Tabucchi

17 noviembre, 2018 § 2 comentarios


Nunca he estado en Lisboa. Un amanecer, hace años, se presentó la ocasión de subir a un tren que me llevaría pero alguna razón que persisto en ignorar, miedo a la distancia, a lo desconocido, lo impidió. No fui en aquella ocasión y en ninguna otra. No se presentaron más. Preferí lo seguro, lo conocido, lo cercano. Esto me recuerda algo que un amigo me dijo, “…Unos días antes de iniciar un viaje al otro lado del mundo una amiga triste por mi partida me dijo: si pudiera, te acompañaría hasta Lisboa. ¿Lisboa?¿y por qué hasta Lisboa? preguntó preguntó mi amigo. Porque más allá de Lisboa es muy lejos, respondió ella…” Me quedé con la anécdota y durante años, cuando alguna situación viene al caso la recuerdo, sin embargo, es la primera vez que la publico.


Nunca he estado en Lisboa y varias veces he escrito sobre historias que allí suceden. En una ocasión el sabor del Vinho Verde y las sardinas en aceite de oliva durante una conversación de amigos en alguna terraza frente al mar, ocupó buena parte de una historia sobre aromas y sabores. En otra, el itinerario de Pessoa por sus calles “… las
plazuelas solitarias intercaladas entre calles de poco tránsito y sin más tránsito, ellas mismas, que las calles… (El Desasosiego)”, me persiguió buen trecho de una página. En otra historia un personaje se disimuló de sus perseguidores, sentándose al lado de la escultura de Pessoa en la terraza del “Café A Brasileira” en el barrio del Chiado. Y entonces apareció Tabucchi. Dicho así parece como si en algún viaje me hubiera cruzado con él en una calle empinada que lleva del río al castillo, o en el tranvía que pasa por la Plaza de Figueira, o comiendo una tortilla de las que tanto gustaban a Pereira, o me encuentro con él compartiendo mesa en el pequeño restaurante indio donde iba con frecuencia a comer Balcão de pollo. No conocí a Tabucchi pero eso poco importa, fue en algunos de sus libros donde lo conocí.


El primero, “Pequeños equívocos sin importancia” lo encontré en la estantería de una librería una tarde que no tenía nada para leer. Como no conocía el autor, nunca había oído hablar de él, compré el libro porque el título me atrajo y estuvo bien porque allí encontré relatos que me pusieron frente a una ficción desconocida, una ficción entre estar allá y pasar acá sin condición. Luego, también por casualidad, vi en televisión “El Nocturno Hindú” la película que Alain Corneau realizó de la novela de Tabucchi del mismo nombre. Busqué el libro y lo compré. El viaje, la búsqueda que se pierde en el personaje, la India profunda y encantada de la que ya Tabucchi había hablado en “Los trenes que van a Madrás”, uno de los relatos de “Los pequeños equívocos…” Sentí cercano y posible estar allí, entonces tomé prestado el nombre del hotel donde baja el personaje del “Nocturno Hindú” en Calcuta para hospedar allí un personaje lejano, casi invisible, de una novela que escribía por aquellos días, “La silla del otro”.
Tomé prestadas situaciones, a veces palabras, en ocasiones frases completas de Tabucchi y siempre se lo dije entre comillas. Lo seguí después por las calles de Lisboa tras la figura de Pessoa en “Réquiem” y de allí tomé prestado el menú, vino incluido, que toma con su personaje en el restaurante de Goa, siempre tan conversador, que reseñé en una revista de vinos para la cual escribí algunos textos. Nunca vi a Mastroianni en Sostiene Pereira,  la película de Faenza, el día que pueda lo haré sin dudarlo, sin embargo lo veo perfecto en la figura del atormentado Pereira y como ya dije, si algún día voy a Lisboa espero probar una de aquellas tortillas que tanto le gustaban.


Me encuentro con Tabucchi en muchas partes, incluso en el diálogo de “Nubes” el relato de “El tiempo envejece deprisa” donde habla de la “Nefelomancia”, el arte de adivinar el futuro observando las nubes. Conocí una persona que practicaba el mismo arte pero no para adivinar su futuro, sino para confirmar sus números de suerte. Dudo, sin embargo, que lo haya seguido bien porque hay detalles, situaciones que se confunden y seguramente los coloco en lugares donde no deben estar, como una historia que me atrajo particularmente, he puesto en práctica, y sitúo e
n “Pequeños equívocos sin importancia” aunque es posible que esté en “Recuerdos inventados” de Enrique Vila-Matas, él sí amigo de Tabucchi. En ese relato un personaje escucha frases sueltas en la calle y uniéndolas construye la historia que los fragmentos escuchados le sugieren. Y como tengo la costumbre de seguir a Tabucchi y en muchas ocasiones los detalles se unen para hacerlo, traigo a cuento una situación que ya mencioné en otras Marginalias: el trasteo que sucedió como un incendio. Entramos en la segunda fase del proceso: desempacar lo empacado. Hablo en particular de los libros, el segundo detalle. El primero es Tabucchi y su narración construida con frases ajenas. Desempacando libros lo recordé y entonces tomé al azar frases de algunos que sin orden pasaban por mis manos, como si las escuchara en la calle. Una frase de cada libro. Por supuesto, cada frase es una historia, sin embargo siguiendo los pasos de Tabucchi, es posible que una se construya.


“… Desde entonces… Los verdaderos secretos… Como fue imposible convencerla… A unas cuantas cuadras en el mismo Paris… Al despertar el día… Desde el balcón… Terminamos de cruzar el salón… Es de izquierda porque ama las masas… La luna se puso grande y redonda… Hablemos del amor pero no hablemos de amores… Cuando una hora después Milly… Sin embargo no dejé correr mucho tiempo las lágrimas… El Director me habló… Una de las tribus de indios americanos… Esperar, lo decían todos… Louis Le Grand, donde realizó sus estudios solamente hasta tercero… Toda mi vida desde que era un muchacho… Hoy ha muerto mamá… Casi todas las mujeres sensibles… Ya lo ve príncipe… En pleno medio día de un día de fines de septiembre… Como casi ninguno de ustedes me conoce… ¿Cómo, dónde y cuándo comenzó todo esto…? Ya lo advirtió Borges… Esto no es un Magritte… Era verano y el muchacho estaba recostado en el heno… Como casi todo en la India… Cuando tenía once años… Para el viaje no se requiere sino el deseo… Los primeros años de mi vida los pasé junto al fuego… Ese mismo día ya llegados a… Un nuevo mundo de sabores… La primera vez que se sorprendió a sí misma… El ajo siempre ha sido más que un condimento… Prometí a usted que de regreso de Venecia… No hay duda de que Guernica… Menos de cincuenta años nos separan… El ritmo de la cámara en movimiento… Todos los seres humanos… Supe de este artista… En una carta datada en junio de 1946… Habíase establecido en Brujas… Lo que había visto en esta imagen… A hombres de todos los tiempos… Su gran mérito aparte de su producción literaria… Todas las técnicas que ha practicado… Estamos ahora en el otoño… Hace algunos años teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo…” 
Aquí voy, diría un amigo mío.
Argumento. La historia, como Tabucchi, vendrá en el momento menos pensado, y entonces solo hay que seguir sus pasos… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2012 / 2018

“365 fragmentos de nada” se encuentra en librerías
Pregunte por él en la Editorial UPB o donde su librero de confianza

Anuncios

Tiempo quieto

22 septiembre, 2018 § Deja un comentario


Inmovilizar el tiempo, que el día o la noche no lleguen, que las manecillas del reloj no giren, que las gentes en la calle sean estatuas al final o al comienzo del movimiento. Aparcar el tiempo un instante, un segundo, una acción, una coincidencia, aunque alrededor todo sea ruidos, voces, sirenas, roces, es suficiente para que la ficción ejerza. Aquí van cuatro…

… En una columna estrecha hay un reloj imitación cu-cu, suizo, que funciona con pilas y marca las horas con tonadas navideñas. Un aviso copia de los años veinte anuncia perros calientes con mostaza por veinticinco centavos, “Los mejores en la ciudad” reza el eslogan debajo de la salchicha caliente, con un arabesco de mostaza, entre el pan. Un dibujo a la punta fina de Edward Duigenan artista irlandés de Jericó representa las distintas partes de una máquina de café, firmado por él con fecha del ocho de diciembre de dos mil quince, escrito a lápiz en la parte baja del marco, fuera del dibujo, el título: “Café Saturia”, un lugar en Jericó donde pasan el buen café del suroeste. Debajo del dibujo de Duigenan el objeto de esta nota: una pintura pequeña, un óleo, con marco tallado, dorado y decorado con adornos de estilo, el marco parece excesivo para la pintura, sin embargo van bien juntos; la pintura representa unas flores, cartuchos blancos con pistilos amarillos, que surgen del centro del pétalo enroscado hacia la base donde se une con el tallo y deja de ser blanco para pasar al verde. Se alcanzan a ver detalles de hojas y tallos. Son cinco flores recortadas contra un cielo azul con escasas nubes casi transparentes. La pintura siempre está torcida. Muchas veces la he enderezado pero minutos después o cuando la vuelvo a mirar está torcida de nuevo. He revisado el aplique en la parte de atrás del marco para arreglar el desnivel y no tiene aplique, tiene una cuerda. Revisé que la cuerda estuviera equilibrada, pegada a la misma altura de cada costado. Si alguien se toma el trabajo de colgar el centro de la cuerda del clavo en la columna la pintura debería sostenerse derecha. Sin embargo se desnivela. Debe ser la gente, mi mujer o alguna de mis hijas o yo, o algún pariente que al pasar cerca no la mira y ella, sensible, se inclina al paso de quienes no la ven  o la ven pero la ignoran como sucede con cientos de objetos…

… En el restaurante donde la especialidad son los frisoles bostonianos en El Carmen de Vivoral, mi puesto está frente a dos copias de Alejandro Obregón, una de Manuel Hernández y otra, copia también, de un pintor que no conozco. El salón con mesas incontables, seis sillas por mesa y una persona por silla es un nido de murmullos, de ruido de platos, de voces, de cubiertos que chocan y de órdenes que se demoran en llegar a la mesa. Los frisoles bostonianos son buenos, quizá un poco grasos; el plato, una suerte de cazuela con salchichas y chicharrones picados corto, llegan a la mesa hirviendo. Hay que esperar antes de probarlos. La técnica de preparación, imagino, debe ser sencilla: cocinan los frisoles a primera hora del día, quizá varias ollas al mismo tiempo y los dejan reposar; en ese estado, mientras enfrían, pican menudo los agregados ya cocidos. En el momento en que llegan al servicio los pedidos de la sala las cocineras mezclan todo: frisoles y agregados y los llevan entre diez o quince minutos al horno de carbón. El horno no es amplio, caben entre ocho y nueve cazuelas durante el tiempo indicado, mientras tanto, otros cocineros, preparan el plato que acompaña: arroz, ensalada de repollo picado fino, una rodaja de tomate, una porción de aguacate y dos tajadas de plátano maduro. Pasado el tiempo de horno, cuando la cazuela hierve, la llevan a la mesa; unos instantes después llega el plato con los acompañantes. El servicio es lento y los comensales terminan por mirar para todo lado con ojos perdidos porque su pedido no llega y el hambre acosa. La mejor salsa es el hambre dicen los expertos en lides culinarias y los propietarios de “La Frisolera” la ponen en práctica con excelentes resultados: los clientes se comen todo lo que llega a sus mesas y además, les parece exquisito. En esos momentos de flotamiento, mientras los comensales no saben qué hacer y el hambre acosa, lo que queda es mirar las copias de las pinturas de Obregón, de Hernández y, por supuesto, la del pintor desconocido que, quizá, no es copia…

… Las nubes son un misterio de forma, contenido y densidad. No se quedan quietas, se mueven al deseo del viento, suben, bajan, se desintegran hasta convertirse en jirones, fragmentos diminutos o nada, solo rastro; siempre hay rastro de nubes, aun tras el cielo azul compacto, limpio y claro “como ojos de gringa” reza el poema de Gonzalo Arango, tras una veta que se abre paso en el azul del cielo, aparece la nube. Antonio Tabucchi escribió la historia de un hombre sentado frente al mar Adriático que observa las nubes, practica “nefelomancia”: el arte de adivinar el futuro observando las nubes. Desde mi puesto, no frente al Adriático como el personaje de Tabucchi, sino frente al paisaje con montañas lejanas verdes y azules y verdes oscuras con bosques aquí y allá mezclados con los cientos de tonalidades de verde en todas partes, del oriente de Antioquia observo las nubes, las descubro, hago intentos por descifrar alguna de las formas que llegan, sostienen la pose unos segundos y cambian. Recuerdo alguien que encontraba en las nubes los números que más tarde jugaría a la lotería. Aunque los busque no identifico números; lo más perceptible es el movimiento lento, lentísimo, que apenas se siente. Escribo lo que el lector viene de leer y cuando levantó los ojos la forma en el cielo es otra, no es número, es solo la punta final de una masa que va lejos o no va más porque solo tuvo su momento frente a mí en el instante en que no la miré. La punta desapareció, fue consumida por otra masa que se desplaza detrás, delante, más abajo o más lejos. A pesar de la densidad y el tamaño, las nubes son ligeras pero llevan en ellas el suspenso del momento, la forma y por supuesto el número, pero hay que verlo…

… Hago tiempo antes de una cita y entro a un lugar amplio donde solo hay mujeres. Pido un salpicón que consumo cucharada por cucharada, despacio. Ocho mujeres. Seis en tres mesas, hablan, hacen visita, se desatrasan o trabajan, es posible; difícil saberlo porque el salón es grande y no alcanzo a escuchar lo que dicen. Las otras dos están solas frente a sus computadoras, igual a las anteriores: trabajan, se desatrasan o visitan el mundo paralelo. Solo dos de las que están en grupo consumen algo, desde mi puesto parece un helado pero no lo puedo asegurar. Mientras observo las mujeres solas y las que están en grupo llega otra, joven, rubia, flaca y alta, acompañada por un hombre rubio, flaco y alto como ella. La diferencia entre ella y él está en la barba de tres días. Ella y él llegaron con bandejas en la mano y desde que ocuparon su mesa, paralela a la mía, comen sin hablar y sin mirarse, entre mordiscos a algo parecido a un sánduche chatean, como tienen la boca llena prefieren conversar por celular; hablan entre ellos, me digo. Mientras observo la pareja otra mujer llega sola y ocupa un lugar a mis espaldas, lleva coca-cola y pastel en una bandeja de plástico gris que deposita en la mesa y sin sentarse aun toma el pastel entre sus manos y le da un mordisco, no veo su cara pero escucho el celular que suena al lado de la coca-cola. No puedo decir que ese celular fue el primer ruido pero a partir de él, poco a poco los ruidos aumentan en el salón. No sé de dónde vienen. El zumbido de motores, el golpeteo de martillos como almádanas y el roce de metales cada vez más cerca me acorralan, entonces, sin terminar el salpicón, salgo el salón de las mujeres que, aparentemente, no escuchan nada…
Argumento. No tengo tiempo, dijo el primero. Lo mismo repitieron el segundo y el tercero. El cuarto se llevó la mano al cuello y dijo: el tiempo se detuvo, la historia no…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

Ya está en librerías “365 fragmentos de nada”
Pregunte por él en la Editorial UPB o en la librería más cercana

 

Nefelomante* (La nube y yo)

13 febrero, 2016 § Deja un comentario


208-Nube-1Un amanecer, porque no lograba conciliar el sueño, prendí mi “tablet”. Llegué al cuento de Roberto Arlt, “Odio desde la otra vida”, donde narra que un hombre ocupa un puesto detrás de otro en un restaurante, no están juntos, ocupan mesas separadas. El que está detrás alcanza a notar sobre la cabeza del vecino de adelante que una nube roja se sostiene justo encima de su cabeza y nota también que de la nube sale lo que piensa en ese momento. El vecino piensa matar a su novia. Un pensamiento difícil porque de la nube no cae explicación alguna de por qué o cómo piensa hacerlo. No termino de leer el cuento. Con la idea de inmiscuirme en las nubes de aquellos que encuentre en la calle, espero una hora al alcance para todo el mundo y salgo sin decir a nadie para donde voy
Un almacén cualquiera. Me paro en un rincón y espero o asumo la pose de quien espera. Cerca de mí se para un hombre joven, con uniforme, sin pelo, con cara de aburrido y la mirada fija en el piso, es un vigilante. Cambia de lugar cada vez que parece haber analizado el piso en detalle. La gente pasa alrededor y él no mira, aplica la técnica de vigilancia que los expertos llaman reojo, sin duda es un profesional. Me pongo nervioso, que alguien me mire sin mirarme me atormenta, de su nube se desprende que me vigila. Cambio de lugar y de pose para ver si él cambia al ritmo mío pero no lo hace, tiene el dominio del lugar sin necesidad de hacer un solo desplazamiento. Solo mira el piso. Es lo que aparenta. Al cabo de unos diez minutos de confrontación sucede un hecho inesperado. Una mujer entra en acción. Abraza al hombre, lo besa como si no se hubieran visto en los últimos años o no se fueran a ver más, separa un poco su cara, la mirada del hombre sigue fija en el piso, es un profesional a toda prueba
Un letrero verde con letras blancas y negras, escondido a medias bajo medio techo de latón es el punto de encuentro de un grupo de jubilados. Llegan, se saludan con la mirada o si tienen que hablar algo particular con alguno que ya se encuentra allí, se cierran sin fuerza la mano y se dicen lo que tengan que decir. Los otros no se entrometen en la conversación, es más, ni siquiera se miran entre ellos, saben que están allí, recostados a la acera o contra el poste de La Miscelánea y hablan, las palabras caerán donde deben caer y allí encontrarán oyente. Uno de ellos, por cuarta vez consecutiva, prende el tabaco, mordido húmedo de saliva y a medio quemar. Lo prende por cuarta vez y aspira como si fuera la última vez que lo va a hacer. Está sentado en un banco de madera alto. Con el tabaco entre los dedos, se apoya en las piernas que por la altura del banco están a medio estirar. El hombre aspira el humo, se apoya en las piernas y mira a lado y lado la gente que pasa. Una nube pequeña casi invisible ronda su cabeza. El hombre no espera nada, lo que suceda vendrá bien. Una mujer se acerca y hablan. Se conocen, por la actitud de ambos es evidente que se conocen. La mujer desconcentra al hombre. Se le apaga el tabaco, se para del banco donde esperaba el paso de la gente y se mueve para la otra esquina. La mujer no para de hablarle y perseguirlo, el hombre regresa al lugar inicial, donde estaba el banco, debajo del letrero pero no se sienta, la mujer lo persigue. El hombre incrusta el tabaco apagado en su boca se apoya en las rodillas y aunque la mujer no para de circular alrededor y gesticular, el hombre vuelve a la pose de la espera y con ojos sin ver sigue los pasantes y no escucha a la mujer. La nube pequeña que ronda su cabeza está roja de impaciencia cuando prende el tabaco por quinta vez
208-Nube-2 Otro lugar. Una mujer ocupa el puesto libre a mi lado. La noto atareada. Incómoda. Desde el primer momento se trenza en una lucha silenciosa con el cierre del bolso que lleva sobre las rodillas. El cierre se atranca y no cede, la mujer insiste con fuerza. Sobre su cabeza ronda una nube de tormenta. Poco a poco domina el cierre y logra abrirlo hasta la mitad. La mujer respiró hondo y con la misma mano con que logró la proeza, la derecha, se arregla el pelo y escarba al interior del bolso. Al cabo de unos segundos de buscar a tientas saca una billetera pequeña, la palpa, la siente como la quería sentir. Respira hondo como el hombre del tabaco y aprovecha el respiro para morder las uñas de la mano libre, mientras con la derecha comienza a sacar billetes y a contarlos. No sé cuántos cuenta pero lo hace varias veces hasta confirmar que allí tiene lo que esperaba tener. Devuelve los billetes a la billetera y la billetera al bolso pero no lo cierra, lo aprieta contra su regazo tan fuerte como puede. Mientras estuvo a mi lado mordió las uñas de sus manos, una vez la derecha otra la izquierda, con pequeños lances nerviosos. La nube de tormenta campeó siempre sobre su cabeza
Kilómetro y medio caminé detrás de un hombre que carga una caja sobre sus hombros. La caja es pequeña. Por el cambio de manos y de lado que hizo por lo menos seis veces durante el trayecto deduje que era pesada. En ningún momento el hombre cambió el ritmo. Es de los que piensa que el camino difícil mejor caminarlo rápido, se cansa uno más cambiando de ritmo y de paso cada que la fatiga acosa. Fue lo que alcancé a percibir en la nube que lo siguió sin abandonarlo. El hombre mantuvo su ritmo. Yo, caminando detrás, si cambié el mío en varias ocasiones porque al intentar seguir su marcha como soldados en fila, perdí el paso y tuve que correr o espaciar mis pasos para mantener el suyo. El hombre no cedió. A mitad de camino pensé que iba de afán, que llevaba una encomienda urgente y tenía una hora límite para entregarla. También pensé que tanto peso solo podía ser porque llevaba piedras o, se me ocurrió pensar en algo más extravagante: lingotes de oro. Puede ser me dije, es funcionario de alguna empresa de transporte de valores. Casi al final del recorrido, se detuvo, depositó la caja sobre un muro y tomo un respiro. Pensé que había notado mi presencia. Me detuve también y me disimulé detrás de un árbol con la esperanza de que mi nube, yo también tengo una, no me delatara. El hombre miró para todos lados, menos hacia donde me encontraba. Miró, retomó la caja y siguió su camino con la misma energía. Hubiera podido seguirlo hasta verlo desfallecer y soltar la caja que al chocar contra el piso desparrama lingotes de oro o botellas de vino que no se rompen en todas direcciones
208-Nube-3 Otra calle, otra hora, el mismo día. Veo una mujer de espaldas y sobre ella una nube. Como en el cuento de Arlt, de la nube cae, como una lluvia, lo que la mujer piensa. Caen letras e imágenes, me costó interpretar lo que caía y antes de que se fuera, porque partió inmediatamente después, alcancé a ver una torta, tres velas en letras, y un cuchillo, pero no uno para cortar tortas, era un cuchillo de carnicero. Cuando la mujer se fue, se llevó la nube con ella. Un hombre vino a tomar su lugar. Como mi papel era no mirar a la gente, sino sus nubes, no lo miraba cuando me tocó el hombro. Sorprendido lo miré, vi sus ojos desorbitados, su bigote escaso y sus dientes disparejos a pocos centímetros de mi cara, no sentí su aliento ni el volumen de su presencia. Murmuró algo sobre su hermana y agregó: no tengo plata. Recordé unas monedas que tenía en el bolsillo y se las entregué. El hombre siguió en el mismo lugar como si esperara algo más, como si las monedas no hubieran sido suficientes. Lo miré de reojo para ver qué estaba haciendo. El hombre no me miraba. Yo podía perfectamente no estar allí y su actitud no habría cambiado ni él hubiera ocupado más o menos espacio, estaba allí con cara y figura de anónimo y no esperaba nada, es lo único que, con respecto a él, puedo asegurar. La nube sobre su cabeza parecía de mentiras. Su presencia, su hermana, incluso las monedas que le entregué podrían tener origen en algún “efecto especial” producto de mi imaginación o de la nube que también ronda mi cabeza y quizá alguien ve…
*… Y así como se han formado, en un instante se disipan, y es precisamente en ese instante cuando un auténtico nefelomante debe ejercer su propio arte, para comprender lo que predice la forma de determinada nube antes de que el viento la disuelva, antes de que se transforme en aire transparente y se convierta en cielo… Tomado de “Nubes” cuento de Antonio Tabucchi en “El tiempo envejece deprisa” donde un hombre enfermo enseña a una niña el arte de la nefelomancia que consiste en ver el futuro en las formas de las nubes…

Print
Argumento. Un hombre, también puede ser una mujer, tiene el talento para presentir las nubes sobre las cabezas de otros, incluso sobre la suya. Un medio día bajo un calor infernal no distingue su nube en el reflejo de la vitrina que tiene en frente. Así, bajo la tenaza del calor comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2015 / 2016

Libros publicados por Ficción.La.Editorial
Los encuentra en: ficcionlaeditorial@gmail.com o saulalvarezlara@gmail.com
Print

 

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando las entradas etiquetadas con Antonio Tabucchi en .