Silla 42

19 octubre, 2019 § Deja un comentario


… La banca y la manicure…

En varios tiempos

Pintarse las uñas es un arte. Unas uñas bien pintadas requieren minucia y pulso firme. Por esta razón la presencia de la mujer en una de las tantas rutas de bus, en acción de pintarse las uñas me puso sobre aviso. La pose de la mujer plegada sobre ella como si quisiera aprovechar un momento propicio, que no va a regresar, llamó mi atención y fui a ocupar la banca paralela a la suya. Por supuesto no vi lo que hacía hasta llegar a su lado. La mujer, con ropa deportiva pegada al cuerpo y tenis fluorescentes, iba concentrada en sus manos, tenía un pincel con tapa de esmalte para pintar uñas en una mano y un frasco de esmalte rojo entre los muslos apretados. Apenas llegué a su lado el bus arrancó de nuevo, ella dejó de aplicar esmalte y quedó suspendida en la acción. Cuando el bus se detuvo por culpa del tráfico, aprovechó y con precisión aplicó dos pasadas en una uña, lo iba repetir en la del corazón pero el bus se puso en movimiento, frenó, arrancó, esquivó un desnivel, disminuyó la velocidad y ella se vio obligada a interrumpir de nuevo su manicura. Tomarle una fotografía, se convirtió en obligación. Lo que sucedió de ese momento en adelante fue así: ella esperó cada ocasión para aplicar esmalte y yo esperé cada ocasión para hacer, con mi celular, al calculo, sin mirar en la pantalla para no delatarme, una fotografía. Fallé más veces de las que acerté. Las fallé todas. Unas porque solo veía partes de su cuerpo, muslos o camiseta; otras, porque, ella, más hábil que yo en eso de aprovechar los espacios de quietud, pintó sus diez uñas, alcanzó a soplarlas para que secaran rápido y llegó a su destino antes que yo pudiera hacer mi fotografía. Me quedé con el celular preparado en el ángulo ideal para lograr la imagen del momento exacto en que ella aplicaría el esmalte. Pero ella desapareció en una de tantas paradas y no logré tomar la foto. La banca del bus desierta es el testimonio único de esta historia. Tendrán que creerme…

Hechos…

… En 1958 el diseñador danés Arne Jacobsen creó la silla Egg llamada así por la forma de huevo que incluye asiento, brazos y respaldo en una sola pieza…

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 25 / 11 / 2019

Silla 41

12 octubre, 2019 § Deja un comentario


James Ensor, una silla, un cruce inesperado

Frente al Pacífico

Quienes conozcan a James Ensor, el pintor belga, se preguntarán qué hace frente al océano Pacífico y, además, ilustrado por una silla metálica cuya sombra en lugar de pegarla al piso la hace tan ligera que vuela, los accidentes de la piedra parecen texturas de cielo y quizá, sin esfuerzo, se convertirán en nubes. James Ensor nació en Ostende, en la costa belga frente al mar del Norte a mediados del siglo XIX. Lo conocí en los años setenta por dos de sus obras: El autorretrato con máscaras y La entrada de Cristo a Bruselas. Dos pinturas de finales del siglo XIX que vi una tarde de invierno en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas. La luz y la factura del trazo que algunos intentan asimilar a la de los impresionistas franceses y que él negó con vehemencia, no fue lo que me atrajo de esas pinturas. Fueron las máscaras de colores diversos que podrían ser saltimbanquis o brujas o esqueletos coloridos o el mismo Ensor vestido de rojo con sombrero de pluma y barba acicalada, en medio de la alegría del Carnaval entre bandas de música y pancartas. Eso fue lo que me atrajo. Me pareció una suerte de reivindicación de la vida, la luz y la alegría, que un hombre nacido frente a las frías aguas del mar del Norte, donde los días son cortos, las noches largas y el frío se cuela por las rendijas, dedicara su obra al colorido y la parodia del Carnaval. Pero estaba equivocado. Ensor nació, creció y vivió buena parte de su vida en el segundo piso del almacén donde su abuela exhibía objetos exóticos, encajes con colores fabulosos, extrañas bestias disecadas, colecciones de máscaras, de disfraces y de objetos llegados de países lejanos. Nada hubiera podido estimular más su imaginación que la diversidad del contenido de la tienda y es por esto que en la mayoría de sus pinturas y dibujos, el domino de la luz, el color y las formas inesperadas, están presentes. Después perdí de vista a Ensor y su obra, quizá lo recordé en alguna ocasión pero sin más. Hasta un medio día de primavera, hace poco, cuando me crucé en el Museo Getty de Los Ángeles con La entrada de Cristo a Bruselas. Tan inesperado fue el encuentro que no tuve la agilidad suficiente para tomar la fotografía que lo certificara. Allí, en una sala relativamente pequeña estaba la tela inmensa, más de cuatro metros por tres, con su colorido intacto, sus bandas de música, sus pancartas, sus calaveras, sus máscaras y su carnaval. Constaté entonces que era imposible distinguir a Cristo entre la multitud enmascarada por el color. Al salir de la sala encontré la silla en listones metálicos que por falta de cuerpo confundía su forma con la sombra en el piso. Con el recuerdo de la pintura en la memoria pensé que él también se hubiera sentado en esa silla a imaginar, bajo la luz cambiante del mar del Norte en primavera, las máscaras y el Carnaval de Bruselas, con o sin Cristo. Sin embargo, como lo que tenía frente a mí era el Pacífico, solo alcancé a imaginar a Ensor mientras recreaba sus parodias…

Hechos…

… La silla Mackintosh se distingue por el respaldo estrecho de cuatro alturas. Las tres primeras cruzadas por listones horizontales; la cuarta, con listones horizontales y verticales en forma de damier coronan la altura. Siempre pintadas de negro, las Mackintosh, son un ejemplo de diseño moderno. Su autor fue el arquitecto escocés Charles Rennie Mackintosh…

Museo Maja de Jericó / Exposiciones abiertas hasta el 25 / 11 / 2019

Silla 40

5 octubre, 2019 § 3 comentarios


… La banca de cemento y los días…

Declaración pública

Cerca del medio día caminé bordeando los árboles, no recuerdo exactamente qué era lo que buscaba por aquel lugar que no es parque, es zona verde que rodea la canalización por donde baja la quebrada Ayurá, no lejos de mi casa. El sol me obligó a sentarme bajo un sombra corta en una de las bancas de cemento cercanas a la baranda que separa la zona verde de la acera. Extrañamente me encontré solo en un buen tramo de acera donde, por lo general, los pasantes, los automóviles y los ruidos abundan. Cuando caí en la cuenta del silencio me acomodé en una esquina de la banca a esperar. Siempre estamos a la espera. El lugar y el momento eran propicios. Por una costumbre que se ha ido agudizando con el tiempo comencé a mirar alrededor en busca de algo que, ha sucedido, me lleve a otra parte, me narre una historia o, al menos, la sugiriera; el resto lo haría yo de regreso a casa, después, claro, de tomar las fotografías de rigor. No había nada, es decir, había poco alrededor aparte de algunas ramas sueltas y uno que otro rastro de hoja seca. La banca tenía manchas por aquí y por allá, manchas de tiempo y del paso de las gentes. En el extremo opuesto alcancé a notar una suerte de rasguño, algo que no venía del tiempo ni de los accidentes que pueden causar los pasantes. Me deslicé hasta allí y me encontré con una frase que, a medida que llegaba a su final, se hacía ilegible; sin embargo me apliqué a descifrarla. La frase iniciaba con un símbolo visto en espacios virtuales y seguía con letra redonda, clara, limpia, que poco a poco se desmoronaba, se perdía quizá en la angustia o la falta de tiempo. Me tomó algunos minutos desenredar las letras confusas. Era una frase contundente escrita por alguien que seguramente vivía la experiencia descrita en ella; alguien que, entre la primera y la última de sus letras había definido el vacío o el exceso convertido en vacío. Imaginé ese alguien, mayor o lo suficiente para saber o constatar, en cinco palabras, el límite del tiempo. Lo imaginé en un momento de soledad y silencio, sin pasantes ni automóviles, cerca de la zona verde, escribiendo con la urgencia que la declaración impone. Lo imaginé subrayando, como quien estampa una firma, la duración del hecho. Lo imaginé, también, caminando calle abajo, bordeando la zona verde, hasta perderse en el primer cruce de calles después de marcar su declaración indeleble: “La vida son dos días”…

Hechos…

Historia de la silla. Silvio Rodríguez. «… En el borde del camino hay una silla / La rapiña merodea aquel lugar / La casaca del amigo está tendida / El amigo no se sienta a descansar / Sus zapatos de gastados son espejos / Que le queman la garganta con el sol / Y a través de su cansancio pasa un viejo / Que le seca con la sombra el sudor…”

Museo Maja de Jericó / Inauguración 05 / 10 / 2019 / Auditorio del Museo

Silla 39

28 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… La silla de director…

Silla en equis

Sencilla en apariencia, con espaldar de lona, madera ensamblada y estructura en equis, la silla de director está al origen de una historia que viene desde el Antiguo Egipto donde su uso determinaba el rango, incluso la divinidad, de quien la utilizara. Una silla del mismo estilo, quizá con asiento y espaldar en piel o cojinería fue utilizada en Roma, durante la República y el Imperio, por magistrados o personajes con la categoría o el poder para ocuparla. Algunas de estas curules, su nombre en latín es Sella curulis, no tenían espaldar y esto obligaba a los patricios que las utilizaban a inclinarse hacia adelante, una actitud que aportaba significado y convicción a sus palabras en público. Por práctica, la Sella curulis fue conocida entre la soldadesca y las gentes de a pie como la Silla de tijera y con ese nombre perdió el aura de divinidad y poder que la había precedido. A finales del siglo XIX una empresa de mobiliario para exteriores presentó, con base en la silla de tijera, un modelo que llamó: Silla de director. A partir de mediados del siglo XX la Silla de director comenzó su carrera en el cine, pasó de ser el lugar insignia del poder para convertirse en el trono de las estrellas de Hollywood con sus nombres en letras de molde marcado en el espaldar. Recuerdo una fotografía de Rita Hayworth y Orson Welles, jóvenes y sonrientes, mientras posan en sillas, marcadas con sus nombres, en el set de la Dama de Shanghai; también recuerdo a Federico Fellini levantando los brazos desde su silla en el set de La Dolce Vita; y la bella Marilyn Monroe en pose sugestiva durante el descanso de alguna de sus películas, quizá Niágara. La denominación Silla de director pasó a través del tiempo, mientras que sus predecesoras la Silla curulis y la Silla de tijera se quedaron estancadas entre los vaivenes de la historia. Recuerdo que en el mobiliario de sala de una casa donde viví había por lo menos cuatro Sillas de director con asientos y espaldares que cambiaban de color con la frecuencia necesaria para que no parecieran envejecidos. La Silla de director pintada de negro, algo desgastada, plegada contra la pared entre cables y extensiones eléctricas, tuvo tiempos mejores; la vi una tarde en el estudio de un pintor amigo que seguramente la tuvo como modelo en alguna de sus obras…

Hechos…

Ludwig Mies van der Rohe diseñó La silla Barcelona, una de las más famosas del diseño moderno. Su estructura es de acero cromado y lineal con cojines de cuero. El respaldo y las patas en una sola pieza de acero tienen forma de equis como la Silla de director.

Museo Maja de Jericó / Inauguración 05 / 10 / 2019 / Auditorio del Museo

Silla 38

21 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… “Invierta la imagen: nada de más, nada distinto, nada”…

Nada distinto

“El imperio de los signos” es el título de un libro de Roland Barthes donde el signo, en el país del dibujo y la escritura con pincel, es el centro. “… El lugar del signo en este libro, escribe Roland Barthes, no está en el arte ni en el folclor y tampoco en la civilización. Está, continúa, en la calle, el almacén, el teatro, la cortesía, los jardines, incluso en la violencia; también en algunos gestos, poemas o alimentos; pero sobre todo está en las expresiones, las miradas, y los pinceles con los que todo esto se dibuja pero no se escribe…” La escritura convertida en dibujo. Entre las páginas sesenta y cuatro y, sesenta y cinco, en doble página, se encuentra la fotografía de un pasillo interior con ventanas, a la izquierda del lector, divididas por recuadros de marco pequeño tapizados con papel de arroz; a la derecha puertas corredizas que miran al salón principal. A pesar de que la fotografía es en blanco y negro, el piso y el techo de madera, con incrustaciones preciosas, asumen la perspectiva. Al pie de la fotografía, una frase escrita a mano: “Invierta la imagen: nada de más, nada distinto, nada”. La primera vez que tuve el libro en mis manos hice lo que indicaba la nota al margen, le di vuelta y me encontré con el mismo pasillo, la misma luz y la misma imagen; el techo tomó el lugar del piso, el piso invertido era ahora techo y los ventanales y puertas en lados opuestos pero en su lugar. La sensación de encontrarme en el pasillo con la posibilidad ir y volver sin moverme de mi puesto de lector fue trastocante. El pasillo era pasillo al derecho y al revés. La frase al pie de la imagen da cuenta de la sutileza japonesa que, con base en pictogramas, símbolos, escritura, dibujos, líneas, luz, representa todo y nada a la vez. Hace poco entré por primera vez, después de años, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes de Medellín. Estaban en plena labor de restauración, sin embargo fue posible recorrer los primeros salones y también admirar la belleza estancada en el tiempo de ese edificio. Desde una de las dos poltronas de cuero blanco que había por allí, admiré, presentí el tiempo y al levantarme, seguramente por una costumbre ya enraizada, tomé una fotografía de la poltrona; la combinación con el piso en baldosa verde y gris agua era especial. Esa misma noche mientras miraba la fotografía en mi casa, un movimiento inesperado la hizo girar ciento ochenta grados y me encontré frente a la poltrona del Palacio de Bellas Artes al revés y sin embargo, igual. La sensación trastocante que encontré en el pasillo de “El imperio de los signos” al derecho y al revés volvió. Se me ocurrió entonces que podía confirmar que los objetos, las imágenes o las imágenes-objetos, llevan en ellos su derecho y su revés, su aquí y su allá. Todo igual, nada distinto…

Hechos…

… Frank Owen Gehry creó una silla con ondulaciones hacia adelante y hacia atrás llamada “Wiggle side” o “Silla ondulada” por su base entretejida con tiras de cartón y madera para mayor consistencia. Fue producida industrialmente pero su precio la sacó demasiado pronto del mercado…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 37

14 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… No es una nube cualquiera…

La Nube de los miércoles

Un final de tarde que no era de verano y tampoco de invierno, caminando por una calle amplia del Barrio Chino, barrios chinos hay en muchas ciudades y el encuentro hubiera podido suceder en cualquiera de ellos, me encontré frente a frente con la nube. Puedo decir que a fuerza de perseguirlas, ellas, me persiguen y la que encontré aquella tarde gris, quizá de lluvia, era mi nube. Como no la esperaba a la vuelta de la esquina, el encuentro fue una sorpresa, aun para mí, perseguidor, coleccionador de nubes; les tomo fotografías, las dibujo, las pongo en lugares inesperados. Una nube en el cielo, si tenemos en cuenta la variedad infinita que circulan, es una nube en su elemento; pero, esa misma nube en otro contexto es un misterio, una representación de la ficción. Y la de aquella tarde en el Barrio Chino era ficción pura, podía incluso pararme a su lado o sentarme en ella. Debo decir que nos perseguimos desde una mañana en la puerta de mi casa. La vi cuando iba rumbo a la parada de bus; era una nube solitaria quizá pequeña en comparación con el espacio infinito que la rodeaba. Me pareció una de esas que se cruzan siempre en el camino y apenas la miré. Cuando llegué a la parada continuaba allí; no había cambiado de forma, era la misma, idéntica, con trazo como de pintura al óleo. Aquello era extraño porque las nubes cambian de forma todo el tiempo, es su mayor virtud. Esa mañana ocupé uno de los puestos de adelante al lado de la ventanilla. La mañana estaba despejada y aquella nube, única en el cielo, parecía seguir el bus. Si otro automóvil se interponía, la nube esperaba justo a la vista de mi ventanilla. Cuando se detuvo, sin cambiar de forma, tamaño o densidad, mientras el semáforo pasaba de rojo a verde, y arrancó de nuevo cuando la luz cambió, ya no pude quitarle el ojo de encima. Era miércoles. Al atardecer ya de regreso a casa la vi de nuevo, parecía esperarme iluminada a ras por la luz rojiza del poniente. La mañana del jueves amaneció lluviosa y los otros días fueron grises y encapotados. El miércoles siguiente, una semana después, la mañana fue azul con la nube en el mismo lugar, igual en tamaño, densidad y forma de la semana anterior. Fue imposible no caer en la cuenta de que esa nube única que no cambia de forma ni tamaño, que se deja ver los miércoles sin falta, es mi nube y entonces, como cualquier vecino salí, y aun salgo, a pasear con ella. A veces, es mejor decirlo ahora, también era miércoles el día del encuentro en el Barrio Chino, ella me juega bromas, se disfraza y se planta en lugares inesperados a ver si la reconozco…

Hechos…

Los clásicos son iguales en todas partes, solo cambian de material. En algunos lugares llevan listas de madera en el respaldo; en otros, el mismo respaldo es tejido de bejuco. En otros, es en cuero, en metal o en tablilla con grabados. Aunque parezcan distintos son, siempre, el mismo…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 36

7 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… La lámina y la silla…

La huella

El tiempo no pasa en vano, dicen. Me crucé, muy de mañana, en el pasillo de una casa ajena con algo que no debió dejarme dudas respecto al tiempo que pasa. Su huella es indeleble. La lámina, con marco de madera, del arriero cargando la mula con sacos de café, colorida y luminosa como una mañana de verano en otra época, era, en ese momento, azul, pálida, después de pasar horas, días, quizá meses, en un lugar donde la luz del sol fue inclemente. La silla de mimbre también tuvo épocas mejores, no debió pasar horas a la luz del sol en algún pasillo al borde de un patio pero si soportó el peso cada día mayor, supongo, del dueño o la dueña de casa. Ambas, lámina y silla, viven con la huella del tiempo presente. El tiempo es cosa seria. Nos mantiene pendientes de sus argucias y desplantes. Que el tiempo pase tiene poco o mucho de bueno, su martillar sin reposo abruma o exalta. Hace años, he ahí el tiempo, me detuve frente a una vitrina donde un aparato que nunca había visto marcaba un movimiento. No era un reloj cualquiera, en caso de que hubiera sido uno, ni siquiera era digital. Se trataba de una canaleta metálica, brillante, por donde una esfera del mismo material y diámetro de la canaleta se deslizaba con ritmo continuo; los tramos, cortos e iguales, unos diez, se inclinaban a medida que la esfera los recorría; al llegar al final de un tramo el peso de la esfera invertía la inclinación y, sin detenerse, recomenzaba el movimiento en el siguiente. Un sin fin parecido al tiempo. Llegué a la vitrina de día. Sin notarlo y sin que la esfera se detuviera bajo el impulso de su propio peso, la noche cayó. El tiempo se deslizó, como la esfera en la canaleta y marcó su huella entre el día y la noche. No hace mucho escuché esta conversación en una mesa vecina: “¿qué horas son? fue la pregunta. Las horas no son, las horas pasan, fue la respuesta. ¿Qué horas pasan? insistió el que pregunta. No sé respondió el otro, como no las escucho pasar, no sé por dónde ni cuándo pasan, nunca las he visto pero dejan huella y por eso las reconocerá, agregó.”

Hechos…

… La Silla Butaque, parece una adaptación de la silla de la Savonarola y de otra de origen español. Se dice también que la Butaque tiene origen en otra silla de montar femenina llamada jamuga o de tijera…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

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