Cosas 32

18 julio, 2020 § Deja un comentario


Máscaras

Son dos las máscaras que se acomodan y en ocasiones se desacomodan pero vuelven a su lugar cerca de mi puesto de trabajo. Son dos, pequeñas, les sobra espacio en mi mano abierta. Una la conseguí hace algunos años, ¿tres, cuatro?, en un mercado de la ciudad de Morelia en México. Era la más pequeña entre las máscaras que poblaban la estantería. Era su única diferencia. Todas tenían el mismo tono rosado piel, el mismo mostacho negro sobre el labio callado y los mismos ojos lentos. Pero lo que me obligó a acercarme a ellas fueron dos ranuras en los párpados que de lejos semejaban el comienzo de ojeras y de cerca la certeza de que eran máscaras de esas que utilizan los actores en escena o en carnaval. Elegí la más pequeña porque a pesar de ser igual a las otras la obra que alguien representara con ella puesta debía ser para dos caras, una suerte dos en uno, como Jekill y Hyde. La segunda máscara la encontré en un almacén de mil cosas en el municipio de El Retiro, cerca de Medellín. Uno de esos almacenes donde hay de todo, desde cremas de manos hasta fertilizantes florales, pasando, claro está, por tinturas, telas, lápices de colores, adornos, juegos, joyería de diseñador, bebidas o dulces saludables y, no podían faltar, máscaras. La que saltó a mis ojos tenía puntos negros rodeados de un halo naranja en lugar de ojos; por nariz, dos arcos medios al final de una línea gris oscura de arriba abajo que la partía en dos; nada de boca y sin embargo una suerte de lengua sobresalía hasta tocar un collar de argollas blancas alrededor del cuello. La piel, de tono amarillo ocre rodeada de gris oscuro marcaba el óvalo que, incluyendo una forma de puntas redondas, hacía las veces de corona o sombrero. Si bien sus proporciones eran los de una figura humana la condición de máscara ritual era evidente por la textura con la que había sido concebida. La compré. Y cuando llegué a mi casa le encontré lugar al lado de la máscara de teatrero de Morelia. Esto sucedió hace un tiempo ya, meses, quizá más de un año. Después de aquel día, cada vez que paso a su lado, lo hago varias veces al día, tengo la sensación de que ellas, las máscaras, al sentir mi cercanía se separan para no delatar su complicidad. En estos tiempos de confinamiento obligatorio mi tiempo en su cercanía aumentó, lo mismo que la sensación de confabulación entre ellas. Recordé que Saramago escribió en sus “Cuadernos” un texto donde hacía mención de las actividades y actitudes, incluso relaciones de las cosas entre ellas durante la noche, cuando todos duermen y nadie las mira. “El extraño caso del doctor Jekill y mister Hyde” de Stevenson, también volvió a mi memoria, no solo porque ya había pensado ver en ellas al uno y al otro, si no porque Henry Jekill y Edward Hide, en un solo cuerpo, evidenciaron la inconformidad de Jekill, que Hide convirtió en crimen, como resultado del desasosiego que le producía la conservadora Inglaterra de finales del siglo XIX. ¿Como Jekill y Hyde las máscaras están a disgusto en el lugar que les correspondió en mi casa? Qué puedo esperar de ellas si desde los primeros días del encierro, cada vez que paso a su lado, siento que ocupan su puesto como si nada y me ignoran, pero es evidente que disimulan. Ha sucedido que sentado frente a la pantalla de mi computadora, cuando el silencio del confinamiento se cuela por todas las rendijas, las escucho cuchichear. ¿Traman?, ¿qué traman?, ¿Jekill y Hyde?, ¿en mi casa? Entonces la duda se instala. ¿Será mi imaginación? O será el peso atronador de los días de encierro que las acosa…

Cosas…

… Y la “cosa” ahí…

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Cosas 31

11 julio, 2020 § Deja un comentario


P38

El año pasado, en un almacén de muebles, me crucé con una silla que me trajo a la memoria las novelas de Antoine de Saint–Exupéry. La forma de la silla, quizá parecida a la que ocupaba en su P38 cuando desapareció en el norte de Africa en julio de mil novecientos cuarenta y cuatro, me trajo el recuerdo y ocupé la silla a riesgo de que alguna de las empleadas me llamara la atención o intentara vendérmela. Miré a lado y lado como si desde aquel lugar pudiera distinguir la costa mediterránea o el desierto del Sahara donde transcurrió “El Principito” una de sus narraciones más leídas, sino, la más leída. Seguramente porque Saint–Ex., como lo llamaban sus allegados, ha estado alrededor desde hace años, tengo objetos que lo recuerdan. El libro mencionado y otros como “Piloto de guerra”, “Correo del sur”, “Vuelo nocturno” que fueron lecturas de otros años rondan en lugares precisos de las estanterías con libros que hay en mi casa. Una chaqueta de cuero usado, como el de la silla aquella, y forro reforzado para el frío de las alturas, descansa en un armario cercano. El avión que conservo y desde el primer momento, cuando lo vi entre los cacharros de un taller de soldadura, me pareció el P38 de Saint–Ex, ocupa un lugar preferencial detrás de mi puesto de trabajo. Recuerdo que lo distinguí entre desechos de latón, alambres retorcidos, tornillos, tuercas y abundante polvo oscuro por el hollín y la grasa. El avión, pequeño, cabía en la palma de mi mano, sobresalía porque su fuselaje era una bujía para motor de gasolina, la rosca de la bujía parecía la cabina del avión coronada por una hélice maltrecha, las alas debajo del fuselaje y también de latón oxidado, dos escarpines a manera de esquíes hacían las veces de llantas. Fue tal mi entusiasmo al verlo y rescatarlo de entre el amasijo donde se encontraba que, cuando pregunté a Edison el dueño del taller, cuánto valía el avión me dijo: lléveselo, se lo regalo. Quise preguntarle por qué había ensamblado ese avión pero sin darme tiempo, me dijo, espéreme, entró al taller y regresó cinco minutos después con un libro en la mano. Era “Vol de nuit” en francés en la edición de 1935 de “Le Livre de Poche”. El libro que en la portada tenía una ilustración del P38 en pleno vuelo en medio de nubarrones oscuros, estaba ajado, las puntas dobladas y el borde de las hojas amarillento por el tiempo y el polvo oscuro del taller. Lo saqué de aquí, dijo, un día, hace tiempo, apenas comenzaba con el taller, una señora trajo una caja con cachivaches y me dijo: como usted vende cosas viejas y usadas ahí le dejo esa caja que estorba en mi casa. En esa caja venía el libro. Como no sé francés y me gustan los aviones guardé el libro que según el momento, el día o el estado de orden del taller pasa de un cajón a una estantería o debajo de alguna mesa de trabajo; pero, dijo con seguridad en su voz, no lo boto ni lo regalo ni lo vendo y, como a usted le gustan los aviones, llévese el avión y yo me quedo con el libro. Así llegó la versión de Edison del P38 de Saint–Ex a mi casa. Con frecuencia, entre sesiones frente a la computadora miro el avión con la esperanza de ver lo que Saint-Exupéry veía en los cielos infinitos, con horizonte lejano, poblados de nubes, estrellas y sobre todo de imaginación…

Cosas…

… La “cosa” vino para quedarse… eso dicen, a menos que… que ¿qué?…

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Cosas 30

4 julio, 2020 § Deja un comentario


Alebrijes

Sigue la narración de una búsqueda de hace algunos años que dio como resultado el Alebrije que conservo cerca y hace parte de lo cercano de cada día. Sucedió así: Alebrije en “caló”, variante del “romaní”, lengua gitana, significa: cosa enredada, difícil y de tipo confuso o fantástico. Nunca había escuchado la palabra que un conocido, al enterarse de un posible viaje a México, mencionó como algo que quería para él. Después de buscar en diccionarios y en internet encontré que los alebrijes eran figuras fantásticas creadas por un “cartonero”, así llaman en México a quienes hacen figuras en papel maché, llamado Pedro Linares López. En 1936 Pedro sufrió una grave enfermedad y cuando volvió del coma dijo que se había encontrado con animales fantásticos, que le gritaban ¡AlebrijesAlebrijesAlebrijes! Eran leones con cabeza de perro, serpientes con alas y testuz de jaguar, iguanas de colores y colas retorcidas en tirabuzón, puercoespines con apariencia de osos hormigueros y puntas de colores en el cuerpo. Para que sus familiares vieran cómo eran aquellos seres fantásticos los recreó en papel maché, con tan buena fortuna que la fama de sus figuras traspasó los muros de su casa. Otra versión dice que los Alebrijes fueron obra de un artesano esquizofrénico de Oaxaca que, en sus crisis alucinatorias, veía seres fantásticos, armados con alas, cuernos, garras y cabezas de animales que no pertenecían a esos cuerpos. Las dos versiones tienen un punto en común, ambas aseguran que los hijos heredaron el oficio de “alebrijeros”. Entre los alebrijes creados en Ciudad de México y los de Oaxaca hay una diferencia fundamental, los primeros son hechos en papel maché, los segundos tallados en madera de copal. Buscar los alebrijes en el DF, como llaman en lenguaje telegráfico a Ciudad de México, se convirtió en una persecución en filigrana por la variedad de versiones que nos llevaron por pistas equivocadas. No todas las figuras zoomorfas que se concentran en los anaqueles, mercados o vitrinas de almacenes y puestos de artesanos, son alebrijes. Alguien nos dijo que en la Avenida del Ayuntamiento pero encontramos el rastro frío. Al día siguiente fuimos por los alrededores del Zócalo, los habían visto por allí pero solo dimos con almacenes a puerta seguida que ofrecían la mayor cantidad de Vírgenes de Guadalupe que habíamos visto. En un restaurante de Coyoacán tuvimos por vecino de mesa a Juan Villoro y estuvimos a punto de interrogarlo, quizá él conociera alguna pista pero los espejos que duplicaban el lugar nos dejaron la sensación de que solo habíamos visto su reflejo. En “La Ciudadela” encontramos un “alebrijero”. Había allí, en canecas transparentes, innumerables alebrijes en papel maché, casi todos representando un animal de cuatro patas con garras de dinosaurio, aleta en el lomo y pico abierto de ave en lugar de hocico, ninguno estaba pintado. Un hombrecito pequeño, con apariencia de muchacho pero voz de bajo que lo hacía parecer mayor, nos dijo: “en San Ángel”. Para llegar allí pasamos por callejones estrechos de piso en piedra y casas con muros insalvables. Recorrimos puestos con músicos, pintores de Ex-Votos, vendedores de telas bordadas con animales inesperados cercanos a los alebrijes, pintores de lucha libre y tejedores de sueños, hasta que llegamos a un “alebrijero” de segundo piso. Detrás de vitrinas protectoras nos esperaban tallados en copal, pintados, de todos los tamaños y combinaciones de alas, garras, colas, cuerpos y colores. La pista estaba allí, sin embargo, la persecución solo comenzaba y debía seguir en la medida que los “alebrijeros” en madera de copal de Oaxaca o de papel maché del DF, estimulen la imaginación con combinaciones cada vez más fantásticas…

Cosas…

… La “cosa” es cosa seria y deja sin respiración… Qué “cosa”…

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Cosas 29

27 junio, 2020 § Deja un comentario


Drama

Una mañana, antes de que la “cosa” nos confinara, subí al metro en la estación de Envigado. Iba para el Parque de Berrío tras uno de los recorridos que por aquellos tiempos hacía con frecuencia por las calles del centro. Era temprano y el vagón venía con puestos libres; incluso mi lugar preferido, al lado de las puertas corredizas, contra la barra que separa los asientos del área de desembarque estaba desierto. Apenas subí al vagón ocupé, de pie, mi lugar de siempre. A pesar de que me hubiera podido sentar “prefiero no hacerlo”, copia de la sin razón de Bartleby. Desde ese puesto tengo visión global del vagón, de los pasajeros y de lo que hacen, sobre todo de cómo manejan sus ficciones, algo sencillo cuando la práctica para descubrirlas, por un movimiento, por un tic, por un cruce o descruce de piernas o por un abrir y cerrar del bolso o el morral, se agudiza. Aquella mañana desde mi puesto al lado de la puerta que no se iba a abrir porque el andén de las estaciones siguientes estaba en el otro costado, tenía vista amplia del vagón y sus pasajeros. A esa hora, diez o diez y media de la mañana, viaja gente que no tiene afán ni horarios por cumplir, debe hacer alguna diligencia sin la presión de la urgencia o tiene tiempo para llegar donde debe llegar. Dos hombres altos, gruesos, uno con maletín de vendedor; el otro con gorra de deportista que no hace deporte y un estuche como de taco de billar, estrecho y largo colgado del hombro, se sostenían en la barra del pasillo; una enfermera y tres estudiantes ocupaban asientos cerca de dos señoras que iban a encontrarse con amigas, lo supuse porque iban bien vestidas, maquilladas y no paraban de cuchichear entre ellas. De los pasajeros cercanos, las dos mujeres y el hombre con el taco de billar al hombro eran los únicos que no estaban concentrados en mirar fotos o chatear. Los otros, incluso un policía, iban pegados del aparatico. Si los tomara uno por uno, seguramente encontraría sus ficciones a flor de piel. Iba precisamente a concentrarme en el hombre con gorra y taco de billar al hombro que parecía libre de celular, de tiempo, de la presión de un jefe fastidioso o de una esposa angustiada y seguramente iba jugar algún campeonato de tres bandas que tenía pensado ganar, cuando una mujer de edad promedio se atravesó entre nosotros y me obligó a seguirla con la mirada; era una mujer bonita que caminó apresurada hasta detenerse frente a la puerta siguiente. El tren iba a entrar en la estación y la mujer quería bajar en ella, no parecía nerviosa pero una suerte de rasquiña la obligaba a mantener la mano cerca de la oreja izquierda; los audífonos, me dije, es lo normal en estas épocas de conexión permanente. El tren entró en la estación, las puertas se abrieron, nadie subió, la mujer tenía espacio para bajar pero la molestia en la oreja no la dejaba tranquila y cuando el timbre anunciando el cierre de puertas sonó, dio un salto hasta el andén, apenas lo hizo giró sobre sus talones porque un brillo, pequeño, cayó de su oreja al piso, la mujer lo sintió, quiso volver pero el cierre de las puertas ya era irreversible. Nadie. Ni los dos hombres de pie, ni las mujeres que iban a la reunión de amigas, ni la enfermera, ni los estudiantes se dieron cuenta del drama que dejó como evidencia un brillo pequeño, bien visible desde mi puesto, en el piso de caucho oscuro. Me adelanté hasta la puerta y recogí el objeto, un arete con piedra morada y brillantes alrededor. Lo guardé en mi bolsillo. Pensé bajar en la estación siguiente y esperar a la mujer para devolverle el arete pero me pareció inútil; lo hubiera tenido que llevar a la oficina de objetos perdidos pero no lo hice. Decidí guardarlo. Por culpa del encierro, hace pocos días mientras organizaba los objetos que conservo cerca de mi puesto de trabajo, me crucé con el arete que me recordó su drama y el del hombre con gorra de deportista que, es posible, regresó a casa sin jugar el campeonato de billar que tenía pensado ganar…

Cosas…

… Siendo las cosas lo que son, la que nos tocó en suerte, sin forma ni color, no es una “cosa”… es otra “cosa”…

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Cosas 28

20 junio, 2020 § Deja un comentario


Otto

Las coincidencias están en todas partes y cuando se cruzan el resultado es inesperado. Hace pocos días el tedio del confinamiento me llevó a revisar el contenido de mi computadora. Por azar abrí una carpeta de hace algunos años donde encontré un texto titulado: La sombra de Marolini. Me entró curiosidad porque recordaba poco el texto, pensé que lo había escrito otra persona. Se trata de una novelita corta de esas que no publica nadie porque no es de mafiosos ni tiene el morbo del desarraigo social incluido y menos aun la “cosa” que nos acorrala. Es una novelita que narra la relación entre “El Gran Marolini”, mago de circo, y un joven de quien nunca se menciona el nombre y llega o mejor, no llega, a ser su ayudante porque vive enamorado de la diva que acompaña al mago en escena: “Galaxia”, una mujer hermosa que aparece y desaparece pero desaparece más de lo que aparece. En la búsqueda de “Galaxia” el joven candidato a asistente cuenta su búsqueda al trapecista: Lucio Lomas en la vida civil; “Otto. The flying man” en escena, en homenaje a Otto Lilienthal el inventor del planeador. Otto era un solitario que salía de su carromato para hacer acrobacias en el trapecio; el resto del tiempo lo pasaba pintando máquinas voladoras con la minuciosidad de quien sabe de volar. “… Vivir en los aires es mi profesión. Fui ‘hombre bala’ pero un accidente me planteó la disyuntiva: el trapecio o el pavimento. Elegí el trapecio…”, confiesa Otto en un momento de la conversación. Leí la novelita. Otto llamó mi atención por su convicción de hombre volador pero sobre todo porque reencontrarlo, pues fui yo quien escribió la novelita, me llevó al efecto “coincidencia” que menciono en la primera línea de este texto. En una repisa cercana al puesto donde paso buena parte de mis días, un grupo de trapecistas, ocho, venidos de distintos lugares esperan que me detenga a su lado y apriete la base del trapecio para ejecutar malabares que no se repiten. Dos, llevan vestido de superhéroe, Batman y el Hombre araña; otro lleva un vestido de letras porque lo recibí en una Fiesta del Libro; otro, es mujer, lleva un vestido corto, oscuro con puntos claros, y la encontré en un bazar en el oriente de Antioquia; los otros cuatro, llevan uniformes de equipos de fútbol: Medellín, Nacional, Selección Colombia, el de la Selección se repite. Los vende un hombre que podría ser Otto, por su aplicación al vuelo de los malabares, en una esquina a tres semáforos de mi casa. Lo vi cuatro veces, en cada una me pareció que lograba obtener de los trapecistas, frente a las ventanillas de los carros, malabares irrepetibles y cada vez le compré uno. Un medio día le pregunté si tenía trapecistas con uniformes de otros equipos, el Barcelona por ejemplo. Me miró, seguramente como Otto miró al joven candidato a asistente cuando le preguntó si conocía a Galaxia, por supuesto, en ese momento no hubiera podido imaginarlo, pero el hombre que ahora recuerdo como Otto me miró y me dijo: la semana entrante se lo tengo. Pero la semana entrante no llegó, la “cosa” nos acorraló y nos tiene haciendo malabares en tierra. Ojalá Otto, el de la esquina a tres semáforos de mi casa, siga con su aplicación al vuelo de los trapecistas…

Cosas…

… ¿Será que con el tiempo llegaremos a pensar: no hay “cosa” que por bien no venga? … ¿Será?

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Cosas 27

13 junio, 2020 § Deja un comentario


Espejismo

Sucedió en uno de esos pasillos limitados por telas de plástico verde que se utilizan para disimular, a ojos de los transeúntes, el avance de las obras públicas. Medio día, el sol y el calor se cuelan por todas las rendijas, las únicas sombras son las que proyectamos la mujer vestida de flores de todos los colores que avanza por el pasillo y yo, unos diez pasos detrás. Nadie más de este lado del plástico verde. Del otro lado se escucha el fragor de los taladros mecánicos y el choque del metal contra el pavimento que es necesario romper para instalar otro que quedará como nuevo cuando las reparaciones en las tuberías estén listas. El tráfico de vehículos particulares, además de taxis, buses, camiones y camionetas de todos los tamaños, contribuye al estrépito que sacude todo a los dos lados del plástico verde. El pasillo, transitable a riesgo del peatón, parece una servidumbre desierta si no fuera por el ruido y la polvareda. De repente un brillo fugaz cae de la mano de la mujer y rebota contra el pavimento. Ella, sin prestar atención al objeto, sigue su camino. Hubiera esperado un gesto, ver que se detiene y lo recoge, pero siguió como si nada hubiera sucedido. Dos cosas: no se dio cuenta de la pérdida o no quiere ser reconocida dejando objetos abandonados en la calle. Como no había notado que yo estaba a unos pasos, caminé un poco más rápido, disminuí la distancia entre nosotros y comprobé que lo que cayó de su mano fue una pierna de Barbie, la muñeca que primero fue juego de adultos y luego de niñas, casi destruida, arrancada de su cuerpo por la fuerza, rota. Mientras me recosté contra la tela verde para tomar la fotografía la mujer se alejó, caminó más rápido y unos pasos más adelante otro objeto se deslizó de su mano. Aceleré el paso. Ella también. Alcancé el nuevo objeto y me encontré con otra pierna de Barbie, esta vez sin zapato, sin pie, al lado de una marca verde pintada sobre el asfalto por los ingenieros de la obra. Se está deshaciendo del pasado, me dije y quiere que se lo trague la tierra o, al menos, los trabajos en la vía. La mujer caminó sin mirar atrás y a medida que avanzaba, rápido pero sin correr, quizá no tenía la fuerza para eso, dejaba caer al pavimento roto y polvoriento por los trabajos, pedazos de Barbie: brazos, piernas, torso, abandonados a su suerte. El cuerpo entero. Íbamos más allá de la mitad de la servidumbre cuando la perdí de vista, ella avanzó rápido y yo me distraje con los pedazos que encontré. De repente, por culpa de un viento que no sé de dónde vino y levantó el plástico verde unos ojos me miraron fijamente. El plástico subió y bajó. Los ojos me miraron y desaparecieron tras el verde. Parecían fijos. Una camioneta estuvo a punto de atropellarme cuando intenté agacharme para verlos de cerca. Descubrí entonces que un par de ojos sin mirada me miraban sin pestañear enmarañados en la cabellera rubia de Barbie. Recordé entonces una frase que siempre pensé de Borges: “…No son ojos porque te ven sino porque los estás viendo…” –alguien me señaló un día que no era de él–. Quizá, me dije, los fragmentos de muñeca, la mujer que ya había desaparecido y los ojos enmarañados por la cabellera, fueron un espejismo, una jugada de la hora, del sol, de la ausencia de sombras. Sin embargo, la pierna certifica el momento. La mujer, el espejismo como la llamé, se alejó sin mirar atrás abandonando en el camino, como marcas para un improbable regreso, fragmentos de tiempos idos…

Cosas…

… Cuando no las entendemos, las cosas como la “cosa”, nos acorralan…

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Cosas 26

6 junio, 2020 § Deja un comentario


Marcado

Al otro lado del cruce de Junín con la avenida La Playa donde en otras épocas el café La Bastilla, fundado en 1920, fue centro de reunión de artistas, poetas e intelectuales con don Tomás Carrasquilla a la cabeza, tuve la idea de pedir un café y esperar, siempre estamos a la espera de algo, mientras miraba pasar la gente. Es posible que en algún recoveco de aquella intención se encontrara el deseo de ver aunque fuera de lejos al mismísimo don Tomás tomando café y conversando con sus amigos. El lugar, hoy, no tiene parecido con el Café de antes, la clientela parece apurada, consume sin hablar y libera la mesa tan pronto termina. Aparte de la mesa vecina donde dos hombres mayores tomaban un desayuno abundante en silencio, tal vez están allí desde las épocas de don Tomás, en las otras mesas no se notaba la intención de mirar la gente, conversar o escuchar, como antes, alguna historia de boca de don Tomás. Por un lado el ruido de la calle que no deja hablar ni escuchar y por el otro, una cierta presión en el ambiente que obliga a partir. Solo los dos hombres mayores en la mesa vecina parecían protegidos de aquello, incluso llegaron a cruzar entre ellos palabras que no pude escuchar. Terminé mi café y como es costumbre fui a hacer la fila frente a la caja para pagar mi consumo. Delante de mí, seis personas con sus tiquetes en mano esperaban que un joven vestido de negro con peinado en puntas engominadas y brazos tatuados recibiera tiquetes y dinero. Cuando llegué a la fila el joven sostenía un intercambio de palabras y billetes con el cliente que encabezaba la fila. Con el siguiente fue igual y con el siguiente también. La fuerza indefinida que incitaba a partir y el ruido me obligaron a espiar la causa de la demora. Alcancé a notar que un billete era objeto explicaciones, demoras y devoluciones. El cliente delante de mi pagó su consumo, revisó el cambio y cuando llegó al billete en cuestión lo devolvió al joven quien, con un gesto de impotencia, lo recibió y lo cambió por otro. Mi turno sucedió como en cámara lenta. Los brazos tatuados, la mirada precisa, el teclado de la registradora, el recibo de mi consumo y la voz por encima de todos los ruidos: tres mil novecientos pesos, fueron como una acción eterna. El joven recibió mi billete de cinco mil pesos, inscribió el valor, esperó que la registradora entregara el tiquete con el monto de la devuelta, tomó el billete que nadie quería del lugar donde siempre lo dejó y me lo entregó disimulado bajo el recibo de caja, blanco con cifras negras, casi tan grande como el billete, además de una moneda de cien pesos. Esperó que yo lo recibiera. Todo esto en cámara lenta tomó una eternidad. Recibí el billete marcado con una escritura azul por las dos caras, quizá una declaración o una historia que quise conocer, mientras el joven esperaba mi reacción. Una fracción de segundo, eterno, se deslizó entre su mirada precisa y el movimiento de mis manos al doblar el billete por la mitad y guardarlo en mi billetera, como si nada. Respiró con alivio y liberado de semejante peso se dispuso a recibir el dinero del cliente que seguía en la fila. Entonces salí a la acera de aquel Café con historia, con la seguridad de llevar en mi billetera otra historia marcada en el billete…

Cosas…

… Dicen que la “cosa” vino para quedarse. Lo que pasa es que nadie quiere saber dónde, ni cómo, ni con quién…

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Cosas 25

30 mayo, 2020 § 1 comentario


Náufrago

Los personajes aparecen en cualquier mesa de café, puerta de casa o esquina. Con libros o cajas de herramientas bajo el brazo o entre cachivaches en la cima de un arrume de reciclador. Sin embargo, los personajes no aparecen, están, no los vemos y cuando los vemos por culpa del azar o la coincidencia, rodeados por un  halo que los separa del resto, en general están a punto de hacer otra cosa. La coincidencia tuvo su parte en este encuentro. Primero un marco de madera destartalado que se sostiene entre la esquina de una caja de cartón y una tela azul cielo hecha un nudo en la cima de una carreta de reciclador cargada hasta el tope. Allí, en lo más alto estaba el marco, y no lo hubiera visto si el hombre que arrastraba la carreta, Javier es su nombre, no se detiene en la esquina antes de la glorieta porque el tráfico le hacía difícil el paso. Segundo, lo alcancé en la esquina. Todo lo que había visto hasta ese momento era el arrume de cachivaches atado con cuerdas por los costados y balanceándose, un peligro para quien se encuentre a su lado si el equilibrio falla. Tercero, esperábamos el momento de cruzar. Más por desconfianza que por curiosidad miré la cima del arrume, vi el marco de madera y en su interior una cara borrosa. Pregunté a Javier, desconocía aun su nombre, qué era ese marco y respondió que no era nada; viene con el viaje, murmuró sin quitar los ojos de la calle. Le compro el marco, dije, ¿cuánto vale? No respondió, me miró como si midiera cuánto podía cobrar por el marco pero vio poco porque repitió: no vale nada, ¿para qué lo quiere?, eso no sirve para nada. Le doy diez, dije. Entonces me miró con más detenimiento, bajó el freno de estacón de la carreta y con una agilidad que nunca hubiera imaginado subió por el borde, aprovechó para tensar la cuerda, agarró el marco medio destartalado y lo dejó en mis manos. Todo en segundos. Era la fotografía en sepia de un hombre tal vez joven con corbata, saco oscuro y camisa blanca, un uniforme quizá; suposición que vino por el pelo de corte a ras y la pose rígida. Un accidente, ¿un naufragio? borró los detalles: ojos, nariz, boca; mojó la fotografía y la adhirió al vidrio que en el desbarajuste fue lo único que quedó intacto; o, se me ocurrió pensar, mientras Javier esperaba mi reacción al tener el marco entre mis manos, que una marea constante lo dejó sin identidad posible y el tiempo hizo el resto. Recordé una película de hace años en blanco y negro o sepia como la fotografía: “El hombre que nunca existió”. Entregué el billete de diez a Javier, fue cuando pregunté su nombre, que no podía creer en la venta, y seguí rumbo a mi casa con la foto, el marco destartalado y el vidrio sin rasguños. Lo recordé como parte de una operación de espionaje durante la guerra que terminó en simulacro de naufragio en una playa desierta. Desde aquel día el marco destartalado con vidrio intacto y foto borrosa del hombre que nunca fue, hace juego con otros marcos que cuelgan en la pared frente a mi puesto de trabajo en la pieza donde paso buena parte de mis días…

Cosas…

… Dónde andará la “cosa” hoy. ¡Vaya “cosa”!

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Cosas 24

23 mayo, 2020 § 1 comentario


Poncherazos

Un “poncherazo” es una fotografía tomada sin avisar, sin medición de luz, distancia o foco. Como salga. En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado había fotógrafos en las calles de las ciudades que hacían “poncherazos” de los pasantes que, casi siempre, caían en la cuenta cuando el “poncherazo” ya no tenía reversa. Los transeúntes recibían un comprobante numerado con el que podían reclamar su foto ese mismo día por la tarde o la mañana siguiente, a más tardar, en un local con puerta a la calle, a cambio de una tarifa razonable. Eran pocos los que no pasaban a recoger sus fotos, para verse, burlarse o pegarlas en los álbumes familiares. Ya no hay fotógrafos de “poncherazo” en las calles. Desde que llevamos una cámara en el celular, somos fotógrafos de “poncherazo” en potencia. Incluso yo, que no soy fotógrafo, he cometido algunos pero debo decir que también los he escrito…  

Tres puestos libres. Una sombra se abalanza sobre el que tiene más cerca. Quedan dos puestos. El sujeto de camisa a cuadros a mi lado espera que yo ocupe uno, lo presiento. Antes de decidir lo que voy a hacer pasa a mi lado y me empuja. Es una clara insinuación para que me siente. ¿Una orden? Ignoro el empujón, no ocupo ninguno de los puestos vacíos. La sombra sonríe…

• Frente a mí un anciano revisa su pasaporte. Lo abre sobre la mesa y saca del bolsillo de su chaqueta una bolsa de plástico con fotos. Una docena de fotos y las extiende sobre la mesa. Tiene la intención de elegir una. Algunas regresan a la bolsa y con las otras arma una columna al lado del pasaporte abierto. Compara. Hace una nueva selección y deja solo dos sobre la mesa. Las otras van a la bolsa. Con calma las coloca en el lugar que corresponde. Elige una. Arranca la foto pegada al pasaporte, saca un tubo de otro bolsillo de la chaqueta, aplica dos gotas en el reverso de la elegida y la fija en el lugar donde estaba la que arrancó. La considera con cuidado, se mira a un espejo satisfecho…

• Dos mujeres se miden ropa en un almacén. Una entra al apartado donde cambia de prendas. La otra espera. Se turnan para entrar a medirse la ropa. Se hacen comentarios. En general son comentarios grises: “se te ven los gordos”, “te ves muy bajita”, “tus tetas se pierden”. Como ocupo un lugar preferencial escucho lo que dicen. No tardo en darme cuenta de que a cada cambio de prendas los comentarios suben de tono. Si alguien llegara en este momento diría que la guerra está cerca. La sorpresa es mayor cuando las mujeres parten, dejan un desorden parecido a un campo de batalla, no compran nada, y sonríen satisfechas…

• Detrás del sol canícular un hombre me ofrece una botella de agua helada. Parece más espejismo que presencia. No habla. Desde más allá del resplandor me ofrece la forma de una botella que no alcanzo a atrapar. Entonces veo el juego, muestra la botella, yo intento atraparla y la botella desaparece, solo queda el resplandor. En la esquina siguiente comienza de nuevo. Solo veo el espejismo …

• Una flaco vestido de verde besa a la mujer a su lado. Le arranca el beso. Ella no deja ver dolor, no siente nada, no cierra los ojos y se deja hacer mientras sus labios quedan pegados a los de él. Mientras la besa, sube sus piernas sobre las de ella, enmalladas de negro que se encogen sin remedio. Se besan sin mirar…

• Un sujeto mayor intenta tomar la fotografía de un vaso desechable con su celular. Lo intenta varias veces: de más cerca o de más lejos. Hace la foto, corrige y la repite con una mínima diferencia de distancia y ángulo. Toma cuatro fotos, después las mira y no sabe cuál escoger para mandar a su mujer que quiere saber qué hace en ese momento…

Una mujer a mi lado pregunta la hora a otra que está detrás de una puerta cerrada. A pesar de que la puerta es de vidrio no la escucha y responde con señas que la mujer afuera no entiende. Esto la desespera. Levanta la voz, se nota urgida; sin duda tiene necesidad de conocer la hora, está retrasada y por esto insiste en comprender los gestos de la otra al interior. Por señas la mujer al interior responde a los gritos. Se ven pero no se escuchan, las señas son incomprensibles y el tiempo pasa. El poncherazo queda…

Cosas…

… Sin avisar, sin medición de luz, distancia o foco la “cosa” nos atrapó…

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Cosas 23

16 mayo, 2020 § Deja un comentario


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El número ocho de Ficción La Revista circula hoy, sábado dieciséis de mayo de este año de gracia 2020. Recuerdo que el último enero, en la primera Marginalia del año, escribí lo siguiente: “… 20/20 es la medida de agudeza visual. El primer 20 es la distancia, en pies, a la que se encuentra el objeto del sujeto; el segundo 20 es la distancia a la cual el sujeto ve el objeto en detalle. Si se dan estas medidas, la agudeza visual es perfecta. Esperemos que en el 2020 que llega, la agudeza no sea solo visual, que también sea para escuchar, para entender, para distinguir verdades de mentiras, política de politiquería, para hablar menos y hacer más, para vivir y dejar vivir…” Hoy, cinco meses después, esperemos que la agudeza sea también para leer, tema central de este número de la Ficción La Revista. Buenas y provechosas lecturas:

… Frases tomadas al azar en los textos que hacen parte de esta edición son la mejor definición de leer: su significado y trascendencia: … La profesora quería que hiciera énfasis en mi faceta de lector […] Hace días viene leyendo a Elvira Sastre y “Días sin ti” la dejó casi sin aliento […] Liberó legendarios lenguajes; labró lustrosas leyendas, legando lúcidas lecciones literarias […] Las primeras letras que junté como una suerte de invocación al milagro fueron las que, en una cartilla muy colorida […] Dante, en el último círculo del infierno, le habla al lector, le advierte que no dirá más de lo que está viendo y de paso lo reta […] Durante siglos, saber escribir fue privilegio de pocos; aún en los albores del siglo XXI millones de personas en el mundo continúan ajenas a su dominio […] Se leyó a la mujer mientras comía, lentamente, aprendiéndosela de memoria, como si leyera un tratado importante de filosofía o una historia del mar de Creta […] Una carta en sobre cerrado, / una promesa arrojada al buzón / baila entre mis dedos, / mientras, / el estado de excepción / se abre paso en cada vuelta […] Sabía que tenía libros suficientes, dado el caso de que, como sospechaba, le iba a sobrar mucho tiempo […] Tallamos el cuerpo con lecturas: Palabras luciérnagas. Palabras Océano. Palabras solares. Boscosas palabras nos tallan los cuerpos que hay en el cuerpo […] Leer es asistir a un concierto de palabras que devienen en imágenes, ritmos y sonidos […] Hay que leerlos. Suelen llegar en la noche. Hay que leerlos detenidamente y más cuando suelen llegar de uno en uno. Hay que leerlos en la oscuridad. Leerlos en silencio […] Leer ahora es leerme a mí misma, revisarme entre las páginas de mi vida. Caminar entre las páginas de mi vida […] “Lee. ¡Escucha!”, me decían mis hijos, mi esposo, mis padres, antes de dormir […] Para dar cuenta también de que “leer” ha tenido y seguirá teniendo transformaciones y que estas transformaciones nos llevarán a espacios imaginativos no explorados […] Leer es una cuestión de actitud. No solo se leen cartas, libros, artículos o avisos, también se leen imágenes… Lo leído hasta aquí y mucho más se descubre en este número de Ficción la Revista…

Cosas…

… ¿Hemos aprendido a leer la “cosa” que nos acorrala? Ojalá…

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