Silla 46

16 noviembre, 2019 § Deja un comentario


… Un taburete en Marsella…

Taburete y empanadas

Marsella es un caserío al borde de la carretera. A lado y lado una suerte de parque separa la vía adoquinada de las casas con ventanas de colores y balcones bajos donde los habitantes se acomodan a ver pasar, conversar o recordar acontecimientos sucedidos o por suceder. El parque hace que las casas, porque se disimulan tras los árboles, parezcan pocas, sin embargo son suficientes para los trescientos sesenta y tres habitantes. Tal vez porque se encuentra al borde de la carretera el caserío tiene nombre de ciudad grande: Marsella, también puerto frente al Mediterráneo. Una tarde de agosto, Sergio nuestro amigo artista, mi mujer y yo, pasamos por Marsella al regreso de Jericó a una hora en la que el almuerzo, ya lejano, ha dejado espacio para la angustia que llega con las ganas de comer. Aunque no sabíamos si en aquel caserío con nombre de ciudad grande encontraríamos algo que apaciguara nuestras angustias paramos frente a la iglesia, pequeña, con atrio amplio y vista sobre los techos más allá de los árboles del parque. En uno de los costados de la iglesia, al otro lado de la carretera adoquinada y empinada un café con terraza, tres mesas recostadas contra las paredes amarillas entre las puertas abiertas a la penumbra del café y una mujer morena, grande, vestida con delantal azul cielo detrás de una parrilla donde fritaba empanadas, aparecieron como la solución a nuestras angustias. Subimos los tres escalones hasta la terraza con piso de baldosa amarilla y losanges vinotinto, mesas y taburetes de madera teñida con tintura oscura, espaldar y asientos de cuero crudo con remaches de metal oscuro. Todo normal, incluso los afiches anunciando el “ron Parce” desconocido para mí. Rodeamos el taburete caído en un lugar donde no interfería con el ir y venir de los parroquianos aunque en ese momento éramos los únicos además de Elkin, el dependiente, y la morena vestida de azul cielo ocupada con las empanadas. Rodeamos el taburete, la morena trajo las empanadas, diez; Elkin sirvió dos cafés y una botella de agua; hablamos con él de una cosa y otra: los habitantes de Marsella; el tiempo, los carros que pasaban, el “ron Parce”. No mencionamos el taburete caído en el piso. Elkin no lo mencionó, ni siquiera lo miró y nosotros tampoco. Era un espacio vedado. Sin embargo, la imaginación, como es su costumbre, voló: está allí porque alguien salió corriendo y lo tumbó; o porque se rompió y Elkin espera que el pegante seque; o, más imaginativo, porque así quedó después de la pelea; o, aun más, porque quien sufrió el síncope cayó de espaldas, nadie se atrevió levantar el taburete y, como un monumento, lo dejaron como quedó en memoria del caído. Las empanadas deliciosas, la mejor salsa es el hambre dice Julián Estrada; terminamos con ellas, con los cafés, pagamos la cuenta, esquivamos el taburete en el piso antes de bajar los escalones y prometimos a Elkin que volveríamos. Después de aquella tarde he pasado varias veces por Marsella. El café abierto siempre, la morena de las empanadas por ningún lado y el taburete, que estimuló la imaginación hasta el drama, tampoco…          

Hechos…

… En 1924 Xavier Pauchard diseñó Tolix una silla en acero cromado con la posibilidad de almacenamiento en pilas. Tolix es uno de los hitos en la historia del diseño industrial…

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 22 / 11 / 2019

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