Cosas 42

26 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Jaula

“Aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión” dice un corrido mexicano. He visto jaulas con distintos objetos en su interior: velas, plantas, pájaros de verdad, incluso pájaros de mentiras. He visto jaulas ilustradas con corazones en su interior; vi una con un candado cerrado adentro, la llave del candado afuera y la jaula sin puerta. Las jaulas despiertan una sensibilidad cercana al temor o la defensa, simbolizan sentimientos encontrados o representan acusaciones evidentes. Una tarde entré en un local donde su propietario arruma objetos nuevos, antiguos, en buen estado, dañados, inservibles o incompletos. Entre los arrumes se forman pasadizos donde es posible encontrar muñecos sin cabeza, sin manos, o cabezas sin cuerpo; tablones de mesa sin patas, radios sin perillas y lámparas de pie, sin pie; incluso sillas y atriles al lado de libros leídos; llantas viejas, puertas de demolición, neveras y lavadoras que no tienen arreglo pero servirían para guardar ropa. Al fondo del local encontré una suerte de altar separado de los arrumes por una toalla blanca de doble tamaño. Allí había una jaula de alambre con adornos de latón en la base y en la cúpula. Estaba pintada de un blanco amarillento por el tiempo. En su interior, una revoltura de formas, colores y texturas metidas allí por la fuerza. Me acerqué y cuando comenzaba a distinguir formas de muñecos, cuerpos, brazos, pies, manos sin dedos o sombreros sueltos, el dueño apareció detrás de mí. ¿Le interesa la jaula? preguntó. Si le interesa, le puedo sacar lo que tiene adentro pero si no le importa se la lleva con todo, esa jaula es una antigüedad, agregó; años veinte, quizá anterior, dijo entrecerrando los ojos en un intento por calcular. Era de una dama criadora de canarios. Tenía más de doscientos en el patio de su casa; se pasó la vida criando canarios, se desvivía por ellos, los alimentaba, limpiaba las jaulas, les daba el tono para que cantaran; me dijeron que les dejaba las puertas abiertas y los canarios no se iban. Cuando la dama murió, su marido, que no soportaba los canarios los desterró, pero como le gustaban las jaulas las conservó y en lugar de pájaros metió cosas en ellas: papeles, recortes, libros, platos, porcelanas, corbatas y hasta zapatos en una de las grandes; todo lo que se atravesaba en su camino iba a parar a las jaulas; llegó a meter una jaula en otra. ¿Y ésta, de dónde salió? pregunté. El viudo murió y los herederos se repartieron lo que había en la casa. Una nieta la trajo porque no sabía qué hacer con ella y no tiene dónde ponerla ¿Y dónde están las otras? pregunté. No sé, respondió el hombre, solo recibí esta y ni siquiera en consignación, la nieta la dejó aquí y me dijo que hiciera con ella lo que quisiera, menos meterle pájaros. Esa jaula está ahora en mi casa y de vez en cuando cambiamos su contenido. Imagino que allí dejamos lo que no queremos que se vaya…

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… La “cosa” nos tiene enjaulados pero con la puerta abierta…

Ficción La Revista viene con equipaje. En circulación el próximo sábado…

Cosas 41

19 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Culillo

Un anochecer. Un grupo en fila india camina por el sendero que bordea un cementerio. Alguien del grupo menciona su miedo a los cementerios y a los muertos. El guía, un hombre de la región, sentenció sin detenerse y sin mirar atrás: “…no hay que tenerle miedo a los muertos, es a los vivos a los que hay que tenerles miedo…” Sucedió hace años. Muchos años antes, en un pueblo de la sabana de Bogotá donde estudié no teníamos miedo de nada. Teníamos “culillo”. Culillo de todo. Teníamos culillo de los exámenes de aritmética, de inglés, de geografía, de español; de las jornadas sin recreo, del partido de fútbol con los grandes, de perder el año; teníamos culillo del infierno; la confesión nos producía un culillo sin igual por la penitencia que, sin duda, iba a ser mayor que los pecados. Recuerdo la imagen que adornaba una de las paredes del confesionario: era una estampa donde un hombre se debatía entre ángeles y diablos a las puertas del infierno. Nunca supe cuál de los dos bandos se llevó al pobre hombre que por la expresión de su cara tenía un culillo enorme. Pero el culillo mayor venía de la posibilidad de que alguien lo pillara a uno con culillo. Era lo peor. Luego el culillo desapareció, seguramente crecimos, y entonces llegó el miedo. El miedo viene en presentaciones variadas y se encuentra en todas partes. El miedo es la contraparte de la tranquilidad. Produce desasosiego y en la mayoría de los casos ganas de salir corriendo, el problema es saber para dónde. El miedo elimina toda posibilidad de discernimiento, toda posibilidad de elección y obliga a quien lo sufre a aferrarse a cualquier tabla de salvación al alcance de la mano, del ojo o del oído. El miedo tiene múltiples maneras de manifestarse: el ruido, las multitudes, los espacios abiertos o cerrados, los otros, la violencia, el odio, la inseguridad, la muerte, la vejez, la politiquería, el poder. El miedo convierte a su víctima en presa fácil de salvadores de esquina, predicadores, magos, charlatanes, estafadores, mentirosos, politiqueros, caudillos. Hay quien dice que el miedo es un sentimiento que nos ha acompañado desde siempre. En Colombia lo hemos vivido en carne propia en veintitrés guerras civiles sin contar con la última que llegó a un acuerdo entre las partes pero el miedo inoculado con mentiras y engaños no ha dejado que termine aun. La guerra es una fuente de miedo; si la comparamos con la sociedad de consumo de hoy, la guerra es el supermercado de los miedos; en ella se encuentran todos, desde la ignorancia hasta la muerte, pasando por el dolor, la enajenación, la soledad, la persecución, el desplazamiento, el hambre, la enfermedad; la guerra viene con todos los miedos incluidos. Hoy, vivimos igual que durante mis años juveniles en aquel pueblo de la Sabana: al borde del culillo. Nunca me he cruzado con elecciones donde el miedo no haya sido parte integral del resultado. En las que pasaron hace dos años en Colombia ganó el miedo. Ganó el miedo que nos vienen inoculando en dosis de mentiras, de noticias falsas, de agresiones y violencia, de grosería, de politiquería, de cinismo, de suficiencia. Ganó el miedo que obligó a poco más diez millones a votar por el candidato que infunde el miedo que el jefe tras bambalinas le ordena; ganó el miedo que llevó a millones a votar por el que ganó porque les anunciaron que el otro les debía producir miedo; ganó el miedo que intimidó a los que no aceptaban ni al uno ni al otro y se abstuvieron. Ganó el miedo que aun hoy nos domina. ¡Qué culillo…!

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… Y la “cosa” con o sin tapabocas, como el miedo, sigue ahí…

Ficción La Revista viene con equipaje y estará en circulación muy pronto…

Cosas 40

12 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Inventario

Lo escribió Georges Perec en Tentativa de agotar un lugar parisino: “…Todos los que pasan llevan algo en la mano…” Una mañana, hace poco, mientras esperaba en el hall de entrada de una institución de salud pública recordé la cita, su autor y aquel inventario de gentes, objetos y situaciones. Decidí, entonces, hacer uno a partir de lo que cada pasante lleva a esa hora de la mañana. No todos van con algún objeto en la mano, lo llevan terciado al hombro, debajo del brazo, colgado delante del pecho como parapeto protector o, en la mano. Mujeres y hombres de todas las edades llevan bolsos, morrales o carteras, otros llevan maletines que por tamaño y apariencia incluyen el portátil del trabajo, ellos y los que pasan con bolsos pequeños que tratan de no zarandear mucho porque ahí va el almuerzo, trabajan en la Institución, en alguna oficina cercana o en los puntos de “coworking” distribuidos por los pasillos del edificio. Algunos llevan, con mucho cuidado y seguramente con la intención de disimularlos, frascos pequeños con muestras, de orina o materia fecal. Otros, numerosos, van con sobres amarillos, seguramente con fórmulas médicas, resultados de exámenes o recibos por pagar. Todos van con algo, cargan con algo. Perec tenía razón. Incluso yo, que en apariencia no llevo nada, voy con el celular donde escribo. Muchos otros, como yo, lo llevan también entre manos o pegado a los oídos y parecen hablar o reír solos como sucede cuando se recuerda un chiste anterior. Algunos de los que pasan llevan libros, agendas o cuadernos. Los que llevan libros, pocos, es posible que los estén leyendo; a los cuadernos y agendas se les nota el uso. Otros llevan recipientes de cartón con bebidas calientes o de plástico con bebidas frías, lo digo porque es distinta la manera de agarrar el recipiente; si está frío, con las manos; o sostenido con el brazo si está caliente. Lo que parece un denominador común es que todos llevan una idea, angustia o solución y la persiguen con la mirada clavada en el piso y el paso vacilante, algunos. Una mujer vestida con puntos: blusa de puntos, pañuelo en la cabeza de puntos, tapabocas de puntos, lleva cuatro bolsos terciados, dos a cada lado de apariencia pesada que mientras avanza parecen hundirla en el piso; la mujer es pequeña y a cada paso se hace más pequeña, quizá el peso de los bolsos. Un hombre mayor, flaco y de apariencia frágil con saco de rayas horizontales azules y grises detrás de una columna masiva parece dominado por el peso del bolso que cuelga de sus hombros; de repente levanta la cabeza y escarba en el bolso; saca un libro de pastas negras que está a punto de terminar según el lugar donde lo abrió; aliviado, se recuesta contra la columna y lee, pero el alivio dura poco porque una mujer grande y masiva se para en frente y le señala el camino por donde deben partir; el hombre, abrumado de nuevo, devuelve el libro al bolso y sigue a la mujer que lo toma de la mano. Otro hombre alto que no hace deporte lleva zapatos para hacer deporte y pasa de la mano de una mujer pequeña y gruesa; el hombre camina con dificultad, la mujer lo lleva y lleva también un bolso pesado; ella va adelante, él quisiera soltarse de la mano que lo arrastra, sus ojos lo delatan, seguramente no quiere ir donde lo lleva. Sucede con frecuencia, que unos lleven a otros, como se lleva un bolso o un sobre con documentos. Es posible…

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… La “cosa” vino para quedarse, dicen. Lo que no dicen es hasta cuándo…

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Cosas 39

5 septiembre, 2020 § 2 comentarios


¿Tapaqué?

Seis meses, o casi, sin salir a la calle o con salidas cortas, cerca y por poco tiempo a la tienda del frente o donde “Sombrero” que no cerró su venta de aguacates en la entrada del corredor estrecho que lleva a su casa. Seis meses sin salir. Hasta el día esperado por muchos que sentían el peso del encierro e inesperado por otros tantos que por la misma causa se encerraron en sí mismos. Hago parte de los últimos. Sin embargo el lunes pasado, día de la apertura, salí a recorrer la ciudad que esperaba encontrar cambiada después del aislamiento obligatorio, con el artefacto sobre nariz y boca que solo dejaba ver mis ojos. La ciudad seguía igual pero un cambio notable, rezago de la pandemia, era el uso generalizado de la nueva prenda. Las posibilidades de interpretación de una situación son múltiples y dependen del interés de cada uno, lo mismo sucede con el tapabocas. Unos lo usan bien, otros de cualquier manera, muchos lo ignoran, pero llegado el momento lo acomodarán, como mejor puedan y donde corresponde. Solo ojos. El aislamiento dejó solo los ojos para sorprender, disimular, disfrazar, para el llamado de atención, la conversación, la sonrisa o la negación; la voz, sin labios en movimiento que prefiguran las palabras, obliga a confirmar lo escuchado o lo dicho en los ojos del otro. Y tiene su encanto, un halo de intriga al que es difícil sobreponerse. Quien está detrás del artefacto ¿lleva bigote, barba, sonríe, se muerde los labios, mastica chicle? Igual que las máscaras, el artefacto tapabocas, hace parte del día a día como una variable infinita de la moda por el color, por la decoración, por lo que su portador busca significar con él, por la forma o la actividad de quien lo lleva. El artefacto tapabocas pasa a ser la expresión de un universo infinito e invisible. Al cabo de seis meses de aislamiento, la idea de una ciudad donde el artefacto de resistencia al virus estuviera al orden del día como apoyo a las palabras pero sostenido por los ojos, me acosó. Caminé por calles y pasillos donde multitud de tapabocas de todos los colores, con dibujos de objetos naturales o decoraciones geométricas que se adaptan a la forma de la cara de quien lo porta; con bocas abiertas, cerradas, sonrientes, o agresivas como de tigre, estampadas en ellos; con decoraciones inesperadas, ojos en el lugar de bocas y narices, como un juego de intercambio de los sentidos, la vista en lugar del gusto y el olfato. Me crucé con tapabocas diseñados con imágenes piadosas y también con obras de arte. Me encontré con unos como piyamas y con otros que llevan la marca de la empresa que los patrocina y otros diseñados para superhéroes. El Hombre Araña me interpeló en una esquina; “Los amantes” de Magritte en un cruce de pasillos; un paisaje tropical con palmeras en el reflejo de una vidriera; mi autorretrato en el reflejo de un espejo y en todos los casos, aunque el artefacto fuera negro o blanco, sin más, era en los ojos donde se sostenía el instante; ni bocas ni narices, solo ojos que parpadean, que reconocen, que miran más allá, o llevan gafas y un brillo inesperado oculta su duda. Ojos, solo ojos y tapabocas, artefactos que parecen el rezago de la pandemia que nos sometió… 

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… La “cosa” no lleva tapabocas…

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Cosas 38

29 agosto, 2020 § 1 comentario


Miguelángel

No todas las cosas que rondan cerca de mi puesto de trabajo rondan por ahí desde hace tiempos. Una tarde del mes pasado recibí, vía mensajería, una mano de madera articulada. El texto que venía con ella era una invitación, palabras más, palabras menos, decía: “… Haga con la mano lo que quiera. Tiene un mes. Cumplido ese tiempo debe devolverla al remitente. El resultado hará parte de una exposición subasta”. Era un reto. La mano quedó sobre un arrume de libros poco más de una semana. La imaginé enguantada con hilos de colores; o pintada con un camino que comienza en la muñeca y avanza por la palma, con cielo y árboles alrededor; también pensé cortar los dedos por la base y pegarlos trocados: el índice en lugar del medio y éste donde debería estar el meñique y el pulgar en cualquier parte, menos donde le corresponde. Sin embargo, todas las ideas tenían un punto en común, hiciera lo que hiciera, la textura de la madera debía desaparecer, era una forma sencilla de señalar la diferencia entre el objeto y la idea que uno se hace de él: la mano como mano debía ser algo más que una mano. Entonces recordé La Creación de Adán, el panel central en la bóveda de la Capilla Sixtina pintado por Miguelángel. El punto de atracción de ese panel se encuentra en las puntas de los dedos que, a punto de tocarse, representan el momento de la creación del primer hombre. Uno de los nueve episodios del Génesis. De las diferentes interpretaciones que se han hecho del fresco, desde la intervención de la conciencia en la creación humana, hasta la visualización de un cerebro o de un útero en la composición, como significado de la transmisión de inteligencia y vida en la creación, es posible que ninguna haya pasado por el imaginario de Miguelángel. En mi búsqueda no me crucé con ninguna alusión a la intención del artista; sin embargo, señalar, tocar, sentir, con la punta de los dedos es un gesto significativo que lleva a otras interpretaciones. Cuatro años tomó a Miguelángel terminar el fresco de la Capilla; cuatro años en los cuales interrumpió en varias ocasiones porque su carácter y el del Papa Julio II, mecenas de la obra, chocaron con frecuencia y si a esto se agrega que el artista era un hipocondríaco consumado, las enfermedades y dolores que seguramente resultaban de las posiciones incómodas que debía adoptar para llegar a los lugares más difíciles de la bóveda, complicaban aun más la relación. El principal interés de Julio II era ver la obra terminada pues temía morir como en efecto sucedió cuatro meses después del primero de noviembre de 1512, día en que Miguelángel hizo entrega el fresco. La creación de Adán está en el centro de la bóveda; es posiblemente uno de los paneles más inesperados y que ha suscitado interpretaciones múltiples del momento, la intención, la relación entre Creador y creado. Los índices que apenas se tocan escenifican el trance único en el cual Miguelángel manifiesta su genio. Ese segundo porque el toque solo tarda un segundo, que ha permanecido siglos, no es otra cosa que la representación del “creador creado”. Las manos que llegaron vía mensajería se convirtieron, a mi manera, en su retrato…  

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… La “cosa”, como todo, tiene sus más y sus menos. En cuál de ellos estaremos ahora, me pregunto…

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Cosas 37

22 agosto, 2020 § Deja un comentario


Hucha

Una tienda con objetos de arte y cachivaches. Al lado de otra igual, perdidas detrás de artesanías, quizá piezas únicas de artistas desconocidos y materiales mínimos, las huchas, de vidrio soplado hacen parte de las artesanías. Eran medianas, de vidrio grueso y de apariencia ligera. Llamó mi atención un dibujo de trazo abigarrado en el interior de una de ellas. Sucedió un martes al atardecer. Aquellas huchas me recordaron otra, en cerámica roja, donde guardé, coleccioné, monedas de quinientos pesos durante meses. Las que ahora llamaron mi atención eran transparentes, sobre todo la que contenía el dibujo. Volví a casa sin haber intentado preguntar por ella; fue solo una mirada, la curiosidad por el dibujo en su interior y el recuerdo de la anterior, nada más. Durante los días siguientes la figura redonda disimulada en la estantería vino y partió varias veces. Era un ir y venir que no revestía importancia, algo que había sucedido, un encuentro casual, si se puede llamar de esa manera, que podía, o con seguridad, iba a caer en el olvido más pronto de lo que imaginaba y no era necesario dedicarle tiempo. Pasaron dos días. Al tercer día regresé al lugar. Desde la puerta alcancé a verla, pero no me apresuré y, como en la visita anterior, me quedé en las estanterías cerca de la entrada donde exhiben libros leídos para la venta. Me tranquilizó ver que no la habían vendido. Encontré una fotocopia encuadernada de los Diarios de Paul Klee y con ella debajo del brazo fui donde el dueño con la intención de comprarla. Crucé la tienda esquivando sillas de metal, arrumes de libros, un mueble despintado con figura de alacena, hasta la estantería donde se encontraba la hucha. Elegí la que estaba más lejos del borde y tenía el dibujo en su interior; parecía liviana pero era pesada. La llevé al dueño. La compro, dije. El hombre asintió, murmuró el precio y esperó. Cuando le entregué los billetes azules con el astrónomo Garavito por un lado y el planeta Tierra por el otro, dijo: viene de lejos, la soplaron a pulmón limpio y es especial para conservar dibujos abigarrados. ¿Monedas no? pregunté. No, solo dibujos abigarrados como el que lleva dentro, es una hucha, pero si no la cuida o no agrega más dibujos en su interior no sé qué pueda suceder. Y no hablamos más. No pregunté quién la había soplado, ni siquiera pregunté quién era el autor del dibujo abigarrado en su interior. No pregunté nada. Salí con ella en una bolsa de plástico azul. Ya en casa la dejé sobre una silla en la habitación donde paso los días. Con frecuencia recuerdo su forma y sus brillos de vidrio de apariencia liviana. Sin embargo, puedo asegurar que aun hoy sigue en el mismo lugar y no me atrevo a abrir la bolsa azul, no sé que pasaría si el dibujo abigarrado en su interior es distinto o está rebosante de ellos o está vacía o no hay hucha. Mientras los días pasan, en libretas que tengo a mano, los dibujos con trazos cortos, las texturas, las formas y las sombras se abigarran hasta convertirse en retratos. Es posible que en las noches, cuando las cosas hacen y deshacen a su amaño, los dibujos pasen de las libretas a la hucha…

Cosas…

… Quizá Monterroso hubiera escrito: … Y cuando despertó, la “cosa” todavía estaba allí

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Cosas 36

15 agosto, 2020 § Deja un comentario


Sherlock

Tengo una lupa en cercanías. A veces la veo, a veces no, desaparece, se traspapela. Es como si olvidara su función, juega al escondite o no quiere dejarse ver. Desde hace años vive cerca, no sé cuántos, y desde siempre tiene esa manía de desaparecer. Una razón por la que me atrae, y en general todas las lupas me atraen, es por aquella propiedad de rastrear hasta el mínimo detalle de lo que pasa bajo su lente. Pero hay una segunda razón. Durante años tuve cerca una ilustración donde Sherlock Holmes aparece agachado, dos pasos adelante del doctor Watson, con una lupa en la mano, seguramente descubriendo detalles que convierte en pistas y luego en la solución de los casos que llegaban al 221B de Baker Street. Por aquellos años mi imaginación estuvo dominada por la posibilidad de convertirme en detective y solucionar casos como Sherlock. Puedo decir que lo logré, a pesar de que, a diferencia de él, nadie me busca para resolver episodios misteriosos; trabajo en casos, personajes, con quienes me cruzo en lugares públicos y por su figura, poses o gestos, descubro mis propias ficciones; es distinto pero es el lado detectivesco que me sigue a todas partes, es otra historia de la que ya hemos hablado. Una tarde de alguno de los días, meses ya, de cuarentena, que no puedo asegurar cuál fue porque la mezcla de horas y días que viene con el confinamiento es indescifrable, entré a ver una serie de detectives en la televisión. Era una serie finlandesa que, en ocho capítulos, resolvía el enigma del asesino de una mujer que apareció mal enterrada en el parque al lado del río que parte en dos la ciudad. Desde el inicio se plantea una relación tirante entre la mujer detective, con problemas familiares difíciles, encargada del caso, su jefe directo y el compañero asignado para apoyarla. Pronto comenzaron a aparecer personajes más o menos sospechosos, políticos o empresarios importantes y familiares cercanos a la víctima que, de lejos o de cerca se relacionaban con el asesinato. Pronto fue evidente que la lupa de Sherlock y su talento innegable para vincular hechos imposibles de vincular para cualquiera, era reemplazada por celulares activos en todo momento del día o de la noche, con toda la información necesaria, incluidas fotografías de los sospechosos, y cámaras a las cuales los agentes, detectives, tienen acceso y vigilan cada centímetro de la ciudad las veinticuatro horas. A parte del apoyo algorítmico que reciben los detectives en este siglo XXI caí en la cuenta de que, además, practican una técnica análoga que parece infalible: tapizan una de las paredes del salón de reuniones en la estación de policía con fotografías de los sospechosos que pegan allí a medida que la investigación avanza y son extrañamente bien tomadas, como si los malos posaran para estar en esa pared de la sospecha. Anoto que los malos hacen lo mismo con las personas que van a atacar y son descubiertos cuando el o la detective descubre la guarida del malo y encuentra una pared con fotografías similar a la que tiene en su oficina pero no con sospechosos sino con víctimas. No por casualidad, porque la busqué, llegué a otra serie de detectives inglesa y luego a otra serie belga y a una polaca, lo mismo que a otra sueca; y, detalles más, detalles menos, las estructuras de todas, vengan de donde vengan o hablen el idioma que hablen, es igual; la mala relación con el jefe, los problemas familiares del detective a cargo, cuando no el alcoholismo, las disputas con el compañero o compañera en la investigación, la aparición de políticos o industriales o burgueses poderosos como culpables o, en su defecto, la culpabilidad del jefe de la policía, los asesinatos sangrientos. Y todos, probando su olfato de investigadores en la pared de fotografías perfectas de los sospechosos como herramienta de apoyo. El único que se sale un poco del molde porque parece un investigador de a pie, al menos no utiliza la pared de sospechosos fotografiados aunque también le llegan poderosos para investigar, es Mario Conde el detective de la novelas de Leonardo Padura. Será por lo que vengo de narrar que la lupa que vive en cercanías se esconde, se da cuenta de que su momento pasó, como también pasó el momento de Maigret, de Poirot, de Marlowe, de Sherlock. Por más humanos que parezcan los detectives de las series del momento es probable que pronto sean reemplazados por algoritmos que harán lo mismo, más rápido y sin los inconvenientes familiares o personales que todos llevan a cuestas. Es posible que la literatura, las series o la narrativa negra, como llaman la literatura de detectives, esté pasando por un momento negro. Ojalá que no…

Cosas…

… ¿Y qué más? pregunta la “cosa” cada vez que aparece…    

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Cosas 35

8 agosto, 2020 § Deja un comentario


Norte

Llevo una brújula a todas partes. Todos llevamos una. Algunos se vanaglorian de tenerla incluida en su configuración desde cuando llegaron al mundo. Otros, la mayoría, la llevan como agregado posterior. Los usuarios del celular, muchos lo ignoran, llevan, como yo, una brújula a todas partes. Me he preguntado cuál fue la razón para que los diseñadores de estos artefactos “inteligentes” entre comillas, decidieran incluir una brújula entre las utilidades al alcance de un toque suave. Para hacerlos más inteligentes es una razón de paso. Otra razón, no de paso sino de peso, es para proporcionar a los embolatados, inseguros, distraídos, vacilantes, movedizos, un “Norte” que les sirva de guía. Me pareció una razón de peso cuando la descubrí en el celular que llevo a todas partes, que miro cada diecisiete segundos y me sirve sobre todo de libreta de apuntes porque en él anoto lo que veo, a quienes veo, lo que hacen, cómo lo hacen y, lo he repetido en numerosas ocasiones, donde consigno las ficciones que sus acciones me sugieren; ficciones que, al fin y al cabo, no son las de ellos sino las mías. Por accidente, apreté donde no debí hacerlo, encontré la brújula en el celular y me sentí perdido. Entonces recordé un texto escrito hace ya algunos años para el Pequeño Periódico titulado “Norte” donde, con la ayuda de la brújula y sus orígenes chinos –una aguja de magnetita, mineral con propiedades magnéticas, pegada a un trozo de bambú que flota en un recipiente con agua y gira sobre su eje hasta indicar el Norte Magnético–, hacemos un recorrido por los “Nortes” con los que nos relacionamos. La brújula permitió descubrir que el Norte Magnético era un punto en permanente movimiento, cuarenta kilómetros cada trescientos sesenta y cinco días. Al Norte Geográfico llegó Robert Peary el seis de abril de mil novecientos nueve, cuando alcanzó el Polo Norte. Con ese Norte establecido en posición, coordenadas, eventos, lenguaje, y todo lo demás, apareció el Norte Simbólico, aquel lugar imaginario donde la expresión “Perder el norte” tiene origen; sin embargo, el Norte no solo se pierde, también se encuentra y significa: seguridad, éxito o al menos la posibilidad mínima de error. Pero el magnetismo del Norte Simbólico es endeble, tan fácil se encuentra como se pierde. Debido a los movimientos continuos del centro magnético de la Tierra cada trescientos mil años el Sur toma el lugar del Norte, en ese evento las brújulas indican el polo opuesto y toda la seguridad que representa el Norte Simbólico queda reducida a nada, las direcciones se trastocan, el Sur pasa a ser el punto de referencia y quien pierda el Norte pero halle el Sur se encontrará perdido pero en el lugar correcto, solo que cuando esto suceda será necesario adaptarse a otros códigos de organización, dirección y guía. Es posible que nos veamos enfrentados a esa situación. Sin embargo, existe un factor capital para tener en cuenta: el centro magnético de la Tierra está en su núcleo, las brújulas indican el Norte Magnético como punto de referencia pero como su desplazamiento es permanente, ese punto de referencia es incierto, igual que el Norte Simbólico. Si, llegado el momento, las brújulas indicaran el centro de la Tierra, como es posible que suceda, significaría que ya nadie tiene la necesidad de buscar el Norte Magnético como materialización del Norte Simbólico, todo el mundo estaría parado en su propio Norte, no sería necesario ir, venir o buscar más allá. Aquel símbolo de seguridad y en cierta forma de logro, estaría bajo los pies de cada uno. Parece una ficción y eso es, aunque es bueno tener en cuenta que en este mundo cambiante la ficción se repite hasta convertirse en realidad…

Cosas…

… Hay “cosas” que estremecen pero también hay “cosas” que alegran…

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Cosas 34

1 agosto, 2020 § Deja un comentario


Ojos

Fue la única de todas las presentes que me miró. Me miró, digo, porque al acercarme al mesón donde estaban exhibidas era la única que no tenía la cabeza derecha y los ojos a los costados como todas las aves. La que me miró era, de toda evidencia, de la misma familia de la veintena que la acompañaban pero distinta, la única que miraba, las otras tenían ojos pero no parecían ver; era también, la única de un color distinto al negro de siempre de las mariamulatas. La que me miró sin mover sus ojos era de un tono ocre oscuro, quizá no era una como las que inmortalizó Enrique Grau. Ninguna movía sus ojos, eran tallas en madera pintada realizadas por artesanos de la Costa. Sin embargo con aquella mariamulata sucedía algo curioso, sus ojos me seguían, si me movía dos pasos a izquierda o derecha sus ojos parecían desplazarse igual; si me paraba en frente, el mesón donde estaban exhibidas era relativamente bajo, sus ojos miraban hacia arriba, y cuando me agaché delante de ella y la miré de frente, sus ojos me siguieron. Le pedí a mi mujer que la comprara, le dije que sus ojos me perseguían y de paso, después de comprarla, cuando ya íbamos camino a buscarle un lugar en nuestra casa desde donde nos mirara fijo, sin pestañear, le conté que cuando era niño, tendría seis o siete años, vivíamos en el barrio La Candelaria de Bogotá cerca de la iglesia de San Alfonso María de Ligorio, donde me bautizaron y años después ardió hasta las cenizas en un incendio imposible de apagar. Vivíamos por allí en un apartamento de segundo piso al final de un pasillo de unos diez o quince metros donde también había otro apartamento, si recuerdo bien eran dos o tres por piso. En el primer piso ocupando la misma área de los apartamentos del segundo y tercero, tenía su estudio y cuarto oscuro un fotógrafo que colgaba a lado y lado del pasillo de entrada al edificio, con techo más alto pero de la misma extensión que el que llevaba a nuestro apartamento, fotografías de las personas que iban a su estudio para que les hiciera un retrato de cumpleaños, de compromiso, de grado o de estilo. Cada vez que pasaba por aquel pasillo, en las mañanas cuando salía para el colegio o al medio día cuando regresaba a almorzar; o en las tardes cuando salía de nuevo para el colegio y cuando regresaba entre las cuatro y cinco de la tarde, los personajes enmarcados y en sus poses fotográficas me miraban pasar, sus ojos me seguían desde la puerta de entrada hasta final del pasillo donde comenzaban las escaleras. No importaba si mi paso era rápido o lento, todos los ojos seguían mis movimientos y si me detenía se detenían y si corría hacían esfuerzos para no salirse de sus órbitas y seguir mi carrera, al menos eso era lo que yo creía. Era un juego que me divertía. Pasé muchas horas recorriendo aquel pasillo de un lado a otro, la verdad, se convirtió en el espacio de mis juegos y ellos, los retratados, en compañeros de aventuras con quienes inventaba encuentros y escondites. Sucedió igual con la mariamulata que aquella tarde no me quitó el ojo de encima. Hoy se encuentra en un pedestal en la entrada de la habitación donde paso la mayor parte de las horas del día y cada vez que paso a su lado siento su mirada, como sentía las que me seguían cuando caminaba o corría por el pasillo del fotógrafo. Ahora solo nos miramos, los espacios no son iguales y los tiempos tampoco…

Cosas…

… Qué “cosa”… si estuviéramos jugando un partido, del deporte que sea, podríamos decir que la “cosa” va ganando… 

Un recorrido virtual por los “Retratos Aislados” está aquí…

Cosas 33

25 julio, 2020 § Deja un comentario


Manos

El Juego de manos es un dibujo al “scratch” –una técnica que consiste en raspar con pluma sobre un cartón cubierto por yeso negro, al contrario del dibujo con tinta–. Es un dibujo de cuando era observador de manos y aun lo conservo cerca. Tres manos con todo: una izquierda, otra derecha y una tercera de apoyo. Quince dedos, cinco en cada una, la misma cantidad de uñas a pesar de que es posible que alguna haya cambiado de color por accidente, golpe o machucón; en las palmas, que no se ven, están las líneas donde los expertos definen lo que vendrá y lo que no. Hay quien dice: “… ‘El ojo táctil’ se encuentra en las puntas de los dedos…” esta frase estuvo, seguramente, al origen del dibujo y se manifiesta al rozar con suavidad, en círculos cortos, la yema del pulgar con las del índice y el corazón. Cuando hago ese movimiento, palabra sin voz, siento lo que no había visto. En ocasiones, cuando hablan, porque las manos hablan, lo hacen con una sola voz; esto no indica, por supuesto, que sean idénticas; las manos vienen con habilidades que se complementan en acciones con un mismo fin, aunque en términos simbólicos –izquierda, derecha– las divergencias son notables a pesar de que los extremos se junten. Durante años fui observador de manos: qué gestos hacen, cuándo los hacen, cómo se expresan, dónde y cuándo se esconden o salen a relucir. Un ejemplo flagrante es no saber qué hacer con ellas; dejarlas en los bolsillos o engarzadas en la espalda como garras para que nadie las vea; cuando las manos van a la cabeza puede ser signo de desespero o de viento que despeina; y cuando se cierran como puños o se estiran para frotar los ojos con las yemas de los dedos puede significar la intención de ignorar aquello que está ahí y bien ahí. Ellas obedecen órdenes pero su respuesta es cifrada. El personaje, ciego de nacimiento, de “Amanecerá y veremos” una novela corta, recobró la vista por accidente pero su sorpresa fue mayor cuando cayó en la cuenta de que el mundo que aparecía ante sus ojos, que siempre imaginó deslumbrante, lo era más cuando, ciego, lo descubría con los ojos del tacto. Muchos no saben qué hacer con ellas, actores en escena o gentes de a pie que, por los avatares del día a día, deben enfrentarse a otros que padecen el mismo drama, siguen entrenamientos intensos para encontrarles lugar. Hace poco en una sala de espera, a parte de aquellos que van de un lado a otro y se distraen mirando el piso o mirándose las uñas, observé que la mayoría pasa el tiempo con las manos sobre las piernas; manos sin expresión, sin ganas. De lejos, porque la sala era amplia, vi manos separadas, abiertas, una sobre cada pierna; cerradas cada una por su lado o apretadas entre ellas. Pocas veces, esa figura, podríamos llamarla así, sucede por angustia o cosa parecida, es el resultado de la espera, lo digo porque cuando se trata de algo distinto apretar no es suficiente, es necesario agarrar lo primero que se encuentre cerca, objeto o persona. Pero no todo es impulso irrefrenable,  hay manos que se mueven al ritmo de las palabras y en ocasiones son más expresivas que el discurso mismo, por supuesto, también las hay que callan bajo los brazos cruzados pero eso no les resta intención. A pesar de que tienen la misma configuración: palma, dorso y cinco dedos, cada uno con nombres bien definidos y en todas es igual, es imposible encontrar dos iguales, incluso en la misma persona. Las uñas, las mujeres las llevan pintadas, y los adornos: anillos, argollas, pulseras, sin mencionar los guantes porque podrían tomarse por disfraz, hacen la igualdad. Las manos,  cuando no se quedan quietas, hacen dibujos en el aire como en el  Juego de manos… 

Cosas…

… El anunció fue: la “cosa” es cosa seria… pero muchos no creyeron… ¡Qué cosa!

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