Silla 28

13 julio, 2019 § 1 comentario


…El taburete verde…

Retrato del vigía

La primera vez que hablé con él no fue la primera vez que lo vi. Lo había visto, sin hablar con él, sentado en el taburete de cuero verde descolorido por el uso. El taburete era, en ese momento y sigue siendo ahora, su taburete, el de Humberto, el hombre mayor, sonriente, primo de un expresidente, nadie es perfecto, que vivió en Estados Unidos y por eso se entiende en inglés con los turistas que dejan sus carros en el parqueadero donde es vigilante – administrador o al contrario. No hablamos antes de aquella mañana de domingo, porque nos habíamos limitado a lo que teníamos que hacer: él, cobrar después de dos o tres días, el valor del parqueo, y yo, dejar el carro a su cuidado. Aquella mañana de domingo tuvimos tiempo para conversar porque después de varias noches de parqueo fue imposible sacar el carro; un cliente nocturno, hombre o mujer, nadie supo decirlo, Humberto tampoco, dejó su carro obstaculizando la salida de los que estaban allí. Mientras se afana marcando teléfonos que logra descifrar en la libreta de registro de entradas y salidas atiborrada de números escritos unos sobre otros con tinta, lápiz o incluso con lápiz rojo, en busca de la propietaria o propietario desconocido, tuvimos tiempo para una conversación entrecortada. Entre llamadas fallidas, me enteré de su vida en los Estados Unidos y del saludo que el primo expresidente le lanzó la última vez que se vieron: ¡Eh…, Humberto!, ¿…todavía estás vivo? Entre frases y mientras se levanta del taburete para hablar con quien responda en los números que marca, espero, tomo fotografías de las palomas que vienen a escarbar entre los granos de maíz que deja a los pies del taburete y, por supuesto, del taburete recostado contra el muro amarillo en el portón del parqueadero. El único que lo utiliza es él, ni siquiera su ayudante, otro hombre mayor que lo acompaña durante el servicio ocho o diez horas diarias, se atreve a ocuparlo. El lugar donde el taburete, o Humberto, pasa recostado buena parte del día, es estratégico, desde allí ve la calle por donde suben los carros en busca del parqueadero y también, más frecuente, alcanza a ver el televisor, prendido siempre, encima del escritorio al interior del hangar. Cuando el evento, fútbol, ciclismo, tenis –o cualquier otro–, película, programa de variedades o noticiero llega al punto de no retorno, Humberto mueve el taburete al interior frente al televisor y abandona el puesto de vigía. Su ayudante, entonces, lo reemplaza desde la acera y él se concentra en la pantalla. Entre el puesto de vigía y el televisor pasa los días; seguramente ha pasado años, no pregunté cuántos, pero los imagino suficientes para dejar marcas imborrables en la pintura verde que cubrió el taburete y el cojín, ya casi inexistente. Dicen que los objetos se parecen a sus dueños, no es difícil asegurar que ese taburete sea el retrato de Humberto. En ocasiones cuando llego y no lo veo pero el taburete está en su lugar, recostado contra el muro amarillo, lo veo aunque no esté por allí…

Hechos…

Existió un modelo de silla con dos versiones: una con piezas sin tornear, respaldo y adornos verticales, diseñada en madera preciosa y con asiento en trenzado vegetal. Se utilizó en las colonias del Nuevo Mundo hasta el siglo XVII. La otra, sin trenzado en el asiento y sin brazos fue también utilizada en la misma época por gentes menos avenidas. Una era la silla Brewster; la otra, la silla Carver… 

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla 27

6 julio, 2019 § Deja un comentario


…La silla es para la utilería…

El equilibrista y su ex…

Lo vi en esquinas distintas subido a una cuerda extendida a medias entre dos árboles. Como las veces anteriores su peso marca el ritmo de los malabares y hace una ola profunda en la cuerda. Esta vez, a pesar de que es el equilibrista de otras esquinas, no parece el mismo, hace malabares con los aros de siempre, con la sombrilla verde de siempre, con los balones y pelotas de plástico de siempre. Pero no es el mismo. Al pie de uno de los árboles donde está atada la cuerda un mujer joven, colega, compañera, tal vez novia del equilibrista espera. En otras ocasiones, en las pausas, lo apoya o va de automóvil en automóvil recibiendo las donaciones. Es ella, no hay duda, es la misma joven que he visto otras veces con él; sin embargo esta vez el desdén domina su figura, como si estar allí fuera una carga insoportable. En una de las pausas que permite el cambio de luces del semáforo, el equilibrista y la joven hablan, gesticulan, discuten, ella llora, él se abraza a ella; él habla; ella no acepta sus palabras, quizá explicaciones. Cada vez que intenta abrazarla, acercarse, hacerle entender, ¿entender qué?, ella rechaza la explicación. La discusión toma el tiempo de varios cambios de rojo a verde; cuarenta y cinco segundos para hacer el número mientras la luz del semáforo está en rojo y otros cuarenta y cinco, mientras la luz está en verde, para reposar, concentrarse, preparar los elementos para el siguiente número y ejecutarlo. Varios cambios de luces pasan y la discusión no termina; ni las explicaciones, ni los abrazos rechazados, ni las lágrimas logran aplacar ¿la ira?, ¿la duda?, ¿el desengaño? De repente suena una fanfarria. Es el celular de ella, se aleja, va a recostarse contra uno de los árboles donde está atada la cuerda. Habla y llora mientras él, que debería hacer su trabajo: malabares, cuerda floja, juegos de manos, espera. Ella deja el celular, habla y llora; él espera. Cuando termina la conversación ella, sin gestos de despedida o reproche, se aleja. El equilibrista no se mueve, espera entre los árboles donde está atada la cuerda. La joven se aleja una calle, se detiene y mira hacía donde está el equilibrista. Toma una decisión y regresa a la esquina donde el equilibrista espera con la mirada fija en el asfalto. Ella se acerca, él la ve y una pequeña, muy pequeña, sonrisa aparece en sus labios. Ella va hasta la silla de amoblamiento público desaparecida bajo aros, balones, sombrillas; busca, escarba, rebusca, y cuando encuentra, saca lo que encuentra del arrume, lo aprieta bajo el brazo y sin mirar atrás parte con paso que no deja entrever el regreso. Solo ellos saben qué pasa y no hay quien lo pregunte. ¿Para qué?…

Hechos…

… La primera silla moldeada en una sola pieza de plástico fue obra y diseño de James Prestini, Robert Lewis y Edgar Kaufman. El Museo de Arte Moderno de Nueva York la presentó en 1968 en una feria de muebles de bajo costo: The Low Cost Furniture Show

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla 26

29 junio, 2019 § Deja un comentario


…¿Quién mira a quién?…

La mecedora indiscreta

La mecedora en el costado del patio del primer piso frente a la ventana pequeña, cuadrada, dividida en cuatro: dos vidrios transparentes, arriba y dos opacos con textura verde y azul, abajo, del segundo piso donde, en apariencia no se ve a nadie, es un puesto de primera fila para la mirada indiscreta. Detrás de la ventana, en la habitación siempre a oscuras, se distingue apenas una cortina de color claro, quizá blanca, tamizada por el vidrio. Casi siempre uno de los postigos corredizos está abierto y alcanzo a ver desde mi puesto en la mecedora del primer piso, sin interrupciones ni reflejo de nubes, el interior en penumbra. La ventana es pequeña, deduzco que la habitación también, individual o doble, pero pequeña. En las mañanas, cuando ocupo la mecedora frente a la ventana, el interior parece tranquilo, como si alguien despierto ya hiciera pereza antes de levantarse. Solo una tarde, casi noche, mientras esperaba a mi mujer, la ventana estaba cerrada. No puedo asegurar si esa tarde, noche, o la mañana siguiente tuve la sensación, por primera vez, de una presencia en la habitación. Una forma, una silueta, se movió de un lado a otro, incluso noté que la cortina siempre corrida hacia el costado derecho tembló, como si alguien la hubiera rozado. A partir de aquel día, cada vez que regreso a este hotel en el suroeste, ocupo la mecedora a la espera de que la silueta o quien está del otro lado de la ventana se manifieste. Lo tomo como un “remake” de la “Ventana indiscreta” de Hitchcock, solo que al contrario: el observador, afuera, es quien espera que el observado, adentro, aparezca. Es cierto que la sensación de que alguien mira, quizá toma fotografías de quienes durante el día ocupan la mecedora, es inminente. Cuando, sentado allí, presiento la cámara sobre mí, asumo actitudes de actor en escena. Simulo que no miro, que estoy ocupado, me levanto o me siento, voy a la cafetera y me sirvo un café en pocillo desechable, lo bebo lentamente, lo saboreo, tomo un periódico o una revista de la mesa auxiliar y leo, bueno, no leo, ni siquiera miro las letras; con disimulo de actor en escena, mis ojos están fijos en el lente que me observa desde arriba, desde el interior de la habitación. La ventana parece discreta por su tamaño pero la penumbra permanente algo tiene de indiscreta…

Hechos…

Los arcones, aparte de servir como cajones donde guardar objetos domésticos durante la Edad Media, eran utilizados como asientos por familias humildes que no poseían sillas y menos aun muebles donde guardar cachivaches. En las noches, dos arcones juntos servían de cama…

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla25

22 junio, 2019 § Deja un comentario


…La silla cosida…

“Sombrero”

Su nombre es John Jairo, es dueño de una colección interminable de sombreros que cambia cada día, por eso lo llamo “Sombrero”. Vende frutas y tiene un puesto a dos calles de donde vivo. Lo veo desde la mañana que instaló el puesto en la entrada de un callejón profundo y estrecho entre una tienda de mecato y una bomba de gasolina. Los primeros días tenía pocos clientes, el negocio estaba aun por madurar y “Sombrero”, todavía no lo llamaba así y desconocía su nombre, pasaba las horas sentado en una silla blanca de plástico, la misma que después se rompió y tuvo que coser en el espaldar, a la espera de algún comprador. Fui de los primeros en preguntarle por los aguacates; me acercaba, los acariciaba como es costumbre hacerlo y le pedía que me ayudara a escoger dos para el almuerzo. Cada vez “Sombrero” parecía más a la espera; un día, a fuerza de verlo quieto y con los ojos encendidos, le llevé un libro de cuentos cortos de Augusto Monterroso. Compre los dos aguacates de costumbre y le entregué el libro: aquí le traje, dije, para que lea mientras llegan los clientes. Ese día me enteré de su nombre. Nunca le pregunté si lo leyó, y como no hizo comentarios deduzco que no lo hizo: quizá lo dejó sobre alguna mesa, de la mesa pasó a estar debajo de una silla y luego cerca de unas cajas para llevar y traer frutas. Con cada cambio de puesto el libro desapareció un poco hasta que un día desapareció del todo. “Sombrero” no es lector pero tiene talento y ojo para elegir frutas a punto de madurar que no se vuelvan desperdicio al final del día o se pasmen y no atraigan comprador. Sale todos los días a las tres y media de la mañana con dos cajones vacíos rumbo a la plaza Mayorista donde están los proveedores de mangos, mandarinas, papayas, bananos, fresas o ciruelas: las frutas que más se venden y, sobre todo, aguacates de distintas variedades y precios que ocupan la mitad o un poco más del tablón donde exhibe la mercancía. Los aguacates son los que, en general, salvan el día. A las cinco y media de la mañana, aun oscuro, está de vuelta con la carga del día y a las seis tiene organizado el puesto; entonces, cansado por la falta de sueño, los ojos encendidos lo delatan, se toma un respiro en la silla que el tiempo y la intemperie curtieron y gastaron hasta romperla. En esa silla pasa los baches del día; cabecea cuando el peso del sueño se vuelve insoportable; es la silla donde medita, hace cuentas y donde con angustia tasa el paso de las horas o ve las papayas madurar sin que nadie las mire; en esa silla se sientan las damas mientras ordenan su compra y donde los clientes que no tienen nada que hacer se sientan a conversar cuando hay poco movimiento. Es la silla de “Sombrero” aunque esté rota… 

Hechos…

La Silla de la Reina o chaise à porteurs, en francés, es un asiento de fortuna que forman dos personas agarradas por las muñecas para llevar un herido o una persona con incapacidad para caminar… 

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla 24

15 junio, 2019 § Deja un comentario


…Si encuentra una no se siente en ella…

La silla del otro

“El otro” vino a mi memoria cuando vi la silla en el salón desierto de una casa desconocida y, en apariencia, sin habitantes. Si no fuera por la planta en la esquina y el bodegón disimulado en el rincón diría que allí no vive nadie. Alguien colgó el bodegón en el rincón y es posible que el mismo alguien riegue la planta cada dos días, pero debe ser de plástico. La silla era señorial, bien presente es cierto pero sin ocupante a la vista. Por la ausencia de dueño la historia vino a mi memoria. Como en “La silla del otro”, la novela que me devolvió el recuerdo, el personaje central, una suerte de alabancioso mediocre, espera que el dueño de la silla, “el otro” del título, muera para adueñarse de su silla preferida, representación física del poder y  la riqueza que “el otro” poseía. La seguridad absoluta de que con la silla vendría la heredad obligó al alabancioso a concebir un plan sencillo: esperar, porque era incapaz de matarlo, la desaparición del “otro” que, a pesar de su edad, no moría. Hubiera podido ser el padre del alabancioso pero su salud parecía a prueba de contratiempos, enfermedades y mentiras. A tal punto llegó la obsesión del alabancioso que en un arranque de ingenio, ordenó, con dinero de “el otro” por supuesto, la fabricación de una docena de sillas idénticas a la original que instaló en lugares, a los que “el otro” no iría nunca, donde matar las horas eternas de la espera sentado en una silla igual, aunque fuera una réplica, y soñar con que el dueño del poder, la riqueza y el probable respeto que el puesto otorgaba, era él. Alguna vez adormilado en una de las réplicas, soñó que los habitantes de la casa que compartía con “el otro” y su familia lo trataban como si él fuera “el otro” y en la medida en que el trato se hacía más y más respetuoso los parabienes llegaban y “el otro” se desvanecía sin que nadie se preocupara por su suerte porque solo tenían ojos para él. No diré cómo terminó la historia, quizá, mientras el alabancioso envejece esperando la desaparición “del otro”, éste rejuvenece. Es posible. El azar de los días me llevó a aquella casa de apariencia desierta donde encontré esta silla que podría ser una de las réplicas que el alabancioso instaló en todas partes para soñar que él no era él sino “el otro”. No me senté en ella, solo tomé la fotografía y recordé la historia…

Hechos…

La Silla Hitchcock, fue creada por Lambert Hitchcock en el siglo XIX. Las patas delanteras torneadas, las traseras rectas y prolongadas hasta la altura del respaldo en ángulo recto, el asiento de madera decorado con adornos de época. Dijeron que era una silla para enderezar espaldas torcidas de señoritas o señoritos sin arreglo…

Exposiciones abiertas en el Museo Maja hasta el 29 de julio de 2019

Silla 23

8 junio, 2019 § Deja un comentario


…Lugar público con silla…

Soy un bolso

A Lilly Palmer contadora de historias con sus carteras

Un lugar público. Por la hora, temprano en la mañana, poca gente en los alrededores, no fue difícil encontrar un lugar donde sentarnos. Ni para mi socia, la llamo así cuando salgo con ella porque soy yo quien lleva sus cosas, ni para mí, se trataba de descansar; se trataba, más bien, de mirar alrededor, ver la gente pasar, con calma, desde un lugar que no despertara sospechas ni fisgoneos de curiosos que en un arranque de astucia me agarre por las cuerdas y desaparezca conmigo. Soy un bolso en el más estricto sentido de la palabra. Soy de la clase de mochilas tejidas a mano por artesanos aplicados que, como a mis congéneres, nos venden en ferias o puestos de artesanía. Ser un bolso implica una responsabilidad de peso en todos los sentidos. En la silla donde seguramente voy a pasar el rato esta mañana mi apariencia no es propiamente cómoda a pesar de que parezco recostado contra el espaldar ranurado que permite el paso del aire en horas de calor. Como es de mañana el tiempo es más bien fresco. Digo que mi apariencia deja ver cierta incomodidad, pliegues inesperados y puntas que sobresalen en el costado debido a lo que llevo dentro y no me atrevo a mencionar, es un secreto, y nadie, distinto a mi socia mete la mano en mi interior que, para decir la verdad, es un revoltijo que ni yo mismo comprendo. Pero qué llevo dentro, se preguntarán. Es más, si alguien se atreve a tomarme por la cuerda y desaparecer conmigo al vuelo, no es por mí, es por lo que llevo dentro. Llevo de todo lo habido y por haber; desde un lápiz hasta un recibo de caja; desde una monedera hasta un estuche para gafas sin gafas porque las gafas están enredadas en el fondo con un llavero de cadena y llaves que ya no abren nada; desde un celular hasta un sobre con papeles que es la causa de la protuberancia visible en el costado. El inventario no es completo pero como nadie creería lo que llevo dentro, lo que queda es preguntar a la silla qué tanto pesa mi peso. Es posible que para algunos parezca liviano pero mi peso verdadero, en este momento, es mayor que el que cualquier pasante podría calcular. Si la silla negra de material ranurado donde me encuentro hablara, escucharíamos su queja a pesar de que mi forma y mi tamaño permiten que el aire circule entre sus ranuras.…

Hechos…

La Silla de pala común en salones de clase viene con un solo brazo, de pala, donde escribir. Las hay con pala a la derecha para diestros y a la izquierda para zurdos, aunque éstas son más escasas…

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó

Silla 22

1 junio, 2019 § Deja un comentario


¿…Aló, aló, aló…?

Autor: Jorge Zapata / Título: La Cole / 27 cms x 30 cms / Acrílico sobre papel / 2008

El teléfono y la silla

Para los presentes, tres mujeres y cuatro hombres, fue más visible el teléfono rojo, la chica con blusa blanca, ombliguera, y el sonido del timbre como una alarma de incendio, que la silla de plástico azul oscuro. Ninguno esperaba nada del aparato. Desde el día en que los técnicos de las Empresas Públicas lo instalaron no había sonado. Hasta esa tarde. Y como no estaban acostumbrados pensaron que no era con ellos. Ninguno se inquietó. Para ellos, tres mujeres y cuatro hombres, el teléfono era una puerta cerrada hasta que la chica de la ombliguera blanca la abrió. Cuando el timbre sonó, el único movimiento vino de ella. Entró, se paró frente al aparato, ignoró la silla de plástico azul, descolgó el auricular y dijo: ¿aló?, ¿aló?, ¿aló? Los presentes, con los ojos fijos en ella, quedaron a la espera de lo que iba a seguir. La chica se plantó frente al aparato y esperó la voz que debía llegar desde el otro lado. Entonces repitió ¿aló? tres veces más. Después del segundo intento y de no recibir respuesta, su cuerpo pareció relajarse, quizá los presentes pensaron que se iba a sentar y entonces sí, verían su cara. La silla parecía puesta allí para uso de quien hablara por teléfono pero como el aparato no había timbrado desde su instalación nadie la había ocupado. La primera iba a ser la chica de la ombliguera, fue lo que supusieron los presentes. Sin embargo, no fue así. Ella se quedó de pie, de espaldas al salón, con el auricular sostenido entre la oreja y el hombro, mientras, con ambas manos, enredaba y desenredaba el cordón metálico del aparato. El silencio se estancó y todo quedó a la espera. La chica también. La fuerza inicial de su voz se diluyó hasta convertirse en murmullo incomprensible cuando aparentemente alguien habló del otro lado. No era una conversación, los murmullos eran recortes de frases, de respuestas equivocadas o de silencios donde parecía evidente la duda; quien hablaba del otro lado hablaba con fuerza y preguntaba cosas que seguramente ella ignoraba; a cada respuesta equivocada, su pose, que no cambió porque siempre sostuvo el auricular entre la cabeza y el hombro, de espaldas al salón, tenía el sobresalto del pillado fuera de base, o mejor, la exageración del que inventa y no sabe cómo disimularlo. Los treinta segundos, que transcurrieron entre su entrada y el momento en que el teléfono timbró por segunda vez, con ella simulando una conversación que no existía fueron una eternidad…

 Hechos…

Charles Mackintosh, diseñador escocés, líder del modernismo en el diseño de mobiliario, a principios del siglo XX, impuso las líneas ascendentes, las formas geométricas y las mezclas entre línea y forma, características de la silla que lleva su nombre…

Exposiciones abiertas hasta el 29 de Julio de 2019 / Museo Maja / Jericó