Cosas 16

4 abril, 2020 § 1 comentario


Botón

Más chinos. Se dice que de no haber sido por los chinos la humanidad se estaría amarrando las vestiduras con nudos de seda, los ricos; de cargazón, los pobres. Hasta 1350, año en que los cruzados trajeron los primeros botones a occidente, nadie de este lado del mundo había oído hablar de una posibilidad semejante para ajustar la ropa al cuerpo. Este aporte significó una de las mayores evoluciones en la manera de vestir, ya que se pasó de una sastrería elemental, consistente en camisones que caían hasta el piso para las mujeres o sacos sin mangas, con atadura en la cintura y tubos deformes para las piernas a veces ajustados o recogidos con botas o polainas, para hombres y mujeres. A partir de 1350 todo cambió, la nobleza y la burguesía de la época pudieron ajustar sus atuendos al cuerpo o dejarlos libres y cambiar de estilo cuantas veces fuera necesario hacerlo. Los botones, fueron considerados como un elemento estético de primer orden y se fabricaron de madera, marfil, porcelana, concha nácar, metal común o precioso con incrustaciones, grabados o con el monograma de la familia y aunque eran conocidos con la denominación de botones y fabricados artesanalmente con elaboradas incrustaciones no pasaban de ser adornos, en muchos casos, sin la función práctica para la cual se habían creado, por una razón sencilla: les faltaba el ojal. El 2 de febrero de 1421 el Emperador Zhu Di, inauguró la Ciudad Prohibida frente a invitados llegados de todos los rincones del mundo conocido. El Emperador y su corte, se presentaron a la celebración ricamente vestidos con prendas ajustadas a sus cuerpos por botones sostenidos en pequeñas ranuras con bordes reforzados, que más tarde, mucho más tarde, fueron conocidas como ojales en el mundo occidental. Aquellos fueron los primeros botones que cumplieron su labor a plenitud. La invención de la máquina de coser aumentó la producción de prendas de vestir pero agravó la situación del ojal hasta que un sastre francés ideó una máquina con un tipo especial de puntada que le permitió dar solución al ojal. Sin embargo hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX los ojales eran hechos a mano con la ayuda de una cuchilla en forma de hoz que al penetrar en el tejido permitía rasgar la tela que luego se reforzaba a mano con puntadas apretadas. Alrededor de los años sesenta una máquina de coser llegó con la posibilidad de reforzar los bordes del ojal, sin embargo, la rendija  por donde pasaría el botón debía abrirse a mano. La tecnología encontró la respuesta mediante un programa que se activa en las máquinas de coser y proyecta el número, el tamaño y el lugar donde se deben abrir los ojales en las prendas de producción industrial. Ni siquiera la invención de la cremallera ha rebajado la importancia del botón, pero es fundamental tener en cuenta que para que un botón sea un botón y no un adorno, necesita de un ojal que lo ajuste…

Cosas…

… La cosa que nos acorrala sigue ahí… Solo entre todos podremos convertirla en otra cosa…

Ficción La Revista ya está en circulación. Aquí…https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/4-ficcio_n-la-revista-no7

Cosas 15

28 marzo, 2020 § Deja un comentario


Llave

Como en todo, o en casi todo, hasta en la “cosa” que nos acorrala, hay un chino. En el origen de la llave también, aunque primero fue el aldabón para mantener ajustados, pegados uno contra otro, dos tablones que determinaban un límite. Cerrados, dijeron cuando la necesidad de mayor seguridad dio origen a la cerradura. Después, vino la llave que debía servir para despegar los tablones que luego llamaron puerta, cofre o escondite. “Bajo llave” se dice cuando alguno de los objetos mencionados está cerrado. Durante el Imperio los cerrajeros romanos hicieron llaves de hierro, de bronce o de cobre, incluso de oro que abrían cerrojos de los mismos metales, y fueron más allá, crearon la clave que solo la llave podía descifrar con medio giro sobre su eje. Llegaron a tal punto de minuciosidad que las hicieron de cualquier tamaño, a prueba de intrusos curiosos y crearon llaves tan pequeñas que perdían la figura de su función y más parecían adornos pero estaban hechas para abrir cofres secretos donde las damas o los caballeros, guardaban joyas, armas o venenos que utilizaban para sacar de escena enemigos o rivales. Con el paso de los siglos, las llaves, más no las cerraduras que necesitan de la llave para ser lo que son, adquirieron el estatus de símbolos. La costumbre de entregar las llaves de la ciudad a visitantes ilustres tomó fuerza desde el siglo IV. En la Edad Media, el candado, que ya había sido inventado por un chino, fue promovido por los ricos mercaderes y terratenientes para proteger sus fortunas. Candados grandes, de formas diversas y con adornos se pusieron de moda, sin embargo la llave llevó la delantera, para qué un candado sin llave. Los candados pasaron a segundo plano en el siglo XVIII cuando apareció la llave con muescas, cercana de la que conocemos hoy, con la posibilidad de abrir cerraduras más complejas, con mecanismos más precisos, y por supuesto, más seguras. Hace años a los amigos se les decía “Llave”, entonces sinónimo de amistad. “Salir del llavero” significaba que la amistad se acabó, fuera del llavero no había nada. Generalmente llevamos una llave en el bolsillo, en el bolso o en el morral, porque en algún lugar tenemos que entrar: una casa, un armario, un carro. Mi llave va engarzada en el mismo llavero desde hace años, se le nota el roce con la tela del bolsillo donde siempre la guardo, es el bolsillo a la derecha del pantalón que fue creado por los diseñadores de pantalones, estilo bluyin, para llevar monedas, en algunos lugares lo llaman “monedero”. En ese bolsillo que no fue concebido para llevar llaves van las mías cada vez que salgo a la calle. La llave y la billetera, a veces con billetes y con la cédula por si la policía me para y me pide papeles de identificación, son lo único permanente en mis bolsillos. Claro, lo no permanente cambia con frecuencia: un papel doblado, tres monedas que no van al monedero porque ahí ya están las llaves; un billete de dos mil pesos y una moneda de quinientos para el bus. Lo que nunca va en mis bolsillos son el pañuelo, la peinilla o la navaja, como se acostumbraba en otros tiempos. A pesar de que las llaves han cambiado de forma y tamaño, ahora son electrónicas y algunas funcionan a larga distancia, otras son solo un botón, somos poco conscientes de la historia que llevamos en los bolsillos…  

Cosas…

… Solo una cosa y depende la acción de todos…

Muy pronto circulará en nuevo número de Ficción La Revista… “Espérela”

Cosas 14

25 marzo, 2020 § Deja un comentario


Teclado

Cuando las cosas van a suceder, suceden, escuché decir cientos de veces en diversos momentos y lugares. El segundo día de reclusión obligatoria por la pandemia tuve la idea de limpiar el teclado de la computadora. Oprimo, aprieto, reprimo, incluso acaricio ese teclado, en ocasiones diez horas al día, hasta el punto que bien vale la pena limpiarlo y de una vez por todas eliminar la “cosa” que podría anidar entre sus teclas. Seguí los consejos del fabricante: “apague el computador y frote el teclado cuidadosamente con un pañuelo húmedo”. No utilicé esponjas ni líquidos que pudieran penetrar por las ranuras entre teclas, lo hice con un pañuelo de esos que venden por paquetes para limpiar bebés. Me apliqué a quitar no sé cuanto tiempo, horas, de ires y venires sobre el teclado, tal vez meses. No recuerdo la última vez que lo limpié y es poco probable que alguien lo haya hecho y no lo hubiera notado. Era ya noche cuando emprendí la limpieza después de una jornada frente a él. Al terminar fui a dormir. A la mañana siguiente el teclado estaba impecable, limpio, como nuevo. Prendí el computador e intenté las operaciones de siempre: abrir el correo, buscar dónde había quedado la noche anterior y seguramente responder algún mensaje o mirar una publicación. Cuando intenté escribir una palabra que incluyera la letra “a” o la “ge” o la “jota” caí en la cuenta de que el teclado no respondía. Lo intenté hasta confirmar que la hilera de la mitad donde las letras van de la “a”, hasta la “ele”, no respondía. Las únicas en esa hilera eran la “eñe” y el “punto y coma”, las últimas a la derecha. Poco a poco, en la búsqueda de una solución, encontré que la tercera columna de arriba hasta abajo también estaba desactivada; después de un buen rato de insistir, apagar y prender como aconsejan los técnicos, tuve que aceptar la evidencia, el teclado no funcionaba. ¿Lo dañé limpiándolo? o estaba a punto de “sacar la mano” como me dijo una de mis hijas para tranquilizarme. Esto sucedió el segundo día de la reclusión obligatoria la semana pasada. Mientras doy con la solución al problema, que aun no encuentro, la reclusión lo impide, recordé dos hechos. El primero sucedió una mañana de domingo hace un par de años cuando subía caminando por la canalización que lleva a mi casa. De lejos, en una de las bancas de cemento al borde de la acera, vi un personaje que ya había visto antes por allí acompañado de otro llamado Justo, ambos habitantes de la calle, con quien conversaba algunas palabras cada vez que nos encontrábamos, siempre en el mismo sector. Como hacía algún tiempo no veía a Justo me acerqué al hombre, me reconoció, y le pregunté por el amigo común. ¿Justo? se preguntó como si no supiera de él y entonces dijo: mire jefe, vinieron de sanidad y se lo llevaron para bañarlo, darle comida y ropa, pero imagínese que apenas lo bañaron se murió. Un mes más tarde vi a Justo vivo, recién bañando y afeitado en el banco de cemento de siempre. El segundo hecho sucedió en un cuento que escribí hace algún tiempo: un escritor pretende encerrarse en su estudio y escribir segundo a segundo una jornada de su vida, una suerte de crónica en tiempo real. Como era imposible llevar cabo el proyecto él solo como lo tenía imaginado, contrató un digitador que escribiera lo que él dictaba a la velocidad de las palabras. En las primeras líneas del cuento el digitador narra el momento: “… Me acomodó frente a una pantalla y un teclado viejo. En este teclado, advirtió, las letras tienen la tendencia de cambiar la “ese” por la “de”; la “i” por la “o”. Cuando uno cree haber escrito: apagó, resulta “apaguí” o “odeas” en lugar de “ideas”. Estas letras no son las únicas, dijo el escritor, hay otras que también se cambian pero las veremos a medida que las cosas pasen…” No diré si hubo o no crónica al final del día. Con las limpiezas y los teclados puede pasar todo y es bueno tener cuidado. Con la “cosa” puede pasar todo y es bueno también tener cuidado…

Cosas…

… Si nos cuidamos entre todos la “cosa” que nos acorrala será “otra cosa”…

Museo Maja, Jericó / informa:

Cosas 13

21 marzo, 2020 § Deja un comentario


Saúl Alvarez Lara / Esto no es una nube / Homenaje a Magritte /
/ Tinta sobre papel / 10 x 7.5 cms. / 2019 /

Setentena

Hace años las nuevas madres debían seguir una dieta de cuarenta días después del parto para recuperar fuerzas luego de nueve meses de embarazo, para alimentarse bien y alimentar al recién nacido. Era una cuarentena para limitar los movimientos de la madre y, a la vez, prepararla para el embarazo siguiente. La “dieta” como la llamaban, cuarentena no es atractivo, no impedía a la madre recibir visitas, siempre y cuando permaneciera en casa. La cuarentena de hoy, que no es una dieta, puede llegar hasta los últimos días de mayo, setenta y dos días, según las prescripciones y órdenes del Gobierno Colombiano. Esto quiere decir que iniciamos una “setentena” con limitaciones parecidas a las de las madres de antes: no salir de casa y alimentarse bien, pero con algunos agregados: hacer ejercicio, trabajar ya que la tecnología lo permite y no recibir visitas; además de recomendaciones de higiene que todo el mundo conoce o debe conocer. Aislarse. Alejarse de todo contacto físico con otros, es, según parece, la única manera para detener el virus, la “cosa”, que nos puso en “setentena”. Por mi parte la “setentena” aparece como un imposible al despertar cada mañana porque seguramente cuando sueño, no todas las noches sueño o no recuerdo lo soñado, suceden cosas que me llevan a lugares donde ocurren pero distintas. El imposible de cada mañana deja de serlo a medida que se levanta el día y, a pesar de que no he logrado situar en el tiempo y el espacio la “setentena”, las cosas de cada día: el trabajo y los objetos que me rodean toman su lugar, entonces la reclusión obligatoria se disimula. Todos los días, con una rutina de fortuna hago ejercicio, subo y bajo escaleras como si estuviera de afán, hago poses de estiramiento y otros movimientos que no sé explicar durante una hora, más o menos. Después me siento frente al computador. Evito las redes sociales y la profusión de consejos sobre lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, sobre todo porque la mayoría son noticias falsas o ciertas, vaya uno a saber, y discursos científicos o pseudocientíficos que estimulan el morbo. Si a estas alturas de la “setentena” no lo he entendido estoy jodido. Leo los titulares de los periódicos, artículos relacionados o no con el momento, veo cortos de Chaplin que me llegan porque sigo a alguien, ojalá sea a Chaplin mismo, y también leo algunos blogs: “El lector salteado” o “Un diletante en la cocina” que llevan una suerte de bitácora de la situación y la mezclan con literatura, eso me parece bien y me procura lectura. No sé si lo saben pero llevo años escribiendo ficciones cortas y haciendo dibujos a pluma en papeles de diez por siete punto cinco centímetros que mi amigo Serge Herbiet me trajo de Barcelona, entonces me aplico a escribir y a dibujar buena parte de las horas del día. Escribo unos retratos cortos para una exposición que, si se da, llevará este título: “La otra cara del retrato” con la palabra retrato escrita al revés; y dibujo personajes quizá atormentados porque esperan algo que no sucede y eso los agita un poco. También escucho música y la repito y la repito. Las otras horas leo. Voy a citar dos frases que leí no más ayer. La primera en un texto sobre el pintor colombiano Alberto Iriarte, Mefisto, donde Santiago Londoño cita a García Márquez a propósito del empleo del tiempo del pintor: “… No ha vuelto a leer un periódico, y en sus horas de trabajo no hace más que leer y escuchar música. Pero en sus horas de ocio pinta…”. La segunda en “El hombre que camina” el libro que Franck Maubert escribió sobre la escultura de Alberto Giacometti que lleva el mismo título: “… ¿qué busca Giacometti? mostrar lo que no se ve, la cara oculta. Leer a través del retrato el hombre entero…” Así pasan los días de la “setentena”, no creo que vaya a llevar una bitácora de lo que hago, seguramente resultarán notas y retratos a la pluma en papeles pequeños, pero me seguiré lavando las manos sin salir a la calle. Todos los días lo mismo, solo que cada día distinto…  

Cosas…

… Hay cosas buenas, regulares y malas. Cuidémonos entre todos de la “cosa” contagiosa que acecha por todas partes. Es una acción de todos…

Museo Maja, Jericó / informa:

Cosas 12

18 marzo, 2020 § Deja un comentario


Saúl Álvarez Lara / Retrato después / Pluma y papel / 10 x 7 cm. / 20

Después

Después, no sé. Incertidumbre total. ¿Habremos cambiado, seremos distintos, miraremos al otro con otros ojos?, llegado el caso de que lo miremos, claro está. ¿Nos miraremos a nosotros mismos con otros ojos? Son algunas de las preguntas que me acosan ahora que nos encontramos acorralados por el miedo. He leído que de esta emergencia saldremos distintos: quienes nos gobiernan saldrán distintos; los dueños del dinero, saldrán distintos; los que en definitiva manipulan todo, politiqueros y empresarios promotores del consumo desmedido, saldrán distintos. Y aseguran que saldremos distintos porque el fracaso de la sociedad de consumo se manifestó con la pandemia que nos acorrala, no nos deja salir, nos pone a lavarnos las manos cada que podamos, quedarnos en casa y saludar de lejos, sin manos ni besos ni abrazos, incluso a los que están en casa. ¿Y después qué? Es una pregunta con demasiadas aristas. ¿Después?, nada. Seguiremos igual, como leí en uno de los tantos mensajes en redes: “… Dentro de un año nos estaremos riendo del coronavirus. No todos, claro…”. Y sí, así será. Después no habrá después porque, como los gatos, le echaremos tierra encima y lo olvidaremos. Tal vez hayamos caído en la cuenta de que no estamos solos, que este mundo “es un pañuelo” pero como somos criaturas de repetición es posible que volvamos a lo mismo, como si nada o como lo imponga la moda. Después caeremos en la cuenta de que hacer creer que estábamos preocupados por la “cosa” fue inútil, incluso agresivo, porque pocos verdaderamente se preocuparon; quizá solo aquellos atacados por la “cosa” y quienes los cuidaron. Después, algún tiempo después, poco tiempo, claro, las editoriales comerciales publicarán novelas que narran los altibajos de dos, tres, cinco, personas o familias, incluso barrios enteros en ciudades acorraladas por el virus y el miedo, que se venderán como arroz porque la desdicha de los otros vende y es así como se enriquecerán unos pocos y los otros seguiremos pensando que lo que suceda, sucede, claro, a los otros, porque lo que pasa al lado, a la vuelta de la esquina, no es con nosotros; también habrá una que otra película y seguramente los chistes en redes seguirán, pero sobre otra “cosa”. Esta “cosa” ya pasó, punto. Sin premeditarlo, antes de escribir esta Marginalia, empecé a hacer unos dibujos, a la pluma como siempre, de personajes. Retratos pensé que serían, quizá autorretratos imaginarios. Sin embargo, al dibujarlos, al hacer los primeros trazos no pude evitar que el sujeto del retrato se duplicara o triplicara, se imbricara como capas superpuestas y el resultado fuera el retrato de un personaje que no es el mío, sino, el de quien escribió este texto, un personaje sin “después” o con el mismo “después” de siempre…

Cosas…

… Si todo va bien, la “cosa” que se está regado por el mundo nos habrá hecho caer en la cuenta de que después de ella queda otra “cosa”, distinta a la “cosa” que había antes de la “cosa” que hoy nos acorrala… 

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

Cosas 11

14 marzo, 2020 § Deja un comentario


Nona

Desde hace algún tiempo recibo en mi correo información sobre las obras y exposiciones de Christopher Stott, pintor americano de quien solo conozco sus obras, nunca he visto una fotografía suya; sin embargo, desde la primera vez que por casualidad, en un recorrido por la virtualidad me crucé con ellas, llamó mí la atención la precisión de su trazo, el aura de unicidad, de organización y desorganización, de uso con que representa libros, maletas, máquinas de escribir, de confites, cámaras, teléfonos, sillas, relojes, y sobre todo, llamó mi atención el momento en que los pinta rodeados de esa suerte de soplo que solo es posible en la luz de las horas nonas. Stott dice que pinta los objetos tal como son, sin efectos, solo un poco más grandes que su tamaño original. Hace pocos días tuvieron lugar dos sucesos que se unieron en el tiempo, en su tiempo, puesto que se trata de relojes. El primero fue la constatación de la presencia de cuatro relojes en la habitación, escenario donde la fragilidad del tiempo se manifestó, donde paso las noches y muchas veces los días. Cada reloj señalaba una hora distinta, algo que sin lugar a dudas lleva a equívocos. En uno eran las tres menos cinco, ¿de la mañana?, ¿de la tarde?; en otro, la una menos veinte, según eso veníamos de pasar la media noche o el medio día; el tercero, que obligó con mayor razón la duda, marcaba la una y veintitrés. Muy fácil dirán algunos, basta mirar por la ventana si es día o noche para determinar cuál de ellos está más cerca de la luz del momento, de la posición del sol, de la intensidad de las nubes, de si la luna o las estrellas, en fin, posibilidades infinitas se presentarían con solo mirar por la ventana. El cuarto, marcaba las nueve y diecinueve, ¿de la mañana? Decidí abandonar aquella necesidad espontánea de conocer la hora, no tenía importancia. Desde que intento convivir con la ficción, el paso de las horas o la hora misma lo determina el momento de la narración. El cruce con los cuatro relojes en la habitación sucedió como un contratiempo. Fue entonces, quizá segundos, minutos, quizá horas después del primer suceso, cuando al recorrer la virtualidad encontré en el último correo de Christopher Stott un óleo de sesenta por noventa centímetros titulado “Diez relojes”. Todos distintos, pero iguales porque marcaban la misma hora: las diez. ¿Las diez de qué?, ¿de la mañana?, ¿de la noche?, ¿de la mañana y de la noche?, ¿cuáles a una hora?, ¿cuáles a la otra? El único hecho concreto, si así pudiera llamarlo, pero hace parte de las ficciones de Stott y seguramente de quienes miran sus pinturas, como yo, es la hora nona en que las pinta…

Cosas…

… Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, dijo un maestro a sus alumnos cuando el tema central de la reflexión era: el origen de las cosas…

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

Cosas 10

7 marzo, 2020 § Deja un comentario


Carta

Era el final de la tarde, no había oscurecido aun y la luz del sol cada vez más rasante estiraba las sombras. La calle, empinada y estrecha del centro de esta ciudad desconocida desbordaba de gente que iba y venía, cuando la acera se hacía estrecha los pasantes debían bajar a la calle, sin embargo no había encontrones ni atascos, todos circulaban a sus anchas y ninguno miraba el suelo. Debía ser yo el único porque desde una distancia respetable, entre las piernas del gentío, vi la carta de baraja entre el borde de la acera y una grieta que no la dejaba volar al paso de los transeúntes. No le quité más el ojo. Soy algo supersticioso y si estaba al revés era porque escondía alguna de las figuras y seguramente traería buena suerte. La carta que fuera me traería suerte. La distancia entre ella y yo se acortaba a cada paso. La duda de que alguien más la hubiera visto y se adelantara a recogerla me asaltó a unos diez metros de donde se encontraba. Aceleré como pude, bajé a la calle y un poco más libremente la alcancé. Antes de agacharme a recogerla tuve que dejar pasar una señora con un niño que también vio la carta pero como a esa edad, quizá menos de diez años, la suerte está en otra parte no le importó o no le interesó el grabado de los gallos de pelea que van de un lado a otro en ella. En el mismo momento en que la toqué con mis dedos, la agarré, la saqué de la grieta donde estaba y me levanté para mirarla y ver si era un as, una reina o un rey o mejor aun, un comodín, y ojalá de ninguna manera un tres o un cuatro, un hombre tan alto como yo, con barriga y vestido de gris se acercó y dijo, muéstreme qué carta es, si es un as, nos va a ir bien. El uso del plural de su parte me dejó fuera de base, era la primera vez que lo veía, no éramos amigos, ni siquiera vecinos de acera y quería apropiarse por lo menos de la mitad de la suerte que me correspondía. No dije nada, lo miré sin mirar la carta y tampoco la destapé; en ese momento ni él ni yo sabíamos qué carta tenía entre manos. Entonces repitió, si es un as nos va a ir bien, muy bien. Entonces le dije, no sé que carta es. Y él insistió, destápela y veamos. No, le dije, es de mala suerte mirar las cartas de naipe que uno se encuentra en la calle. El hombre me miró con los ojos de par en par. ¿Cómo? preguntó. Sí, le dije con voz de conocedor, no la puedo destapar porque entonces la suerte se va y eso sería grave. Sin decir más y sin mirarla la guarde en el bolsillo interior de mi chaqueta. El hombre no lo podía creer. Si hay una, debe haber otras por aquí cerca, una de esas debe ser la suya, le dije y seguí caminando como si llevara la suerte en mi bolsillo. Lo importante de esta historia es que hasta el sol de hoy, esto sucedió hace más de un año, no he mirado la carta, la guardo entre otros papeles que mantengo cerca y no la he mirado. Me creí mi cuento…

Cosas…

… Un comodín es una cosa especial que se encuentra entre otras y sirve para sacarlo a uno de apuros. Hay cosas así…  

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 30 / 03 / 2020

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