Cosas 36

15 agosto, 2020 § Deja un comentario

Sherlock

Tengo una lupa en cercanías. A veces la veo, a veces no, desaparece, se traspapela. Es como si olvidara su función, juega al escondite o no quiere dejarse ver. Desde hace años vive cerca, no sé cuántos, y desde siempre tiene esa manía de desaparecer. Una razón por la que me atrae, y en general todas las lupas me atraen, es por aquella propiedad de rastrear hasta el mínimo detalle de lo que pasa bajo su lente. Pero hay una segunda razón. Durante años tuve cerca una ilustración donde Sherlock Holmes aparece agachado, dos pasos adelante del doctor Watson, con una lupa en la mano, seguramente descubriendo detalles que convierte en pistas y luego en la solución de los casos que llegaban al 221B de Baker Street. Por aquellos años mi imaginación estuvo dominada por la posibilidad de convertirme en detective y solucionar casos como Sherlock. Puedo decir que lo logré, a pesar de que, a diferencia de él, nadie me busca para resolver episodios misteriosos; trabajo en casos, personajes, con quienes me cruzo en lugares públicos y por su figura, poses o gestos, descubro mis propias ficciones; es distinto pero es el lado detectivesco que me sigue a todas partes, es otra historia de la que ya hemos hablado. Una tarde de alguno de los días, meses ya, de cuarentena, que no puedo asegurar cuál fue porque la mezcla de horas y días que viene con el confinamiento es indescifrable, entré a ver una serie de detectives en la televisión. Era una serie finlandesa que, en ocho capítulos, resolvía el enigma del asesino de una mujer que apareció mal enterrada en el parque al lado del río que parte en dos la ciudad. Desde el inicio se plantea una relación tirante entre la mujer detective, con problemas familiares difíciles, encargada del caso, su jefe directo y el compañero asignado para apoyarla. Pronto comenzaron a aparecer personajes más o menos sospechosos, políticos o empresarios importantes y familiares cercanos a la víctima que, de lejos o de cerca se relacionaban con el asesinato. Pronto fue evidente que la lupa de Sherlock y su talento innegable para vincular hechos imposibles de vincular para cualquiera, era reemplazada por celulares activos en todo momento del día o de la noche, con toda la información necesaria, incluidas fotografías de los sospechosos, y cámaras a las cuales los agentes, detectives, tienen acceso y vigilan cada centímetro de la ciudad las veinticuatro horas. A parte del apoyo algorítmico que reciben los detectives en este siglo XXI caí en la cuenta de que, además, practican una técnica análoga que parece infalible: tapizan una de las paredes del salón de reuniones en la estación de policía con fotografías de los sospechosos que pegan allí a medida que la investigación avanza y son extrañamente bien tomadas, como si los malos posaran para estar en esa pared de la sospecha. Anoto que los malos hacen lo mismo con las personas que van a atacar y son descubiertos cuando el o la detective descubre la guarida del malo y encuentra una pared con fotografías similar a la que tiene en su oficina pero no con sospechosos sino con víctimas. No por casualidad, porque la busqué, llegué a otra serie de detectives inglesa y luego a otra serie belga y a una polaca, lo mismo que a otra sueca; y, detalles más, detalles menos, las estructuras de todas, vengan de donde vengan o hablen el idioma que hablen, es igual; la mala relación con el jefe, los problemas familiares del detective a cargo, cuando no el alcoholismo, las disputas con el compañero o compañera en la investigación, la aparición de políticos o industriales o burgueses poderosos como culpables o, en su defecto, la culpabilidad del jefe de la policía, los asesinatos sangrientos. Y todos, probando su olfato de investigadores en la pared de fotografías perfectas de los sospechosos como herramienta de apoyo. El único que se sale un poco del molde porque parece un investigador de a pie, al menos no utiliza la pared de sospechosos fotografiados aunque también le llegan poderosos para investigar, es Mario Conde el detective de la novelas de Leonardo Padura. Será por lo que vengo de narrar que la lupa que vive en cercanías se esconde, se da cuenta de que su momento pasó, como también pasó el momento de Maigret, de Poirot, de Marlowe, de Sherlock. Por más humanos que parezcan los detectives de las series del momento es probable que pronto sean reemplazados por algoritmos que harán lo mismo, más rápido y sin los inconvenientes familiares o personales que todos llevan a cuestas. Es posible que la literatura, las series o la narrativa negra, como llaman la literatura de detectives, esté pasando por un momento negro. Ojalá que no…

Cosas…

… ¿Y qué más? pregunta la “cosa” cada vez que aparece…    

Los “Retratos Aislados” están aquí…

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