El informe

24 junio, 2017 § Deja un comentario


… Desde el primer día me llamaron “Jefe”, los más tímidos “Señor Jefe” y los otros, los que no tienen arreglo, no me llamaban de ninguna manera. Nunca dije mí nombre, nadie lo preguntó. Siempre fui la representación de mi rango…
(Introducción necesaria)


A Jefe le pareció que hacer una descripción sobre el comportamiento de los sujetos investigados, podía interpretarse como un intento para influir en quienes leyeran el informe. Nada más lejano de sus intenciones. Y menos aun en este caso particular. Su futuro dependía, se lo había insinuado el superior inmediato, de los resultados y de la prontitud con que el informe llegara a manos de los altos rangos. Tienes que ser, le dijo, rápido y certero, no dejarte mezclar en divagaciones inútiles y presentarlo de manera que no deje lugar a la duda.
Durante la investigación Jefe analizó diferentes maneras de presentar los hechos. Cuando tuvo claro el resultado final se encerró en el mismo lugar donde había escuchado las respuestas de los involucrados y barajó, esa es la palabra, barajó, las opciones que tenía para hacer que el caso y aun más, su desenlace, fueran creíbles. Apegado a la técnica, consideró el planteamiento en el estilo impersonal, cronológico, de los informes; pensó también que si incluía algunos perfiles que mostraran la naturaleza de los involucrados lograría estimular el interés de los lectores oficiales. Se entusiasmó con la idea y la trabajó mientras los interrogatorios enriquecían el material de base. Siempre soñó con escribir una novela y sin proponérselo la ocasión había caído entre sus manos, por supuesto, no sería una novela en el sentido tradicional, con forma de libro y cientos de ejemplares impresos, sería, en apariencia, lo que siempre son los informes oficiales: un ladrillo. Un ladrillo con historia y con final, como una novela. Sería eso en lugar de la compilación de sucesos ordenados para la interpretación de los altos rangos.


Se la iba a jugar. El superior inmediato le había insinuado que lo hiciera, sin especificar cómo. La puerta a la innovación estaba abierta. ¿O será que entendió mal y el superior solo le había sugerido que hiciera un trabajo para cuidar el puesto? Cuando la duda lo asaltó, esa es la palabra, asaltó, se encontraba en interrogatorio; lo suspendió y citó al hombre con figura de músculos saltones para la mañana siguiente. Dio por terminadas las entrevistas del día y se encerró en el despacho, antiguo camerino del ilusionista desaparecido sujeto de la investigación, adaptado para su labor. ¿Será que entendí mal? se preguntó con insistencia. ¿Será que repetir acciones y sucesos es más efectivo para conservar el puesto, que hacer demostraciones de ingenio? A pesar de las dudas, las desechó, y sin esperar la luz del día se concentró en la tarea de organizar el material para escribir el Informe, con mayúsculas, que siempre esperó entregar a quienes pertenecía tomar la decisión. Sus dotes de escritor quedarían a flor para que los superiores reconocieran el talento que cuajó, esa es la palabra, cuajó entre ellos.
Intercaló jornadas de indagatoria con largas sesiones de escritura. La luz en el ojo de buey de su despacho, desde el primer día corrigió a quienes llamaron su lugar de trabajo “carromato” o “camerino”, permanecía prendida hasta horas en las que la mayoría dormía y volvía a brillar antes de que ninguno hubiese regresado de sus sueños. Repasó los interrogatorios y mezcló apartes que le ayudaron a construir la trama y no se permitió la facilidad de preparar para los lectores oficiales lo que era considerado desde siempre como un simple informe de investigación. En el arrebato, esa es la palabra, arrebato de la escritura olvidó las preocupaciones técnicas específicas a su profesión, es decir: rendición clara y escueta de los hechos; y se concentró en el suspenso de la trama. Tuvo la certeza de encontrar facetas, en los interrogados, que de otra manera hubieran permanecido en la oscuridad. Vio con claridad las relaciones que se tejen entre personas que comparten a diario durante mucho tiempo y desde el momento en que tomó la decisión de cambiar el tono del informe tuvo la convicción de haber llegado a lo que en realidad sucedió. Un amanecer, la inquietud del desenlace comenzó a hacer mella, lo atrajo con tal energía que las insinuaciones del superior inmediato sobre rapidez y acierto apoyaron su creencia, pues, se repitió, si los hechos se enumeran en un informe, así con minúscula, como él exige, nadie va a dar crédito a lo sucedido.


Los hechos tenían un origen incierto y por esto mismo estaba seguro de que podía comenzar a partir de la definición concreta del suceso culminante y, a partir de él, ir en marcha atrás descubriendo móviles e involucrados; sin embargo, no podía anunciarlo desde el comienzo pues las circunstancias de trama y suspenso lo impedían. Pasó días y noches pegado al portátil de dotación. Cuando terminó, grabó el texto en el puerto USB, lo imprimió y lo dejó sobre una de las dos sillas que utilizaron los testigos en los interrogatorios, parte del mobiliario desde antes de su llegada. Observó desde su puesto el paquete, cinco y medio centímetros de espesor, durante tres días sin tocarlo. De memoria, folio tras folio, repitió lo escrito. No lo mostró a nadie, ni siquiera al hombre que puso el denuncio de desaparición del ilusionista, nombrado en todos los testimonios como el Enano Director. Durante esos tres días tampoco se dejó ver. Esperó. Hizo el recuento y cuando consideró que lo tenía bajo control reapareció orgulloso del cartapacio que llevaba en el maletín de cuero negro. Aquí llevo una obra maestra, pensó cuando se sintió observado y cuando el Enano Director lo abordó en el momento de subir al automóvil oficial que fue a recogerlo, le repitió golpeando el maletín con la palma de la mano: aquí llevo una obra maestra.
Quienes hayan llegado a este punto del relato se darán cuenta de que ya no se narrará desde la mirada de alguien que desde afuera narra las peripecias, angustias y orgullos del aquel a quien todos llaman Jefe, porque a nadie se le ocurrió preguntar su nombre; sino, con la voz de un tercero que pasa a hablar en primera persona y se toma atribuciones quizá molestas para los lectores desprevenidos. Se preguntarán quién soy, cuál es mi posición en el Informe y sobre todo, cómo y por qué llegó a mis manos, y aunque quisiera decirlo con amplitud aplacaré la curiosidad de quienes se han hecho la pregunta con un tecnicismo: “reserva del sumario”. ¿Y entonces qué hago aquí? como respuesta debo entrar en una explicación, corta, para no abrumar, esa es la palabra, abrumar. Primero, no diré mi nombre. Segundo, no serán ustedes quienes lean el Informe, esa fue mí tarea; les quise evitar fatigas inútiles para facilitar la comprensión de los hechos. Es importante que entiendan que lo sucedido parece mentira y que esa fue la chispa que desató las veleidades, esa es la palabra, veleidades, de escritor de Jefe. Me tomé el trabajo de entrar en las páginas del Informe que llevaba aquel día en su maletín e hice el resumen. En otras palabras lo leí por ustedes.


Puedo decir que Jefe encontró lo que debía encontrar, no se equivocó, pero recurrió a sus dotes literarias para narrar, esa es la palabra, narrar los hechos. Utilizó, por supuesto, recursos de escritor para enfatizar los apartes que consideraba importantes. Comenzó sugiriendo que el Ilusionista desapareció sin dejar rastro porque no entendió la sutileza de una treta de prestidigitación y en lugar de regresar al lugar de la práctica se perdió en los confines de la magia. Esta afirmación es, por lo menos, una forma de eliminar posibles implicados, quitar la racionalidad que distingue ese tipo de informes y abrir un espacio sin medida en linderos que, solo alguien, con la imaginación de Jefe, tiene la posibilidad de narrar.
Ignoro cuál fue la acogida que tuvo el Informe pero eso tiene poca importancia porque, en el estricto sentido de su actividad, los superiores hubiesen tenido poco o nada para juzgar, si no es la desaparición de un ciudadano que en la mayoría de los casos queda sin resolver. Para las personas que viven en el mundo de la investigación era un caso común: la sospecha, el interrogatorio, el acusado, el occiso o la condena, que no hubiese revestido, de no ser por el Informe de Jefe, ningún interés particular. La forma de narrar los hechos, para mí un rasgo de genialidad, fue lo que atrajo mi atención, porque encontré placentero, esa es la palabra, placentero, verme narrado como si yo fuera un personaje de esos que van y vienen por la magia, esa es la palabra, magia, de la ficción…
Nota: Encontré este documento en el desorden de mi computadora. Lo transcribo tal cual. Puedo asegurar que busqué el informe pero desapareció también…
Argumento. Un salón cuadrado, dos ventanas y tres puertas, dos en los muros enfrentados y en ángulo recto con relación a las ventanas. La tercera puerta en la pared opuesta. Una mesa con flores y tres cuadros: dos paisajes y la reproducción de un desnudo. Un sofá frente a las ventanas y dos sillas en ángulo recto. Una mesa de centro, a nivel de las rodillas, donde una joven pondrá bebidas y comida o pasabocas si son necesarios. Cuando el protagonista entre inicia la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial


La bala perdida

19 junio, 2017 § Deja un comentario


Miércoles, nueve y media de la mañana. Por primera y última vez, en el mismo momento en que ocupó la mesa del segundo piso de la biblioteca, frente al gran ventanal, notó el agujero. Nunca antes lo había visto. Era pequeño, a la altura de los ojos, redondo, limpio, sin astillas, como de bala. Cuando ya estaba en su silla y sin haber escuchado la detonación, sintió el impacto de un proyectil, hubiera podido ser algo distinto, en su ojo izquierdo. Tuvo tiempo para considerar el significado del agujero en los ventanales de la biblioteca y después nada, o mejor, todo.
No podría decir que la vio venir pero cuando el brillo lo deslumbró presintió la bala, el roce veloz del metal con el vidrio confirmó la corazonada pero ya no había nada que hacer y tampoco se le ocurrió hacer nada. Una forma creció ante sus ojos y algo parecido a un puñetazo lo empujó hacia atrás. Un estremecimiento interior sacó su cerebro de madre y su corazón estalló. Dio una voltereta y se encontró de espaldas sobre el piso, inmóvil, con el ojo derecho fijo en la lámpara de un solo bombillo apagado a esa hora, y con el cerebro en efervescencia a pesar del impacto. La sorpresa lo llevó a un estado de agudeza inesperado. No sentía el cuerpo, sabía que estaba muerto o en trance de estarlo e intuía que de ese momento en adelante y mientras le quedaran fuerzas y capacidad debía intentar reconstruir para su propia satisfacción y para facilidad de los investigadores los hechos del atentado, porque había sido un atentado, no había sido una bala perdida y menos aun un accidente. En ese momento era el testigo y por supuesto, la víctima de un atentado.
Su interés por la investigación que un grupo de científicos venía realizando sobre la reconstrucción de la memoria en imágenes con la ayuda del Escáner Mercurial lo había llevado a la biblioteca ese día. Había escrito un “paper” sobre el tema y estaba intentando ponerse en contacto con otros investigadores pues un artículo aparecido en la Global Medical Review confirmaba su tesis sobre la digitación de las células del cerebro donde se encuentra la memoria y la posibilidad de reproducir en imágenes, como en una película, las actividades que el sujeto realizara en los momentos previos al análisis. La diferencia entre sus investigaciones y los resultados expuestos en la Revista estaba en la descripción detallada de un cierto número de ejercicios realizados con voluntarios. Los autores dejaban planteada una posición optimista frente a la hipótesis del alcance que su análisis podía tener en todas las actividades realizadas por el sujeto durante su vida. La información acumulada en el cerebro por su configuración en capas, como el tronco de un árbol, hacía viable la posibilidad convertir en imágenes las capas exteriores y debía ser posible también hacer lo mismo con las más profundas, aquellas más alejadas en el tiempo.


Recordó cómo devoró el artículo cuando Gloria, la encargada de las revistas se la entregó. La coincidencia del trabajo científico con el suyo lo emocionaron hasta el punto de convertir en obligación el contacto con los autores del artículo. La participación en el proyecto, incluso como voluntario, fue la motivación para afrontar el sueño que lo había perseguido como una pesadilla y que escribió bajo el título: “La visualización de la memoria digitalizada en una pantalla de ordenador, susceptible de ser vista por otros como una película”.
En el número siguiente de la Revista, el grupo de investigadores publicó un segundo artículo donde destacaban que el mecanismo del ojo humano era como un lente de resolución perfecta que permitía ampliaciones de hasta el mil doscientos por ciento de las imágenes captadas y almacenadas en la memoria. Al final del artículo y a manera de ejemplo los autores mencionaban “Blow up” la película de Michelangelo Antonioni, de los años sesenta del siglo veinte, donde un fotógrafo, sin proponérselo, contribuye a esclarecer un asesinato cometido en el Hyde Park de Londres ampliando hasta el máximo un detalle distante de la imagen que había querido fotografiar.
Esa mañana, cuando ocupó su mesa de la biblioteca todavía esperaba respuesta de los autores del artículo. Había tenido un primer contacto vía e-mail con los editores, quienes después de evaluar su interés, lo pusieron en contacto con el grupo de trabajo. Estaba ansioso por conocer la respuesta que daría inicio a su vinculación con el grupo. Por eso cuando percibió el destello y cayó al piso después del estremecimiento, su primer pensamiento fue para ellos. Comprendió que la reconstrucción de las primeras capas del cerebro facilitaría la labor de los investigadores. Su preocupación por registrar el momento del impacto en las capas exteriores del cerebro, donde se almacena la memoria, lo llevó a registrar el momento del disparo con la certeza de que a partir de ese detalle era posible identificar el autor del atentado, porque a diferencia de la imagen análoga en la película de Antonioni, en su caso la imagen sería digital y permitiría con toda seguridad una ampliación perfecta sin deformación o borrosidad alguna.
Estaba seguro de que había sido víctima de un atentado, no le cabía en la cabeza que hubiera sido un accidente: una bala perdida. No era posible, los accidentes no eran lo suyo, era práctico en exceso para permitir que cualquier evento pudiera salirse de control. Tampoco consideraba los imponderables. Para alguien como él no era deseable aparecer en los periódicos como la víctima de una bala perdida y aunque nunca imaginó que su vida terminara bajo las balas de un matón a sueldo, estaba dentro de lo posible y viéndolo bien, le gustaba. La situación le atribuía un cierto halo de héroe sacrificado. Con el ojo derecho fijo en la lámpara hizo desfilar por su memoria el lugar donde todas las mañanas a la misma hora se sentaba a leer, estudiar, preparar clase, o hacer nada. Lo vio rodeado de gente en una algarabía inusual. En el tumulto, los hombres gritaban y las mujeres se tomaban la cabeza entre las manos. Imaginó gente señalando en la distancia, desde los ventanales de la biblioteca, el lugar de donde había venido la bala; el lugar donde se hallaba el culpable. Pero no escuchaba nada, solo un pequeño zumbido que parecía entrar por un oído y salir por el otro, nada más.


Hasta que un ruido lo desconcentró, quiso mirar hacia el lugar de donde vino pero el ojo derecho no se movió de la lámpara. Deben estar haciendo los preparativos para trasladarme a un lugar donde me encuentre cómodo, donde la gente pueda visitarme. Creyó ver en el bombillo sombras corriendo para lado y lado; creyó escuchar mujeres llorando; un hombre vestido con uniforme de guardia privado examinaba el orificio redondo y perfecto, sin astillas, en el ventanal de la biblioteca a la altura de su cabeza. A medida que pasaban los minutos el remolino de gente era más numeroso ¿Es posible que alguno de ellos hubiera concebido el complot y después de ejecutarlo se mezclara con el público lloroso y preocupado?
Repasó si algún amigo nuevo había llegado en los últimos meses a sus cercanías; algún estudiante demasiado obsequioso o trabajador hasta el punto de volverse meloso; un vecino conversador más allá de lo normal que sugiere reuniones con amigas los viernes después del trabajo. Por más que buscó no encontró pistas que lo llevaran a personas con esas características. Los amigos eran los mismos desde siempre; su novia, resignada a tener novio toda la vida; los vecinos no habían cambiado desde el día en que su mamá le dejó el apartamento como herencia por adelantado.
Con el ojo fijo en el bombillo como en la bola de cristal llegó a la conclusión de que a él lo habían matado de lejos, como se mata a los grandes. Dejó esa reflexión bien visible en la superficie del cerebro. Pero aún así los asesinos habían tenido que preparar la acción, imaginarla y ejecutarla; fueron el brazo armado que la finalizó y aunque en apariencia estaban solos, detrás de ellos había otros que pensaron, programaron y llevaron a cabo la operación sobre el papel. El esfuerzo por dejar claro lo que debía o no quedar en la superficie de su cerebro lo debilitó. La poca energía que le quedaba se consumió en el intento por dejar pistas para los investigadores. Sabía que si los autores del artículo sobre la digitación de las capas de la memoria que tanto se parecía al escrito por él, lo tenían en cuenta como prototipo de las posibilidades científicas de su proyecto, la información que dejara a flor de cerebro era fundamental. De sus fuerzas sólo quedaba un recuerdo borroso y entonces el deseo de descansar lo invadió. No ver más, no decir más, no escuchar más, su misión estaba cumplida, los murmullos eran más y más lejanos. Cerrar los ojos repitió. Su ojo derecho no obedeció, recibió la orden tan débilmente como las voces y las imágenes que desaparecían, se quedó abierto, fijo en el vacío. Cuando sintió un manto blanco que lo cubría suavemente como si le fuera a cuidar el sueño, el silencio lo invadió.


Al final de la tarde, Gloria, la encargada de las revistas, lo encontró en el suelo al lado de una de las mesas del segundo piso, muerto. Nadie había pasado por allí en todo el día y asustada dio la alarma. Un infarto fulminante, dijo el médico legista al hacer el levantamiento. Cuando la figura de la empleada se reflejó en los ventanales sin rasguños, perfectos, orgullo de la biblioteca, se sintió triste, ya no iba a tener a quién mostrar las revistas nuevas cuando llegaran. La noche prometía ser oscura…

Argumento. Una mujer, o un hombre, vende lotería en una esquina. Cada día ofrece el número que corresponde a su lugar en la semana. El miércoles el tres, el viernes el cinco, el domingo el siete. Un lunes cambia los números: el domingo pasa a ser el dos, el jueves el uno, el martes el cinco… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

“Déjà vu”

10 junio, 2017 § Deja un comentario


Cada cierto tiempo algo ya visto o con la sensación de lo ya visto aparece. “Déjà vu” es el término en francés que define el momento. El diccionario dice que se trata de una alteración de la memoria por la que el sujeto cree recordar situaciones que no han ocurrido o modifica circunstancias de aquellas que se han producido. Es posible que los “déjà vu” que siguen solo lo sean para mí. Es posible también que narrarlos predisponga a que sucedan de nuevo y parezcan más que un instante. Es posible que sean el primer paso a la repetición a la que estamos expuestos en permanencia. Así es la ficción…

El azar juega en todos los espacios. Por azar presencié el empaque de unos regalos, disímiles en forma y tamaño. La mujer, joven, pequeña, delgada, de manos pulidas y bien cuidadas, lo advirtió desde el primer momento: yo puedo hacerlo pero no será rápido, dijo. Aceptamos el procedimiento, lo llamo así porque ella lo asumió como un ritual. Dispuso los objetos a empacar en aparente desorden sobre un extremo de la mesa, sacó de un cajón un lápiz corrector de tinta blanca; uno a uno tomó cada objeto borró el precio y lo devolvió a su lugar en un orden que parecía establecido. Por la rigurosidad con que asumió la tarea, esa primera parte pareció sencilla. La proporción, el ritmo y el orden de los objetos tomó forma despacio como había anunciado…

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De un momento a otro se va la luz, quedamos a oscuras, inmersos en la noche profunda. Nos abandonó el fluido eléctrico del que todo depende. Todo se apaga, se interrumpe, las pantallas van a negro, los aparatos dejan de funcionar, los bombillos se apagan, las redes se cortan, todo se detiene. Un hombre que hablaba por teléfono se quedó con la mitad de una palabra en la boca; una mujer que tomaba una ducha en un baño estrecho y oscuro con la luz prendida se encontró a oscuras y se terminó de bañar a tientas; un oficinista frente a su computadora perdió buena parte del trabajo realizado; un grupo de empleados quedó encerrado en el ascensor. Se fue la luz y aunque no lo notemos así, se fue todo. No solo dependemos de la energía física dependemos de la energía alterna, la que nos mantiene conectados…

Un escritor se propone narrar los hechos que suceden en un período de veinticuatro horas. Pronto se da cuenta que no logrará hacerlo y contrata los servicios de un digitador que llega a su estudio a las seis de la mañana y no debe abandonarlo hasta la misma hora del día siguiente. El escritor dicta y el digitador digita lo que el escritor dice. En cierto momento el escritor siente que no tiene mucho para agregar y decide involucrar dos elementos: el suspenso y un personaje. El personaje será el digitador que tendrá una participación activa, deberá digitar lo que él diga o haga, incluso lo que sienta. El suspenso llega con la aparición de un revólver con el que el escritor amenaza al digitador y dispara a su cabeza. El digitador escucha el chasquido del metal seco, sin detonación, el escritor ríe y de ese momento en adelante comienza un juego de ruleta rusa. Cada cierto tiempo sortean quien dispara pero en ningún intento hay detonación. Todo queda por escrito bajo la supervisión del escritor que no quiere ser engañado por el digitador pues su proyecto es enviar el texto a un concurso. Con una sola bala, el último disparo, en el revólver, el digitador, que de nuevo perdió el sorteo, no dispara a su cabeza sino a la del escritor. ¿Qué sucede después? no tiene importancia. La novela no ganó el concurso…

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Por supuesto las rutas se marcan, basta con recordar a Hansel y Grettel. También se desmarcan y desaparecen. Sé de personas a quienes ha sucedido. Sin embargo para hablar de caminos, de rutas que se desmarcan, que desaparecen, tal vez sea mejor hablar de imprevistos, accidentes o hechos fortuitos que los desvanecen. La lluvia es uno. Un ejemplo se da en la búsqueda de los personajes, testigos urbanos los llamo, que aparecen a mi paso en las aceras. No siempre es una búsqueda lineal, viene con frecuencia acompañada de desvaríos y es posible que lo visto hoy, mañana ya no se encuentre en el mismo lugar, se haya desplazado unos metros o se haya ido para siempre. Esta contingencia hace que la decisión de sacar al personaje de su confinamiento en cualquier acera sea espontánea y no deje tiempo para dudas; ésta es, quizá, su riqueza, a pesar de que ellos solo están, esperan, y van o vienen, como todos, según los avatares del día, como la lluvia que los cambia, incluso los desaparece…

Cuando abandonó la mesa el conocido que no me reconoce deja un vaso desechable, vacío, en ella. Lo vi como uno de los personajes de José Luis Cuevas, el pintor mexicano. Las expresiones atareadas, los cuerpos enmarañados, los trazos feroces que, en apariencia, van en todas direcciones y caen, sin prevenir, en cualquier parte. A pesar de que todo es preciso, ninguna línea, ninguna sombra, sobra o está fuera de lugar. No sé por qué sucedió así, no puedo tampoco decir que la mezcla de las figuras de Cuevas con el vago recuerdo del conocido hubiera sido nítido desde siempre. La sensación de que podría ser uno de los personajes de Cuevas apareció la primera vez que me crucé con él después de un buen número de años. Para decir la verdad yo no estaba seguro de que fuera el conocido de antes, supongo que él tampoco estaba seguro de que yo fuera yo. Nos saludamos con una seña. Ni él, ni yo, preguntamos si éramos quien imaginábamos, fue una seña de esas que significan menos que un saludo y quedan fijas en el tiempo, quizá por miedo al error o a la efusividad sin respuesta. Fue entonces cuando el personaje de Cuevas apareció, de pie, no muy distante, con trazos múltiples en todas direcciones pero en su lugar y con expresión fija. Así quedó en mi memoria…

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Queremos tocar. Necesitamos tocar. Somos santo Tomases en potencia. En un mundo cada día más virtual, más privado de sensaciones táctiles, donde el deporte y el sexo, dos aficiones masivas, suceden con mayor frecuencia en la pantalla de un televisor o de una computadora, el deseo de tocar, de sentir, incluso más que el de ver u oler, es fuente desequilibrios o angustias, en ocasiones, difíciles de controlar. Es por esto que las barreras, las cintas amarillas, los espacios vacíos entre los paradigmas, los héroes y el público, son cada vez más frecuentes y se desplazan a la virtualidad. Hoy, las campañas políticas ocupan buena parte de su tiempo y presupuesto en estudios de televisión o en redes sociales. En otras épocas ese mismo tiempo era dedicado a la plaza pública, al contacto con la gente, a sentir, como decían antes, “el pulso del pueblo”. Hoy, el mismo “pulso” se mide con estadísticas y tendencias, la mayoría de las veces erróneas porque, como la gente no siente, no toca, no aprieta, como se hace con un aguacate para saber si está maduro, no dice abiertamente sus preferencias…

Llegó a mis manos un libro pequeño. “Opio” es su título. Su autor, Jean Cocteau, narra su estadía en la clínica durante una cura de desintoxicación del opio. Cocteau escribe y dibuja, cuando no escribe dibuja y cuando no dibuja, escribe. Tres veces al día, en la mañana, al final de la tarde y cerca de la media noche, cuando no dibuja o escribe, consume opio como parte del tratamiento. Causa y remedio son lo mismo. En uno de esos textos Cocteau narra una visita al taller de Picasso en la Rue des Grands-Augustins. Durante la visita hablaron de milagros. Picasso dijo que todo era un milagro y que ya era un milagro no deshacerse en el baño como un terrón de azúcar. De esa visita quedó un poema escrito por Picasso y un dibujo hecho por Cocteau. Quizá fue al contrario. Sin embargo, la pregunta se mantiene, ¿de qué milagros podrían hablar estos dos personajes?, ¿alguien podría decir de qué milagros?, si milagros ya no quedan, todos los que iba a ser fueron y si no fueron se habló tanto de ellos que terminaron por serlo…

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Los espacios amplios, como las salas de espera o de paso en los aeropuertos o centros comerciales, hoteles, clínicas o lugares públicos que en general están ocupados, llenos de gentes que se mueven en todas direcciones sin un patrón o una ruta definida, son igualmente abrumadores cuando están desiertos. El espacio vacío pesa, no sugiere libertad de desplazamiento, ni siquiera silencio. Espacios así, concebidos para albergar decenas, cientos o quizá miles, no se liberan de esas presencias aun desiertos. La coincidencia de encontrarme en un espacio así a una hora vacía, es lo menos que puedo decir, y percibir los movimientos, las voces, los roces de metales o de materiales opuestos y alguna música distante, puede venir de un sueño, de una imaginación desenfrenada, del deseo no cumplido de encontrarme solo en uno de estos lugares multitudinarios a plena luz del día. Es posible que la percepción de multitud tenga origen en alguna de las causas mencionadas; es posible también que por imposibles que parezcan, las situaciones se cumplen. Nada se guarda, nada se queda sin suceder, todo tiene su lugar y su momento. La soledad frente al vacío no fue un sueño, ni un deseo cumplido. Seguramente fue una de esas ficciones que se quedan atrapadas en la maraña de la llamada realidad y se manifestó, por coincidencia, de la misma manera que se hubiera podido manifestar a otro. Un “dé-jà vu”…
Argumento. Todo se repite. Distinto pero se repite, dice uno. Lo habíamos dicho, responde el otro… Así, la conversación igual pero cada vez distinta está lanzada… Siempre es igual…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Todos tenemos un celular

3 junio, 2017 § 1 comentario



Las dos de la tarde. Un mostrador venta de café a un lado, dos sillas dobles en frente; dos sencillas, ocupo una de las sencillas, y otra doble en frente de las sencillas completan los muebles alrededor del espacio de nadie en un costado del hall, abierto hasta un cuarto piso, donde la gente espera. Un guardia en el ventanal
entre el primer piso del hall y la planta baja, donde espero, vigila, no se mueve, su trabajo es estar quieto y vigilar. Un hombre mayor lee un extenso documento en la silla doble al otro lado del espacio de nadie frente a mí, cada diez líneas mira el celular que tiene al lado. Una mujer en otra silla doble, vecina y perpendicular a la mía, juega con un pitillo entre sus labios. Una mesa cuadrada separa su silla doble de la mía, sencilla. La mujer juega con el pitillo y bebe a sorbos medidos un café granizado; cruza y descruza las piernas enfundadas en un pantalón negro pegado al cuerpo, juega con el pitillo y mira su celular. Tiene un periódico pero no lo lee, lo sujeta con la misma mano que sujeta el celular, con la izquierda sostiene el vaso desechable. Por momentos deja el periódico y el celular sobre sus piernas y con el pitillo escarba al interior del vaso, entonces lo apoya contra la pierna del mismo lado. Decide entonces sacar un lapicero del bolso y abrir el periódico en la página de los acertijos. En una acción continua sostiene el vaso contra la pierna mientras mira el periódico y el celular y busca las palabras en el acertijo, una sopa de letras. Se concentra, juega con el pitillo y cuando encuentra una palabra sostiene el vaso contra su costado y la señala. Repite el movimiento: vaso al costado, periódico y celular sobre las piernas y búsqueda de la palabra. Hasta el momento solo la he visto de perfil, tiene la cabeza pequeña, el pelo cogido en una cola, también pequeña, y nada de maquillaje. No parece a la espera de nada quizá se sentó allí a descansar. En la silla doble vecina a la mujer del pitillo, un hombre con dos niños, niño y niña, hace selfies; a veces él a un lado, a veces entre los niños que corretean por el hall y vuelven a la silla doble para otro selfie. Los niños van y vienen, vuelven a la silla donde el papá mira fijamente el celular, debe ser el papá. La mujer del pitillo se fatiga de la sopa de letras, termina el granizado, deja el vaso vacío sobre la mesa entre su silla y la mía, aparenta leer el periódico pero el celular puede más. Mientras tanto una mujer mayor, muy mayor, una abuela, ocupa de medio lado, una nalga en el aire, la silla vecina a la mía y habla por celular, dice algunas palabras que no entiendo, escucha otras tantas, corta la llamada y parte. Al mismo tiempo otra mujer muy joven ocupa el puesto en la silla doble al lado del hombre mayor que lee el documento y cada diez líneas mira su celular; a pesar del calor la mujer muy joven viste chaqueta de cuero y botas más arriba del tobillo, vino en moto, me digo, pero no veo su casco; se sienta, saca el celular y como todos, lo mira fijamente; se da cuenta que la miro entonces me mira y como no me conoce deja de mirarme y vuelve al celular. La mujer del pitillo se levanta al mismo tiempo que la joven con chaqueta de cuero se sienta, toma el vaso desechable vacío, cruza el espacio de nadie entre las sillas dispuestas en rectángulo y el mostrador, venta de café, va hasta los depósitos de basura, tira el desechable y lentamente como si midiera sus pasos o los contara, hace un rodeo amplio en el hall y desaparece por una de las entradas a mi izquierda con la mirada clavada en el celular. Un hombre joven, con barriga y celular, ocupa el puesto donde estaba la mujer del pitillo en el mismo instante en que ella se levanta; como todo el mundo juega o lee o habla con su celular. Al mismo tiempo tres mujeres mayores, una de ellas con uniforme, llegan al mostrador donde venden café. Desde mi puesto solo veo sus espaldas, están recostadas contra el mostrador y no veo sus caras, las tres llevan un celular en la mano derecha. Georges Perec decía que todo el mundo llevaba siempre algo en la mano derecha. Se demoran poco, cuando parten son reemplazadas por otra mujer que parece joven y también intenta comprar café. Todas llevan un celular en su mano derecha. El hombre joven con barriga, que ocupó el puesto de la mujer del pitillo, resultó ser el tío, ¿o el papá? de los niños que se hacen selfies. De repente abandona el puesto y pasa a ocupar el espacio que dejan libre los niños y el otro que no parece su hermano. Cuando el hombre joven con barriga, sin quitar los ojos de su celular, cambia de puesto el otro se va y los niños quedan con él. Entonces aparece en la zona de nadie una mujer pequeña de pelo negro y largo; los niños al verla corren donde ella pero el hombre joven con barriga no la mira, no la conoce o la conoce tanto que la ignora.


La mujer pequeña de pelo negro, largo, dice algo a los niños, van los tres donde el hombre joven con barriga y sin mediar palabra, con un gesto seco le piden el celular, él lo entrega y parten todos en la misma dirección de la mujer del pitillo. Entre tiempo la joven con chaqueta de cuero habla por celular con la cabeza hacia atrás recostada sobre el espaldar de la silla, solo veo su boca y no distingo si llora o ríe. Cuando el hombre mayor que lee el documento y mira el celular se levanta de su puesto, la joven con chaqueta de cuero se expande en la silla doble, ahora para ella sola. El hombre mayor que lee, con el documento bajo el brazo y el celular en la mano, va hasta el mostrador y pide un café. Se cruza en el espacio de nadie con una mujer que ríe sola, come chicle, mira su celular como todos y pasa como una exhalación. Me doy cuenta de que la joven con chaqueta de cuero me mira, se levanta y viene hacia mí, pienso que me va a hablar, me preguntó qué me irá a decir pero no dice nada, pasa a mi lado sin mirarme. Otra mujer, no tan joven y con la mirada puesta en su celular, ocupa el puesto vecino al que dejó la joven con chaqueta de cuero. El hombre mayor que lee cambió de lugar y se sienta ahora donde antes estaban los niños y los tíos haciéndose selfies. La joven con chaqueta de cuero regresa comiendo helado, se sienta en el lugar que antes ocupó el hombre joven con barriga y antes que él la mujer del pitillo. Otro hombre joven llega con su celular en la mano al puesto vecino de la mujer no tan joven que se sentó donde estaba la joven con chaqueta de cuero antes de partir, hablan, ríen, se muestran el celular y parten. Otro hombre mayor con camisa de cuadros rojos ocupa esa silla doble, libre ahora, saca su celular, abre la boca y se queda mirándolo. El guardia desapareció del entrepiso. La joven con chaqueta de cuero y el hombre mayor con camisa a cuadros rojos no se despegan de sus celulares. El hombre mayor que lee y mira su celular cada cierto tiempo, lee el documento que, me parece, tiene unas sesenta páginas. Mis ojos se cierran, hace calor, dejo el computador en mi puesto y voy al mostrador al otro lado del espacio de nadie por un café. La mujer vestida de blanco lo sirve en un pocillo desechable pequeño; pago, ella registra la venta, me entrega el recibo y dos monedas, tomo el pocillo pero no lo levanto lo suficiente, lo golpeo contra un borde y el café se derrama sobre la mesa cerca de la máquina registradora. La mujer con un trapo seco limpia el reguero de café, le pido disculpas, ella me dice que no me preocupe y al mismo tiempo, como ve que intento ayudarle, me dice: póngale cuidado a su computador no le quite el ojo de encima. Luego me trae otro café. Intento pagárselo pero no recibe el dinero: tranquilo dice, no fue culpa suya. Cuando regreso a mi puesto con el café, tres mujeres mayores rodean al hombre mayor que lee, le hacen preguntas, él muestra el celular, sin decir más parten por el lado opuesto a la mujer del pitillo. La joven con chaqueta de cuero no se ha movido de su puesto y teclea en su celular a una velocidad asombrosa, teclea y bosteza. Una señora de verde se sienta en la silla vecina a mi lado y se inclina hacia mi en un intento por ver qué hago, me volteo hacia la izquierda para que no vea la pantalla de mi computador y la miro de frente, ella también me mira, es bajita y redonda, sonríe y se va. En el lugar donde antes estuvo la mujer no tan joven que se fue con el joven que vino por ella y antes la joven con chaqueta de cuero y antes el hombre mayor que lee, ahora, hay dos mujeres, las dos pegadas de sus celulares: una madre con dos niñas y una joven de uniforme azul con una maleta sobre las piernas. La madre deja su celular y da tetero a una de las niñas mientras la otra niña juega con un celular. En la silla que dejó el hombre mayor que lee, una joven morena y gruesa que acompaña a una mujer mayor en silla de ruedas descansa, no espera, no tiene celular y si lo tiene no lo ha sacado. La madre con las dos niñas sigue dando tetero a una de ellas y, con dificultad, mira el celular en la mano libre. Por alguna razón la silla a mi lado es ocupada por gentes de paso. La mujer mayor que se sentó con media nalga en el aire, la mujer bajita y redonda que intentó ver la pantalla de la computadora y ahora un hombre que se quita los zapatos, estira los pies, saca el celular, lo mira, no encuentra lo que busca, se pone de nuevo los zapatos y se va por donde nadie se ha ido hasta ahora. En la silla donde estaba la joven morena y gruesa, compañera de la mujer mayor en silla de ruedas, están ahora una mujer embarazada y un hombre, parece el padre; los dos miran sus celulares.


Después de la partida del hombre que se quitó los zapatos vinieron unos segundos, quizá minutos, de reposo; nadie se movió, nadie se fue y nadie llegó. El puesto a mi lado quedó libre, el puesto al lado de la joven con chaqueta de cuero también. El guardia en el ventanal volvió a su puesto, su recorrido es de un lado a otro de la ventana, cuatro pasos a la derecha, cuatro a la izquierda con reposo en cualquier lugar del recorrido y la posibilidad de mirar el hall que se ve en su totalidad desde su puesto de vigilancia. La mujer embarazada y el marido, supongo que es el marido, guardan sus celulares y parten. Una pareja joven llega. La joven con chaqueta de cuero ya no teclea en su celular, habla, tose, bosteza y habla. La sensación de que ninguno de los presentes espera se impone. Una mujer grande, rubia, con tetas enormes pasa cerca; al mismo tiempo dos ancianas tomando jugo de mandarina también y una joven flaca y alta, demasiado alta se para en el centro del espacio de nadie, mira sin mirar, consulta su celular y se va en el mismo momento en que dos mujeres mayores, que no están juntas ocupan los puestos libres al lado de la joven con chaqueta de cuero y al mío. La que se sienta a mi lado me saluda y se tapa media cara con una mano. La que se sienta al lado de la joven con chaqueta de cuero lleva gafas oscuras a pesar de que no hay sol y toma café en pocillo desechable. Sus gafas son de espejo, alcanzo a ver mi reflejo en ellas. La mujer toma el café apurada, en tres sorbos llega al final. La joven con chaqueta de cuero empaca su celular y deja su puesto, se fue. La mujer de las gafas de espejo se queda quieta como una estatua después de tomarse el café y la que ocupó la silla a mi lado sacó su celular, en el momento en que se iba a concentrar en él una joven llegó por ella. La mujer con las gafas de espejo deja su puesto cuando su celular timbra y la joven con chaqueta de cuero regresa. La madre con las dos niñas se fue y la joven con uniforme azul está aun allí pegada al celular. La  joven con chaqueta de cuero organiza su morral, saca cosas, no alcanzo a ver qué saca, mira, organiza y guarda de nuevo, repite la acción al menos tres veces, entonces se acomoda, se prepara para estar allí un buen rato, saca el celular y chatea. Un hombre con el pelo desteñido y una mano enyesada aparece y desaparece rápido. Ahora están la joven con chaqueta de cuero, la mujer con uniforme y maleta sobre las piernas y otra mujer que no sé de dónde salió; las tres pegadas a sus celulares. Un hombre sin pelo toma coca-cola parado al lado del mostrador y mira de reojo para todo lado, no lleva celular y si lleva no lo muestra. Como un fantasma el hombre con pelo desteñido y mano enyesada aparece y desaparece. En una de las sillas dobles aparece un hombre con muletas y celular. Dos horas después de llegar, antes de que mi celular suene, me voy…
Argumento. ¿Qué sería de nosotros sin celular? se pregunta el hombre, también puede ser una mujer… Así, en medio de la duda, comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Todo termina en punta

27 mayo, 2017 § Deja un comentario



Lo que sigue sucedió hace algún tiempo, podría decir años, pero eso no tiene importancia. Son cruces casuales al amanecer. En épocas de invierno aun está de noche cuando el cruce sucede. Los personajes son dos o tres y hasta cuatro si me instalo como vínculo único de los cruces. Ellos son un hombre y una mujer que no se conocen y nunca se han visto pero tienen dos puntos en común. Uno, ambos tienen mascota, el tercer personaje, seguramente la razón de sus salidas al amanecer. Mascotas de la misma raza y tamaño, pelo corto con manchas negras y blancas, el mismo caminar que no es caminar sino correr desbaratado y cara plana: ojos bizcos y hocico plano, pasado bajo el peso de una plancha. Dos mascotas sin perfil o una mascota multiplicada por dos. Ellos, el hombre y la mujer, salen a pasearlas al amanecer cuando aun es de noche; supongo, siempre supuse, no llegué a confirmarlo, que aprovechan el paseo de la mascota para hacer ejercicio. Si las mascotas son iguales, cortadas por la misma tijera o miembros de la misma camada, ellos, sus amos, no se diferencian mucho el uno de la otra y éste es el segundo punto en común, al menos a mis ojos. Los dos son flacos, de estatura corriente, pelo corto entrecano y quieto, mirada fija al frente y caminar regulado por la carrera desbaratada de la mascota, quizá también por su fatiga. Siempre visten ropa informal, ni tan deportiva que parezcan trotadores fatigados, ni tan formal que los haga ver como oficinistas cortos de tiempo. Independiente de sus vestimentas, y éste es quizá un tercer punto en común, ambos tienen el aire de funcionarios de una institución oficial con la jubilación a la vista y tal vez por algún estatus preferencial de antigüedad, con la posibilidad de llegar más tarde que sus compañeros al puesto de trabajo. Sus superiores saben de las mascotas, de la salida al amanecer, de la pronta jubilación y como están cerca de partir les permiten ciertas facilidades. Seguramente se las merecen después de años de servicio. No creo que ellos, la mujer y el hombre, se conozcan aunque es posible que por su apariencia de funcionarios oficiales, trabajen en la misma institución.


El cruce tiene lugar en puntos distintos del recorrido que hago tres veces por semana, también al amanecer pero sin mascota. Primero la veo a ella en las aceras que bordean la canalización; si viene en sentido contrario es porque salió más temprano, bajó hasta la avenida El Poblado y está de regreso. Si la alcanzo y va en la misma dirección es porque salió tarde, aunque en apariencia ese detalle no tiene importancia porque su paso es siempre el mismo, más lento que rápido. Hay amaneceres en que el tiempo parece sobrarle. Siempre paso a su lado sin mirarla ni saludarla. En una ocasión su mascota intentó correr detrás de mí pero ella se lo impidió con un tirón de la correa: “¡… Sartre…, cuidadito pues…!”, dijo con autoridad la mujer. La mascota hizo una voltereta y volvió a su lado con la cara plana y los ojos bizcos fijos en mí. Eso creí. El cruce con el hombre sucede en la segunda parte de mi recorrido, en la Aguacatala, cuando llego a la avenida Las Vegas, el lugar donde comienzo a regresar. Entonces lo veo, lo distingo en la distancia, camina rápido, su mascota siempre va con la lengua afuera más no por el esfuerzo sino por una condición genética de su raza. El hombre camina con paso militar: cabeza alta, brazos en movimiento y mirada al frente. No me mira y no me saluda pero estoy seguro de que me ve. Estoy seguro de que los dos: ella y él, me ven, me reconocen como yo a ellos, incluso imagino que después de tanto tiempo de cruzarnos podemos considerar que somos conocidos y me han adjudicado una profesión; quizá imaginan que soy mando medio en alguna empresa privada, no deben pensar de mí que soy un funcionario público, esperaría que no fuera así, hago lo posible por no parecerlo; quizá me imaginen como uno de esos que tienen poco para hacer, matan el tiempo en la casa, duermen todo el día y levantan los pies cuando la señora del servicio pasa barriendo cerca del balcón los alrededores de la silla de siempre, y hace creer a su familia que sale, al amanecer día de por medio, a trotar. Eso no lo deben poner en duda porque en cada cruce yo troto y ellos caminan. Después del tiempo, también, he llegado a la conclusión de que ellos no se conocen y tampoco se han cruzado a pesar de que ignoro el recorrido del hombre, nuestro contacto es el instante del cruce, no sé dónde comienza o dónde termina el suyo; con la mujer es distinto, cruzarme con ella en distintas direcciones me ha sugerido la posibilidad de la ida y el regreso lo que permite deducir que su punto de partida es algún lugar frente a la canalización. Después del tiempo, que se puede calcular en meses quizá también en años, hemos establecido relación de una sola vía con cruces milimétricos que duran segundos pero tienen el valor de años; en este momento debe ser posible decir nos conocemos, incluso que somos amigos, de cruces, claro, pero amigos al fin y al cabo. Otro punto en común, el cuarto si no estoy mal, lo noté una mañana cuando la mascota del hombre se deshizo del collar y sin gobernar su carrera, ni su cuerpo, ni sus ojos bizcos, corrió sin freno hacia la avenida. Estábamos a unos diez metros de distancia, mi primera reacción fue desviarme para interrumpir la carrera de la mascota y evitar el accidente pero la voz del hombre tronó como una orden de cumplimiento inmediato: ¡…Sartre…, aquí…! el perro volvió al lado del hombre que le aseguró el collar, me miró con ojos bizcos, eso creí, y siguieron su camino como si nada. Como de costumbre el hombre y yo ni nos miramos ni nos saludamos.

Pero la curiosidad quedó instalada. Las coincidencias origen de la ficción estaban en su lugar: los dos personajes eran iguales, su única diferencia era de género. Dudé. Pensé en la posibilidad de que fuera una sola mascota con dos amos, hombre y mujer, que la pasean por turnos, pero deseché la idea porque las diferencias de tiempo entre cruces eran mínimas y los lugares donde se daban, siempre los mismos con cada uno de ellos. Si los amos de los “Sartres” eran funcionarios como imaginé, o quizá profesores de alguna Universidad pública, lo digo por el nombre de la mascota; Sartre, el de cada uno, debe pasar el día durmiendo en algún rincón mientras ellos van al trabajo, y como gozan de estatus preferencial regresan temprano para el segundo paseo al finalizar la tarde o en la noche. A partir del momento en que decidí seguir el paso de los amos de Sartre, salí varias veces en la noche pensando en la posibilidad de un cruce nocturno pero no hubo tal cruce. No los vi, ni a él ni a ella y menos a Sartre. Mi interés por los cruces, los personajes y sus mascotas, tomó una importancia inesperada en mis salidas al amanecer; se convirtieron en una medida de tiempo según el lugar, más allá o más acá, del momento del cruce; las ocasiones en que por alguna razón, de uno de ellos o de los dos, no mía, no nos encontramos, la duda se instalaba hasta mi próxima salida: ¿qué habrá pasado?, ¿se enfermaría Sartre? Hasta que un amanecer de abril, el día comenzaba a despuntar, vi venir al hombre pero no vi venir a Sartre. Vi al hombre con paso lento, más que de costumbre, tal vez cansado. Esa mañana la mujer venía hacia mí cuando la vi por la acera de la canalización. A mi siguiente salida creí ver a la mujer de lejos, íbamos en la misma dirección, por la distancia, no vi su mascota. Ese amanecer no hubo cruce con el hombre. En mis salidas siguientes no los vi más, ni a la mujer ni al hombre ni a Sartre. Los cruces cesaron. Quizá me cruzaba con una mascota que para jugar conmigo, salía al amanecer con amos distintos. Pura ficción que termina en punta…
Argumento. Todo termina en punta, dijo el hombre, también puede ser una mujer… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Lado A y lado B

20 mayo, 2017 § Deja un comentario



Lado A.
Día gris, lluvioso. Hora de almuerzo. Un salón de restaurante, rectangular. Grandes puertas de vidrio y ventanales en un costado. Del interior se ve la poca gente que pasa. En el lado opuesto, frente a los ventanales, el bar con espejos y botellas hasta el techo; un mostrador alto donde taberneros, meseros, cocineros y administradores atareados se mueven de un lado a otro. Entre los costados largos del rectángulo diez o doce mesas con el pleno de clientes. En uno de los costados cortos una tarima con aire de casa de familia con sofá y piano. Allí, un trío: bongó, pianola y flauta traversa pone ritmo caribeño al almuerzo. Al lado derecho de la tarima, contra la pared también con espejos donde se refleja la calle y la lluvia, pero sin botellas, dos mesas para dos o cuatro personas. Una está libre y hasta el momento nadie la ocupa a pesar del completo de clientes, quizá tiene reserva pendiente En la otra una pareja se mira a los ojos: no hablan, se besan, los hielos de sus bebidas se derriten y seguramente los platos que les llevarán de un momento a otro quedarán fríos donde el mesero los deje, el amor puede más. En la siguiente mesa, separada de la pareja por una columna, una dama sola: ¿espera su pedido?, ¿alguien que la acompañe? No la vi llegar, apareció allí de un momento a otro y su soledad en este lugar con el bullicio del cupo completo me causó curiosidad. La observé con disimulo. Automat, la pintura de 1927 de Edward Hopper, fue lo primero que vino al recuerdo. La mujer de la pintura de Hopper estaba tan sola como la dama un poco a la derecha de mi puesto en una de las mesas del salón; la de Hopper iba abrigada para las ventiscas del invierno neoyorkino; la dama solitaria en la mesa medio disimulada por la columna viste de rojo encendido, por lo menos de la cintura para arriba, no la vi de pie. La correa negra de su bolso terciado, cruza su pecho, pasa entre los senos y se pierde debajo de la mesa; lleva gafas con montura también roja que se quita y se pone con rapidez y algo de nerviosismo. En contraste con la tranquilidad aparente de la mujer de Automat, la dama de rojo parece inquieta. Dos detalles, pero de detalles están hechas las historias: uno, la dama de rojo no dejó su bolso sobre el asiento y aun lo lleva terciado; dos, los movimientos repetitivos con las gafas que se quita y se pone, son suficientes para despertar mi curiosidad. Y la de cualquiera. Es evidente que no ve bien de lejos y la acción con sus gafas delata que espera a alguien y no quiere que, quien quiera que sea, la vea sin que ella lo, o la, descubra antes. Mientras los enamorados se miran a lo más profundo de sus ojos y el salón se mueve entre el tintineo de cubiertos y voces cada vez más agudos porque la música no alcanza a tapar los otros sonidos, la dama de rojo se mueve inquieta en su puesto y ordena una bebida, quizá la ordenó al entrar y no lo noté, que llegó minutos después en un vaso largo, con líquido transparente y cubos de hielo; un manojo de hojas verdes rebosan el borde. Es posible que la bebida no fuera lo que imaginé pero el bullicio de las conversaciones y el ritmo de la música me hicieron pensar en un mojito cubano. A partir del momento en que llegó la bebida la dama pareció calmarse, incluso llegó a mover las gafas frente a su cara al ritmo de la percusión, pero sus ojos como puntos ingobernables se movieron sin descanso en intentos infructuosos por ver más o más lejos de lo que les era posible. Poco a poco una paradoja se instaló en la figura de la dama de rojo; por un lado algunos detalles que componen su figura denotan tranquilidad, dominio de la situación: cuando toma sorbos cortos de su bebida y la saborea entrecerrando los labios o cuando suelta las gafas sobre la mesa, quizá con la intención de dejarlas allí de una vez por todas; pero también carga con detalles que denotan intranquilidad: el bolso terciado obra como una muestra de inseguridad e incomodidad, lo mismo la mano derecha que acomoda el peinado con más frecuencia de la necesaria; y el impulso sin freno, en eso se convirtió, de tomar las gafas, hacer dos movimientos frente a los ojos, para ver lo que no ve sin ellas y volverlas a dejar sobre la mesa, cinco, a veces diez o quince segundos, entonces vuelve al principio. La dama de rojo es un puñado de contradicciones. Para completar, por inquietud o soledad, el mojito se terminó más pronto de lo esperado y cuando quizo probar un poco más se encontró con el frío del hielo que quema sus labios; una expresión de abandono la domina, sus hombros caen y, es cierto, su cuerpo se desliza hasta casi desaparecer debajo de la mesa. La joven menuda del servicio presintió el momento y se apresuró a ofrecer otro vaso o insinuar que pronto llegaría su plato, pero ella no había ordenado nada; si la joven menuda del servicio no hubiera llegado en su rescate la dama de rojo se hubiera, quizá, escurrido debajo de la mesa. Pasado el trance, la dama de rojo y la joven menuda del servicio, se decidieron por otro mojito…


Lado B.
Nadie me va a notar, pensó la dama de rojo en el momento de llegar a la entrada del restaurante y ver el salón con todas las mesas ocupadas. Era el momento ideal, no esperaba encontrarlo hasta el tope de clientes pero le convenía a la perfección. Desde la puerta alcanzó a ver una mesa pequeña, al otro lado del salón, fuera del circuito de meseros y comensales, perfecta para ella. Cruzó el salón por el centro. Fue un riesgo pero necesitaba llegar directo al mostrador donde los empleados despachaban pedidos, llenaban órdenes o esperaban la salida de algún plato. Preguntó a una de las meseras si la mesa del fondo, al lado de la pareja estaba reservada. La mesera, joven y menuda, más bajita que la dama de rojo, consultó con la mirada al administrador atareado en el bar y él, quizá por el afán del servicio, confirmó, con otra mirada igual que la mesa estaba libre. La joven menuda dijo a la dama de rojo que podía ocuparla y ella entonces, quizá para ganar tiempo, ordenó allí mismo un mojito recargado… recargado, insistió. Se deslizó tan rápido como pudo por el pasillo entre mesas y mostrador sin mirar para ningún lado con la esperanza de que nadie la viera, que nadie tuviera referencia de su presencia; con prisa ocupó la única mesa que para ella tenía una ventaja visible, se podía disimular detrás de la columna que la separaba de los enamorados. Por supuesto no miró los enamorados, sus ojos estaban puestos en la mesa. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que un trío tocaba ritmos caribeños en una tarima frente a su mesa, hasta ese momento no había escuchado la música. No fue una cita lo que la llevó hasta allí, ni una inquietud, ni la soledad que refleja quien parece abandonado a su suerte en una mesa para cuatro, mientras las otras, todas las otras, están ocupadas por grupos numerosos. Necesitaba un lugar con gente, entre quienes se pudiera disimular; un lugar donde nadie la viera. ¿Por qué no se fue para su casa si nadie la podía ver? La respuesta es simple, porque era allí donde primero la buscarían. Segura de eso decidió instalarse en ese salón al que nunca había entrado y era perfecto, a nadie se le ocurriría pensar que estaba allí. Y como sabía que no tendría más qué hacer, olvidó el celular o mejor, no lo olvidó, lo dejó, decidió que se distraería mirando qué hacen los otros cuando creen que nadie los mira. Cuando la joven menuda trajo el mojito recargado jugaba con las gafas, las hacía girar entre sus dedos o las pasaba de una mano a la otra; sin darse cuenta seguía el ritmo del son que sonaba en ese momento. Unas horas, era todo lo que necesitaba; un par de horas sin que nadie la encontrara, sin que nadie supiera dónde estaba, después aparecería con cara de sorpresa, incluso con lágrimas preguntaría: ¿qué pasó?, ¿cuándo fue?, ¿por qué no me llamaron?, ¿quién lo hizo? No sabría decir si por la tensión del momento, por la música, o por el hecho de estar sola en un lugar público, no estaba acostumbrada, el tiempo pasó y el mojito se terminó antes de lo que hubiera querido. Necesitaba que el tiempo pasara pero no tan rápido. Fue el roce del hielo en sus labios lo que desató una desazón como no la había sentido nunca; pedir algo, otra bebida o algo para comer implicaba llamar la atención,  se convirtió en un martirio, lo que menos deseaba en ese momento. La joven menuda, atenta al servicio de sus clientes se acercó para preguntarle si deseaba ordenar su plato pero notó el desanimo de la dama de rojo hundida, cada instante más perdida en el asiento y no alcanzó a hacer su pregunta, la dama caía en un estado lamentable, entonces la joven menuda decidió que lo mejor era traerle otro mojito más recargado aun para reanimarla. Fue entonces cuando la dama de rojo vio al hombre que desde una de las mesas del salón la miraba como se mira cuando se quiere ver más de lo que se puede ver. El hombre la miraba y escribía en su celular…


Argumento. Detrás de una historia siempre vienen otras historias… dijo el hombre, también puede ser una mujer, y comenzó a escribir…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial

Cruces inventados

13 mayo, 2017 § Deja un comentario


Nada es invento. Si por alguna razón, los detalles, datos o fechas de los “cruces” que siguen, coinciden con hechos sucedidos en la llamada realidad, es porque de tanto repetirlos han tomado el aire de lo sabido. Sin embargo son coincidencias sencillas que, como todo el mundo sabe, están al origen de la ficción. Calificar estos cruces como inventados es una repetición quizá innecesaria…


Coincidencias
Dicen que Las Meninas es una puesta en escena, un montaje, toda proporción guardada, idéntico a las imágenes en movimiento que propone el cine. Una razón de peso es que el pintor utilizó la Cámara Oscura, un recurso que Vermeer y otros contemporáneos emplearon. Parece que Las Meninas fue construida a partir de imágenes independientes con el apoyo de la Cámara Oscura y luego editada, un término cinematográfico, en el taller donde el artista agregó los detalles y el misterio. Y es de ese misterio de donde pueden surgir tantas versiones como espectadores visiten El Prado o cualquiera de los museos virtuales en internet. Unas más fantásticas o acertadas, a ojos de los expertos, que otras. El cuadro de Velázquez fue pintado a mediados del siglo XVII y quién sabe de cuántas historias ha sido la fuente.
Las historias están en todas partes y cada uno promueve las que más le gustan. En ocasiones las narraciones se cruzan y alcanzan vida propia en espacios distintos. En “Short cuts”, traducido al español como “Vidas cruzadas”, Raymond Carver escribió nueve cuentos que suceden en lo profundo de la clase media americana. Robert Altman hizo una película en 1993, con base en las nueve historias; el título era el mismo. Por cuestiones de ambientación la película se sitúa en un Los Ángeles desconocido y poco visualizado pero se acerca a lo imaginado por Carver, quien murió en 1988. Unos cuentos que se cruzan y una película que aunque no es literal lleva el mismo título y pone en escena los mismos personajes. Otra obra, que tiene relación con los cuentos de Carver aunque es casi seguro que su autor no se cruzó con él ni con Altman, es la de Edward Hooper el pintor que en los años cuarenta creó situaciones que no están lejos de lo imaginado por Carver y Altman en sus ficciones cruzadas. Hooper pintó, por ejemplo, un hombre en mangas de camisa y chaleco, que podría ser uno de los personajes de Carver; el hombre fuma y al mismo tiempo mira por la ventana algo que el espectador no ve, mientras una mujer ¿su mujer? en camisón de seda lee un libro, ¿en voz alta?, sentada en una silla oscura. Están en una pieza de hotel. No es su habitación de todos los días, no hay intimidad en los objetos que allí se encuentran. Es una puesta en escena como la de Velázquez trescientos años antes y surte el mismo efecto: historias que se cuentan. Ni Carver, ni Altman, ni Hooper y menos aún Velázquez se cruzaron en ningún momento de sus vidas…


Memoria
La memoria es algo que a veces hace reír y a veces hace llorar, es el epígrafe de un documental del que sólo recuerdo esa frase. Hace pocos días, ayer, escuché hablar de un libro que se lee tan rápido como se olvida. No hay memoria sin olvido. “… Es tan corto el amor y es tan largo el olvido…” escribió Neruda; y Borges “…Sólo una cosa no hay, es el olvido…” Y de la misma manera es posible citar cientos de ejemplos de memoria y olvido que  llevarían a lo mismo: la memoria es el olvido.
Recordar una persona implica hacer una reconstrucción mental de su cara. Pero si el recuerdo debe ser más preciso, la búsqueda lleva a un momento señalado y el resultado será el momento de una acción y entonces vienen las preguntas: ¿cuándo sucedió aquello?, ¿cómo estaba yo vestido?, ¿qué hicimos después?, ¿por qué estábamos allí? Y entonces aparece el tiempo. Cuando alguien describe, en media hora, en diez páginas o en cien, una acción que tiene transcurso en años; memoria, olvido y tiempo, lo hacen de tal manera que quien escucha o lee recibe una versión creíble de lo sucedido. La acción literal, narrada al pie de la letra, minuto a minuto, tomaría tanto tiempo en su desarrollo como  la situación misma.
Como un ejercicio de memoria, o de olvido, una persona con quien sólo hablé una hora o un poco menos, me contó cómo la sensación de olvido lo invadió una noche frente a su computadora con un dolor de cabeza terrible. A mi pregunta de si había algo, cosa o persona que recordara más que otros de ese período, su respuesta fue: una mujer con un diente de oro. No hablamos más, su transporte llegó y el hombre fue a ocupar su puesto apresurado, se excusó diciendo que su tiquete no era numerado…


Las cosas no son del dueño
Las cosas no son del dueño sino, del que las necesita. Dicen. He aquí una prueba. Una vez, mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde para seguir mi camino alcancé a ver desde mi puesto de conductor unas gafas para sol abandonadas, perdidas por su dueño, al borde de la cera al otro lado de la calle. Desde ese instante consideré que eran mías pues yo las había visto de primero. ¿Primero de qué, antes que quién?, no lo se, pero eso fue lo que decidí y quedé convencido de mi derecho. No podía dejar mi puesto de conductor, cruzar la calle, recoger las gafas y volver de nuevo a mi puesto, era un riesgo, entonces las vigilé hasta el momento en que el semáforo hizo el cambio de luces. En el último segundo, cuando la luz titila entre rojo y amarillo antes de pasar al verde, un señor cruzó la calle corriendo y recogió las gafas como si fueran suyas. ¡He! grité… esas gafas son mías! Pero el hombre no me escuchó. Entonces pité varias veces hasta que logré llamar su atención. Mientras esto sucedía el semáforo paso a verde y el carro detrás de mí comenzó a insistir para que continuáramos. El señor al otro lado de la calle se quedó a la espera pues no sabía por qué le hacían señas desde un carro desconocido. Cuando llegué a su lado, tuve que parquear mi carro para no interrumpir el tráfico y le dije sin preámbulos, esas gafas son mías. La sorpresa del hombre fue tan grande como mi decisión para reclamar la propiedad. No nos dijimos ni una palabra más, él me las entregó, yo volví a mi puesto y partí. Ni siquiera se me ocurrió mirarlo por el retrovisor.
Hace poco en la ciclovía vi caer del bolsillo de atrás de alguien que me pasó en bicicleta un papel, tal vez era un billete, no lo puedo asegurar. Dos personas que trotaban unos metros detrás de mí vieron el papel y confirmaron que era un billete. Vi cuando lo recogieron. Recordé la historia de las gafas y les dije, ¡Eh, ese billete es mío! no me creyeron, no me lo entregaron y siguieron por donde iban como si nada hubiera pasado…
Argumento. Ningún cruce viene solo, dice el hombre. También puede ser una mujer… Después de decirlo sigue el cruce y, por supuesto, la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
© Saúl Álvarez Lara / 2017

Novedad para el 2017 en Ficción.La.Editorial