Cosas 38

29 agosto, 2020 § 1 comentario

Miguelángel

No todas las cosas que rondan cerca de mi puesto de trabajo rondan por ahí desde hace tiempos. Una tarde del mes pasado recibí, vía mensajería, una mano de madera articulada. El texto que venía con ella era una invitación, palabras más, palabras menos, decía: “… Haga con la mano lo que quiera. Tiene un mes. Cumplido ese tiempo debe devolverla al remitente. El resultado hará parte de una exposición subasta”. Era un reto. La mano quedó sobre un arrume de libros poco más de una semana. La imaginé enguantada con hilos de colores; o pintada con un camino que comienza en la muñeca y avanza por la palma, con cielo y árboles alrededor; también pensé cortar los dedos por la base y pegarlos trocados: el índice en lugar del medio y éste donde debería estar el meñique y el pulgar en cualquier parte, menos donde le corresponde. Sin embargo, todas las ideas tenían un punto en común, hiciera lo que hiciera, la textura de la madera debía desaparecer, era una forma sencilla de señalar la diferencia entre el objeto y la idea que uno se hace de él: la mano como mano debía ser algo más que una mano. Entonces recordé La Creación de Adán, el panel central en la bóveda de la Capilla Sixtina pintado por Miguelángel. El punto de atracción de ese panel se encuentra en las puntas de los dedos que, a punto de tocarse, representan el momento de la creación del primer hombre. Uno de los nueve episodios del Génesis. De las diferentes interpretaciones que se han hecho del fresco, desde la intervención de la conciencia en la creación humana, hasta la visualización de un cerebro o de un útero en la composición, como significado de la transmisión de inteligencia y vida en la creación, es posible que ninguna haya pasado por el imaginario de Miguelángel. En mi búsqueda no me crucé con ninguna alusión a la intención del artista; sin embargo, señalar, tocar, sentir, con la punta de los dedos es un gesto significativo que lleva a otras interpretaciones. Cuatro años tomó a Miguelángel terminar el fresco de la Capilla; cuatro años en los cuales interrumpió en varias ocasiones porque su carácter y el del Papa Julio II, mecenas de la obra, chocaron con frecuencia y si a esto se agrega que el artista era un hipocondríaco consumado, las enfermedades y dolores que seguramente resultaban de las posiciones incómodas que debía adoptar para llegar a los lugares más difíciles de la bóveda, complicaban aun más la relación. El principal interés de Julio II era ver la obra terminada pues temía morir como en efecto sucedió cuatro meses después del primero de noviembre de 1512, día en que Miguelángel hizo entrega el fresco. La creación de Adán está en el centro de la bóveda; es posiblemente uno de los paneles más inesperados y que ha suscitado interpretaciones múltiples del momento, la intención, la relación entre Creador y creado. Los índices que apenas se tocan escenifican el trance único en el cual Miguelángel manifiesta su genio. Ese segundo porque el toque solo tarda un segundo, que ha permanecido siglos, no es otra cosa que la representación del “creador creado”. Las manos que llegaron vía mensajería se convirtieron, a mi manera, en su retrato…  

Cosas…

… La “cosa”, como todo, tiene sus más y sus menos. En cuál de ellos estaremos ahora, me pregunto…

Los “Retratos Aislados” están aquí…

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