Tabucchi

17 noviembre, 2018 § Deja un comentario


Nunca he estado en Lisboa. Un amanecer, hace años, se presentó la ocasión de subir a un tren que me llevaría pero alguna razón que persisto en ignorar, miedo a la distancia, a lo desconocido, lo impidió. No fui en aquella ocasión y en ninguna otra. No se presentaron más. Preferí lo seguro, lo conocido, lo cercano. Esto me recuerda algo que un amigo me dijo, “…Unos días antes de iniciar un viaje al otro lado del mundo una amiga triste por mi partida me dijo: si pudiera, te acompañaría hasta Lisboa. ¿Lisboa?¿y por qué hasta Lisboa? preguntó preguntó mi amigo. Porque más allá de Lisboa es muy lejos, respondió ella…” Me quedé con la anécdota y durante años, cuando alguna situación viene al caso la recuerdo, sin embargo, es la primera vez que la publico.


Nunca he estado en Lisboa y varias veces he escrito sobre historias que allí suceden. En una ocasión el sabor del Vinho Verde y las sardinas en aceite de oliva durante una conversación de amigos en alguna terraza frente al mar, ocupó buena parte de una historia sobre aromas y sabores. En otra, el itinerario de Pessoa por sus calles “… las
plazuelas solitarias intercaladas entre calles de poco tránsito y sin más tránsito, ellas mismas, que las calles… (El Desasosiego)”, me persiguió buen trecho de una página. En otra historia un personaje se disimuló de sus perseguidores, sentándose al lado de la escultura de Pessoa en la terraza del “Café A Brasileira” en el barrio del Chiado. Y entonces apareció Tabucchi. Dicho así parece como si en algún viaje me hubiera cruzado con él en una calle empinada que lleva del río al castillo, o en el tranvía que pasa por la Plaza de Figueira, o comiendo una tortilla de las que tanto gustaban a Pereira, o me encuentro con él compartiendo mesa en el pequeño restaurante indio donde iba con frecuencia a comer Balcão de pollo. No conocí a Tabucchi pero eso poco importa, fue en algunos de sus libros donde lo conocí.


El primero, “Pequeños equívocos sin importancia” lo encontré en la estantería de una librería una tarde que no tenía nada para leer. Como no conocía el autor, nunca había oído hablar de él, compré el libro porque el título me atrajo y estuvo bien porque allí encontré relatos que me pusieron frente a una ficción desconocida, una ficción entre estar allá y pasar acá sin condición. Luego, también por casualidad, vi en televisión “El Nocturno Hindú” la película que Alain Corneau realizó de la novela de Tabucchi del mismo nombre. Busqué el libro y lo compré. El viaje, la búsqueda que se pierde en el personaje, la India profunda y encantada de la que ya Tabucchi había hablado en “Los trenes que van a Madrás”, uno de los relatos de “Los pequeños equívocos…” Sentí cercano y posible estar allí, entonces tomé prestado el nombre del hotel donde baja el personaje del “Nocturno Hindú” en Calcuta para hospedar allí un personaje lejano, casi invisible, de una novela que escribía por aquellos días, “La silla del otro”.
Tomé prestadas situaciones, a veces palabras, en ocasiones frases completas de Tabucchi y siempre se lo dije entre comillas. Lo seguí después por las calles de Lisboa tras la figura de Pessoa en “Réquiem” y de allí tomé prestado el menú, vino incluido, que toma con su personaje en el restaurante de Goa, siempre tan conversador, que reseñé en una revista de vinos para la cual escribí algunos textos. Nunca vi a Mastroianni en Sostiene Pereira,  la película de Faenza, el día que pueda lo haré sin dudarlo, sin embargo lo veo perfecto en la figura del atormentado Pereira y como ya dije, si algún día voy a Lisboa espero probar una de aquellas tortillas que tanto le gustaban.


Me encuentro con Tabucchi en muchas partes, incluso en el diálogo de “Nubes” el relato de “El tiempo envejece deprisa” donde habla de la “Nefelomancia”, el arte de adivinar el futuro observando las nubes. Conocí una persona que practicaba el mismo arte pero no para adivinar su futuro, sino para confirmar sus números de suerte. Dudo, sin embargo, que lo haya seguido bien porque hay detalles, situaciones que se confunden y seguramente los coloco en lugares donde no deben estar, como una historia que me atrajo particularmente, he puesto en práctica, y sitúo e
n “Pequeños equívocos sin importancia” aunque es posible que esté en “Recuerdos inventados” de Enrique Vila-Matas, él sí amigo de Tabucchi. En ese relato un personaje escucha frases sueltas en la calle y uniéndolas construye la historia que los fragmentos escuchados le sugieren. Y como tengo la costumbre de seguir a Tabucchi y en muchas ocasiones los detalles se unen para hacerlo, traigo a cuento una situación que ya mencioné en otras Marginalias: el trasteo que sucedió como un incendio. Entramos en la segunda fase del proceso: desempacar lo empacado. Hablo en particular de los libros, el segundo detalle. El primero es Tabucchi y su narración construida con frases ajenas. Desempacando libros lo recordé y entonces tomé al azar frases de algunos que sin orden pasaban por mis manos, como si las escuchara en la calle. Una frase de cada libro. Por supuesto, cada frase es una historia, sin embargo siguiendo los pasos de Tabucchi, es posible que una se construya.


“… Desde entonces… Los verdaderos secretos… Como fue imposible convencerla… A unas cuantas cuadras en el mismo Paris… Al despertar el día… Desde el balcón… Terminamos de cruzar el salón… Es de izquierda porque ama las masas… La luna se puso grande y redonda… Hablemos del amor pero no hablemos de amores… Cuando una hora después Milly… Sin embargo no dejé correr mucho tiempo las lágrimas… El Director me habló… Una de las tribus de indios americanos… Esperar, lo decían todos… Louis Le Grand, donde realizó sus estudios solamente hasta tercero… Toda mi vida desde que era un muchacho… Hoy ha muerto mamá… Casi todas las mujeres sensibles… Ya lo ve príncipe… En pleno medio día de un día de fines de septiembre… Como casi ninguno de ustedes me conoce… ¿Cómo, dónde y cuándo comenzó todo esto…? Ya lo advirtió Borges… Esto no es un Magritte… Era verano y el muchacho estaba recostado en el heno… Como casi todo en la India… Cuando tenía once años… Para el viaje no se requiere sino el deseo… Los primeros años de mi vida los pasé junto al fuego… Ese mismo día ya llegados a… Un nuevo mundo de sabores… La primera vez que se sorprendió a sí misma… El ajo siempre ha sido más que un condimento… Prometí a usted que de regreso de Venecia… No hay duda de que Guernica… Menos de cincuenta años nos separan… El ritmo de la cámara en movimiento… Todos los seres humanos… Supe de este artista… En una carta datada en junio de 1946… Habíase establecido en Brujas… Lo que había visto en esta imagen… A hombres de todos los tiempos… Su gran mérito aparte de su producción literaria… Todas las técnicas que ha practicado… Estamos ahora en el otoño… Hace algunos años teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo…” 
Aquí voy, diría un amigo mío.
Argumento. La historia, como Tabucchi, vendrá en el momento menos pensado, y entonces solo hay que seguir sus pasos… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2012 / 2018

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Células e historias

10 noviembre, 2018 § 2 comentarios


Hace pocos días leí una frase que me produjo un sin fin de sensaciones; la primera de ellas es que la hubiera querido escribir yo. “… Los seres humanos no solo están compuestos de células, también están compuestos de historias…” La leí y luego, en el vaivén de los días, pasó a segundo plano; no la olvidé, pero sí olvidé dónde la leí y quién la escribió; sé que está en algún lugar del mundo paralelo, la busqué pero no la encontré. Quiero, entonces, pedir a su autor que me disculpe por no citar su nombre. La frase hizo su camino, me parece que es lo importante, y como paso los días y las horas al encuentro de las historias de otros y siempre hago el cruce con las mías, recordarla es parte de la historia y las células que van conmigo y todos llevamos cada día, cada hora, a todas partes. He aquí algunas de ellas…


… A las dos y cincuenta y siete. Las personas solas en una mesa de restaurante me causan curiosidad. En la mesa vecina un mujer joven, sola, toma agua de un vaso largo y lee, no alcanzo a ver qué lee porque su bolso sobre la mesa no deja ver si lee un libro, una carta o un volante de publicidad, imagino que lee porque al lado del bolso hay dos libros; de repente deja de leer, una de las señoras del servicio le trajo un plato y ella interrumpió la lectura. Leía el celular, seguramente chateaba o miraba fotografías. A las tres y quince, el hombre que lleva la camiseta marcada con el número tres y entró adelante de los que iban con él, lo voy a llamar “el capataz”, es un maleducado o no quería estar con los que está, su mujer, su hija y el marido de la hija. Digo el marido de la hija porque si ella fuera la novia del hijo y como él se siente el patrón del rebaño, sería más amable con ella, incluso trataría de seducirla un poco. Las dos parejas entraron por la terraza interior donde hay mesas libres; si no es porque mi mujer y yo estamos allí, la mujer que lee en el celular y otra en una mesa lejana que cuida un perro vestido con abrigo de lentejuelas, la terraza estaría desierta. El capataz, digo capataz porque tiene actitud de tal, entró adelante de los otros, eligió la mesa más pequeña de las disponibles, todas estaban disponibles, mesas para cuatro o incluso para seis estaban disponibles, la mesa más pequeña era como una mesa auxiliar para dos; el capataz se adueñó de la única silla libre y se sentó aun antes de que los otros se hubieran aproximado y antes de que las mujeres del servicio se propusieran acercar otra mesa para completar los cuatro puestos, el capataz pidió la carta. Cuando los cuatro estuvieron acomodados, las dos parejas frente a frente, el capataz ya tenía decidido que iban a tomar sopa y ordenó cuatro sopas. Esperaron. Las dos parejas esperaron sin hablar la llegada de las sopas. No alcancé a notar si pidieron algo más…


… A las diez y cuarenta y nueve de la mañana hago una fila, es la segunda fila del día y seguramente faltan otras. La mujer delante de mí esta nerviosa, afanada porque esta fila como la mayoría de las filas es lenta. La mujer que viste ropa deportiva maneja su afán moviéndose de un lado a otro, balanceándose en un pie, luego en el otro, como lleva tenis con suela de caucho los movimientos parecen fluidos, se nota que está acostumbrada al ejercicio. No deja de moverse hasta que le llega el turno, se acerca al cajero, saca una libreta de notas y la deposita abierta al lado del teclado del cajero, las hojas donde quedó abierta están llenas con número escritos en tinta negra, ilegibles desde mi puesto en la fila. Supuse que eran números con los que ella debía hacer transacciones, entonces quien comenzó a sentir angustia y a balancearse sobre un pie y sobre el otro con movimientos no tan fluidos como los de ella, fui yo. La mujer frente al cajero ya no se movía, concentrada entre el teclado, los números y las cifras que debía transferir, lo único visible, desde mi puesto, eran dos dedos de su mano derecha que sostenían el lapicero verde fluorescente con el que indicaba dónde iba en la lectura de los números. Lo que imaginé sería una operación que tomaría el tiempo suficiente para escribir un cuento en mi celular duró unos segundos, al cabo del segundo número la mujer organizó la libreta y el lapicero en el bolso, sacó el celular y buscó un número que seguramente tenía registrado porque solo hizo un movimiento sobre la pantalla, se retiró a un lado, me miró, era la primera vez que veía su cara y la había imaginado distinta, y me dijo siga usted que mis números están malos…


… A las nueve y cincuenta de la mañana me encuentro con una señora que me dice que tiene memoria de pollo. ¿Qué habrá querido decir? Si es que los pollos no tienen memoria, me temo que está equivocada, porque los pollos sí que tienen memoria, si no, ¿cómo recordarían dónde está la gallina o el gallo? Mientras espero que sean las diez y quince entro a un lugar donde más de la mitad de los presentes está pegado al celular, me tomo un capuchino con un pandebono, coincidencialmente, me enteré esta mañana que el creador del pandebono fue un señor de apellido Bono hijo de panadero que creó su propio pan cuando heredó el negocio y se hizo rico; el capuchino y el pandebono estuvieron bien, cuando terminé de consumirlos todos los usuarios de celular en la terraza donde me encontraba se habían ido y la terraza estaba a mitad desierta. A las diez y diez abandoné el lugar y dejé sobre la mesa el charol con el pocillo desechable vacío, dos servilletas arrugadas, un tubo pequeño y delgado de plástico para revolver, y una galleta de mantequilla, pequeña, que acompañaba el capuchino, sin probar. Me levanté y me fui, era hora…


… A las diez y veintidós llegó un hombre a la mesa vecina como si estuviera buscando escondite, no escuché sus pasos y cuando noté su presencia ya había pasado a mi lado y estaba a punto de ocupar una de las cuatro sillas de la mesa desierta. Era, sin duda, un hombre extraño; pequeño, vestía ropa de deportista una o dos tallas más grande que la suya, no tenía pelo y su cara ajada parecía el fuelle de un acordeón. Nadie se acercó, nadie le preguntó qué quería o por qué estaba allí, en medio de una terraza en el punto más visible con la actitud de quien se esconde. Desde el momento en que ocupó la silla quedó rígido como si la falta de movimiento lo mimetizara con las mesas y las sillas y el reflejo en el ventanal. Desde mi puesto veía su perfil en punta por culpa de una nariz en apariencia desproporcionada, quizá la falta de pelo y la oreja, visible desde mi puesto, aumentaban el tamaño de la nariz; quizá la quietud contribuía también a la desproporción entre cráneo limpio y oreja con nariz puntuda. Pensé en Cyrano de Bergerac pero el hombre no parecía, para nada, dueño de esa energía. De repente, dos movimientos cambiaron la imagen. Primero apareció el mesero con un café en pocillo pequeño, un expreso, y lo dejó justo debajo del mentón del hombre que, como dije, era bajito y su mentón casi pegado a la mesa quedó cerca del pocillo; segundo, tal vez para evitar el vapor caliente del pocillo, el hombre buscó apoyo en la mano derecha que colocó debajo del mentón. Desde mi puesto su figura de perfil, sin relieves ni sombras parecía la de un pensador y sobre todo, disimulaba la diferencia de tamaño entre la nariz y el resto de la cabeza. El hombre no cambió de pose, por lo tanto no sé decir si se tomó el café o si hizo algún otro movimiento con su mano o con su cuerpo. La verdad es que no lo vi más, su intención de mimetizarse en el lugar, como el camaleón, fue un éxito…
Argumento. El error de la ficción es hacer creíble la realidad, dijo o escribió John Le Carré… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2018

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El corrector y el ascensor

3 noviembre, 2018 § Deja un comentario



Despertó sin razón aparente. Se había acostado, como de costumbre, después de tomar una tisana y lavarse los dientes. Lo sorprendente era que ahora, cuando tenía los ojos bien abiertos en medio de la noche, se encontraba en un lugar distinto a aquel donde se había acostado la noche anterior. Se tocó por todas partes para cerciorarse de que realmente era él, debo estar soñando, dijo en voz baja. Cuando vio donde estaba gritó. Estaba en el ascensor del edificio de su oficina. Gritó otra vez, oprimió el botón de alarma y los números de todos los pisos, golpeó las puertas, pero nadie lo escuchaba. Después de unos momentos alcanzó a percibir que lentamente, muy lentamente, las paredes del ascensor se desplazaban hacia el centro dejando cada vez menos espacio para él. Gritaba pero nadie parecía escucharlo, ni siquiera su mujer. De repente en el tablero con números el botón con dos triángulos en sentidos opuestos que indica puertas abiertas, comenzó a titilar, inmediatamente tuvo el reflejo de tocarlo pero las paredes habían reducido el espacio y al intentar levantar el brazo no pudo. Decidió girar su cuerpo, cuando logró hacerlo tuvo unos segundos de respiro pero las paredes volvieron a comprimir su pecho, con esfuerzo alcanzó a tocar el botón que titilaba. La presión cedió, las paredes volvieron a su lugar y las puertas se abrieron, dio un paso al frente, dudó en dar el segundo porque afuera estaba oscuro, pero se decidió por miedo a encontrarse de nuevo encerrado. Salió a su habitación. La respiración de su mujer era tranquila, los ruidos lejanos de la ciudad eran los mismos de siempre y el tic tac del reloj mantenía el ritmo. Estaba exhausto, la respiración agitada y la piyama húmeda por el sudor. Volteó para buscar el ascensor detrás de él pero sonó el despertador. Las cinco y media de la mañana. Ese día subió hasta su oficina por la escalera. ¡Quince pisos! El día se hizo largo. Los quince pisos por las escaleras lo tenían más fatigado que la pesadilla. Aunque estuvo somnoliento todo el día, sólo recordó la pesadilla al final del día cuando esperaba frente a la puerta del ascensor, apenas vio el interior estrecho sintió terror. Bajó por las escaleras.


Se quejó de dolor de cabeza al llegar a casa. Su mujer le ofreció dos aspirinas, con el tiempo tan húmedo, le dijo, lo mejor es que te metas a la cama ya mismo. Se tomó las aspirinas con la tisana caliente mientras miraba la telenovela que no alcanzó a ver hasta el final, porque se quedó dormido y se encontró de nuevo en el ascensor de su oficina. No lo creyó. Trató estar tranquilo pero las paredes del aparato se cerraban sobre él. Intentó, como la noche anterior, oprimir el botón con los triángulos en sentidos opuestos pero no pasó nada. Le pareció ver las caras de sus compañeros y su jefe sonriendo y haciendo gestos de despedida. Como la noche anterior, estaba ahogado por la presión de las paredes cuando una luz brilló en el tablero. Esta vez fue el número cinco. Con dificultad alcanzó el botón, lo oprimió y las puertas cedieron. Saltó fuera sin dudarlo y se encontró en su habitación en el mismo instante en que el reloj señalaba las cinco y treinta minutos de la mañana. Su mujer despertó y al verlo parado al lado de la cama como si no supiera qué hacer le preguntó ¿para dónde vas? No respondió. Era evidente que, en solo dos noches, el efecto de lo vivido o soñado, había dejado marcas tenía aspecto demacrado con ojeras y se dolía de los brazos, pero lo más inquietante era el brillo del miedo en sus ojos. Su mujer se lo dijo cuando le sirvió el café antes de salir para la oficina. Estaba retrasado y se lo tomó de pie al lado de la puerta, debía hacer esfuerzos para mantener la cabeza derecha y los ojos abiertos. Cada vez que sus párpados pesados se cerraban, el color verde agua del ascensor lo rodeaba. Ese día volvió a subir a la oficina por las escaleras.
Su trabajo de corrector consistía en revisar y corregir ortografía y redacción en folletos, plegables, publicaciones y libros. Esa mañana luchó para no quedarse dormido corrigiendo unas cartas. Un paquete de textos para chequeo en su escritorio lo medio despertó. Lo mismo sucedió en la tarde con otro paquete de publicaciones para revisión urgente. Estuvo varias veces a punto de ser vencido por el sueño y no podía concentrarse en la lectura. Con esfuerzo logró entregar el trabajo del día y a las seis de la tarde en punto salió para su casa. Bajó por las escaleras. Al llegar a casa dijo a su mujer que había tenido un día terrible y que se iba directo a la cama. Más se demoró en poner la cabeza sobre la almohada que en quedarse dormido. Como las veces anteriores, las paredes del ascensor comenzaron a cerrarse sobre él en un movimiento que nada podía detener. Como las veces anteriores buscó el tablero con los botones que indicaban los pisos pero todos titilaban como si hubieran enloquecido. Comenzó a apretar botones en desorden, ninguno respondía a sus llamados y las paredes del ascensor continuaban cerrándose, el sudor corría por su espalda empapando su piyama. Cuando vio un botón que no titilaba, el número quince, lo apretó desesperado y las paredes cedieron su presión, la puerta se abrió, salió a su habitación y como en las ocasiones anteriores el despertador sonó. Eran las cinco y media de la mañana. Como no dijo nada, su mujer no se dio por enterada de la situación ni de su aspecto y lo dejó tomarse el café parado en la puerta de la cocina. Ya estaba retrasado.


Pasaron varios días en los que la falta de sueño y el pánico a los ascensores se reflejó en su aspecto y en su trabajo. Los quince pisos por las escaleras se sumaban a la fatiga por la falta de sueño. Una mañana, después de pasar la noche frente a la pecera, lo único que encontró para distraerse que no hiciera ruido, llegó a su escritorio con una hora y media de retraso. En ese momento sonó el teléfono, era el jefe. Venga a mi oficina, fue la orden. Estamos muy preocupados, dijo el jefe desde el otro lado del escritorio. Los socios, la empresa, la organización entera ha puesto las más altas expectativas en usted y su trabajo. Nos hemos dado cuenta de que no está cumpliendo a cabalidad, hemos detectado errores, ninguno hasta ahora, menos mal, ha sido irreparable; lo vemos cansado, adormilado, disminuido, pero no le vamos a preguntar nada, la vida privada es asunto de cada uno. Mire, agregó el jefe en un tono falsamente amigable, yo lo estimo, si no fuera por mí usted ya no trabajaría con nosotros. Le voy a dar una oportunidad, insistió, será la última y le señaló un paquete. Este relato será un éxito de ventas, lo necesito corregido esta misma semana.
Regresó a su puesto para comenzar la lectura del manuscrito. Al final de la primera página leyó: “… despertó sobresaltado, soñó que había pasado la noche encerrado en un ascensor que lo aprisionaba…” Con sorpresa constató que al personaje de ese manuscrito le sucedía lo mismo que a él, separó las primeras quince hojas y leyó en la siguiente: “… Los socios, la empresa, la organización entera ha puesto las más altas expectativas en usted y su trabajo. Nos hemos dado cuenta de que no está cumpliendo a cabalidad, hemos detectado errores, ninguno hasta ahora, menos mal, ha sido irreparable; lo vemos cansado, adormilado, disminuido, pero no le vamos a preguntar nada, la vida privada es asunto de cada uno. Mire, agregó el jefe en un tono falsamente amigable, yo lo estimo, si no fuera por mí usted ya no trabajaría con nosotros. Le voy a dar una oportunidad, insistió, será la última, advirtió y señaló un paquete. Le voy a dar una oportunidad…”


Quedó desconcertado. Era lo mismo que le había dicho el jefe. Buscó la primera página para ver el nombre del autor pero no había autor ni título ni primera página. Dejó a un lado las hojas que ya había leído, buscó el final pero temblaba y las hojas caían de sus manos; en la que parecía ser la última, leyó: “… las hojas caían de sus manos. Leyó hasta la última línea de la última hoja, buscó un final que no encontró. Leyó y releyó hasta que la fatiga y el sueño lo dominaron y se encontró en el ascensor estrecho con paredes color verde agua que se cerraban sobre él… ” Entonces cerró los ojos abrumado, leyó hasta la última línea de la última hoja, buscó un final que no encontró, leyó y releyó hasta que la fatiga y el sueño lo dominaron y se encontró en el ascensor estrecho con paredes color verde agua que se cerraban sobre él…
Argumento. Todo se repite, a veces igual, a veces distinto, aquí o allá, se repite… Así comienza una historia repetida…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2006 / 2018

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Texturas en el Museo

27 octubre, 2018 § Deja un comentario



Las Texturas Urbanas, dibujos a pluma en marco negro, estarán en el Museo de la Universidad de Antioquia en el marco del 44° Premio Salón Nacional de Artes hasta el 30 de octubre de 2018. Las Texturas Urbanas, finalistas de esta convocatoria al lado de obras destacadas de dibujantes nacionales y extranjeros, son tres composiciones de veinticuatro dibujos, cada una acompañada de un texto que narra cómo, cuándo, dónde y por qué las texturas aparecen, se construyen, se mezclan, evolucionan y suscitan los textos que las acompañan. Las Texturas son, quizá, una manera de “Dibujar la palabra” como el título de la exposición de Eduardo Arroyo…


… Dibujo en una libreta que llevo en el morral. Dibujo desde hace tiempo, años seguramente. Puedo decir que he dibujado todo. Cada dibujo pasa por el vaivén del momento, por la imaginación y por una práctica visual que evoluciona. He dibujado caras, retratos, instantes, objetos. Después de mucho tiempo me apliqué a dibujar planas con líneas cortas seguidas unas de otras con la misma inclinación de lado a lado de la página en la libreta que llevo en el morral. Al terminar cada fila de líneas cortas, dibujo otras en el renglón siguiente tan cortas como las anteriores y con inclinación en sentido contrario. Este ejercicio, es un ejercicio, lo llamé planas. Llené múltiples hojas con planas, varias libretas. De los trazos que iban de lado a lado de la hoja comenzaron a surgir formas y texturas, hasta que aparecieron otras densidades. Las formas se compaginaron entre ellas y dieron lugar a situaciones, sombras, paisajes, presencias. Los dibujos se hicieron abigarrados, las formas complejas, aparecieron otras texturas y volúmenes y las presencias, al menos para mí, fueron evidentes…(Texto blanco sobre fondo rojo)


… Los dibujos son una mezcla de texturas, sin orden aparente, que en ocasiones combinan y en ocasiones no. Tinta negra y pluma. Ahora que menciono la pluma y la tinta caigo en la cuenta de que me atrae más que el lápiz, el carboncillo, el pastel, el óleo o el acrílico. En mi memoria de dibujante el trazo inicial de un dibujo con tinta, que no se puede borrar, que desde el primer impulso está como y donde está, y al no permitir corrección impone la forma, me atrae. Me atrae la contingencia de lo indeleble más que la posibilidad de corregir, borrar o variar sobre la marcha. Lo que comenzó con planas de trazos iguales como un ejercicio se convirtió en construcciones donde la tensión de la sombra sin objeto impera. En ocasiones las texturas se confunden y asumen una dirección inesperada; en ocasiones se quedan quietas y no pasa nada. Entonces dudo. Los dibujos son el resultado de lo que sucede alrededor. No buscan identificar objetos, personas o lugares. Lo que representan es lo que sucede, lo que se oye o se ve, incluso lo que se siente… (Texto amarillo sobre fondo azul)


… Las texturas se construyen mientras el mundo circula alrededor. Mientras escucho conversaciones. Mientras me hablan y respondo a medias. He visto personas mirar por encima de mi hombro, sin decir nada, lo que dibujo en las libretas. Quizá esperan una explicación que no llega porque yo tampoco sé para dónde van las líneas y las formas que aparecen y esperan. En ocasiones dejo la libreta a un lado mientras miro la mujer que pasa, el hombre que se aleja, la joven que chatea. En ocasiones es lo contrario. Dejo la libreta o el celular a un lado y espero. Los trazos y las historias se definen al azar del momento, con frecuencia de la hora. No es lo mismo esperar, acción recurrente por excelencia, a las nueve de la mañana que a las cinco y media de la tarde. Esperar tiene algo de inquietante. La lentitud irreversible del tiempo hace mella en las figuras que se descomponen. En los lugares públicos donde nadie mira a nadie pero, sin que lo noten, todos miran a todos. La espera es una suerte de vitrina donde todo es visible, donde la curiosidad disimulada abunda, donde las texturas viven… (Texto azul sobre fondo amarillo)
A pesar de que la Exposición está a punto de terminar, esta Marginalia es una invitación a visitarlas en el Museo de la Universidad de Antioquia hasta el 30 de octubre…


Argumento. “… Escribir es, para mí, lo mismo que dibujar, anudar las líneas de tal suerte que se transformen en escritura o desanudarlas de tal suerte que la escritura devenga dibujo…” Escribió Jean Cocteau en “Opio. Diario de una desintoxicación”… de ahí en adelante empezó todo…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

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Tres mujeres y un piano

20 octubre, 2018 § Deja un comentario


El piano …Viernes, cinco y media de la tarde. A esa hora me siento en la banca de madera pintada de verde, descanso y mirador, en el pasillo balcón que rodea el patio del Museo Maja de Jericó. Hace frío, el día ha estado frío, la lluvia no ha cesado, sin embargo, la luz de final de tarde es limpia. A pesar del frío la luz tiene un tono cálido. Un espacio azul se abre el cielo gris de todo el día, un espacio pequeño, invisible si no fuera porque la punta más alta de una hoja, aun por abrir, sobresale entre las tres palmeras guardianas del patio y guía la mirada. El momento y el lugar son especiales, el silencio, la luz, la sensación de estar en otro lugar. Escucho un piano, la maestra Teresita Gómez recorre el programa del concierto que dará el día siguiente, sábado en el auditorio del Museo. Las notas del allegretto en una Sonata de Beethoven que he escuchado en otros momentos, en otros lugares, pero ahora suena distinto, quizá la luz, seguramente el lugar, el final del día; los días grises y fríos vienen con cierta predisposición al allegro


Primera mujer
 …Mientras me dejo llevar por el piano y la punta de la hoja, aun cerrada, que señala el azul diminuto en medio de las nubes grises presiento una mirada; me siento observado, la mirada fija, sin pestañeo, viene de la sala principal del Museo. La sala y quien me mira están a mi izquierda, entonces sin previo aviso, sin mostrar intención giro hacia la figura que no me quita los ojos de encima y me encuentro con una mujer en la pared más alejada de la sala. La mujer viste de blanco, los hombros al aire y el pecho apretado, lo que parece no incomodarla. La mujer es una imagen, una fotografía más grande que natura muestra dos ángulos de la mujer, de frente y de perfil, delante de una pared tal vez verde a sus espaldas; una fuente de luz pone en valor el tono y la textura de la pared, su piel, la forma de su peinado y su mirada. Pero ella no me ve, la mirada vacía, no me ve, como no vio tampoco  al fotógrafo, Luis Morales, cuando hizo el retrato. Porque es el retrato de una mujer vestida de blanco con escote apretado en el pecho, pose tranquila y sin mirada; así es la mujer que no me ve y sin embargo siento que no me quita los ojos de encima. El piano de Teresita Gómez va por uno de los Nocturnos de Chopin, no ha callado un instante, la hora parece la misma. Entonces me acerco a la mujer de blanco y quien la mira ahora soy yo; a pesar de su boca triste, no roja o sí, roja, quizá de un rojo más oscuro, parece tranquila; lleva aretes blancos como el vestido, de dos adornos y no se mueve, debió permanecer así mientras Luis Morales hizo la fotografía; el vestido blanco aprieta. En la imagen de perfil sus senos se adivinan. En la imagen de perfil el cansancio está, los hombros caídos, la vida que pasa y pesa, el mirar sin ver que marca…


Segunda mujer
 … En la misma sala, también una fotografía de Luis Morales. La mujer de pie en medio de un salón inmenso, desierto, piso de madera, paredes blancas sin rastro de espejos o pinturas, solo la luz, espera. Imagino que está en el centro del salón. No hay doblez en ella, su pose no tiene intención, los brazos caen a lado y lado del cuerpo y los pies que, con sandalias blancas, contrastan con la ropa turquesa pegada al cuerpo, apenas se posan en el piso de madera; el espacio vacío y amplio alrededor la obliga a parecer pequeña. Hay algo en ella de ingenuo, quizá la mirada o la diadema de brillantes que sostiene el pelo con peinado despeinado y húmedo. La mujer se encuentra frente a una ventana que no veo; la luz que define su figura sugiere la ventana grande con vista a un espacio amplio, seguramente con árboles, un parque, que ella no mira, ella me mira, no, no me mira a mí, mira al fotógrafo, yo soy el espectador, el intruso, en la intimidad del momento indescifrable. La mujer ¿espera?, ¿teme?, ¿pregunta?, y  mira en segunda instancia; es eso de lo que se trata, de sostener su mirada. Todo alrededor son preguntas, suposiciones. Lo concreto, con peso y cuerpo son los tatuajes que comienzan en el hombro y llegan casi a la mitad de su brazo. Son tatuajes en línea, sencillos, sin color; el primero: una “S”; debajo un corazón de Cupido cruzado por una flecha; tocando la punta de la flecha con letra desigual, difícil, un nombre o un sobrenombre: “Chiqui”; en la culata tocando también las plumas de la flecha un nombre: “Sandra”. Más abajo cerca de la articulación, la inicial del sobrenombre “CH” y debajo un “Te amo” marcado con la misma letra desigual. Me digo entonces que ella es Sandra y que “Chiqui” quien quiera que sea, hombre, mujer, niña o niño es su amor eterno; los labios a punto de decir y la languidez de su mirada son solo el trazo de la espera…


Tercera mujer
 … Frente a Sandra, al otro lado de la sala pero frente a ella otra mujer se recuesta al lado del ventanal, quizá el mismo que no veo cuando veo a Sandra. La luz es la misma pero la mujer es distinta. Viste como si fuera para la calle, está arreglada, peinada, maquillada, lleva aretes de perla y tacones plateados con moños de cinta del mismo color plata; vestido sin mangas, blanco o gris muy claro y bolso; solo veo una esquina del bolso. Su mirada no es ingenua, tampoco alegre, en su boca se esconde una sonrisa pequeña como la tristeza o la ausencia que sus labios no disimulan; sin embargo, parece la energía misma, quizá por la mano en la cintura o la pose con la rodilla hacia adelante; cualquiera diría que hace poco está allí y que no se quedará mucho tiempo; es posible que le sea difícil quedarse quieta, no cesa de recorrer las aceras y las calles, porque su energía o porque la vida no se lo permite. Nada en ella sugiere un nombre, podría llamarse Julia, Marilyn o incluso Genoveva. En esta sala no tiene nombre, responde al título de una fotografía: “Cuerpo 5”. Prefiero llamarla Julia, y va de salida, está allí porque vio al fotógrafo y más allá del ojo del fotógrafo ve a todos los que pasan frente a ella. Cuando no hay nadie entre ellas, espectadores como yo, Julia y Sandra se miran sin interrupciones pero no hablan. Es en la mirada de Luis Morales donde dicen todo…
El piano … Mientras duró el cruce de ojos, Beethoven, Schubert, Chopin, Luis A. Calvo, Adolfo Mejía, Oriol Rangel, Fulgencio García, pasaron por el piano de Teresita Gómez, deslumbraron y se pasearon por todos los rincones del Museo…
Argumento. No son ojos porque te ven, sino porque los estás viendo… leí hace años en un libro de cuyo título no me acuerdo… Sin embargo, así se comienza a mirar…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…
© Saúl Álvarez Lara 2018

Aquí y ahora. Fotografías de Luis Morales en el Museo Maja de Jericó
Exposición abierta al público hasta el 23 de noviembre de 2018

En librerías encuentra “365 fragmentos de nada”
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Una voltereta

13 octubre, 2018 § Deja un comentario


Esta Marginalia inicia por el argumento que siempre va al final. Es una voltereta, como las imágenes que la ilustran…


… Soy el A-20. Quien me vaya a llamar me llamará por ese número, sigla, código o como lo queramos llamar. Una mujer en uniforme negro con camisa verde será quien me anuncie el llamado. El llamado lo hacen por pantallas que solo ella ve. Tengo la esperanza de que la mujer en uniforme me anuncie rápido. El tiempo pasa, la mujer en uniforme, un poco extraña, como dormida, aparece, desaparece y reaparece hasta que desaparece del todo. No la vi más. Ese día no llamaron el A-20…


… Al día siguiente ya no soy un número, ya no espero aparecer en una pantalla digital, soy yo, mi nombre, y estoy en un listado. Delante de mí en el listado hay otros nombres, no sé decir cuántos porque no hay fila y sin fila lo que hay es un desorden. En la sala, pequeña, estrecha, los otros del listado se acomodan como pueden, unos por aquí, otros por allá. Así que no sé donde está mi puesto. A pesar del aparente desorden, todos parecen tranquilos. La encargada detrás de un mostrador alto llama mi nombre, me entrega un papel pequeño con una cifra escrita en él y me pide que vaya al fondo del pasillo hasta la puerta abierta, allá hay una doctora que me va a registrar las huellas digitales, dijo. Son unos quince metros de pasillo estrecho mal iluminado por lámparas de neón. La puerta abierta se encuentra al fondo, es la última. Desde la puerta veo un cubículo pequeño con una silla de plástico frente a la ventana. Allí solo hay espacio para una persona, frente a la ventana hay un escritorio con un computador, una silla para visitantes y detrás del computador una mujer morena, grande; grande pero no gruesa, grande. Su cara, su peinado, sus manos, sus uñas, son de mujer grande. No me mira y tampoco me habla, le pregunto si me puedo sentar en la silla del visitante, responde con una seña. Apenas me siento pregunta el número de mi cédula. Se lo digo. Lo teclea con su mano inmensa, no me mira; pregunta mi grupo sanguíneo, se lo digo; teclea de nuevo. Todo en ella es grande, los ojos maquillados y las pestañas largas, los labios, la boca incluso los dientes son grandes. Su voz, en cambio, es un murmullo que distingo con dificultad. Me pide que coloque mi índice derecho en el lector de huellas, como su voz es menuda no entiendo y debe repetir, sin embargo no repite más fuerte, lo hace en el mismo tono; alcanzo a descifrar la palabra índice y lo coloco en el lector; ella hace una operación con el “mouse” diminuto bajo su mano inmensa con uñas rojas, grandes y perfectas; me pide que cambié el índice derecho por el izquierdo, no la escucho por aquello de su voz pero como imagino que es la secuencia lógica de la entrevista coloco el índice izquierdo en el lector; la mujer repite los movimientos que hizo con el “mouse” cuando leyó mi índice derecho. No me mira, tampoco se mueve, lo único móvil en ella son los ojos, las manos y cuando murmura, la boca; con una seña me indica que terminó el examen y que debo regresar donde la otra mujer detrás del mostrador en la entrada. Salgo de la pieza, pequeña, estrecha, demasiado para el tamaño de la mujer, salgo sin mirarla, estoy seguro de que ella tampoco me miró. Regreso a la fila que no es fila. Quedan pocos hombres en ella, caigo en la cuenta de que aparte de una mujer joven con casco que hace parte del desorden, la mujer grande en la pieza del fondo y la que recibe y coordina los movimientos del listado, todos son hombres, incluso, imagino, las otras personas que ejecutan los exámenes en otros cubículos son mujeres pero eso es solo mi imaginación. Entre los que esperan hay uno que ve poco y habla o por lo menos intenta hablar con los otros; y hay otro, mayor, pelo blanco y gafas, ropa bien planchada, peinado sin un pelo fuera de lugar que parece recién bañado, limpio y rígido, solo mira al frente, quizá no mira a los lados por temor a despeinarse. Cuando lo llaman del fondo del pasillo para pasar el examen con la mujer grande quedo solo en la sala porque el que insistía en encontrar con quien hablar desistió y se fue. Quedé solo en la sala estrecha. En ese momento ignoraba que me faltaban otras tres filas, más largas, dispendiosas, igual de desordenadas y ponen a prueba la paciencia…


… El lugar es uno que aparenta poco, nada, pero es donde la gente espera. Mucha gente espera. Los observo, es posible que ellos hagan lo mismo, sin embargo parecen chateando, jugando o solo matando el tiempo, miran el aparato sin importarles lo qué miran. El único que no espera, porque camina de un lado para otro, es el guardia uniformado. Va desde el fondo hasta la entrada, mira el piso y mientras camina muerde un tubo de plástico de los que sirven para revolver el azúcar en los pocillos desechables. El guardia es bajito y grueso, quizá demasiado  bajito y grueso para ser guardia de seguridad. Lleva uniforme gris oscuro con letreros color naranja en la espalda y en el frente; encima del bolsillo izquierdo, es decir, encima del corazón su nombre y apellidos: Otoniel Azuero. Un nombre extraño, me digo, de alguien que seguramente llegó de otras tierras, es posible. Otoniel es moreno, tiene pelo quieto cortado a ras en los costados y alto encima de la cabeza, es la moda, imitación mohicano. Los desplazamientos los hace despacio, paso entre paso, sin embargo no todas las veces va hasta el fondo del salón, en ocasiones de detiene en la mitad, da una mirada periférica, imagino que cuenta o constata cuántos y quienes esperan allí y retorna sobre sus pasos. Es posible que un reloj marque el ritmo de sus recorridos, sin embargo cada ida y regreso tiene una extensión menor, en la medida que hace recorridos y el tiempo pasa su fatiga es mayor, a pesar de que tiene el tiempo medido decae su agudeza visual y como cada vez que va y viene el número de los que esperan es distinto, a veces más, a veces menos, con el paso de las horas la fatiga lo alcanza. Los recorridos largos se hacen lentos y los cortos también, si estuviera en él decidir ya habría abandonado los recorridos, incluso lo ha comentado con algunos compañeros, pero como son subalternos y además temerosos de perder el puesto prefieren callar. Es es la razón por la cual Otoniel mastica el pitillo de plástico, como si masticara el tiempo, el trabajo, los jefes, los compañeros, los que esperan, mastica todo. Sin embargo el pitillo no disminuye, ni se daña, ni se tuerce y él tampoco lo bota. El pitillo es lo único que le queda…


… Detrás de mí hay una mujer mayor con un búho tatuado en el hombro. Un búho sobre un lecho de rosas. Lo miro rápido para que la mujer no note mi interés. Su cara seria, cuadrada, con gafas pesadas y gruesas es lo contrario a la expresión alegre del búho. La mujer como la mayoría de las mujeres usa ropa una o dos tallas menos y se ve atrapada en ella, como quieta, sin movimiento; el balanceo de sus piernas es una manera de liberarse de la incomodidad de las tallas menores. Lo único suelto, en apariencia libre y a sus anchas es el búho en el hombro. El búho parece sonreír…


Argumento. Aquí siempre va el argumento que hoy va al comienzo…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2018

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Sistema

6 octubre, 2018 § 1 comentario


Una fila que se alarga frente a una ventanilla porque Sistema, con mayúscula y sin artículo, según la funcionaria detrás del vidrio de seguridad, se rehusa a trabajar; y una crónica de Reinaldo Spitaletta en su blog sobre su aventura con Sistema en un banco de la ciudad, me recordaron que hace cerca de diez años, cuando Sistema era aun poco conocido, servía de parapeto para disimular las ineficiencias y nos jugaba triquiñuelas insolubles, me crucé con él en el cubículo de un funcionario público. Hoy Sistema hace parte del día a día de todos pero es necesario certificar que aun se toma libertades, funciona cuando quiere y no cumple con la premisa establecida: Sistema, en las computadoras donde vive, solo hace aquello que le ordenan que haga…


… Un miércoles a primera hora de la mañana fui a la Administración Municipal. Debía cumplir con obligaciones que no me dejaban dormir tranquilo. Para evitar filas y congestiones llegué a la puerta de entrada al público antes de la hora. Tomé de la máquina dispensadora el ficho G22 que me acreditaba como primero en la fila frente a las ventanillas de despacho al usuario. La diligencia fue rápida, menos de tres minutos después iba camino al edificio donde despachan los abogados, a la vuelta de la esquina, porque la funcionaria de ventanilla no tenía autorización para confirmar mi diligencia sin la autorización de Jurídica, Sistema mostraba cifras que no correspondían con mi situación.
Hasta ese momento no había sucedido nada y todo estaba dentro del tiempo y los inconvenientes que siempre acontecen en ese tipo de diligencias. Lo bueno, si así se puede llamar, comenzó en la Jurídica, un espacio amplio con muros pintados de verde, pasillo de hospital, y ocho cubículos: cuatro a la izquierda, cuatro a la derecha. En aquel pasadizo entre cubículos y muros estaban las sillas para los usuarios frente al escritorio de cada funcionario y una fila de asientos, tres por módulo, recostados contra la pared para quienes esperan. A esa hora de la mañana, ocho y doce minutos no había publico y las conversaciones de un apartado a otro pasaban por encima. Cuando me acerqué al cubículo en la fila de atrás, que una dama vestida con uniforme de vigilante me indicó con un movimiento de manos, el funcionario, apoyado en su escritorio dijo: “qué caramelo tan escaso”, en referencia a otra persona, quizá compañero de trabajo, ausente en ese momento. La frase podía llevar a un sujeto amigable o extraño, lo contrario, o también alguien con quien no era posible caer en el descuido. Era sin lugar a dudas una advertencia…


… El funcionario me invitó a ocupar el asiento frente a su escritorio. Su disponibilidad parecía total. Expliqué la situación, le entregué las hojas que su colega de la ventanilla me pidió que hiciera revisar por los expertos de Jurídica y esperé. El análisis fue rápido, aunque me dio tiempo para escuchar desde una radio diminuta disimulada entre calculadora, relojes digitales y estampas del Sagrado Corazón, la voz de Julito y su mesa, preguntando, culpando y cortando a quien cayera entre sus ondas. El funcionario, Augusto de Jesús Rojas Tuta, según la escarapela sobre su camisa blanca, impecable a esa hora, lo identificó pero no me atreví a llamarlo por su nombre.
Augusto, lo seguiré llamando, aseguró que su colega de la ventanilla tenía razón y era necesario hacer algunos ajustes en la liquidación de los documentos. No hay ningún problema, dijo, Sistema está muy bien hoy. A esta hora es más veloz agregó para tranquilizarme. Eran las ocho y quince minutos de la mañana. Julito saltaba de una entrevista a otra. Las voces de los funcionarios en los otros cubículos se escuchaban alegres, hablaban de otros compañeros o de algún jefe. Augusto concentrado en la pantalla hacía los ajustes necesarios para solucionar mi caso, no los escuchaba y mi silencio parecía ayudarlo en la tarea. En ocasiones dejaba de escribir en el teclado y anotaba números en un papel diminuto. En ocasiones parecía reflexionar, más tarde me di cuenta que esperaba que Sistema hiciera su parte del trabajo. A las ocho y media, me miró con desgano pero no habló y yo, en mi función de espera, tampoco dije nada. Ocho o diez minutos después un hombre con camisa oscura y gordo llegó hasta el cubículo de Augusto y le preguntó por unos papeles oficiales. Augusto se desconcentró y dio indicaciones que el otro respondió con otra pregunta y Augusto se apresuró a dar otras indicaciones, luego otra pregunta y más indicaciones. Imagino que el hombre notó que estaba interrumpiendo algo porque entre una pregunta y otra me pidió disculpas por la intromisión. Entonces Augusto dijo al hombre que lo llamara en diez minutos, la diligencia conmigo no le tomaría más tiempo y en ese momento le entregaría la información necesaria. El hombre se disculpó y se fue. Faltaban cinco minutos para las nueve, Julito hablaba y su voz parecía salir de la estampa del Corazón de Jesús al lado de la radio y las conversaciones de los otros funcionarios iban de un personaje a otro sin detenerse. Augusto y yo no hablábamos para no interrumpir su labor…


… A las nueve y cuarto Augusto dijo, me dijo, no me da. ¿Qué pasa? pregunté. No encuentro la solución, respondió, Sistema reconoce ciertos datos y entonces no da por terminada la operación. A partir de ese momento Augusto comenzó a referirse al Sistema como si se tratara de otro allí con nosotros. Cada vez que la operación fallaba era él, Sistema, quien no quería responder o le hablaba de otra cosa. En ocasiones Augusto murmuró palabras incomprensibles y me di cuenta de que se dirigía a Sistema. A las nueve y media dijo voy a llamar al técnico. Descolgó el teléfono y marcó tres veces números equivocados, a la cuarta vez dijo: Wilson, tengo un problema con Sistema y se lanzó en una explicación sobre las actitudes que Sistema estaba tomando. Wilson debió dar indicaciones sobre la forma de tratarlo, sobre todo si se volvía voluble y creo que le aseguró que se encargaría de ponerlo en su sitio desde su lugar de trabajo. Las respuestas de Wilson tranquilizaron a Augusto, cesó de teclear, cruzó los brazos y miró fijamente la pantalla desde donde, imagino, Sistema lo miraba. Está esperando algo del Sistema, pensé. Eran casi las diez de la mañana cuando Augusto dijo, está bloqueado. ¿Quién? pregunté. Sistema ya no quiere hacer nada más. ¿Qué hacemos? pregunté. Augusto me miró con el mismo desgano con que Sistema lo miraba a él y preguntó, ¿no tiene otra diligencia para hacer?
A las diez sonó el teléfono. Imaginé que era Wilson con buenas noticias sobre el genio del Sistema, pero era una llamada personal para Augusto. Mientras hablaba sus intimidades, dinero, préstamos, una fiesta, miraba de reojo con la esperanza de descubrir al Sistema escuchando su conversación. Eran las diez y media, Sistema no se había recuperado de su rabieta, Augusto y yo no habíamos hablado nada, cuando el teléfono timbró otra vez. Pensé en Wilson y su habilidad para organizar la volubilidad del Sistema, pero no era Wilson. Por las respuestas me di cuenta de que era el hombre gordo de camisa oscura que había prometido llamar más tarde. Mientras hablaba, Augusto me miraba disculpándose con el hombre gordo por mi presencia allí. Sí, dijo antes de colgar, en diez minutos…


… Faltando dieciséis minutos para las once la situación no había cambiado, Sistema seguía bloqueado en su actitud y entre Augusto y yo las palabras no circulaban aunque hicimos intentos de conversar que siempre quedaron en las primeras frases. Sin embargo el silencio instalado entre nosotros, por supuesto acompañado en segundo plano por los ruidos, voces, Julito pontificando desde la imagen del Sagrado Corazón, me permitió notar el cambio que Augusto estaba sobreviviendo a medida que pasaban los minutos. Entre el funcionario bien peinado y recién planchado que encontré a las ocho y cinco de la mañana, al hombre de pelo parado, camisa arrugada, escarapela al revés, nudo de corbata caído y botón del cuello cerrado, como el doctor Mejía, había un mundo de diferencia. Pensé que Sistema estaba ganando su punto y la descomposición de Augusto era la muestra real de su derrota. A las doce llamó Wilson para decir que se iba a almorzar y que a las dos de la tarde daría solución al problema. Augusto me comunicó lo dicho por su colega, constató la hora, sintió hambre, me miró con la intención de saber si yo tenía la costumbre de almorzar y murmuró: “qué caramelo tan escaso”…
Argumento. Sistema se bloquea. El hombre apaga la computadora. Cuando la prende, Sistema le ordena: “no me apague más, de ahora en adelante yo soy tú y tú, ya sabes cómo se trabaja conmigo…” De ahí en adelante lo que Sistema quiera…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2007 / 2018

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