, los veo de espaldas, sí la escuchen. Uno de ellos lleva cachucha al revés y gafas de sol debajo de la visera, está de espaldas y sus gafas para atrás me miran; en los costados de su cabeza se agitan unas formas que parecen llamas movidas por el viento, son oscuras casi negras y no tienen el color de las llamas. Por el pasillo entre el rectángulo formado por “la tierra de nadie” y mi puesto pasa un personaje con cara de profesor jubilado, cargado de papeles, mochila indígena y gafas de miope; pasa y me saluda, respondo el saludo pero no ve mi respuesta, en cambio el hombre sin pelo, con corbata, sin saco, con morral y pantalón gris de oficinista que camina con el celular pegado a la oreja y al mismo tiempo habla con una mujer que camina a su lado, si notó mi saludo pero como hacía dos cosas a la vez lo ignoró. El técnico de la máquina dispensadora tiene problemas con la máquina, la desarmó, sacó el contenido, lo dejo en bolsas de plástico que trajo con él y se metió en la máquina. Desapareció.


Desapareció también el hombre que confundí con una mujer y la mujer del tapabocas, la despertó y la llevó a dormir a otra parte. De la pareja de morenos grandes y masivos solo queda uno que conversa con las tres mujeres del bebé, habla, las tiene obnubiladas, debe ser gracioso, me digo. Hace calor, mis ojos se cierran. El bebé pasa de unos brazos a otros de las tres mujeres. Un joven, trabajador de restaurante, pasa empujando un carro con platos servidos. Otra mujer, esta vez flaca, pasa, me mira, la miro, sonríe, sonrío, se da cuenta de su equivocación, me confundió con otro, acelera y desaparece. Confirmo que hay más mujeres que hombres. A pesar de que varias personas han arriesgado el saludo, no conozco ninguno de los que han circulado cerca. El técnico de la máquina dispensadora no ha terminado aun su trabajo, la máquina sigue desarmada y el adentro. Cierro los ojos, el calor me domina. Cuando los abro una pareja mayor ocupa las sillas vecinas. El señor chatea, la señora le dice lo que debe teclear y él obedece. Ella habla, él escribe. De repente la señora no dicta más, él cesa de teclear y coloca sobre sus rodillas un cartapacio de papeles que no sé dónde sacó y, uno por uno, les toma fotografías con el celular; estás incómodo, le dice la señora, te van a quedar mal; él toma las fotografías hasta la última hoja. Las tres mujeres se turnan el bebé entre ellas y el moreno masivo que habla todo el tiempo. Solo entonces me doy cuenta de que hay un embolador a unos metros de mi puesto, no lo vi antes porque entre nosotros está la máquina dispensadora y el técnico sigue aun en su interior, desapareció por allí. El embolador pone betún con un cepillo pequeño en un zapato, lo extiende con cuidado; con un trapo envuelve sus dedos índice y medio, y con el mismo cuidado, y movimientos circulares pule el zapato. A intervalos medidos, frota los dedos envueltos en el trapo contra las cerdas de un cepillo de brillo, es su estilo para inyectar brillo especial con el trapo, y vuelve a pulir con movimientos circulares, por encima, por los costados, por detrás, ningún resquicio queda sin frotar. Los zapatos brillan. La próxima vez, me digo, hablaré con él…
Argumento. El hombre mira… Los personajes pasan, sus ficciones quedan… La historia fluye…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Texto Textura será, muy pronto, exposición y libro

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