Cosas 31

11 julio, 2020 § Deja un comentario


P38

El año pasado, en un almacén de muebles, me crucé con una silla que me trajo a la memoria las novelas de Antoine de Saint–Exupéry. La forma de la silla, quizá parecida a la que ocupaba en su P38 cuando desapareció en el norte de Africa en julio de mil novecientos cuarenta y cuatro, me trajo el recuerdo y ocupé la silla a riesgo de que alguna de las empleadas me llamara la atención o intentara vendérmela. Miré a lado y lado como si desde aquel lugar pudiera distinguir la costa mediterránea o el desierto del Sahara donde transcurrió “El Principito” una de sus narraciones más leídas, sino, la más leída. Seguramente porque Saint–Ex., como lo llamaban sus allegados, ha estado alrededor desde hace años, tengo objetos que lo recuerdan. El libro mencionado y otros como “Piloto de guerra”, “Correo del sur”, “Vuelo nocturno” que fueron lecturas de otros años rondan en lugares precisos de las estanterías con libros que hay en mi casa. Una chaqueta de cuero usado, como el de la silla aquella, y forro reforzado para el frío de las alturas, descansa en un armario cercano. El avión que conservo y desde el primer momento, cuando lo vi entre los cacharros de un taller de soldadura, me pareció el P38 de Saint–Ex, ocupa un lugar preferencial detrás de mi puesto de trabajo. Recuerdo que lo distinguí entre desechos de latón, alambres retorcidos, tornillos, tuercas y abundante polvo oscuro por el hollín y la grasa. El avión, pequeño, cabía en la palma de mi mano, sobresalía porque su fuselaje era una bujía para motor de gasolina, la rosca de la bujía parecía la cabina del avión coronada por una hélice maltrecha, las alas debajo del fuselaje y también de latón oxidado, dos escarpines a manera de esquíes hacían las veces de llantas. Fue tal mi entusiasmo al verlo y rescatarlo de entre el amasijo donde se encontraba que, cuando pregunté a Edison el dueño del taller, cuánto valía el avión me dijo: lléveselo, se lo regalo. Quise preguntarle por qué había ensamblado ese avión pero sin darme tiempo, me dijo, espéreme, entró al taller y regresó cinco minutos después con un libro en la mano. Era “Vol de nuit” en francés en la edición de 1935 de “Le Livre de Poche”. El libro que en la portada tenía una ilustración del P38 en pleno vuelo en medio de nubarrones oscuros, estaba ajado, las puntas dobladas y el borde de las hojas amarillento por el tiempo y el polvo oscuro del taller. Lo saqué de aquí, dijo, un día, hace tiempo, apenas comenzaba con el taller, una señora trajo una caja con cachivaches y me dijo: como usted vende cosas viejas y usadas ahí le dejo esa caja que estorba en mi casa. En esa caja venía el libro. Como no sé francés y me gustan los aviones guardé el libro que según el momento, el día o el estado de orden del taller pasa de un cajón a una estantería o debajo de alguna mesa de trabajo; pero, dijo con seguridad en su voz, no lo boto ni lo regalo ni lo vendo y, como a usted le gustan los aviones, llévese el avión y yo me quedo con el libro. Así llegó la versión de Edison del P38 de Saint–Ex a mi casa. Con frecuencia, entre sesiones frente a la computadora miro el avión con la esperanza de ver lo que Saint-Exupéry veía en los cielos infinitos, con horizonte lejano, poblados de nubes, estrellas y sobre todo de imaginación…

Cosas…

… La “cosa” vino para quedarse… eso dicen, a menos que… que ¿qué?…

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