Cosas 51

28 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Sed

Seco estaba el hombre que llegó un medio día al local sin insignia y pidió una bebida fría. ¿Bebida fría? preguntó el encargado. Sin alcohol, agregó el recién llegado. No hay, respondió el encargado. El recién llegado calculó la distancia entre él y el encargado. Unos doce pasos. Con el reflejo del mediodía en sus ojos solo alcanzó a distinguir la silueta voluminosa coronada por una cabellera revuelta que dejaba filtrar hilos de luz alrededor, como rayos en movimiento al ritmo del polvo en el aire. Solo el recién llegado, parecía notar la imposibilidad de respirar por el calor y el polvo. Por eso la voz del encargado sonó desproporcionada a sus oídos. La silueta en el contraluz de la ventana era más grande y espesa que el tono de voz que escuchó. ¿Y con alcohol? preguntó. Tampoco hay, respondió el encargado sin moverse de su puesto. ¿Entonces qué hay? preguntó con el desespero de la sequía en su voz. ¿Qué quiere? preguntó el encargado, pero su voz a oídos del recién llegado, sonó como si viniera de algún lugar más allá de la silueta al contraluz. Producto del calor, de la angustia que va paralela con la sed; producto de su propia alucinación el recién llegado escuchó la voz venir del otro lado de la ventana por donde se filtraba el reflejo enceguecedor. Quizá por eso se distorsiona, pensó; la persona que me responde no está aquí, está más allá, en la habitación del lado o en otro piso y me ve por alguna cámara disimulada; quizá se encuentra al borde de una piscina con un vaso de bebida fresca en la mano. La voz sacó al recién llegado de su marasmo: ¿Señor… qué quiere? ¿Qué quiero? murmuró el recién llegado que no se había movido desde cuando entró al local. ¿Qué tiene para tomar? preguntó con voz seca. ¿Para tomar…? repitió con lentitud, como si midiera sus palabras, el encargado. Durante el tiempo que ha durado la conversación, ni el recién llegado clavado en el piso, ni la silueta de cabello revuelto sostenida por hilos de luz que la alejan en lugar de acercarla y sólo atinan a dar razón del polvo que vuela en el lugar, se han movido. Ninguno de los dos se ha movido. ¿Para tomar…? repitió el encargado y dejó pasar instantes preciosos para alguien con la boca seca. Por fin, después de sopesarlo, el encargado se decidió a hablar y lo hizo con tal rapidez que el recién llegado no alcanzó a comprender, ni siquiera a escuchar y, a pesar de su sed, de sus labios resquebrajados, de su desespero, murmuró, … no entiendo, ¿qué dijo? ¿Qué dijo quién? preguntó el encargado con fastidio. La situación pasaba de un tono a otro más complicado y ambos lo notaron. Entonces, por guardar las apariencias y no ceder terreno, guardaron silencio. No fue un silencio volátil como las briznas de polvo que se movían a su antojo entre los hilos de luz que venían de la ventana detrás de la silueta masiva del encargado, fue un silencio pesado como el calor sofocante que se colaba por las rendijas y calentaba el local. Después de interminables minutos de silencio y sofoco retenido, el encargado repitió la pregunta ¿Qué quiere? Y el recién llegado, perdido por culpa del calor y la fatiga permaneció en silencio. El encargado insistió y después de varios intentos fallidos también guardó silencio. Después de la respuesta, que no alcanzó a descifrar el recién llegado salió del local. Deslumbrado por el sol de medio día y a tientas avanzó con las manos pegadas a la pared hasta el local siguiente, donde palabra por palabra, repitió la situación hasta el momento en que no habló más, perdió la noción del tiempo y salió para el local siguiente y luego al siguiente. No se sabe qué pasó después. Es posible el recién llegado y su sed caigan en el olvido. Pero es aun más posible que nadie recuerde el calor de aquellos días…

Cosas…

… Si en la palabra “Rosa” está la rosa, en  la palabra “cosa” está la cosa…

“La otra cara del retrato” está en The Gallery at Divas / @thegalleryatdivas

Cosas 50

21 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Voces

Entre el personaje de“Muebles El Canario”, el cuento de Felisberto Hernández, y yo, hay puntos en común ineludibles aunque su novedad, la voy a llamar “novedad”, es inducida, y la mía, en algunos puntos parecida a la suya, es natural, por lo menos eso es lo que quiero creer. El personaje de “Muebles El Canario” desea dormir porque está fatigado y acalorado, pero el asunto del tranvía es lo peor. En el trayecto a casa un hombre le inyectó en el brazo una solución líquida, él sólo alcanzó a ver la jeringa marcada con un anuncio publicitario: “Muebles El Canario”. La sorpresa y la actitud de otros pasajeros que exigieron al promotor de la publicidad que les inyectara a ellos también, le impidieron evitar el pinchazo. El único reticente parecía ser él. El resto del cuento narra la noche sin dormir por culpa de algo parecido a una radio imposible de apagar, bajar el volumen o cambiar de programa, en su cabeza. Las menciones, poemas, lecturas y dedicatorias se repetían sin cesar. No se sabe si al final logra apagar el programa que retumba en sus oídos. No puedo decir que igual de claro y específico como el programa de “Muebles El Canario”, pero yo también tengo un ruido, como voces, en la cabeza. Una mañana al despertarme lo escuché y desde ese día ahí está. He hecho esfuerzos inútiles por deshacerme de él, he intentado bloquearlo con tapones, tomar agua al revés, taparme la nariz y respirar de adentro hacia afuera. Fui donde un especialista que diagnosticó: “falta de un buen susto” y estuvo a punto de empujarme escaleras abajo en el edificio donde tiene el consultorio. Nada ha servido. Una amiga a quien hablé del ruido encontró la solución estampando sonoros besos en mis orejas. Ella creyó en la efectividad de su remedio pero yo, que soy quien lo vive minuto a minuto, me fatigué de asegurarle que lo que hacíamos era cambiar mi ruido interior por el de sus besos. El ruido, como voces o raspaduras, en la cabeza no hace parte de mi personaje, no es un recurso puesto allí para hacerme más o menos interesante, en ocasiones me causa dificultad disimularlo pero no creo que el escritor del cuento en el que trabajo lo haya notado. Ahora que la casualidad puso los “Muebles El Canario” en mis oídos, intentaré ser más explícito con mi ruido. Es como un zumbido, quizá voces, que a veces se acercan, otras se alejan y en ocasiones se sobreponen a otros sonidos y parece seguirlos, como acompañamiento de fondo. Mí ruido es así pero no exactamente así, es igual en la luz y en la oscuridad, no cambia. En cierta forma eso me tranquiliza. Otra cosa sería que se sintonizara a media noche en el estallido de una calle congestionada por una balacera, o por una gata en celo al pie de la ventana, o peor aún, que se concentrara en la música ambiente de cualquier centro comercial a todo volumen. ¿El siguiente estado será como el de mi colega de “Muebles El Canario”?, me pregunto. Parece que el más grave o quizá, el más premonitorio de los ruidos en el oído es el de voces que insinúan, ordenan, anuncian o sólo conversan en el fondo de la cabeza y nadie puede hacer nada por acallarlas. Antonin Artaud, escuchaba voces en permanencia, voces que le decían versos o le sugerían dibujos. Adolf Wölfli, el pintor suizo que murió en un asilo a comienzos del siglo XX, también escuchó voces que le decían lo que debía pintar y el resultado fueron unos cuadros maravillosos en forma y color. Ambos, parece, estaban locos…

Cosas…

… Sin ruido, la “cosa”, tan campante, se mete por todas partes…

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Cosas 49

14 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Huevo

Dicen que el desayuno es la comida más importante, más aun que el almuerzo y mucho más que la cena. Su importancia está en que por ser la primera del día equivale al impulso inicial que pone todo, cuerpo y entendimiento, a funcionar. Desde hace algún tiempo vengo siguiendo sus pasos porque cuando se trata de comer en cualquiera de las tres instancias diarias todo es bueno; un desayuno con huevos y café, pan o arepa, también está bien al medio día o en la noche. Y al contrario, el recalentado, lo que quedó de las comidas del día, es válido a la hora de desayunar. Sin embargo cuando se habla de desayuno, no confundir con déjeuner: almuerzo en francés, lo propio es pensar en lo básico: café negro o con leche, huevos, pan o arepa, mantequilla, mermelada y queso. Se pueden presentar variables en los ingredientes, por ejemplo: en lugar de pan o arepa, croissants, medias lunas como las llaman en el sur; eliminar la mermelada o el queso, uno de los dos, no los dos porque el desayuno quedaría cojo. Se encuentran variedades de quesos desde jóvenes hasta maduros en casi todos los mercados, lo mismo mermeladas de sabores variados o incluso exóticos, eso se da por hecho en la oferta y cada uno consume lo que más le guste. Los huevos en cambio, siempre son los mismos, la misma forma, el mismo contenido, la misma clara, la misma yema. En “El cerebro y la rosa” Julio César Londoño escribe que “el huevo es, quizá, el invento más revolucionario de la naturaleza…” por su contenido y por su empaque, frágil hasta la “huevonada”, pero resistente a la luz, la humedad, el calor; además de la versatilidad infinita de formas que asumen la yema y la clara cuando se mezclan, se separan, se cuecen a fuego lento y una vez cocidos, se cortan, en tajadas, en bandas, en cubos o, en la amplitud de un perol antiadherente que permita la expansión y blanqueamiento de las claras, separadas de las yemas, se extienden a fuego lento hasta lograr una consistencia mediana y en ese momento se agregan, en el centro del perol, las yemas enteras, redondas e intensas, se cubre el perol y cuando las yemas lleguen a punto, la posibilidad de agregar una lonja de queso Mozzarella antes de que las yemas comiencen a cambiar de color aparece; un minuto después, con suavidad, se doblan los costados de las claras hacia el centro hasta formar un cuadrado que, por el espesor de las claras y las yemas cocidas, parecerá un sobre de correo de aquellos que no llegan más y se sirve caliente en el centro de un plato que ponga en valor el color y la forma. El acompañamiento con café negro sin azúcar, pan o arepa, hará el resto. Recuerdo ahora un profesor de dibujo. Una vez llevó, para que los dibujáramos en su taller varios cubos transparentes, pequeños, cada uno con un huevo al interior; en ese momento era visible la yema redonda y suspendida en el líquido de la clara. En una olla también transparente con agua hasta la mitad colocó los cubos a la vista de los ocho o diez estudiantes, prendió la parrilla portátil en el centro del salón, y propuso que dibujáramos la cocción, desde la transparencia del cubo con la yema visible y suspendida en el centro, hasta la densidad del blanco cocido con el agua hirviendo. El mismo huevo pero entre el primero y el último dibujo la diferencia era un mundo. No hay duda, el huevo es un invento revolucionario…

Cosas…

… La “cosa”, en cambio, no es un invento. Está ahí y bien ahí…

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Cosas 48

7 noviembre, 2020 § Deja un comentario


Saúl Alvarez Lara / Retrato aislado / Tinta y pluma / 10 x 16.5 cm. / 2020

Diario

Desde hace algunos años, ¿diez, doce?, llevo un diario que no es uno. En los últimos días he intentado escribir, para el diario, un retrato del desayuno que tomo todos los días pero no he logrado nada distinto a la descripción del hecho y sus ingredientes, entonces decidí escarbar entre archivos guardados en la computadora, como el personaje de un cuento escabroso, hasta llegar a dos entradas del diario, sin fecha pero, con seguridad, anteriores a la llegada de la “cosa” que nos acosa. … El jubilado va en el puesto delante del mío. La joven va en la banca al otro lado del pasillo a la altura del jubilado, habla por celular y va de uniforme; él lleva el uniforme de los jubilados: ropa formal de la que se usa para ir a trabajar a una corporación pero sin corbata. El jubilado mira a lado y lado con la tranquilidad de quien tiene tiempo. La joven habla por celular y hace planes para salir después de clase, es lo que supongo por el disimulo con que habla. El jubilado también tiene celular pero no lo lleva en el bolsillo de atrás porque le han dicho que es peligroso, prefiere llevarlo en uno de los bolsillos de adelante. La joven no tiene problemas y si los tiene no se ha dado cuenta o tiene quien le ayude a solucionarlos, todo va bien, dice ella, sin embargo no está satisfecha y por eso organiza programa, el tono de su voz no delata con quien habla. El jubilado, en cambio, sabe de qué esta hecha la vida y por eso mira a lado y lado con ojos de perro que late echado, tiene problemas y sabe dónde están; para esquivarlos o para afrontarlos va hacia un lugar no definido aun en su comportamiento, un lugar que puede ser una sala de espera, la fila de un banco o un café donde se encontrará con los amigos… […] … El hombre dijo que había trabajado siete años en la construcción y calló. No supe más porque no habló más. La mujer que estaba incómoda, a una distancia igual del que habló y de mí, llamó su atención, diciéndole que cerrara la ventana porque estaba lloviendo, pero él no le prestó atención porque después de decir lo que dijo se quedó embelesado mirando llover. Es cierto que ver llover atrae y el que habló era un buen ejemplo. Como estaba sentado no sabría decir si es alto o bajo, diría que es bajo, tal vez por el tamaño de su cabeza pequeña y cuadrada con pelo cortado a ras. Sus orejas son grandes, esto, claro está, no asegura que oiga bien porque no escuchó a la mujer cuando le habló. Como mira la lluvia con detenimiento en ocasiones veo su perfil y sus orejas. Puedo decir que tiene la nariz puntiaguda y los ojos hundidos, con ojeras; debe ser por el trabajo en la construcción. Seguramente acaba de salir, son más de las cinco de la tarde y parece cansado, lo digo, no solo por la hora, sino  porque no es la lluvia lo que lo tiene abismado, es el trabajo agotador. De repente, como si algún movimiento mío lo hubiera puesto sobre aviso, se voltea y me mira fijamente. Sus ojos son pequeños y separados, duros; la nariz, confirmé, era puntiaguda, bajaba hasta casi tocar la línea con curva hacía abajo que tenía por boca; su expresión, dura, tenía todo que ver con la lluvia o el exceso de trabajo; como era lampiño, los pocos pelos encima de la raya de la boca y el mentón endurecían su cara. Quizá me hubiera retado, agredido, no sé, iniciado algún gesto violento hacia mí si la mujer, ella sí pequeña porque la vi de pie, vestida con un talego azul, grande para su talla, que ocupa el asiento mojado por la lluvia, llora a mares; él no supo que hacer y yo tampoco, su agresividad bajó, en apariencia, y mi preocupación también; nos concentramos en la mujer que llora como si sus lágrimas fueran la continuación de la lluvia…

Cosas…

¡Que cosa! Cuando todos creen que está por irse, vuelve y se queda…

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