Silla 37

14 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… No es una nube cualquiera…

La Nube de los miércoles

Un final de tarde que no era de verano y tampoco de invierno, caminando por una calle amplia del Barrio Chino, barrios chinos hay en muchas ciudades y el encuentro hubiera podido suceder en cualquiera de ellos, me encontré frente a frente con la nube. Puedo decir que a fuerza de perseguirlas, ellas, me persiguen y la que encontré aquella tarde gris, quizá de lluvia, era mi nube. Como no la esperaba a la vuelta de la esquina, el encuentro fue una sorpresa, aun para mí, perseguidor, coleccionador de nubes; les tomo fotografías, las dibujo, las pongo en lugares inesperados. Una nube en el cielo, si tenemos en cuenta la variedad infinita que circulan, es una nube en su elemento; pero, esa misma nube en otro contexto es un misterio, una representación de la ficción. Y la de aquella tarde en el Barrio Chino era ficción pura, podía incluso pararme a su lado o sentarme en ella. Debo decir que nos perseguimos desde una mañana en la puerta de mi casa. La vi cuando iba rumbo a la parada de bus; era una nube solitaria quizá pequeña en comparación con el espacio infinito que la rodeaba. Me pareció una de esas que se cruzan siempre en el camino y apenas la miré. Cuando llegué a la parada continuaba allí; no había cambiado de forma, era la misma, idéntica, con trazo como de pintura al óleo. Aquello era extraño porque las nubes cambian de forma todo el tiempo, es su mayor virtud. Esa mañana ocupé uno de los puestos de adelante al lado de la ventanilla. La mañana estaba despejada y aquella nube, única en el cielo, parecía seguir el bus. Si otro automóvil se interponía, la nube esperaba justo a la vista de mi ventanilla. Cuando se detuvo, sin cambiar de forma, tamaño o densidad, mientras el semáforo pasaba de rojo a verde, y arrancó de nuevo cuando la luz cambió, ya no pude quitarle el ojo de encima. Era miércoles. Al atardecer ya de regreso a casa la vi de nuevo, parecía esperarme iluminada a ras por la luz rojiza del poniente. La mañana del jueves amaneció lluviosa y los otros días fueron grises y encapotados. El miércoles siguiente, una semana después, la mañana fue azul con la nube en el mismo lugar, igual en tamaño, densidad y forma de la semana anterior. Fue imposible no caer en la cuenta de que esa nube única que no cambia de forma ni tamaño, que se deja ver los miércoles sin falta, es mi nube y entonces, como cualquier vecino salí, y aun salgo, a pasear con ella. A veces, es mejor decirlo ahora, también era miércoles el día del encuentro en el Barrio Chino, ella me juega bromas, se disfraza y se planta en lugares inesperados a ver si la reconozco…

Hechos…

Los clásicos son iguales en todas partes, solo cambian de material. En algunos lugares llevan listas de madera en el respaldo; en otros, el mismo respaldo es tejido de bejuco. En otros, es en cuero, en metal o en tablilla con grabados. Aunque parezcan distintos son, siempre, el mismo…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

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Silla 36

7 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… La lámina y la silla…

La huella

El tiempo no pasa en vano, dicen. Me crucé, muy de mañana, en el pasillo de una casa ajena con algo que no debió dejarme dudas respecto al tiempo que pasa. Su huella es indeleble. La lámina, con marco de madera, del arriero cargando la mula con sacos de café, colorida y luminosa como una mañana de verano en otra época, era, en ese momento, azul, pálida, después de pasar horas, días, quizá meses, en un lugar donde la luz del sol fue inclemente. La silla de mimbre también tuvo épocas mejores, no debió pasar horas a la luz del sol en algún pasillo al borde de un patio pero si soportó el peso cada día mayor, supongo, del dueño o la dueña de casa. Ambas, lámina y silla, viven con la huella del tiempo presente. El tiempo es cosa seria. Nos mantiene pendientes de sus argucias y desplantes. Que el tiempo pase tiene poco o mucho de bueno, su martillar sin reposo abruma o exalta. Hace años, he ahí el tiempo, me detuve frente a una vitrina donde un aparato que nunca había visto marcaba un movimiento. No era un reloj cualquiera, en caso de que hubiera sido uno, ni siquiera era digital. Se trataba de una canaleta metálica, brillante, por donde una esfera del mismo material y diámetro de la canaleta se deslizaba con ritmo continuo; los tramos, cortos e iguales, unos diez, se inclinaban a medida que la esfera los recorría; al llegar al final de un tramo el peso de la esfera invertía la inclinación y, sin detenerse, recomenzaba el movimiento en el siguiente. Un sin fin parecido al tiempo. Llegué a la vitrina de día. Sin notarlo y sin que la esfera se detuviera bajo el impulso de su propio peso, la noche cayó. El tiempo se deslizó, como la esfera en la canaleta y marcó su huella entre el día y la noche. No hace mucho escuché esta conversación en una mesa vecina: “¿qué horas son? fue la pregunta. Las horas no son, las horas pasan, fue la respuesta. ¿Qué horas pasan? insistió el que pregunta. No sé respondió el otro, como no las escucho pasar, no sé por dónde ni cuándo pasan, nunca las he visto pero dejan huella y por eso las reconocerá, agregó.”

Hechos…

… La Silla Butaque, parece una adaptación de la silla de la Savonarola y de otra de origen español. Se dice también que la Butaque tiene origen en otra silla de montar femenina llamada jamuga o de tijera…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 35

31 agosto, 2019 § Deja un comentario


…La mecedora lateral…

La silla ola

La vi por primera vez en la vitrina de una librería. Estaba en un libro abierto sobre un atril de mesa entre otros libros. Era una de esas cosas que no se ven con frecuencia y cuando aparecen hay que mirarlas de verdad. Entré a la librería y pregunté, recuerdo bien que era una joven librera, por el libro de la vitrina. Ella no miró la vitrina, giro a la estantería que tenía justo detrás y sin dudarlo sacó un libro de pasta dura con portadas de un color azul verdoso que tenía marcado el título grande en letras amarillas: Catalogue d’objets introuvables. Carelman era el nombre de su autor. Era un catálogo de objetos inesperados. Una cafetera con el vertedero en dirección de quien sirve; una bicicleta con dos sillines y dos manubrios en los extremos del marco justo encima de las ruedas; un mapamundi con forma de cubo; un piano circular o una pipa con dos recipientes y una sola boquilla. Entre todos ellos estaba la “Mecedora lateral”, acompañada de una corta definición: “… Recordará a los enamorados del mar el balanceo suave de una embarcación…” Durante un buen rato hojeé el libro. Cuando me decidí a preguntar su precio, la librera me dijo uno que estaba, de lejos, fuera del alcance de mi billetera. Ella vio el desencanto que paso por mi cara y agregó, lo tenemos en edición de bolsillo con el mismo contenido pero más pequeño y en otro papel. Buscó en otra estantería y me lo entregó. Era más pequeño y los dibujos de los objetos como grabados a la pluma estaban en negro, en el otro libro algunos tenían colores. Me dijo el precio, al alcance de mi billetera, y lo compré. Hace treinta o más años llevo el “Catálogo” a todas partes, me ha acompañado en todos los trasteos y ha estado en todas las maletas cuando los cambios han sido de un continente a otro o de un barrio a otro. Sus hojas han tomado el color amarillo, huella del tiempo, y las puntas se han doblado. Una vez compré otro ejemplar para un hermano mío aficionado a los objetos inesperados, aun lo conservan en su casa. “La mecedora lateral” ha puesto mi imaginación en vilo, siempre; cada vez que la veo, mantengo el “Catálogo” entre los libros al alcance de la mano, presiento el balanceo suave con el que conviven los navegantes. Un día pediré a un carpintero que me haga una, la instalaré en un balcón de tercer piso y desde allí miraré las nubes en su desfile interminable como si navegara en altamar rumbo a algún imaginario lejano…

Hechos…

En la antigua Grecia inventaron el Klismos. Silla con patas y respaldo curvo; presentes en el arte griego de la época, se ven aun hoy. A pesar de las variaciones que vienen con el tiempo son identificables… ​

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 34

24 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Una silla lejana…

La silla que Zacarías no usa

El libro de Zacarías, 410 a.C., está en el Antiguo Testamento y el Tanaj judío. Lo llaman así porque su autor, el profeta Zacarías, recopiló en él visiones y oráculos, anteriores y posteriores al exilio. No pensaba en ese libro y menos en Zacarías el profeta aquella tarde de domingo cuando, por fin, encontramos el restaurante del que habíamos escuchado hablar y nos habían recomendado pero ignorábamos dónde quedaba. Se trata de un local estrecho y profundo con mesas, quizá ocho o nueve, para cuatro y para tres sillas blancas despintadas según una moda que se impone y seguramente tiene poco de árabe. Desde la puerta de doble batiente, alta y transparente, vimos una familia numerosa, suficientes comensales para fundir dos mesas en una. Cerca de la puerta nos recibió un hombre alto, delgado, de pelo quieto, entrecano, mirada vivaz y sonrisa permanente. Nos indicó una mesa para tres más allá de las ocupadas por la familia, en la parte estrecha del local, frente al afiche de una mezquita que cubría la pared del piso al techo. El hombre nos señaló la número cuatro y agregó que su nombre era Zacarías. El trajín de atender las mesas, revelar el origen de las especias traídas especialmente del Medio Oriente, de donde él es originario, explicar la composición de los platos; sonreír a unos y otros; subir y bajar escaleras porque la cocina está en el segundo piso; mostrar elixires, jabones y perfumes que promueven la buena energía, la paz, el sueño y sobre todo rejuvenecen la piel y previenen la caída del pelo, expuestos para la venta en dos vitrinas a un costado del salón, no le daban respiro y como su voz tenía el tono de la profecía su nombre parecía hecho a la medida para él. Cuando su mujer apareció en escena, bajó de la cocina para organizar platos o gestionar detalles, aproveché para preguntarle si tenía picante, sonrió, desapareció y regresó con una bandeja pequeña donde venían, en dedales de cerámica, ajíes en orden del menos picante, uno de cacao, al más picante, una mezcla de marroquí y mexicano. Entretanto Zacarías conversaba con los clientes, dejaba en cada mesa pedazos de conversación que después recuperaba entre servicios. En alguno de esos trozos le escuché mencionar a Casablanca, me pareció difícil, entonces, no recordar el idilio de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart truncado por la guerra en ese puerto e imaginar, premonición del profeta, que de un momento a otro como en la taberna de Rick, aparecería el moreno Sam cantando “… As time goes by…”. Por supuesto la Taberna de la película solo pasó por mi imaginación, el local era de por aquí, cercano, con nombre de rosa y azafrán y sillas, taburetes, en los cuales Zacarías no se sentaba porque el trajín le dejaba tiempo solo para conversar de pie. El picante me acompañó el resto de la tarde, lo mismo que la sensación de haber estado en un lugar que no era como lo había imaginado…

Hechos…

La silla Trona, tiene el asiento elevado con una repisa frontal donde los padres sientan los bebés para que puedan comer a la altura de la mesa como sus mayores.

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 33

17 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Me cuidas… te cuido…

El banco rojo

Su nombre es Javier. No dijo el apellido, por falta de tiempo o porque no era necesario. Lo vi por primera vez a unos veinte metros de distancia. Seguramente por las luces de parqueo intermitentes dedujo que estaba en busca de un lugar donde dejar el carro en esa calle congestionada, entonces hizo señas para que me acercara mientras me guardaba el puesto con el banco de plástico rojo para que nadie me lo quitara. Llevaba unos quince minutos dando vueltas y me había visto pasar despacio; cuando logré dejar el carro donde me señaló se acercó y dijo, “… ahí no le pasa nada, hágale tranquilo…”. Era joven, flaco y alto, una cachucha de los Yankis de Nueva York le tapaba el peinado despeinado, un chaleco naranja con bandas reflectivas verde manzana que le quedaba grande, disimulaba el cuerpo flaco; el resto eran unos bluyines rotos como es la moda, solo que en él no era moda, y tenis que fueron blancos. Entonces le respondí: “¿… y si me demoro…?” “No hay problema, jefe, por aquí todo el mundo me conoce. Si no me ve cuando salga pregunte a cualquiera por Javier…” Así fue como me enteré de su nombre. Me demoré. Me demoré tanto que varias veces salí a la calle a respirar un aire distinto al que se respira en las filas que no se mueven. Cada vez que salí, Javier estaba allí, me hacía seña para que me tranquilizara, debía saber que esas filas eran lentas, y volvía a lo que más se movía en su trabajo: la venta de cigarrillos al menudeo, chicles, confites, bocadillos, galletas o minutos de celular. En una de aquellas salidas a respirar lo vi atareado cerrando la maleta donde exhibía la mercancía; ya tenía plegado el trípode donde la sostenía y con la mirada fija en la calle de más allá, hacia el lugar de donde venía el peligro; me vio pero simuló lo contrario, caminó casi corrió rumbo al lado opuesto con el cartapacio de mercancía entre los brazos hasta desaparecer detrás de otros carros y unos árboles. Lo único que quedó allí fue el banco de plástico rojo donde se sentaba cuando el trabajo y los clientes le daban un respiro. Entonces me senté en el banco de Javier, estaba cansado, pocas veces hay asientos en las filas y Javier había dejado su banco cuidando mi carro mientras pasaba el peligro. Lo más correcto, pensé, era que yo cuidara su banco así como él cuidaba mi carro…   

Hechos…

La silla de parto fue de uso común en la antigüedad egipcia, griega y romana. Con el tiempo fue conocida como El Sillón obstétrico. Se conocen algunas variables que se adaptan a las condiciones de la parturienta…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 32

10 agosto, 2019 § Deja un comentario


…Silla en el Jardín de Luxemburgo…

David Hockney / Chair, Jardin du Luxembourg / 1985 / Photocollage / 80 x 64 cm. 

La perspectiva inversa

“El ojo se mueve en permanencia. A menos que uno esté muerto”. Dijo y escribió David Hockney en el “El conocimiento secreto”, libro y documental. Asegura que el sentido de la perspectiva con punto de fuga único que prevalece desde el Renacimiento es equivocado. Los grandes maestros utilizaron la “cámara oscura”, equipada con espejo cóncavo para proyectar la figura del sujeto en el lienzo; la visión, entonces, se reduce a un solo punto de vista y por esta razón la perspectiva es falsa. La sensación de profundidad tiene origen en la doble óptica. Brunelleschi duplicó los puntos de fuga en la proyección del Baptisterio de San Giovanni y el resultado fue el mismo que hoy es posible obtener con una cámara. En “Silla en el Jardín de Luxemburgo”, lo mismo que en los paisajes pintados recientemente, Hockney multiplicó los puntos de fuga de manera que el espectador al moverse frente a la silla o delante de los paisajes, se ve frente a ellos y, a la vez, tiene la sensación de estar al interior; una suerte de aquí y allá simultáneo. En la perspectiva inversa, en contraste con la perspectiva clásica, los objetos distantes aparecen más grandes y los cercanos más pequeños, esta manera de ver sugiere la utilización de varios puntos de fuga como sucede con los íconos bizantinos o con el cubismo, que, al sugerir un punto de vista único, elimina la perspectiva pero propone diversos puntos de fuga para cada plano y logra la sensación de aquí y allá. Si asumimos la perspectiva como una forma de establecer el ángulo de una situación, en la narrativa visual como en la literaria, la posibilidad del plano y contraplano podría equivaler a la aplicación de la perspectiva inversa puesto que superponer los planos o separarlos en secuencias o párrafos multiplica los puntos de fuga o los lugares donde se encuentra el sujeto. Raymond Queneau en “Ejercicios de estilo” propuso una multiplicidad de puntos de fuga, de aquí(s) y allá(s), para una sola situación que, de una página a otra, pasa del desconocimiento a la angustia, de la pérdida a la tranquilidad o de la inmediatez a la ausencia, situando al lector en el punto de fuga de una acción pero desde distintos ángulos. La imagen con apoyo de la tecnología, dice Hockney, asegura la posibilidad de no perder nada y estar en capacidad de admirar la naturaleza desde sus diversos puntos de fuga. La naturaleza puede entenderse desde la geometría, afirmó Paul Cézanne. La perspectiva inversa es una sensación pero también una manera de ver aquí(s) y allá(s) a la vez…

Hechos…

El porta suegras era un asiento fuera de cabina en automóviles fabricados durante la primera mitad del siglo XX. Situado en la parte de atrás ocupaba el espacio de la maleta, sin embargo, no se utilizaba para cargar equipaje, sino, para transportar acompañantes molestos o suegras quisquillosas…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 31

3 agosto, 2019 § Deja un comentario


… Con la silla al hombro…

… Se la regalo…

A las once y treinta y siete de la mañana veo al hombre a media cuadra de distancia, baja por una calle empinada; él va casi al final de la pendiente, yo en la mitad, a la altura de la puerta del hotel donde me hospedo. Veo que baja con dificultad, seguramente para no resbalar, había llovido y en algunas partes el piso está húmedo. Parece un hombre mayor por las precauciones que toma, más no por su vestimenta: bluyín desteñido y chaqueta morada, Lleva una estructura brillante, metálica, pesada, sobre los hombros que le dificulta el paso. Baja despacio. Antes de llegar a la esquina, ya he acortado casi la totalidad de la distancia que nos separa y alcanzo a notar que es una silla sin asiento lo que lleva sobre los hombros. El asiento forrado en cuerina negra lo lleva en la mano. La base metalizada se divide en cuatro, cada división con rueda al final va sobre sus hombros; el espaldar negro, forrado en el mismo material del asiento, se mantiene pegado a la estructura metálica. La silla, por las rodachinas, la forma y la base metalizada, es una carga incómoda y pesada. Parece una silla de oficina. El hombre no hace parte de un equipo de trasteos, no tiene la figura, ni el uniforme y no parece tener, tampoco, la fortaleza de los encargados de levantar o mover objetos pesados en los trasteos. El peso y la dificultad son evidentes, por eso va con cuidado, despacio. Lo alcanzo y camino unos pasos tras él. Le tomo una fotografía. A medida que avanza, el peso de la silla se hace mayor y sus pasos inciertos, entonces no lo sigo más, me detengo cerca de él. Estuve a punto de preguntarle si necesitaba ayuda. Pero no lo hice, lo hubiera sorprendido, seguramente no hubiera aceptado o quizá sí, me hubiera mirado de arriba abajo y con el suspiro de quien se quita un peso de encima me la hubiera pasado diciendo: … se la regalo… Por eso preferí quedarme en el lugar donde tomé la fotografía, lo miré alejarse con el paso cada vez más incierto y entonces, como en una película, no vista, quizá solo imaginada, en la medida en la que el hombre se aleja con la silla al hombro, sus piernas, a cada paso se entierran en los adoquines y luego su cuerpo, hasta dejar como único trozo visible, el espaldar en cuerina negra que se aleja sin detenerse. Me convencí entonces de que los trasteos son así, provocan sensaciones tan extrañas como el deseo de que se lo trague a uno la tierra…

Hechos…

La silla Panton, invento de Verner Panton, es ejemplo de diseño y decoración. Sale en revistas, es elegante y es sexi. Dicen que personificó el estilo “nueva ola” de los años sesenta. Una de ellas está en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. A pesar de todo esto, su producción se demoró porque los fabricantes la consideraban atrevida…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Sábado 3 de agosto

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