Cosas 42

26 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Jaula

“Aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión” dice un corrido mexicano. He visto jaulas con distintos objetos en su interior: velas, plantas, pájaros de verdad, incluso pájaros de mentiras. He visto jaulas ilustradas con corazones en su interior; vi una con un candado cerrado adentro, la llave del candado afuera y la jaula sin puerta. Las jaulas despiertan una sensibilidad cercana al temor o la defensa, simbolizan sentimientos encontrados o representan acusaciones evidentes. Una tarde entré en un local donde su propietario arruma objetos nuevos, antiguos, en buen estado, dañados, inservibles o incompletos. Entre los arrumes se forman pasadizos donde es posible encontrar muñecos sin cabeza, sin manos, o cabezas sin cuerpo; tablones de mesa sin patas, radios sin perillas y lámparas de pie, sin pie; incluso sillas y atriles al lado de libros leídos; llantas viejas, puertas de demolición, neveras y lavadoras que no tienen arreglo pero servirían para guardar ropa. Al fondo del local encontré una suerte de altar separado de los arrumes por una toalla blanca de doble tamaño. Allí había una jaula de alambre con adornos de latón en la base y en la cúpula. Estaba pintada de un blanco amarillento por el tiempo. En su interior, una revoltura de formas, colores y texturas metidas allí por la fuerza. Me acerqué y cuando comenzaba a distinguir formas de muñecos, cuerpos, brazos, pies, manos sin dedos o sombreros sueltos, el dueño apareció detrás de mí. ¿Le interesa la jaula? preguntó. Si le interesa, le puedo sacar lo que tiene adentro pero si no le importa se la lleva con todo, esa jaula es una antigüedad, agregó; años veinte, quizá anterior, dijo entrecerrando los ojos en un intento por calcular. Era de una dama criadora de canarios. Tenía más de doscientos en el patio de su casa; se pasó la vida criando canarios, se desvivía por ellos, los alimentaba, limpiaba las jaulas, les daba el tono para que cantaran; me dijeron que les dejaba las puertas abiertas y los canarios no se iban. Cuando la dama murió, su marido, que no soportaba los canarios los desterró, pero como le gustaban las jaulas las conservó y en lugar de pájaros metió cosas en ellas: papeles, recortes, libros, platos, porcelanas, corbatas y hasta zapatos en una de las grandes; todo lo que se atravesaba en su camino iba a parar a las jaulas; llegó a meter una jaula en otra. ¿Y ésta, de dónde salió? pregunté. El viudo murió y los herederos se repartieron lo que había en la casa. Una nieta la trajo porque no sabía qué hacer con ella y no tiene dónde ponerla ¿Y dónde están las otras? pregunté. No sé, respondió el hombre, solo recibí esta y ni siquiera en consignación, la nieta la dejó aquí y me dijo que hiciera con ella lo que quisiera, menos meterle pájaros. Esa jaula está ahora en mi casa y de vez en cuando cambiamos su contenido. Imagino que allí dejamos lo que no queremos que se vaya…

Cosas…

… La “cosa” nos tiene enjaulados pero con la puerta abierta…

Ficción La Revista viene con equipaje. En circulación el próximo sábado…

Cosas 41

19 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Culillo

Un anochecer. Un grupo en fila india camina por el sendero que bordea un cementerio. Alguien del grupo menciona su miedo a los cementerios y a los muertos. El guía, un hombre de la región, sentenció sin detenerse y sin mirar atrás: “…no hay que tenerle miedo a los muertos, es a los vivos a los que hay que tenerles miedo…” Sucedió hace años. Muchos años antes, en un pueblo de la sabana de Bogotá donde estudié no teníamos miedo de nada. Teníamos “culillo”. Culillo de todo. Teníamos culillo de los exámenes de aritmética, de inglés, de geografía, de español; de las jornadas sin recreo, del partido de fútbol con los grandes, de perder el año; teníamos culillo del infierno; la confesión nos producía un culillo sin igual por la penitencia que, sin duda, iba a ser mayor que los pecados. Recuerdo la imagen que adornaba una de las paredes del confesionario: era una estampa donde un hombre se debatía entre ángeles y diablos a las puertas del infierno. Nunca supe cuál de los dos bandos se llevó al pobre hombre que por la expresión de su cara tenía un culillo enorme. Pero el culillo mayor venía de la posibilidad de que alguien lo pillara a uno con culillo. Era lo peor. Luego el culillo desapareció, seguramente crecimos, y entonces llegó el miedo. El miedo viene en presentaciones variadas y se encuentra en todas partes. El miedo es la contraparte de la tranquilidad. Produce desasosiego y en la mayoría de los casos ganas de salir corriendo, el problema es saber para dónde. El miedo elimina toda posibilidad de discernimiento, toda posibilidad de elección y obliga a quien lo sufre a aferrarse a cualquier tabla de salvación al alcance de la mano, del ojo o del oído. El miedo tiene múltiples maneras de manifestarse: el ruido, las multitudes, los espacios abiertos o cerrados, los otros, la violencia, el odio, la inseguridad, la muerte, la vejez, la politiquería, el poder. El miedo convierte a su víctima en presa fácil de salvadores de esquina, predicadores, magos, charlatanes, estafadores, mentirosos, politiqueros, caudillos. Hay quien dice que el miedo es un sentimiento que nos ha acompañado desde siempre. En Colombia lo hemos vivido en carne propia en veintitrés guerras civiles sin contar con la última que llegó a un acuerdo entre las partes pero el miedo inoculado con mentiras y engaños no ha dejado que termine aun. La guerra es una fuente de miedo; si la comparamos con la sociedad de consumo de hoy, la guerra es el supermercado de los miedos; en ella se encuentran todos, desde la ignorancia hasta la muerte, pasando por el dolor, la enajenación, la soledad, la persecución, el desplazamiento, el hambre, la enfermedad; la guerra viene con todos los miedos incluidos. Hoy, vivimos igual que durante mis años juveniles en aquel pueblo de la Sabana: al borde del culillo. Nunca me he cruzado con elecciones donde el miedo no haya sido parte integral del resultado. En las que pasaron hace dos años en Colombia ganó el miedo. Ganó el miedo que nos vienen inoculando en dosis de mentiras, de noticias falsas, de agresiones y violencia, de grosería, de politiquería, de cinismo, de suficiencia. Ganó el miedo que obligó a poco más diez millones a votar por el candidato que infunde el miedo que el jefe tras bambalinas le ordena; ganó el miedo que llevó a millones a votar por el que ganó porque les anunciaron que el otro les debía producir miedo; ganó el miedo que intimidó a los que no aceptaban ni al uno ni al otro y se abstuvieron. Ganó el miedo que aun hoy nos domina. ¡Qué culillo…!

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… Y la “cosa” con o sin tapabocas, como el miedo, sigue ahí…

Ficción La Revista viene con equipaje y estará en circulación muy pronto…

Cosas 40

12 septiembre, 2020 § Deja un comentario


Inventario

Lo escribió Georges Perec en Tentativa de agotar un lugar parisino: “…Todos los que pasan llevan algo en la mano…” Una mañana, hace poco, mientras esperaba en el hall de entrada de una institución de salud pública recordé la cita, su autor y aquel inventario de gentes, objetos y situaciones. Decidí, entonces, hacer uno a partir de lo que cada pasante lleva a esa hora de la mañana. No todos van con algún objeto en la mano, lo llevan terciado al hombro, debajo del brazo, colgado delante del pecho como parapeto protector o, en la mano. Mujeres y hombres de todas las edades llevan bolsos, morrales o carteras, otros llevan maletines que por tamaño y apariencia incluyen el portátil del trabajo, ellos y los que pasan con bolsos pequeños que tratan de no zarandear mucho porque ahí va el almuerzo, trabajan en la Institución, en alguna oficina cercana o en los puntos de “coworking” distribuidos por los pasillos del edificio. Algunos llevan, con mucho cuidado y seguramente con la intención de disimularlos, frascos pequeños con muestras, de orina o materia fecal. Otros, numerosos, van con sobres amarillos, seguramente con fórmulas médicas, resultados de exámenes o recibos por pagar. Todos van con algo, cargan con algo. Perec tenía razón. Incluso yo, que en apariencia no llevo nada, voy con el celular donde escribo. Muchos otros, como yo, lo llevan también entre manos o pegado a los oídos y parecen hablar o reír solos como sucede cuando se recuerda un chiste anterior. Algunos de los que pasan llevan libros, agendas o cuadernos. Los que llevan libros, pocos, es posible que los estén leyendo; a los cuadernos y agendas se les nota el uso. Otros llevan recipientes de cartón con bebidas calientes o de plástico con bebidas frías, lo digo porque es distinta la manera de agarrar el recipiente; si está frío, con las manos; o sostenido con el brazo si está caliente. Lo que parece un denominador común es que todos llevan una idea, angustia o solución y la persiguen con la mirada clavada en el piso y el paso vacilante, algunos. Una mujer vestida con puntos: blusa de puntos, pañuelo en la cabeza de puntos, tapabocas de puntos, lleva cuatro bolsos terciados, dos a cada lado de apariencia pesada que mientras avanza parecen hundirla en el piso; la mujer es pequeña y a cada paso se hace más pequeña, quizá el peso de los bolsos. Un hombre mayor, flaco y de apariencia frágil con saco de rayas horizontales azules y grises detrás de una columna masiva parece dominado por el peso del bolso que cuelga de sus hombros; de repente levanta la cabeza y escarba en el bolso; saca un libro de pastas negras que está a punto de terminar según el lugar donde lo abrió; aliviado, se recuesta contra la columna y lee, pero el alivio dura poco porque una mujer grande y masiva se para en frente y le señala el camino por donde deben partir; el hombre, abrumado de nuevo, devuelve el libro al bolso y sigue a la mujer que lo toma de la mano. Otro hombre alto que no hace deporte lleva zapatos para hacer deporte y pasa de la mano de una mujer pequeña y gruesa; el hombre camina con dificultad, la mujer lo lleva y lleva también un bolso pesado; ella va adelante, él quisiera soltarse de la mano que lo arrastra, sus ojos lo delatan, seguramente no quiere ir donde lo lleva. Sucede con frecuencia, que unos lleven a otros, como se lleva un bolso o un sobre con documentos. Es posible…

Cosas…

… La “cosa” vino para quedarse, dicen. Lo que no dicen es hasta cuándo…

Los “Retratos Aislados” están aquí…

Cosas 39

5 septiembre, 2020 § 2 comentarios


¿Tapaqué?

Seis meses, o casi, sin salir a la calle o con salidas cortas, cerca y por poco tiempo a la tienda del frente o donde “Sombrero” que no cerró su venta de aguacates en la entrada del corredor estrecho que lleva a su casa. Seis meses sin salir. Hasta el día esperado por muchos que sentían el peso del encierro e inesperado por otros tantos que por la misma causa se encerraron en sí mismos. Hago parte de los últimos. Sin embargo el lunes pasado, día de la apertura, salí a recorrer la ciudad que esperaba encontrar cambiada después del aislamiento obligatorio, con el artefacto sobre nariz y boca que solo dejaba ver mis ojos. La ciudad seguía igual pero un cambio notable, rezago de la pandemia, era el uso generalizado de la nueva prenda. Las posibilidades de interpretación de una situación son múltiples y dependen del interés de cada uno, lo mismo sucede con el tapabocas. Unos lo usan bien, otros de cualquier manera, muchos lo ignoran, pero llegado el momento lo acomodarán, como mejor puedan y donde corresponde. Solo ojos. El aislamiento dejó solo los ojos para sorprender, disimular, disfrazar, para el llamado de atención, la conversación, la sonrisa o la negación; la voz, sin labios en movimiento que prefiguran las palabras, obliga a confirmar lo escuchado o lo dicho en los ojos del otro. Y tiene su encanto, un halo de intriga al que es difícil sobreponerse. Quien está detrás del artefacto ¿lleva bigote, barba, sonríe, se muerde los labios, mastica chicle? Igual que las máscaras, el artefacto tapabocas, hace parte del día a día como una variable infinita de la moda por el color, por la decoración, por lo que su portador busca significar con él, por la forma o la actividad de quien lo lleva. El artefacto tapabocas pasa a ser la expresión de un universo infinito e invisible. Al cabo de seis meses de aislamiento, la idea de una ciudad donde el artefacto de resistencia al virus estuviera al orden del día como apoyo a las palabras pero sostenido por los ojos, me acosó. Caminé por calles y pasillos donde multitud de tapabocas de todos los colores, con dibujos de objetos naturales o decoraciones geométricas que se adaptan a la forma de la cara de quien lo porta; con bocas abiertas, cerradas, sonrientes, o agresivas como de tigre, estampadas en ellos; con decoraciones inesperadas, ojos en el lugar de bocas y narices, como un juego de intercambio de los sentidos, la vista en lugar del gusto y el olfato. Me crucé con tapabocas diseñados con imágenes piadosas y también con obras de arte. Me encontré con unos como piyamas y con otros que llevan la marca de la empresa que los patrocina y otros diseñados para superhéroes. El Hombre Araña me interpeló en una esquina; “Los amantes” de Magritte en un cruce de pasillos; un paisaje tropical con palmeras en el reflejo de una vidriera; mi autorretrato en el reflejo de un espejo y en todos los casos, aunque el artefacto fuera negro o blanco, sin más, era en los ojos donde se sostenía el instante; ni bocas ni narices, solo ojos que parpadean, que reconocen, que miran más allá, o llevan gafas y un brillo inesperado oculta su duda. Ojos, solo ojos y tapabocas, artefactos que parecen el rezago de la pandemia que nos sometió… 

Cosas…

… La “cosa” no lleva tapabocas…

Los “Retratos Aislados” están aquí…

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