Silla 35

31 agosto, 2019 § Deja un comentario


…La mecedora lateral…

La silla ola

La vi por primera vez en la vitrina de una librería. Estaba en un libro abierto sobre un atril de mesa entre otros libros. Era una de esas cosas que no se ven con frecuencia y cuando aparecen hay que mirarlas de verdad. Entré a la librería y pregunté, recuerdo bien que era una joven librera, por el libro de la vitrina. Ella no miró la vitrina, giro a la estantería que tenía justo detrás y sin dudarlo sacó un libro de pasta dura con portadas de un color azul verdoso que tenía marcado el título grande en letras amarillas: Catalogue d’objets introuvables. Carelman era el nombre de su autor. Era un catálogo de objetos inesperados. Una cafetera con el vertedero en dirección de quien sirve; una bicicleta con dos sillines y dos manubrios en los extremos del marco justo encima de las ruedas; un mapamundi con forma de cubo; un piano circular o una pipa con dos recipientes y una sola boquilla. Entre todos ellos estaba la “Mecedora lateral”, acompañada de una corta definición: “… Recordará a los enamorados del mar el balanceo suave de una embarcación…” Durante un buen rato hojeé el libro. Cuando me decidí a preguntar su precio, la librera me dijo uno que estaba, de lejos, fuera del alcance de mi billetera. Ella vio el desencanto que paso por mi cara y agregó, lo tenemos en edición de bolsillo con el mismo contenido pero más pequeño y en otro papel. Buscó en otra estantería y me lo entregó. Era más pequeño y los dibujos de los objetos como grabados a la pluma estaban en negro, en el otro libro algunos tenían colores. Me dijo el precio, al alcance de mi billetera, y lo compré. Hace treinta o más años llevo el “Catálogo” a todas partes, me ha acompañado en todos los trasteos y ha estado en todas las maletas cuando los cambios han sido de un continente a otro o de un barrio a otro. Sus hojas han tomado el color amarillo, huella del tiempo, y las puntas se han doblado. Una vez compré otro ejemplar para un hermano mío aficionado a los objetos inesperados, aun lo conservan en su casa. “La mecedora lateral” ha puesto mi imaginación en vilo, siempre; cada vez que la veo, mantengo el “Catálogo” entre los libros al alcance de la mano, presiento el balanceo suave con el que conviven los navegantes. Un día pediré a un carpintero que me haga una, la instalaré en un balcón de tercer piso y desde allí miraré las nubes en su desfile interminable como si navegara en altamar rumbo a algún imaginario lejano…

Hechos…

En la antigua Grecia inventaron el Klismos. Silla con patas y respaldo curvo; presentes en el arte griego de la época, se ven aun hoy. A pesar de las variaciones que vienen con el tiempo son identificables… ​

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 34

24 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Una silla lejana…

La silla que Zacarías no usa

El libro de Zacarías, 410 a.C., está en el Antiguo Testamento y el Tanaj judío. Lo llaman así porque su autor, el profeta Zacarías, recopiló en él visiones y oráculos, anteriores y posteriores al exilio. No pensaba en ese libro y menos en Zacarías el profeta aquella tarde de domingo cuando, por fin, encontramos el restaurante del que habíamos escuchado hablar y nos habían recomendado pero ignorábamos dónde quedaba. Se trata de un local estrecho y profundo con mesas, quizá ocho o nueve, para cuatro y para tres sillas blancas despintadas según una moda que se impone y seguramente tiene poco de árabe. Desde la puerta de doble batiente, alta y transparente, vimos una familia numerosa, suficientes comensales para fundir dos mesas en una. Cerca de la puerta nos recibió un hombre alto, delgado, de pelo quieto, entrecano, mirada vivaz y sonrisa permanente. Nos indicó una mesa para tres más allá de las ocupadas por la familia, en la parte estrecha del local, frente al afiche de una mezquita que cubría la pared del piso al techo. El hombre nos señaló la número cuatro y agregó que su nombre era Zacarías. El trajín de atender las mesas, revelar el origen de las especias traídas especialmente del Medio Oriente, de donde él es originario, explicar la composición de los platos; sonreír a unos y otros; subir y bajar escaleras porque la cocina está en el segundo piso; mostrar elixires, jabones y perfumes que promueven la buena energía, la paz, el sueño y sobre todo rejuvenecen la piel y previenen la caída del pelo, expuestos para la venta en dos vitrinas a un costado del salón, no le daban respiro y como su voz tenía el tono de la profecía su nombre parecía hecho a la medida para él. Cuando su mujer apareció en escena, bajó de la cocina para organizar platos o gestionar detalles, aproveché para preguntarle si tenía picante, sonrió, desapareció y regresó con una bandeja pequeña donde venían, en dedales de cerámica, ajíes en orden del menos picante, uno de cacao, al más picante, una mezcla de marroquí y mexicano. Entretanto Zacarías conversaba con los clientes, dejaba en cada mesa pedazos de conversación que después recuperaba entre servicios. En alguno de esos trozos le escuché mencionar a Casablanca, me pareció difícil, entonces, no recordar el idilio de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart truncado por la guerra en ese puerto e imaginar, premonición del profeta, que de un momento a otro como en la taberna de Rick, aparecería el moreno Sam cantando “… As time goes by…”. Por supuesto la Taberna de la película solo pasó por mi imaginación, el local era de por aquí, cercano, con nombre de rosa y azafrán y sillas, taburetes, en los cuales Zacarías no se sentaba porque el trajín le dejaba tiempo solo para conversar de pie. El picante me acompañó el resto de la tarde, lo mismo que la sensación de haber estado en un lugar que no era como lo había imaginado…

Hechos…

La silla Trona, tiene el asiento elevado con una repisa frontal donde los padres sientan los bebés para que puedan comer a la altura de la mesa como sus mayores.

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 33

17 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Me cuidas… te cuido…

El banco rojo

Su nombre es Javier. No dijo el apellido, por falta de tiempo o porque no era necesario. Lo vi por primera vez a unos veinte metros de distancia. Seguramente por las luces de parqueo intermitentes dedujo que estaba en busca de un lugar donde dejar el carro en esa calle congestionada, entonces hizo señas para que me acercara mientras me guardaba el puesto con el banco de plástico rojo para que nadie me lo quitara. Llevaba unos quince minutos dando vueltas y me había visto pasar despacio; cuando logré dejar el carro donde me señaló se acercó y dijo, “… ahí no le pasa nada, hágale tranquilo…”. Era joven, flaco y alto, una cachucha de los Yankis de Nueva York le tapaba el peinado despeinado, un chaleco naranja con bandas reflectivas verde manzana que le quedaba grande, disimulaba el cuerpo flaco; el resto eran unos bluyines rotos como es la moda, solo que en él no era moda, y tenis que fueron blancos. Entonces le respondí: “¿… y si me demoro…?” “No hay problema, jefe, por aquí todo el mundo me conoce. Si no me ve cuando salga pregunte a cualquiera por Javier…” Así fue como me enteré de su nombre. Me demoré. Me demoré tanto que varias veces salí a la calle a respirar un aire distinto al que se respira en las filas que no se mueven. Cada vez que salí, Javier estaba allí, me hacía seña para que me tranquilizara, debía saber que esas filas eran lentas, y volvía a lo que más se movía en su trabajo: la venta de cigarrillos al menudeo, chicles, confites, bocadillos, galletas o minutos de celular. En una de aquellas salidas a respirar lo vi atareado cerrando la maleta donde exhibía la mercancía; ya tenía plegado el trípode donde la sostenía y con la mirada fija en la calle de más allá, hacia el lugar de donde venía el peligro; me vio pero simuló lo contrario, caminó casi corrió rumbo al lado opuesto con el cartapacio de mercancía entre los brazos hasta desaparecer detrás de otros carros y unos árboles. Lo único que quedó allí fue el banco de plástico rojo donde se sentaba cuando el trabajo y los clientes le daban un respiro. Entonces me senté en el banco de Javier, estaba cansado, pocas veces hay asientos en las filas y Javier había dejado su banco cuidando mi carro mientras pasaba el peligro. Lo más correcto, pensé, era que yo cuidara su banco así como él cuidaba mi carro…   

Hechos…

La silla de parto fue de uso común en la antigüedad egipcia, griega y romana. Con el tiempo fue conocida como El Sillón obstétrico. Se conocen algunas variables que se adaptan a las condiciones de la parturienta…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 32

10 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Silla en el Jardín de Luxemburgo…

David Hockney / Chair, Jardin du Luxembourg / 1985 / Photocollage / 80 x 64 cm. 

La perspectiva inversa

“El ojo se mueve en permanencia. A menos que uno esté muerto”. Dijo y escribió David Hockney en el “El conocimiento secreto”, libro y documental. Asegura que el sentido de la perspectiva con punto de fuga único que prevalece desde el Renacimiento es equivocado. Los grandes maestros utilizaron la “cámara oscura”, equipada con espejo cóncavo para proyectar la figura del sujeto en el lienzo; la visión, entonces, se reduce a un solo punto de vista y por esta razón la perspectiva es falsa. La sensación de profundidad tiene origen en la doble óptica. Brunelleschi duplicó los puntos de fuga en la proyección del Baptisterio de San Giovanni y el resultado fue el mismo que hoy es posible obtener con una cámara. En “Silla en el Jardín de Luxemburgo”, lo mismo que en los paisajes pintados recientemente, Hockney multiplicó los puntos de fuga de manera que el espectador al moverse frente a la silla o delante de los paisajes, se ve frente a ellos y, a la vez, tiene la sensación de estar al interior; una suerte de aquí y allá simultáneo. En la perspectiva inversa, en contraste con la perspectiva clásica, los objetos distantes aparecen más grandes y los cercanos más pequeños, esta manera de ver sugiere la utilización de varios puntos de fuga como sucede con los íconos bizantinos o con el cubismo, que, al sugerir un punto de vista único, elimina la perspectiva pero propone diversos puntos de fuga para cada plano y logra la sensación de aquí y allá. Si asumimos la perspectiva como una forma de establecer el ángulo de una situación, en la narrativa visual como en la literaria, la posibilidad del plano y contraplano podría equivaler a la aplicación de la perspectiva inversa puesto que superponer los planos o separarlos en secuencias o párrafos multiplica los puntos de fuga o los lugares donde se encuentra el sujeto. Raymond Queneau en “Ejercicios de estilo” propuso una multiplicidad de puntos de fuga, de aquí(s) y allá(s), para una sola situación que, de una página a otra, pasa del desconocimiento a la angustia, de la pérdida a la tranquilidad o de la inmediatez a la ausencia, situando al lector en el punto de fuga de una acción pero desde distintos ángulos. La imagen con apoyo de la tecnología, dice Hockney, asegura la posibilidad de no perder nada y estar en capacidad de admirar la naturaleza desde sus diversos puntos de fuga. La naturaleza puede entenderse desde la geometría, afirmó Paul Cézanne. La perspectiva inversa es una sensación pero también una manera de ver aquí(s) y allá(s) a la vez…

Hechos…

El porta suegras era un asiento fuera de cabina en automóviles fabricados durante la primera mitad del siglo XX. Situado en la parte de atrás ocupaba el espacio de la maleta, sin embargo, no se utilizaba para cargar equipaje, sino, para transportar acompañantes molestos o suegras quisquillosas…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 30

27 julio, 2019 § 1 comentario


…Coincidencias con Felisberto…

“El primer concierto”

Las coincidencias, inicio de la ficción, comenzaron a obrar en la tarde cuando llegó a mi correo “Mi primer concierto”, el cuento de Felisberto Hernández. La contraparte de la coincidencia sucedió la tarde siguiente cuando, sin la pretensión de interpretar un concierto, me encontré por primera vez en el banco del pianista. La sala desierta y el piano abierto en el centro de la escena parecían a la espera del público y del pianista. Como su personaje, Felisberto era pianista, solo fue verme en el banco frente a las ochenta y ocho teclas cuando se apoderó de mí algo que entre el público nadie imagina pero los entendidos sospechan, me atrapó el miedo, el terror. La escena se convirtió en tortura. Recordé los ires y venires del pianista del cuento mientras calculaba cómo llegar al piano en el centro del escenario: rápido como lo haría un mensajero que trae bajo el brazo una encomienda, la deja donde puede y parte a la misma velocidad; o despacio, con la tranquilidad de quien no está en su primer concierto, sabe dónde se encuentra y se mueve con la parsimonia evidente de quien maneja la situación; o como lo haría un modelo de pasarela, midiendo los pasos y tomándose la mano derecha con la izquierda en un intento por abrochar el botón de la camisa. Nunca, insisto, me había sentado en el lugar del pianista, en escena, con el piano abierto y el auditorio, sin público, a la espera de que el murmullo de quienes entran a ocupar sus asientos comience de un momento a otro. Vinieron al recuerdo, seguramente en desorden, las posibilidades que el pianista del cuento supuso para su primer concierto. Y entonces la duda cayó sobre mí como un balde agua fría. Está bien, me dije, entro, el pianista entra, como sea posible, sin dejar notar el pánico, me acomodo, él se acomoda en el banco frente al teclado, blanco y negro, tan extenso que no alcanzaría a los agudos o los graves aunque tuviera prolongaciones en los brazos. Pero, una vez allí, ¿qué hago?, ¿qué toco? El pianista de Felisberto duda y emprende una serie de improvisaciones que, quizá la sorpresa, causan impresión en el público. El otro pianista o digamos mejor el simulacro de pianista, yo, que coincide con la ficción de Felisberto cae en las profundidades de lo inmóvil, queda en blanco, deja extraviar la memoria; las notas no se oyen, el silencio resuena, la rigidez sube desde el piso pasa por las manos y convierte los dedos en troncos inmóviles; dedos, que en las manos de un pianista de verdad tendrían la virtuosidad del movimiento. Tiene razón Paul Auster cuando dice que las coincidencias están al inicio de la ficción. “El primer concierto” de Felisberto, coincidió con el piano en el centro de la escena, abierto, a la espera del pianista. El auditorio desierto ¿me esperaba?, ¿que hacía yo por allí?, ¿ocupar el lugar del pianista del cuento? o el de Felisberto ya que él era pianista, ¿convertirme en su personaje?, ¿en Felisberto? Ahí vamos…

Hechos…

William Hogarth fue pintor, ilustrador, caricaturista, impresor, crítico. Vivió en Londres hasta mediados del XVIII. Una silla con patas en forma de “S” y respaldo recto apareció con frecuencia en sus pinturas y caricaturas, la llamaron la silla Hogarth. Pocos saben que era la única silla en su estudio y la dibujaba de memoria…

Próximas exposiciones. Museo Maja de Jericó. Sábado 3 de agosto

Silla 29

20 julio, 2019 § Deja un comentario


…La banca para conversar…

Humberto Pérez

Sentados en esta banca, una mañana fría pero con sol, frente a la terraza donde los pájaros vienen a escarbar y llevarse el maíz que les dejan allí para que coman y, por ahí derecho, hagan compañía, me dijo: “… deberíamos hablar menos y dibujar más…” Lo visité con frecuencia. En ocasiones me esperaba en la puerta de la casa al final de una corta colina. También me esperaba en el estudio o en la banca de la fotografía. Me recibía siempre con la expectativa de lo que íbamos a ver, sobre lo que íbamos a conversar: “… lo tengo por aquí…, un paquete de dibujos que no te imaginás…” me decía para entrar en calor. Durante sesenta años o más Humberto Pérez dibujó todos los días desde el amanecer hasta la noche cuando se sentaba frente al televisor para ver una película que posiblemente no veía porque aprovechaba para dibujar en alguna de las libretas que siempre tenía a mano. De ese hacer constante resultó una manera de ver y sobre todo de narrar. Dibujar y conversar son sinónimos en la obra de Humberto Pérez. Dibujar fue la constante en su vida y tal vez por eso, porque no dejó de hacerlo un solo día, solo unos pocos de los dibujos elaborados hasta el más mínimo detalle o con trazos rápidos que sugieren figuras, situaciones, grupos o máquinas, tienen firma o fecha. Quizá porque dibujar fue siempre tan natural como conversar o caminar, fue su actividad principal, como hablar para la mayoría. De la misma manera que hay quienes hablan duro, murmuran, hablan rápido o repiten; Humberto Pérez dibujó a lápiz, al carboncillo, a la pluma, con colores o tinta o por capas que luego elaboraba como construyendo frases que significaban la textura, el color, el tacto. Y como aquellos que se repiten al hablar, Humberto se repetía al dibujar, es posible decir que dibujó siempre lo mismo, que tuvo una fijación por la anatomía y la figura humana; que dedicó horas a copiar de libros de anatomía, las proporciones, los huesos, los músculos, la cabeza, el torso, los miembros, las manos y los pies, incluso los dedos y las uñas. La multitud de hojas con estudios de anatomía y anotaciones alrededor de los dibujos son muestra de su dedicación al eje recurrente en su obra: la figura humana. Dibujar es mantener una relación constante con los personajes; conversar con ellos de temas que los apasionan. Sin embargo, dibujar no solo requiere de constancia y talento; requiere de una imaginación a prueba de todas las técnicas y situaciones. No hay un dibujo de Humberto Pérez que no lleve, como en una conversación de amigos, a una historia, a una situación venida de su ficcionario infinito. Quizá por esto la frase del comienzo no tenía aplicación en nuestros encuentros: “… deberíamos hablar menos y dibujar más…”, como dijo aquella mañana cuando nos sentamos en la banca frente a la terraza, porque, sucedía con frecuencia, así era el inicio del recorrido por paquetes de sus dibujos que yo no había visto y serían tema para la conversación… que no termina aun…  

Hechos…

La voyeuse, “La mirona”, es una silla de asiento bajo y respaldo con almohadilla para apoyar los brazos y desde su comodidad espiar las partidas de naipes. Un jugador que siempre iba acompañado por su esposa o amante diseñó una versión femenina: La voyeuse à genoux , “La mirona arrodillada…”

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla 28

13 julio, 2019 § 1 comentario


…El taburete verde…

Retrato del vigía

La primera vez que hablé con él no fue la primera vez que lo vi. Lo había visto, sin hablar con él, sentado en el taburete de cuero verde descolorido por el uso. El taburete era, en ese momento y sigue siendo ahora, su taburete, el de Humberto, el hombre mayor, sonriente, primo de un expresidente, nadie es perfecto, que vivió en Estados Unidos y por eso se entiende en inglés con los turistas que dejan sus carros en el parqueadero donde es vigilante – administrador o al contrario. No hablamos antes de aquella mañana de domingo, porque nos habíamos limitado a lo que teníamos que hacer: él, cobrar después de dos o tres días, el valor del parqueo, y yo, dejar el carro a su cuidado. Aquella mañana de domingo tuvimos tiempo para conversar porque después de varias noches de parqueo fue imposible sacar el carro; un cliente nocturno, hombre o mujer, nadie supo decirlo, Humberto tampoco, dejó su carro obstaculizando la salida de los que estaban allí. Mientras se afana marcando teléfonos que logra descifrar en la libreta de registro de entradas y salidas atiborrada de números escritos unos sobre otros con tinta, lápiz o incluso con lápiz rojo, en busca de la propietaria o propietario desconocido, tuvimos tiempo para una conversación entrecortada. Entre llamadas fallidas, me enteré de su vida en los Estados Unidos y del saludo que el primo expresidente le lanzó la última vez que se vieron: ¡Eh…, Humberto!, ¿…todavía estás vivo? Entre frases y mientras se levanta del taburete para hablar con quien responda en los números que marca, espero, tomo fotografías de las palomas que vienen a escarbar entre los granos de maíz que deja a los pies del taburete y, por supuesto, del taburete recostado contra el muro amarillo en el portón del parqueadero. El único que lo utiliza es él, ni siquiera su ayudante, otro hombre mayor que lo acompaña durante el servicio ocho o diez horas diarias, se atreve a ocuparlo. El lugar donde el taburete, o Humberto, pasa recostado buena parte del día, es estratégico, desde allí ve la calle por donde suben los carros en busca del parqueadero y también, más frecuente, alcanza a ver el televisor, prendido siempre, encima del escritorio al interior del hangar. Cuando el evento, fútbol, ciclismo, tenis –o cualquier otro–, película, programa de variedades o noticiero llega al punto de no retorno, Humberto mueve el taburete al interior frente al televisor y abandona el puesto de vigía. Su ayudante, entonces, lo reemplaza desde la acera y él se concentra en la pantalla. Entre el puesto de vigía y el televisor pasa los días; seguramente ha pasado años, no pregunté cuántos, pero los imagino suficientes para dejar marcas imborrables en la pintura verde que cubrió el taburete y el cojín, ya casi inexistente. Dicen que los objetos se parecen a sus dueños, no es difícil asegurar que ese taburete sea el retrato de Humberto. En ocasiones cuando llego y no lo veo pero el taburete está en su lugar, recostado contra el muro amarillo, lo veo aunque no esté por allí…

Hechos…

Existió un modelo de silla con dos versiones: una con piezas sin tornear, respaldo y adornos verticales, diseñada en madera preciosa y con asiento en trenzado vegetal. Se utilizó en las colonias del Nuevo Mundo hasta el siglo XVII. La otra, sin trenzado en el asiento y sin brazos fue también utilizada en la misma época por gentes menos avenidas. Una era la silla Brewster; la otra, la silla Carver… 

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

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