Silla 6

9 febrero, 2019 § Deja un comentario


… “Es Cosa mentale” dijo Leonardo del proceso del arte…
… Vila Matas lo citó el siete de enero de este año…

“Cosa mentale”

La Wilmersdorfer Strasse bordea una plazoleta berlinesa. En la cuarta esquina o en la primera según de dónde se mire, está el hotel Leonardo. Bajo el nombre del maestro, grabado en el vidrio de la entrada El hombre de Vitruvio, el dibujo donde Leonardo estudió las proporciones ideales del cuerpo humano, recibe los huéspedes. Tres días estuve en aquel hotel. No salí. Algún compromiso con la obligación de cumplir en tiempo limitado lo impidió. Reproducciones de fragmentos en blanco y negro de obras de Leonardo decoran pasillos, salones y otras estancias del hotel; la expresión singular de La virgen de las rocas, el dije de La bella del hierro, los ojos caídos de Ginevra de Benci, el torso del guerrero de la Batalla de Anghiari, el índice de San Juan el Bautista, incluso el perfil del ángel de la Anunciación. No vi rastro de la Gioconda ni de La última cena. En lugares estratégicos del lobby, salas de reunión y de trabajo, sillas en cuerina roja capitonadas con botones nacarados y espaldar de triple altura, hacen el juego a las reproducciones en blanco y negro. En frente del puesto de trabajo donde me instalé durante los tres días, la silla roja y el ángel de la Anunciación fueron testigos de jornadas interrumpidas solo para tomar café de una máquina cercana o para considerar largamente la silla y el ángel que me acompañaban. Poca gente pasó por allí, así que tuve tiempo y tranquilidad para cumplir mis compromisos y también para imaginar al maestro Leonardo en aquella silla después de haber creado, diseñado y por supuesto cocinado y servido algún banquete para Ludovico Sforza, el Duque de Milán; o quizá, después de pasar horas en su taller imaginando la máquina para hacer pasta o pensando cómo hacer para emular el vuelo de los pájaros. Tres días imaginé al maestro Leonardo en aquella silla antes o después de la realización de alguno de sus proyectos, incluso lo imaginé mientras hacía los cálculos para el Hombre de Vitruvio o repetía con gestos sencillos la sonrisa de la Gioconda. Debo decir que a medida que las horas y los días pasaban era más y más difícil imaginar a Leonardo en aquella silla. Seguramente esa sensación de imposibilidad aceleró la ejecución de mi trabajo; facilitó el final la presencia del ángel de la Anunciación que, aun en sentido contrario al pintado por el maestro, parecía ser él. Al amanecer del cuarto día llegué a la conclusión de que quizá por desmesurada y sin gracia, Leonardo no se hubiera sentado nunca en esa silla. “Cosa mentale” me dije…

Hechos…

Silla es nombre femenino. Sirve para sentarse, tiene cuatro patas y solo cabe una persona. Viene del latín sella, derivado del verbo sedere, sentarse…

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Silla 5

2 febrero, 2019 § Deja un comentario


… La imaginación tiene estaciones que la razón ignora…

Yuba y Miró

Parece una obra de Miró. Las líneas magenta y fucsia se cruzan templadas por la estructura negra y metálica; se enroscan en ella, siguen su forma, la limitan y la incluyen en el espacio. Sin embargo, no se trata de una composición del pintor catalán, se trata de la silla sin ocupante que al entrar en la casa para ancianos donde vive Yuba, el abuelo andoque, sabio, que remontará con nosotros el río Amazonas hasta Puerto Nariño, se encuentra a su lado. Yuba Andoque, tomó el apellido de la étnia donde nació y creció, vive en Leticia capital de la Amazonía colombiana, en la casa donde fuimos a visitarlo desde el día en que el aguardiente adulterado le robó los ojos, de esto hace cerca de cuarenta y cinco años. Cuando llegamos, estaba bajo la sombra de un alero en compañía de otros ancianos en el patio central de la casa, al escuchar la voz de Carlos Guillermo Gutiérrez nuestro compañero de viaje, médico, guía, y leticiano por adopción, levantó la cabeza, alegró su cara, nos vio y sonrió, fue mi primera sensación. Sin embargo, no nos vio o, si nos vio, nos vio como solo él puede ver: distinguió a Luz Elena, mi mujer, por el tono sabroso, lo dijo, de su voz; a Carlos Guillermo por el calor de su presencia; no sé por qué me distinguió, quizá me presintió cuando ocupé la silla con aire de obra de Miró a su lado. Aquí me llaman Juan Andoque Andoque pero mi nombre es Yuba, dijo con la mirada sin ojos puesta en el lugar de donde le llegó mi saludo. Aunque su mirada vacía parece ver, puede más su sonrisa; sonríe con facilidad, sonríe entre palabras, habla en tono bajo, murmura, dice lo que tiene para decir y sonríe de nuevo. Su manera de ver, de reconocer, de distinguir, incluso de oler y sentir los espacios por donde circula es así, al tacto, como sus murmullos. En el patio donde pasa las horas y los días hay otras sillas con diseños, podríamos decir, salidos de la imaginación del pintor catalán. Yuba seguramente las conoce, alguien las ha descrito para él. No parece muy aventurado decir que Yuba y Miró, habitantes de mundos lejanos y distintos, comparten un lugar en ese espacio infinito que solo ve la imaginación…

Hechos…

… En la antigua Roma, los cónsules disponían de una silla reservada para su transporte: la curul, un asiento en ocasiones sin respaldo con incrustaciones de marfil y patas cruzadas en forma de equis…

Silla 4

26 enero, 2019 § Deja un comentario


Bajo el sol nada es como uno imagina…

Se acabó el helado

Bajo la sombra, al otro lado de la calle frente a la banca en listones de madera curada, el clima es sostenible. Allá, en la banca, bajo el sol es insostenible. Minutos antes de la fotografía, la banca estuvo ocupada por una madre joven y un niño de tres o cuatro años que no gusta del sol picante y quiere partir pero la madre, joven y a la moda, camiseta con letreros que no logro leer, bluyines rotos en las rodillas, tenis rojos y cachucha también roja, retiene al niño por la cintura, lo carga, lo deja a su lado, permite que baje al piso, cuando intenta escapar lo atrapa por la cintura y lo retiene contra su cuerpo. El niño que también viste a la moda, igual a la madre, lleva un helado en vaso desechable que no abandona ni en los momentos más apretados de sus intentonas de escape. Nada fuera de lo común, una madre y un hijo inquieto que recibió un helado para que se calme y no se calma. La madre retiene al niño pero no lo mira, su cara, sus ojos y su deseo están en el lugar de donde llegaron, sin duda espera algo o alguien que no ve. El niño insiste, intenta evadirse, hace fuerza, no llora y come helado con sabor múltiple: caramelo, chocolate y arequipe. El forcejeo ha hecho que la madre se mueva de una punta a la otra de la banca pero sin dejar de mirar, abismada, hacia el lugar donde espera ver lo que no ve. Después de diez, quizá quince minutos, un lloriqueo devuelve la madre a su lugar. El helado se acabó y el niño reclama. Ella lo abraza por la cintura, lo levanta y parte con él bajo el brazo en dirección contraria al lugar donde tenía puestos los ojos. Entonces dudo, quizá no es un niño, quizá es una niña que lloriquea, patalea y deja caer el vaso desechable que, en el piso, es testigo único de lo que su madre no logra ver en el lugar aquel de donde vinieron. Después vino la fotografía…

Hechos…

… El ratán es una de unas seiscientas​ especies de palmera trepadora del género Calamus originaria de la isla de Java. Son plantas de tallo delgado y elástico que se utiliza trenzado, como soporte en cestería, mobiliario y silletería…

Silla 3

19 enero, 2019 § Deja un comentario


Toda silla lleva, hasta en su sombra, una historia…

La sombra y el desayuno

La sombra es la premonición del objeto, de la hora, del lugar. Su posición delata una presencia, ahora, ausente. El lugar es el pasillo-balcón alrededor del patio, entreverado por plantas y flores, en el piso bajo de la Casa Rosada en Jericó, Antioquia, donde los desayunos son, eran, excelentes. Digo eran porque suceden eventos, órdenes oficiales o caprichos, que determinan la duración de todo, incluso de los desayunos en la Casa Rosada. La presencia, anterior a la sombra, había terminado el suyo: huevos revueltos con o sin tomate, arepa-tela blanca, tostada y redonda, dos porciones de queso, café jericoano con leche porque pocos lo toman negro y sin azúcar a esa hora, y pandequeso recién horneado para completar. El piso de tablilla revestida por el paso del tiempo y el roce con zapatos de todo material, incluso tacones puntudos, traquea, ¿se queja?, no, se alegra por los visitantes, mi mujer y yo, que llegamos para ocupar la mesa recién abandonada. La sombra obliga un  intento por imaginar al caballero que partió satisfecho, al tiempo de nuestra llegada, y en su partida dejó la silla como la encontramos, recostada contra la mesa: mayor, camisa amarilla y libro bajo el brazo. Lo del libro y la camisa amarilla son detalles del caballero que, en compañía de dos damas, veo cerca de la puerta de salida, también rosada y entreabierta. Sin dudarlo ocupamos la mesa y la silla a la que la sombra pertenece. Don Jaime, el patrón, nos ofrece el desayuno completo. Completo, sí, pero con café negro, doble, y sin azúcar, insistimos nosotros…

Hechos…

Durante la Dinastía Ming (1368-1644), China abrió sus puertas a la llegada de extranjeros que quedaron impresionados por el refinamiento del trenzado con rejilla de ratán en las sillas que utilizaban las familias nobles.

© Saúl Álvarez Lara / 2019

Silla 2

12 enero, 2019 § Deja un comentario


… Hay sillas en la paz, la guerra, el amor, la desidia, el compromiso, el hambre, la furia o la soledad; sin excepción cada una lleva indeleble la huella de una historia o de un encuentro. La Marginalia narrará los encuentros con aquellas que se atraviesan, están o solo esperan… 

Se desmorona

Nadie puede sentarse en ella porque se desmorona, decían. Sin embargo durante años estuvo cerca. En los primeros tiempos su puesto fue un lugar visible al lado de los sillones, era como una silla de acompañante, un estrapontin, donde nadie podía sentarse porque el solo intento de hacerlo levantaba las voces de los presentes: “…no, no se siente ahí, esa silla se desmorona…” El único que logró ocuparla fue un muñeco de año viejo, relleno de paja, llegado un treinta y uno de diciembre de La calle de la Madera en Rionegro donde los exhiben y allí se quedó, rígido por la falta de articulaciones, hasta marzo o abril. Año viejo fue testigo mudo y quieto del día a día hasta que cansados de su presencia lo plegamos por la fuerza y lo mandamos a la basura. Si bien se salvó de la quema la noche de año viejo no se salvó de la basura algunos meses después. La silla entonces, volvió a su función original: estrapontin sin ocupante. No tengo memoria de cuando decidimos pintarla de rosado, tal vez para hacerla más visible y al mismo tiempo destacar su posibilidad de desmoronamiento; sin embargo, el tiempo que puede con todo, pasa y está, a la vez, hizo que se diluyera y ya nadie intentara ocuparla, se diluyó tanto que su figura no dejó rastro y cuando llegó la hora de la reforma, una hecatombe indescriptible, desapareció. Nada es eterno y cuando la hecatombe pasó, una reforma es como un terremoto o dos incendios, la silla reapareció maltrecha después de meses de arrume en bodega bajo enseres, como ella, recuperados de la catástrofe. La encontré maltrecha camino de la desaparición y ya, sin disimulo, dejando ver la posibilidad de desmoronarse en cualquier momento…

Hechos. En el siglo XVI la silla se convierte en mueble de uso común, aparecen entonces sillas o taburetes con asiento de paja o rejilla…

© Saúl Álvarez Lara / 2019

Silla 1

5 enero, 2019 § Deja un comentario


… Las sillas están en todo: la paz, la guerra, el amor, la desidia, el compromiso o la soledad; sin excepción cada una lleva indeleble la huella de una historia o de un encuentro. La Marginalia narrará en los próximos números, los encuentros con aquellas que se atraviesan, están ahí o sencillamente esperan… 

Encuentro a las tres

A las tres de la tarde de este último jueves la vi. El sol picante de tierra fría la golpeaba de frente. La vi desde la calle, llamó mi atención pero seguí mi camino, iba en busca de una ferretería y ella, la silla amarilla con barrotes a manera de espaldar, hacía parte del mobiliario en una cafetería desierta. Me alcancé a alejar unos quince metros pero su figura brillante bajo el sol fue más y regresé; seis mesas con cuatro sillas cada una, iguales pero de colores distintos, llenaban el espacio pequeño duplicado por un espejo del tamaño de una de las paredes de costado. Me vi en el reflejo. Vi, también en el reflejo, a una mujer agachada detrás de la vitrina organizando cajas y paquetes. Saludé. No escuchó, repetí el saludo. Ella levantó la cabeza, miró al espejo y respondió: “buenas tardes”. Quizá pensó que, por el sol, iba a pedir algo para tomar y por eso pareció sorprendida cuando pregunté: “¿puedo tomar una foto de la silla?” Respondió con un “sí” entre dientes. Dejé la silla amarilla allí mismo donde la vi desde el primer momento y tomé una foto con mi celular. Dudé y entonces hice una segunda foto de su reflejo en el espejo. Agradecí a la mujer, no respondió, y salí al sol picante de tierra fría con la foto de la silla amarilla entre mis cruces…

Hechos. En la antigüedad la sillas eran en metal o marfil adornadas con piedras preciosas e incrustaciones en oro o plata, tenían por objeto exhibir el poder de quienes las podían utilizar…

© Saúl Álvarez Lara / 2019

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