Silla 18

4 mayo, 2019 § Deja un comentario


… La silla y la música…

El canto del alma

Una silla, una guitarra, aparatos electrónicos iluminados por reflectores en el centro de la escena; el resto, incluso la sala auditorio del Museo Maja de Jericó, de donde llegan murmullos de público que se acomoda, está en media penumbra. La guitarra eléctrica, fundamental en lo que vamos a ver y escuchar, está a un lado de la silla. El público se acomoda, murmura y espera. Ninguno de los presentes imagina lo que va a presenciar. Desde la sexta o séptima fila la vista a nivel de la escena es perfecta. Sin un motivo distinto: silla y guitarra podrían estar al inicio de historias inesperadas, bajé al borde de la escena, hice la fotografía y regresé a mi puesto. Cuando el maestro de ceremonias, después de la presentación, dejó la escena vino la primera fascinación. “¡Sorpréndame!” pedía Diaghilev a Cocteau antes del estreno de Orfeo. Y como en aquella ocasión, esta noche la sala del Museo Maja quedó sorprendida, en silencio, cuando una mujer joven, Livia Nestrovski, entró en escena junto a un hombre joven también, Fred Ferreira, alto y como Livia vestido con faldón negro; el de Livia hasta los tobillos, el de Fred un poco más corto. Ambos coronados con flores rojas, dos para ella, una para él. Fue entonces cuando la fascinación llegó a todos los rincones de la sala. Fred ocupó la silla, descubrió al público la guitarra eléctrica y mientras hacía llegar, de lejos, de muy lejos, los primeros acordes combinados con sonidos reproducidos en los aparatos electrónicos alrededor, Livia dio el tono con un canto que venía de la profunda distancia, un canto que venía del alma que, a diferencia del canto de las sirenas que intentó evadir Ulises, el canto de Livia nos atrapó durante tiempo indefinido, no sabría decir cuánto, un tiempo en el cual los sonidos electrónicos fueron y vinieron, se escucharon percusiones, deslices sobre las cuerdas; sonidos que por momentos transportaron la voz, luego al contrario, la voz a los instrumentos; en el arrebato de la entonación, notas y voz se confundieron, parecieron uno…

Livia & Fred en el Museo Maja de Jericó
En youtube un concierto en Londres en el 2018

… Entonces Livia se desplazó por la escena, se deslizó, pareció tan ligera. La silla pasó a ser eje de sus movimientos: Livia la ocupa, luego ambos la ocupan; cuando Fred vuelve a tomar su lugar, Livia va por la escena con movimientos gobernados por el ritmo, por la voz y siempre, por la emoción. Porque no es posible cantar así, tocar así, si la emoción no está presente, es de allí de donde viene el “Sorpréndame” de Diaghilev, es de allí de donde viene el canto del alma; aquella noche lo escuchamos en la sala, nos atrapó y se instaló en la memoria. Incluso cuando la guitarra que, pensé no iba a entrar en el juego, dio tono a Livia para cantar, en versiones propias, canciones conocidas; el ir y venir de la voz, el tono que llega a lo más alto, mezclado con el tono de las cuerdas es fascinación. Livia y Fred vienen de Brasil, ella es especialista en improvisación vocal; él es compositor, arreglista y director musical. Ellos, Livia y Fred, son “una presencia luminosa y abrumadora”. Durante un tiempo indefinido estuvimos, y aun estamos, atrapados por aquel canto. Hay fascinaciones que solo suceden en el Museo Maja de Jericó…

Hechos…

… Durante la construcción del Monasterio de El Escorial, Felipe II observaba el avance de los trabajos desde una silla, un peñascal según la historia, de granito con plataformas talladas a diferentes niveles. 

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Silla 17

27 abril, 2019 § Deja un comentario


… Sillas pintadas…

La silla de van Gogh / 1888 / Óleo sobre lienzo, 93 x 73,5 cm. / National Gallery,
Londres / Vincent van Gogh

Retratos ausentes

Los objetos son representación y memoria de quienes los usan, conservan o abandonan, con razón o sin ella, y aun así la memoria persiste; el color, la forma, los accidentes grandes o pequeños, las marcas del tiempo, la combinación con situaciones y momentos hacen referencia a la intimidad de retratos donde personalidad y figura se construyen con la participación de objetos que el sujeto tuvo cerca, utilizó, presintió como parte de su día a día. En este sentir se encuentran los “retratos ausentes” que Vincent van Gogh hizo de Paul Gauguin y de él mismo después de la accidentada partida de Paul dos meses o menos después de llegar a Arles. A pesar de la admiración de Vincent por Paul y su pintura, la relación entre ellos estuvo marcada por el desencuentro. Vincent llegó a Arles el veintiuno de febrero de 1888. Al día siguiente comenzó a pintar campos, árboles, caminos, gentes, carretas, cielos. En mayo alquiló la Casa Amarilla donde instaló su taller porque la habitación del Hotel Carrel le quedó pequeña; pintaba un óleo al día, a veces dos. La Casa Amarilla y los alrededores de Arles le sugirieron la idea de formar un grupo de artistas que pintara las maravillas a la vista en cada recodo del paisaje. Vincent escribió a Paul para que se uniera al grupo que solo tuvo dos miembros él y Paul que llegó a Arles el veinte de octubre. Apasionado por el clima, el color y las mujeres de La Martinique, Paul no encontró en Arles nada parecido. Sus temperamentos no coincidieron, el  proyecto de la colonia de pintores fracasó y la alianza terminó el veintitrés de diciembre cuando Paul abandonó la Casa Amarilla después de una agria discusión. Esa misma noche Vincent se cortó el lóbulo de la oreja derecha y lo envió a Paul envuelto en una hoja de papel…

La silla de Gauguin / 1888 / Óleo sobre lienzo, 90,5 x 72,5 cm / Museo Van Gogh,
Amsterdam / Vincent van Gogh

… Vincent fue internado en el hospital. Paul dejó Arles. Acosado por la soledad Vincent recordó que a la muerte de Charles Dickens a quien admirada desde su estancia en Londres, el pintor inglés Samuel Luke Fildes realizó un grabado, “retrato ausente”, donde aparece la silla del escritor en su estudio. El recuerdo y la admiración llevaron a Vincent a pintar las sillas donde él y Paul reposaban después de la jornada de trabajo en los alrededores o imaginaban la pintura que emprenderían al día siguiente. La silla, “retrato ausente”, de Paul es elegante con formas curvas que denotan una manera refinada de ir por el mundo, Vincent agregó libros sobre el asiento para confirmar su admiración por la inteligencia y conocimiento del arte de Paul, ratificado además por la vela encendida, un faro en la soledad que lo acosa. Desconozco cuál silla pintó Vincent primero. Me atrevo a pensar que la “ausencia” lo llevó a pintar primero la de Paul y luego la suya: una silla de madera y paja, sencilla como su naturaleza, con los objetos que lo retrataban mejor: la pipa y el tabaco sobre el asiento, los girasoles que no abandonaban su imaginario, pintaba sin cesar en sus salidas al aire libre y sobre todo, insistía para que Paul los pintara. La luz de Arles que lo cautivó desde el primer día entra por la ventana, ilumina la habitación y se hace presencia, la única en sus “retratos ausentes”…

Hechos…

… La escasez de caucho en Europa y en Estados Unidos durante los años sesenta dio lugar a la aparición del plástico que, por su versatilidad, se convirtió en la materia prima ideal para la creación de sillas con diseños prácticos y contemporáneos…

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Silla 16

20 abril, 2019 § Deja un comentario


… El vaivén adormece el tiempo…

Salón con mecedoras

Llegué por azar mientras Aicardo barría el polvo debajo de la mecedora que elegí para descansar desde la puerta de entrada. El Salón de las Mecedoras se llamaría este salón en cualquier lugar del mundo, sobre todo si se trata de resaltar una de las habilidades más reconocidas de sus habitantes: la fabricación de sillas que se balancean y en su movimiento contribuyen a adormecer el tiempo. El Salón tiene unos diez metros por seis. Hay diecisiete sillas. De ellas, trece se mueven al vaivén del sentado. Seis esperan en el centro alrededor de una mesa que una planta con hojas y flores azules, adorna; no me atrevo a verificar si la planta es verdadera o eterna, no quiero herir la susceptibilidad de Aicardo preguntándoselo o haciendo el intento de comprobarlo al tacto. El resto de sillas en los costados del salón parecen destinadas a espectadores pendientes de la mesa central. A mi izquierda dos ventanales con repisa para conversar con quien esté del otro lado, entre ellos un piano; al lado del piano, tres mecedoras pequeñas reservadas para niños o ¿enanos? Encima del piano hay fotografías que registran momentos familiares. En la esquina opuesta un armario enorme, nuevo en apariencia, cerrado con candado. La base de una fotografía en blanco y negro coincide con la parte superior del armario nuevo. Representa un hombre de cabello negro pegado al cráneo, tirado en diagonal sobre la frente hacia el lado izquierdo; bigote corto; mirada fija, gélida, dura, pegada al frente; el vestido, típico tirolés, recuerda la imagen de un sátrapa disimulado. Con los pies levantados mientras Aicardo recoge el polvo rezagado, recordé que la noche de año nuevo tuve la visión de un general de la República con las mismas características de vestido y físicas: peinado, bigote corto, mirada fría, etcétera, del austríaco de la fotografía. No me atrevo a asegurar que el general se disfrazó para confirmar la creencia aquella que la última noche del año es el preludio de los siguientes. En la pared opuesta a las ventanas están la puerta de entrada al salón y otra ventana, pequeña, separadas por un tramo de muro donde un puesto de costura con máquina de coser incluida espera. Puerta y ventana conducen al patio rodeado de helechos. Aicardo terminó de barrer. Hace calor afuera, sin embargo, desaparezco entre los helechos…

Hechos…

Porter’s chair, silla de portero o page’s chair, silla de paje, es una silla cerrada en los costados, tapizada con paño oscuro y arco circular en la parte superior para facilitar su desplazamiento. Se fabrica en Inglaterra desde mediados del siglo XVIII…

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Silla 15

13 abril, 2019 § Deja un comentario


… Sillones para invisibles…

La invisibilidad y el consumo

Un pasillo de centro comercial. Espero en uno de los sillones dispuestos, eso creo, para quienes no gozan del placer del consumo. A mi lado un anciano en otro sillón idéntico. El anciano no me ha visto, mira con ansia frente a él; espera que quien lo llevó allí lo rescate pronto de la barahúnda del consumo. De repente una mujer empujando un coche de bebé se acerca al anciano. La mujer deja el coche a su lado, no lo mira y tampoco me mira no hay razón para que lo haga. El anciano no dice nada, tampoco siente la necesidad de mirarme y con resignación acepta el coche pero no lo mira. En una situación normal, dos hombres mayores, el anciano y yo, pasaríamos por dos maridos a la espera de sus esposas. Pero la situación no es normal. Somos dos viejos que esperan en el pasillo de un centro comercial acompañados de un coche de bebé al que ninguno de los dos presta atención y sin embargo, nadie nos mira; el público, abundante por la hora y el día, no nos mira, ni siquiera nos ve. Me pregunto si llegamos a la edad en que la invisibilidad nos consume. Cuando esta idea cruza mi mente se me ocurre preguntar a mi vecino si piensa lo mismo que yo, pero en el momento en que lo hago se para del sillón y sin mirarme, no me ha mirado una sola vez, se aleja empujando el coche. Con mayor razón ahora nadie me va a ver, me digo; debo agregar sin embargo que abrigo la esperanza de volverme invisible desde hace años. Mientras evalúo, por millonésima vez las ventajas de la invisibilidad, un anciano igual al anterior pero de apariencia mayor se apodera del sillón a mi lado. Tomo la decisión de hablarle, le pregunto dónde está el coche. No me mira, no me escucha; repito la pregunta. No responde. Está claro, me digo, los invisibles no tenemos imagen, no somos portadores de sombras y tampoco producimos sonidos. Cuando miro al anciano, idéntico, pero más anciano que el anterior, su posición es incómoda; espero hasta que, como el anciano anterior, parte sin que la mujer del coche regrese a buscarlo. Nadie más, mientras estuve allí, ocupó el sillón. Así, invisible del todo, ni siquiera medianamente invisible escuché los goterones en el techo de vidrio, un aguacero torrencial se desató. Desde mi sillón de invisible entre consumidores imaginé la ciudad sumergida, invisible, entre las aguas…

Hechos…

La silla curul, en latín: sella curulis, era el sitial semicircular con asiento y brazos pero sin respaldo que se utilizó para designar el puesto de los Patricios con poder político y militar. Julio César tenía derecho a utilizarla en todas partes menos en el teatro donde otra silla, dorada, lo esperaba…

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Silla 14

6 abril, 2019 § Deja un comentario


… Una buena silla siempre tiene dueño…

Fuera de lugar

De regreso a casa la vi recostada a un árbol. El “fuera de lugar” sucedió cuando, después de distinguirla a unos veinte o treinta pasos, después de imaginar que alguien, desde allí, mira la gente pasar, llegué frente a ella y seguí mi camino como si debajo de aquel árbol no hubiera nada. Alcancé a alejarme unos quince metros cuando un impulso inesperado, ¿…y por qué no tomo una foto…? me hizo volver sobre mis pasos y hacer la foto aun a riesgo de un accidente, pues para lograrla debía retirarme casi hasta la mitad se la calle. Se trata de una silla en bambú trabajado, con cojinería blanca y negra en diagonal a la que falta el asiento. No dudo que es una silla cómoda para observar o escuchar, incluso es cómoda para responder alguna pregunta pero no es una silla para mirar televisión. Las costumbres cambian; la tecnología o el estrés, hacen que la mayoría prefiera ver la tele acostado o, a medio acostar en otro tipo de sillón. Ésta no es para eso. Cuando la vi a lo lejos o cuando pasé a su lado sin detenerme me pareció ver a alguien sentado en ella. Era un hombre de edad promedio que en un momento de intensidad o de “fuera de lugar”, sacó la silla de su casa y dejó en la sala, se trata de una silla de sala, un vacío difícil de llenar. Debemos conseguir una igual a la que Julio se llevó, con ese nombre imagino al hombre sentado en ella, dijo su mujer, o comprar muebles nuevos, agregó con tranquilidad. Julio se llevó la silla, “su silla” porque estaba cansado de ver lo que no quería ver y oír lo que no quería oír. Llevó la silla debajo del árbol, no dijo cuál o dónde, y con la tranquilidad de quien ha logrado su objetivo pasa en ella días enteros. En ocasiones da un paseo con el cojín de asiento bajo el brazo para que nadie se siente en ella y estirar las piernas, en uno de ellos hice la fotografía, y regresa a su puesto con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a molestarlo porque no responde o porque se queja de las telenovelas, repetitivas, siempre iguales, que su mujer ve en la televisión. Cada día Julio se queda hasta más tarde en la silla bajo el árbol. Cada día, por supuesto, llega más temprano a su silla bajo el árbol. No se sabe qué tan lejano está el día en que no regrese a casa. Quizá ese día nadie eche de menos su presencia…

Hechos…

… Dantesca llamó Girolamo Savonarola, predicador y confesor, la silla donde los florentinos debían arder con sus lujos. Era una silla con brazos y espaldar alto donde sentaban a los condenados. Girolamo murió, condenado por la Inquisición, de pie en la hoguera…

Silla 13

30 marzo, 2019 § Deja un comentario


… Una silla para Olimpo…

“Tu duda y la mía”

No recuerdo el nombre pero es un bar que hace esquina con puertas por la calle y por la carrera; una por la calle, dos por la carrera. Fue una coincidencia pasar por allí, bajar por la calle empinada y llegar frente a la puerta en el momento mismo en que Olimpo Cárdenas cantaba “Tu duda y la mía” con la voz nasal del despecho verdadero; el punteo de las cuerdas alternaba con los ruegos del enamorado: “… y si alguna duda tienes o si ya tu no me quieres…” La silla verde y roja, solitaria en el centro del bar parecía a la espera de alguien que no demoraría en llegar, tal vez el mismísimo Olimpo. Sin dudarlo ocupé una mesa para dos en el rincón estrecho entre la puerta de la calle y una de la carrera. El hombre al otro lado del mostrador tan alto que solo dejaba ver su cabeza me hizo la seña de la duda, ¿qué toma?, fue la pregunta que resultó de la mano que sostiene un vaso invisible sobre la cabeza. Ante la imposibilidad mimar una cerveza, anuncié desde mi puesto: ¡cerveza! por encima de la voz de Olimpo que seguía al ritmo del despecho “…puede ser que otros quereres te hagan proceder así…” Entonces caí en la cuenta de que los únicos presentes, sin contar el personaje detrás del mostrador, éramos Olimpo y yo, y que la silla solitaria estaba reservada para él. Entonces imaginé o no imaginé, sucedió, un amanecer en una calle aun desierta. Un músico, lo distinguía el estuche de la guitarra, el vestido oscuro y el sombrero, caminaba por la misma acera unos pasos adelante. Sin tener la certeza de quién podría ser, un músico conocido o un serenatero al final de la jornada, sin tener la certeza de si era él o no, decidí, por la guitarra y la figura, llamarlo Olimpo Cárdenas. La corazonada de que podría reconocer su voz si cantaba me obligó a seguirlo hasta perderlo de vista a la vuelta de una esquina, sin escucharlo. Desapareció en silencio, como el tiempo. En aquel bar de esquina su voz siguió imparable los lamentos del despecho: “… pero amor como el mío, sincero, no hallarás nunca en tu camino y verás que cruel el destino te consumirá…” Los últimos acordes de la canción fueron también los de mi cerveza; de Olimpo, esta vez, quedaron su voz y la silla desierta…

Hechos…

El estrapontín es un asiento auxiliar utilizado en los pasadizos de los teatros cuando la sala está completa. Era plegable cuando se utilizaba en automóviles para acomodar las suegras, los pasajeros extra o los niños…

Silla 12

23 marzo, 2019 § Deja un comentario


… Las hay que son solo aventura…

El puesto del piloto

Llegué por sorpresa, sin buscarla. La encontré o me encontró a la vuelta de un pasillo marcado por objetos, muebles y enseres. Como no esperaba tal cruce, tropecé y por poco caigo sentado en ella, hubiera sido el primero. La idea de que nadie la había utilizado nunca vino justo después del tropezón. Su apariencia, como las corrientes de los ríos, era mansa en la superficie pero turbulenta al interior; el cuero de asiento y espaldar, ajado por el tiempo, presuponía historias sin narrar o en espera de ser narradas de nuevo. La certeza de que nadie se había sentado en ella y las insinuaciones del cuero, rastro de historias, fueron la paradoja que me demoraron frente a ella. Tenía el estilo, la forma, el cuero y los bordes de aluminio con remaches del puesto del piloto en un avión de la Segunda Guerra, tal vez un Lightning P38 el avión en el que Antoine de Saint-Exupéry desapareció el treinta y uno de julio de mil novecientos cuarenta y cuatro en el Norte de Africa. Entonces presentí “Vuelo nocturno”, “Correo del sur”, “El aviador”, las novelas, crónicas, donde Saint-Exupéry narra las horas, la soledad, la noche y las luces inesperadas que van y vienen en la imaginación del piloto. No solo en aquellas novelas, siempre, lo vi o lo imaginé enfundado en una chaqueta de cuero gastado como el de la silla: cuero duro, rudo, confidente de aventuras, incluso la de desaparecer en pleno vuelo. Y entonces ocupé la silla. Miré a lado y lado. No con la angustia de ser pillado infraganti por algún acucioso que quisiera venderla; sino con la esperanza de ver lo que Saint-Exupéry veía en los cielos infinitos, con horizonte lejano, poblados de nubes, estrellas y sobre todo de imaginación. No sé decir si el momento fue largo o corto, nadie se acercó y cuando me levanté tuve la certeza de que ni siquiera yo había ocupado la silla y probablemente nadie lo haría, quizá Saint-Exupéry si regresara de allá de donde se perdió…

Hechos…

… Durante el siglo XVI, en Francia, la chaise caquetoire, del verbo caqueter: parlotear, era una silla baja y estrecha, incómoda, donde sentaban las visitas que no paraban de hablar…

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