Silla 31

3 agosto, 2019 § Deja un comentario


… Con la silla al hombro…

… Se la regalo…

A las once y treinta y siete de la mañana veo al hombre a media cuadra de distancia, baja por una calle empinada; él va casi al final de la pendiente, yo en la mitad, a la altura de la puerta del hotel donde me hospedo. Veo que baja con dificultad, seguramente para no resbalar, había llovido y en algunas partes el piso está húmedo. Parece un hombre mayor por las precauciones que toma, más no por su vestimenta: bluyín desteñido y chaqueta morada, Lleva una estructura brillante, metálica, pesada, sobre los hombros que le dificulta el paso. Baja despacio. Antes de llegar a la esquina, ya he acortado casi la totalidad de la distancia que nos separa y alcanzo a notar que es una silla sin asiento lo que lleva sobre los hombros. El asiento forrado en cuerina negra lo lleva en la mano. La base metalizada se divide en cuatro, cada división con rueda al final va sobre sus hombros; el espaldar negro, forrado en el mismo material del asiento, se mantiene pegado a la estructura metálica. La silla, por las rodachinas, la forma y la base metalizada, es una carga incómoda y pesada. Parece una silla de oficina. El hombre no hace parte de un equipo de trasteos, no tiene la figura, ni el uniforme y no parece tener, tampoco, la fortaleza de los encargados de levantar o mover objetos pesados en los trasteos. El peso y la dificultad son evidentes, por eso va con cuidado, despacio. Lo alcanzo y camino unos pasos tras él. Le tomo una fotografía. A medida que avanza, el peso de la silla se hace mayor y sus pasos inciertos, entonces no lo sigo más, me detengo cerca de él. Estuve a punto de preguntarle si necesitaba ayuda. Pero no lo hice, lo hubiera sorprendido, seguramente no hubiera aceptado o quizá sí, me hubiera mirado de arriba abajo y con el suspiro de quien se quita un peso de encima me la hubiera pasado diciendo: … se la regalo… Por eso preferí quedarme en el lugar donde tomé la fotografía, lo miré alejarse con el paso cada vez más incierto y entonces, como en una película, no vista, quizá solo imaginada, en la medida en la que el hombre se aleja con la silla al hombro, sus piernas, a cada paso se entierran en los adoquines y luego su cuerpo, hasta dejar como único trozo visible, el espaldar en cuerina negra que se aleja sin detenerse. Me convencí entonces de que los trasteos son así, provocan sensaciones tan extrañas como el deseo de que se lo trague a uno la tierra…

Hechos…

La silla Panton, invento de Verner Panton, es ejemplo de diseño y decoración. Sale en revistas, es elegante y es sexi. Dicen que personificó el estilo “nueva ola” de los años sesenta. Una de ellas está en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. A pesar de todo esto, su producción se demoró porque los fabricantes la consideraban atrevida…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Sábado 3 de agosto

Silla 30

27 julio, 2019 § 1 comentario


…Coincidencias con Felisberto…

“El primer concierto”

Las coincidencias, inicio de la ficción, comenzaron a obrar en la tarde cuando llegó a mi correo “Mi primer concierto”, el cuento de Felisberto Hernández. La contraparte de la coincidencia sucedió la tarde siguiente cuando, sin la pretensión de interpretar un concierto, me encontré por primera vez en el banco del pianista. La sala desierta y el piano abierto en el centro de la escena parecían a la espera del público y del pianista. Como su personaje, Felisberto era pianista, solo fue verme en el banco frente a las ochenta y ocho teclas cuando se apoderó de mí algo que entre el público nadie imagina pero los entendidos sospechan, me atrapó el miedo, el terror. La escena se convirtió en tortura. Recordé los ires y venires del pianista del cuento mientras calculaba cómo llegar al piano en el centro del escenario: rápido como lo haría un mensajero que trae bajo el brazo una encomienda, la deja donde puede y parte a la misma velocidad; o despacio, con la tranquilidad de quien no está en su primer concierto, sabe dónde se encuentra y se mueve con la parsimonia evidente de quien maneja la situación; o como lo haría un modelo de pasarela, midiendo los pasos y tomándose la mano derecha con la izquierda en un intento por abrochar el botón de la camisa. Nunca, insisto, me había sentado en el lugar del pianista, en escena, con el piano abierto y el auditorio, sin público, a la espera de que el murmullo de quienes entran a ocupar sus asientos comience de un momento a otro. Vinieron al recuerdo, seguramente en desorden, las posibilidades que el pianista del cuento supuso para su primer concierto. Y entonces la duda cayó sobre mí como un balde agua fría. Está bien, me dije, entro, el pianista entra, como sea posible, sin dejar notar el pánico, me acomodo, él se acomoda en el banco frente al teclado, blanco y negro, tan extenso que no alcanzaría a los agudos o los graves aunque tuviera prolongaciones en los brazos. Pero, una vez allí, ¿qué hago?, ¿qué toco? El pianista de Felisberto duda y emprende una serie de improvisaciones que, quizá la sorpresa, causan impresión en el público. El otro pianista o digamos mejor el simulacro de pianista, yo, que coincide con la ficción de Felisberto cae en las profundidades de lo inmóvil, queda en blanco, deja extraviar la memoria; las notas no se oyen, el silencio resuena, la rigidez sube desde el piso pasa por las manos y convierte los dedos en troncos inmóviles; dedos, que en las manos de un pianista de verdad tendrían la virtuosidad del movimiento. Tiene razón Paul Auster cuando dice que las coincidencias están al inicio de la ficción. “El primer concierto” de Felisberto, coincidió con el piano en el centro de la escena, abierto, a la espera del pianista. El auditorio desierto ¿me esperaba?, ¿que hacía yo por allí?, ¿ocupar el lugar del pianista del cuento? o el de Felisberto ya que él era pianista, ¿convertirme en su personaje?, ¿en Felisberto? Ahí vamos…

Hechos…

William Hogarth fue pintor, ilustrador, caricaturista, impresor, crítico. Vivió en Londres hasta mediados del XVIII. Una silla con patas en forma de “S” y respaldo recto apareció con frecuencia en sus pinturas y caricaturas, la llamaron la silla Hogarth. Pocos saben que era la única silla en su estudio y la dibujaba de memoria…

Próximas exposiciones. Museo Maja de Jericó. Sábado 3 de agosto

Silla 29

20 julio, 2019 § Deja un comentario


…La banca para conversar…

Humberto Pérez

Sentados en esta banca, una mañana fría pero con sol, frente a la terraza donde los pájaros vienen a escarbar y llevarse el maíz que les dejan allí para que coman y, por ahí derecho, hagan compañía, me dijo: “… deberíamos hablar menos y dibujar más…” Lo visité con frecuencia. En ocasiones me esperaba en la puerta de la casa al final de una corta colina. También me esperaba en el estudio o en la banca de la fotografía. Me recibía siempre con la expectativa de lo que íbamos a ver, sobre lo que íbamos a conversar: “… lo tengo por aquí…, un paquete de dibujos que no te imaginás…” me decía para entrar en calor. Durante sesenta años o más Humberto Pérez dibujó todos los días desde el amanecer hasta la noche cuando se sentaba frente al televisor para ver una película que posiblemente no veía porque aprovechaba para dibujar en alguna de las libretas que siempre tenía a mano. De ese hacer constante resultó una manera de ver y sobre todo de narrar. Dibujar y conversar son sinónimos en la obra de Humberto Pérez. Dibujar fue la constante en su vida y tal vez por eso, porque no dejó de hacerlo un solo día, solo unos pocos de los dibujos elaborados hasta el más mínimo detalle o con trazos rápidos que sugieren figuras, situaciones, grupos o máquinas, tienen firma o fecha. Quizá porque dibujar fue siempre tan natural como conversar o caminar, fue su actividad principal, como hablar para la mayoría. De la misma manera que hay quienes hablan duro, murmuran, hablan rápido o repiten; Humberto Pérez dibujó a lápiz, al carboncillo, a la pluma, con colores o tinta o por capas que luego elaboraba como construyendo frases que significaban la textura, el color, el tacto. Y como aquellos que se repiten al hablar, Humberto se repetía al dibujar, es posible decir que dibujó siempre lo mismo, que tuvo una fijación por la anatomía y la figura humana; que dedicó horas a copiar de libros de anatomía, las proporciones, los huesos, los músculos, la cabeza, el torso, los miembros, las manos y los pies, incluso los dedos y las uñas. La multitud de hojas con estudios de anatomía y anotaciones alrededor de los dibujos son muestra de su dedicación al eje recurrente en su obra: la figura humana. Dibujar es mantener una relación constante con los personajes; conversar con ellos de temas que los apasionan. Sin embargo, dibujar no solo requiere de constancia y talento; requiere de una imaginación a prueba de todas las técnicas y situaciones. No hay un dibujo de Humberto Pérez que no lleve, como en una conversación de amigos, a una historia, a una situación venida de su ficcionario infinito. Quizá por esto la frase del comienzo no tenía aplicación en nuestros encuentros: “… deberíamos hablar menos y dibujar más…”, como dijo aquella mañana cuando nos sentamos en la banca frente a la terraza, porque, sucedía con frecuencia, así era el inicio del recorrido por paquetes de sus dibujos que yo no había visto y serían tema para la conversación… que no termina aun…  

Hechos…

La voyeuse, “La mirona”, es una silla de asiento bajo y respaldo con almohadilla para apoyar los brazos y desde su comodidad espiar las partidas de naipes. Un jugador que siempre iba acompañado por su esposa o amante diseñó una versión femenina: La voyeuse à genoux , “La mirona arrodillada…”

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla 28

13 julio, 2019 § 1 comentario


…El taburete verde…

Retrato del vigía

La primera vez que hablé con él no fue la primera vez que lo vi. Lo había visto, sin hablar con él, sentado en el taburete de cuero verde descolorido por el uso. El taburete era, en ese momento y sigue siendo ahora, su taburete, el de Humberto, el hombre mayor, sonriente, primo de un expresidente, nadie es perfecto, que vivió en Estados Unidos y por eso se entiende en inglés con los turistas que dejan sus carros en el parqueadero donde es vigilante – administrador o al contrario. No hablamos antes de aquella mañana de domingo, porque nos habíamos limitado a lo que teníamos que hacer: él, cobrar después de dos o tres días, el valor del parqueo, y yo, dejar el carro a su cuidado. Aquella mañana de domingo tuvimos tiempo para conversar porque después de varias noches de parqueo fue imposible sacar el carro; un cliente nocturno, hombre o mujer, nadie supo decirlo, Humberto tampoco, dejó su carro obstaculizando la salida de los que estaban allí. Mientras se afana marcando teléfonos que logra descifrar en la libreta de registro de entradas y salidas atiborrada de números escritos unos sobre otros con tinta, lápiz o incluso con lápiz rojo, en busca de la propietaria o propietario desconocido, tuvimos tiempo para una conversación entrecortada. Entre llamadas fallidas, me enteré de su vida en los Estados Unidos y del saludo que el primo expresidente le lanzó la última vez que se vieron: ¡Eh…, Humberto!, ¿…todavía estás vivo? Entre frases y mientras se levanta del taburete para hablar con quien responda en los números que marca, espero, tomo fotografías de las palomas que vienen a escarbar entre los granos de maíz que deja a los pies del taburete y, por supuesto, del taburete recostado contra el muro amarillo en el portón del parqueadero. El único que lo utiliza es él, ni siquiera su ayudante, otro hombre mayor que lo acompaña durante el servicio ocho o diez horas diarias, se atreve a ocuparlo. El lugar donde el taburete, o Humberto, pasa recostado buena parte del día, es estratégico, desde allí ve la calle por donde suben los carros en busca del parqueadero y también, más frecuente, alcanza a ver el televisor, prendido siempre, encima del escritorio al interior del hangar. Cuando el evento, fútbol, ciclismo, tenis –o cualquier otro–, película, programa de variedades o noticiero llega al punto de no retorno, Humberto mueve el taburete al interior frente al televisor y abandona el puesto de vigía. Su ayudante, entonces, lo reemplaza desde la acera y él se concentra en la pantalla. Entre el puesto de vigía y el televisor pasa los días; seguramente ha pasado años, no pregunté cuántos, pero los imagino suficientes para dejar marcas imborrables en la pintura verde que cubrió el taburete y el cojín, ya casi inexistente. Dicen que los objetos se parecen a sus dueños, no es difícil asegurar que ese taburete sea el retrato de Humberto. En ocasiones cuando llego y no lo veo pero el taburete está en su lugar, recostado contra el muro amarillo, lo veo aunque no esté por allí…

Hechos…

Existió un modelo de silla con dos versiones: una con piezas sin tornear, respaldo y adornos verticales, diseñada en madera preciosa y con asiento en trenzado vegetal. Se utilizó en las colonias del Nuevo Mundo hasta el siglo XVII. La otra, sin trenzado en el asiento y sin brazos fue también utilizada en la misma época por gentes menos avenidas. Una era la silla Brewster; la otra, la silla Carver… 

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla 27

6 julio, 2019 § Deja un comentario


…La silla es para la utilería…

El equilibrista y su ex…

Lo vi en esquinas distintas subido a una cuerda extendida a medias entre dos árboles. Como las veces anteriores su peso marca el ritmo de los malabares y hace una ola profunda en la cuerda. Esta vez, a pesar de que es el equilibrista de otras esquinas, no parece el mismo, hace malabares con los aros de siempre, con la sombrilla verde de siempre, con los balones y pelotas de plástico de siempre. Pero no es el mismo. Al pie de uno de los árboles donde está atada la cuerda un mujer joven, colega, compañera, tal vez novia del equilibrista espera. En otras ocasiones, en las pausas, lo apoya o va de automóvil en automóvil recibiendo las donaciones. Es ella, no hay duda, es la misma joven que he visto otras veces con él; sin embargo esta vez el desdén domina su figura, como si estar allí fuera una carga insoportable. En una de las pausas que permite el cambio de luces del semáforo, el equilibrista y la joven hablan, gesticulan, discuten, ella llora, él se abraza a ella; él habla; ella no acepta sus palabras, quizá explicaciones. Cada vez que intenta abrazarla, acercarse, hacerle entender, ¿entender qué?, ella rechaza la explicación. La discusión toma el tiempo de varios cambios de rojo a verde; cuarenta y cinco segundos para hacer el número mientras la luz del semáforo está en rojo y otros cuarenta y cinco, mientras la luz está en verde, para reposar, concentrarse, preparar los elementos para el siguiente número y ejecutarlo. Varios cambios de luces pasan y la discusión no termina; ni las explicaciones, ni los abrazos rechazados, ni las lágrimas logran aplacar ¿la ira?, ¿la duda?, ¿el desengaño? De repente suena una fanfarria. Es el celular de ella, se aleja, va a recostarse contra uno de los árboles donde está atada la cuerda. Habla y llora mientras él, que debería hacer su trabajo: malabares, cuerda floja, juegos de manos, espera. Ella deja el celular, habla y llora; él espera. Cuando termina la conversación ella, sin gestos de despedida o reproche, se aleja. El equilibrista no se mueve, espera entre los árboles donde está atada la cuerda. La joven se aleja una calle, se detiene y mira hacía donde está el equilibrista. Toma una decisión y regresa a la esquina donde el equilibrista espera con la mirada fija en el asfalto. Ella se acerca, él la ve y una pequeña, muy pequeña, sonrisa aparece en sus labios. Ella va hasta la silla de amoblamiento público desaparecida bajo aros, balones, sombrillas; busca, escarba, rebusca, y cuando encuentra, saca lo que encuentra del arrume, lo aprieta bajo el brazo y sin mirar atrás parte con paso que no deja entrever el regreso. Solo ellos saben qué pasa y no hay quien lo pregunte. ¿Para qué?…

Hechos…

… La primera silla moldeada en una sola pieza de plástico fue obra y diseño de James Prestini, Robert Lewis y Edgar Kaufman. El Museo de Arte Moderno de Nueva York la presentó en 1968 en una feria de muebles de bajo costo: The Low Cost Furniture Show

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla 26

29 junio, 2019 § Deja un comentario


…¿Quién mira a quién?…

La mecedora indiscreta

La mecedora en el costado del patio del primer piso frente a la ventana pequeña, cuadrada, dividida en cuatro: dos vidrios transparentes, arriba y dos opacos con textura verde y azul, abajo, del segundo piso donde, en apariencia no se ve a nadie, es un puesto de primera fila para la mirada indiscreta. Detrás de la ventana, en la habitación siempre a oscuras, se distingue apenas una cortina de color claro, quizá blanca, tamizada por el vidrio. Casi siempre uno de los postigos corredizos está abierto y alcanzo a ver desde mi puesto en la mecedora del primer piso, sin interrupciones ni reflejo de nubes, el interior en penumbra. La ventana es pequeña, deduzco que la habitación también, individual o doble, pero pequeña. En las mañanas, cuando ocupo la mecedora frente a la ventana, el interior parece tranquilo, como si alguien despierto ya hiciera pereza antes de levantarse. Solo una tarde, casi noche, mientras esperaba a mi mujer, la ventana estaba cerrada. No puedo asegurar si esa tarde, noche, o la mañana siguiente tuve la sensación, por primera vez, de una presencia en la habitación. Una forma, una silueta, se movió de un lado a otro, incluso noté que la cortina siempre corrida hacia el costado derecho tembló, como si alguien la hubiera rozado. A partir de aquel día, cada vez que regreso a este hotel en el suroeste, ocupo la mecedora a la espera de que la silueta o quien está del otro lado de la ventana se manifieste. Lo tomo como un “remake” de la “Ventana indiscreta” de Hitchcock, solo que al contrario: el observador, afuera, es quien espera que el observado, adentro, aparezca. Es cierto que la sensación de que alguien mira, quizá toma fotografías de quienes durante el día ocupan la mecedora, es inminente. Cuando, sentado allí, presiento la cámara sobre mí, asumo actitudes de actor en escena. Simulo que no miro, que estoy ocupado, me levanto o me siento, voy a la cafetera y me sirvo un café en pocillo desechable, lo bebo lentamente, lo saboreo, tomo un periódico o una revista de la mesa auxiliar y leo, bueno, no leo, ni siquiera miro las letras; con disimulo de actor en escena, mis ojos están fijos en el lente que me observa desde arriba, desde el interior de la habitación. La ventana parece discreta por su tamaño pero la penumbra permanente algo tiene de indiscreta…

Hechos…

Los arcones, aparte de servir como cajones donde guardar objetos domésticos durante la Edad Media, eran utilizados como asientos por familias humildes que no poseían sillas y menos aun muebles donde guardar cachivaches. En las noches, dos arcones juntos servían de cama…

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio

Silla25

22 junio, 2019 § Deja un comentario


…La silla cosida…

“Sombrero”

Su nombre es John Jairo, es dueño de una colección interminable de sombreros que cambia cada día, por eso lo llamo “Sombrero”. Vende frutas y tiene un puesto a dos calles de donde vivo. Lo veo desde la mañana que instaló el puesto en la entrada de un callejón profundo y estrecho entre una tienda de mecato y una bomba de gasolina. Los primeros días tenía pocos clientes, el negocio estaba aun por madurar y “Sombrero”, todavía no lo llamaba así y desconocía su nombre, pasaba las horas sentado en una silla blanca de plástico, la misma que después se rompió y tuvo que coser en el espaldar, a la espera de algún comprador. Fui de los primeros en preguntarle por los aguacates; me acercaba, los acariciaba como es costumbre hacerlo y le pedía que me ayudara a escoger dos para el almuerzo. Cada vez “Sombrero” parecía más a la espera; un día, a fuerza de verlo quieto y con los ojos encendidos, le llevé un libro de cuentos cortos de Augusto Monterroso. Compre los dos aguacates de costumbre y le entregué el libro: aquí le traje, dije, para que lea mientras llegan los clientes. Ese día me enteré de su nombre. Nunca le pregunté si lo leyó, y como no hizo comentarios deduzco que no lo hizo: quizá lo dejó sobre alguna mesa, de la mesa pasó a estar debajo de una silla y luego cerca de unas cajas para llevar y traer frutas. Con cada cambio de puesto el libro desapareció un poco hasta que un día desapareció del todo. “Sombrero” no es lector pero tiene talento y ojo para elegir frutas a punto de madurar que no se vuelvan desperdicio al final del día o se pasmen y no atraigan comprador. Sale todos los días a las tres y media de la mañana con dos cajones vacíos rumbo a la plaza Mayorista donde están los proveedores de mangos, mandarinas, papayas, bananos, fresas o ciruelas: las frutas que más se venden y, sobre todo, aguacates de distintas variedades y precios que ocupan la mitad o un poco más del tablón donde exhibe la mercancía. Los aguacates son los que, en general, salvan el día. A las cinco y media de la mañana, aun oscuro, está de vuelta con la carga del día y a las seis tiene organizado el puesto; entonces, cansado por la falta de sueño, los ojos encendidos lo delatan, se toma un respiro en la silla que el tiempo y la intemperie curtieron y gastaron hasta romperla. En esa silla pasa los baches del día; cabecea cuando el peso del sueño se vuelve insoportable; es la silla donde medita, hace cuentas y donde con angustia tasa el paso de las horas o ve las papayas madurar sin que nadie las mire; en esa silla se sientan las damas mientras ordenan su compra y donde los clientes que no tienen nada que hacer se sientan a conversar cuando hay poco movimiento. Es la silla de “Sombrero” aunque esté rota… 

Hechos…

La Silla de la Reina o chaise à porteurs, en francés, es un asiento de fortuna que forman dos personas agarradas por las muñecas para llevar un herido o una persona con incapacidad para caminar… 

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó hasta el 29 de julio