Cosas 29

27 junio, 2020 § Deja un comentario


Drama

Una mañana, antes de que la “cosa” nos confinara, subí al metro en la estación de Envigado. Iba para el Parque de Berrío tras uno de los recorridos que por aquellos tiempos hacía con frecuencia por las calles del centro. Era temprano y el vagón venía con puestos libres; incluso mi lugar preferido, al lado de las puertas corredizas, contra la barra que separa los asientos del área de desembarque estaba desierto. Apenas subí al vagón ocupé, de pie, mi lugar de siempre. A pesar de que me hubiera podido sentar “prefiero no hacerlo”, copia de la sin razón de Bartleby. Desde ese puesto tengo visión global del vagón, de los pasajeros y de lo que hacen, sobre todo de cómo manejan sus ficciones, algo sencillo cuando la práctica para descubrirlas, por un movimiento, por un tic, por un cruce o descruce de piernas o por un abrir y cerrar del bolso o el morral, se agudiza. Aquella mañana desde mi puesto al lado de la puerta que no se iba a abrir porque el andén de las estaciones siguientes estaba en el otro costado, tenía vista amplia del vagón y sus pasajeros. A esa hora, diez o diez y media de la mañana, viaja gente que no tiene afán ni horarios por cumplir, debe hacer alguna diligencia sin la presión de la urgencia o tiene tiempo para llegar donde debe llegar. Dos hombres altos, gruesos, uno con maletín de vendedor; el otro con gorra de deportista que no hace deporte y un estuche como de taco de billar, estrecho y largo colgado del hombro, se sostenían en la barra del pasillo; una enfermera y tres estudiantes ocupaban asientos cerca de dos señoras que iban a encontrarse con amigas, lo supuse porque iban bien vestidas, maquilladas y no paraban de cuchichear entre ellas. De los pasajeros cercanos, las dos mujeres y el hombre con el taco de billar al hombro eran los únicos que no estaban concentrados en mirar fotos o chatear. Los otros, incluso un policía, iban pegados del aparatico. Si los tomara uno por uno, seguramente encontraría sus ficciones a flor de piel. Iba precisamente a concentrarme en el hombre con gorra y taco de billar al hombro que parecía libre de celular, de tiempo, de la presión de un jefe fastidioso o de una esposa angustiada y seguramente iba jugar algún campeonato de tres bandas que tenía pensado ganar, cuando una mujer de edad promedio se atravesó entre nosotros y me obligó a seguirla con la mirada; era una mujer bonita que caminó apresurada hasta detenerse frente a la puerta siguiente. El tren iba a entrar en la estación y la mujer quería bajar en ella, no parecía nerviosa pero una suerte de rasquiña la obligaba a mantener la mano cerca de la oreja izquierda; los audífonos, me dije, es lo normal en estas épocas de conexión permanente. El tren entró en la estación, las puertas se abrieron, nadie subió, la mujer tenía espacio para bajar pero la molestia en la oreja no la dejaba tranquila y cuando el timbre anunciando el cierre de puertas sonó, dio un salto hasta el andén, apenas lo hizo giró sobre sus talones porque un brillo, pequeño, cayó de su oreja al piso, la mujer lo sintió, quiso volver pero el cierre de las puertas ya era irreversible. Nadie. Ni los dos hombres de pie, ni las mujeres que iban a la reunión de amigas, ni la enfermera, ni los estudiantes se dieron cuenta del drama que dejó como evidencia un brillo pequeño, bien visible desde mi puesto, en el piso de caucho oscuro. Me adelanté hasta la puerta y recogí el objeto, un arete con piedra morada y brillantes alrededor. Lo guardé en mi bolsillo. Pensé bajar en la estación siguiente y esperar a la mujer para devolverle el arete pero me pareció inútil; lo hubiera tenido que llevar a la oficina de objetos perdidos pero no lo hice. Decidí guardarlo. Por culpa del encierro, hace pocos días mientras organizaba los objetos que conservo cerca de mi puesto de trabajo, me crucé con el arete que me recordó su drama y el del hombre con gorra de deportista que, es posible, regresó a casa sin jugar el campeonato de billar que tenía pensado ganar…

Cosas…

… Siendo las cosas lo que son, la que nos tocó en suerte, sin forma ni color, no es una “cosa”… es otra “cosa”…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 28

20 junio, 2020 § Deja un comentario


Otto

Las coincidencias están en todas partes y cuando se cruzan el resultado es inesperado. Hace pocos días el tedio del confinamiento me llevó a revisar el contenido de mi computadora. Por azar abrí una carpeta de hace algunos años donde encontré un texto titulado: La sombra de Marolini. Me entró curiosidad porque recordaba poco el texto, pensé que lo había escrito otra persona. Se trata de una novelita corta de esas que no publica nadie porque no es de mafiosos ni tiene el morbo del desarraigo social incluido y menos aun la “cosa” que nos acorrala. Es una novelita que narra la relación entre “El Gran Marolini”, mago de circo, y un joven de quien nunca se menciona el nombre y llega o mejor, no llega, a ser su ayudante porque vive enamorado de la diva que acompaña al mago en escena: “Galaxia”, una mujer hermosa que aparece y desaparece pero desaparece más de lo que aparece. En la búsqueda de “Galaxia” el joven candidato a asistente cuenta su búsqueda al trapecista: Lucio Lomas en la vida civil; “Otto. The flying man” en escena, en homenaje a Otto Lilienthal el inventor del planeador. Otto era un solitario que salía de su carromato para hacer acrobacias en el trapecio; el resto del tiempo lo pasaba pintando máquinas voladoras con la minuciosidad de quien sabe de volar. “… Vivir en los aires es mi profesión. Fui ‘hombre bala’ pero un accidente me planteó la disyuntiva: el trapecio o el pavimento. Elegí el trapecio…”, confiesa Otto en un momento de la conversación. Leí la novelita. Otto llamó mi atención por su convicción de hombre volador pero sobre todo porque reencontrarlo, pues fui yo quien escribió la novelita, me llevó al efecto “coincidencia” que menciono en la primera línea de este texto. En una repisa cercana al puesto donde paso buena parte de mis días, un grupo de trapecistas, ocho, venidos de distintos lugares esperan que me detenga a su lado y apriete la base del trapecio para ejecutar malabares que no se repiten. Dos, llevan vestido de superhéroe, Batman y el Hombre araña; otro lleva un vestido de letras porque lo recibí en una Fiesta del Libro; otro, es mujer, lleva un vestido corto, oscuro con puntos claros, y la encontré en un bazar en el oriente de Antioquia; los otros cuatro, llevan uniformes de equipos de fútbol: Medellín, Nacional, Selección Colombia, el de la Selección se repite. Los vende un hombre que podría ser Otto, por su aplicación al vuelo de los malabares, en una esquina a tres semáforos de mi casa. Lo vi cuatro veces, en cada una me pareció que lograba obtener de los trapecistas, frente a las ventanillas de los carros, malabares irrepetibles y cada vez le compré uno. Un medio día le pregunté si tenía trapecistas con uniformes de otros equipos, el Barcelona por ejemplo. Me miró, seguramente como Otto miró al joven candidato a asistente cuando le preguntó si conocía a Galaxia, por supuesto, en ese momento no hubiera podido imaginarlo, pero el hombre que ahora recuerdo como Otto me miró y me dijo: la semana entrante se lo tengo. Pero la semana entrante no llegó, la “cosa” nos acorraló y nos tiene haciendo malabares en tierra. Ojalá Otto, el de la esquina a tres semáforos de mi casa, siga con su aplicación al vuelo de los trapecistas…

Cosas…

… ¿Será que con el tiempo llegaremos a pensar: no hay “cosa” que por bien no venga? … ¿Será?

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 27

13 junio, 2020 § Deja un comentario


Espejismo

Sucedió en uno de esos pasillos limitados por telas de plástico verde que se utilizan para disimular, a ojos de los transeúntes, el avance de las obras públicas. Medio día, el sol y el calor se cuelan por todas las rendijas, las únicas sombras son las que proyectamos la mujer vestida de flores de todos los colores que avanza por el pasillo y yo, unos diez pasos detrás. Nadie más de este lado del plástico verde. Del otro lado se escucha el fragor de los taladros mecánicos y el choque del metal contra el pavimento que es necesario romper para instalar otro que quedará como nuevo cuando las reparaciones en las tuberías estén listas. El tráfico de vehículos particulares, además de taxis, buses, camiones y camionetas de todos los tamaños, contribuye al estrépito que sacude todo a los dos lados del plástico verde. El pasillo, transitable a riesgo del peatón, parece una servidumbre desierta si no fuera por el ruido y la polvareda. De repente un brillo fugaz cae de la mano de la mujer y rebota contra el pavimento. Ella, sin prestar atención al objeto, sigue su camino. Hubiera esperado un gesto, ver que se detiene y lo recoge, pero siguió como si nada hubiera sucedido. Dos cosas: no se dio cuenta de la pérdida o no quiere ser reconocida dejando objetos abandonados en la calle. Como no había notado que yo estaba a unos pasos, caminé un poco más rápido, disminuí la distancia entre nosotros y comprobé que lo que cayó de su mano fue una pierna de Barbie, la muñeca que primero fue juego de adultos y luego de niñas, casi destruida, arrancada de su cuerpo por la fuerza, rota. Mientras me recosté contra la tela verde para tomar la fotografía la mujer se alejó, caminó más rápido y unos pasos más adelante otro objeto se deslizó de su mano. Aceleré el paso. Ella también. Alcancé el nuevo objeto y me encontré con otra pierna de Barbie, esta vez sin zapato, sin pie, al lado de una marca verde pintada sobre el asfalto por los ingenieros de la obra. Se está deshaciendo del pasado, me dije y quiere que se lo trague la tierra o, al menos, los trabajos en la vía. La mujer caminó sin mirar atrás y a medida que avanzaba, rápido pero sin correr, quizá no tenía la fuerza para eso, dejaba caer al pavimento roto y polvoriento por los trabajos, pedazos de Barbie: brazos, piernas, torso, abandonados a su suerte. El cuerpo entero. Íbamos más allá de la mitad de la servidumbre cuando la perdí de vista, ella avanzó rápido y yo me distraje con los pedazos que encontré. De repente, por culpa de un viento que no sé de dónde vino y levantó el plástico verde unos ojos me miraron fijamente. El plástico subió y bajó. Los ojos me miraron y desaparecieron tras el verde. Parecían fijos. Una camioneta estuvo a punto de atropellarme cuando intenté agacharme para verlos de cerca. Descubrí entonces que un par de ojos sin mirada me miraban sin pestañear enmarañados en la cabellera rubia de Barbie. Recordé entonces una frase que siempre pensé de Borges: “…No son ojos porque te ven sino porque los estás viendo…” –alguien me señaló un día que no era de él–. Quizá, me dije, los fragmentos de muñeca, la mujer que ya había desaparecido y los ojos enmarañados por la cabellera, fueron un espejismo, una jugada de la hora, del sol, de la ausencia de sombras. Sin embargo, la pierna certifica el momento. La mujer, el espejismo como la llamé, se alejó sin mirar atrás abandonando en el camino, como marcas para un improbable regreso, fragmentos de tiempos idos…

Cosas…

… Cuando no las entendemos, las cosas como la “cosa”, nos acorralan…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” aquí: https://issuu.com/ficcionlarevista/docs/ficcio_n-la-revista-no8

Cosas 26

6 junio, 2020 § Deja un comentario


Marcado

Al otro lado del cruce de Junín con la avenida La Playa donde en otras épocas el café La Bastilla, fundado en 1920, fue centro de reunión de artistas, poetas e intelectuales con don Tomás Carrasquilla a la cabeza, tuve la idea de pedir un café y esperar, siempre estamos a la espera de algo, mientras miraba pasar la gente. Es posible que en algún recoveco de aquella intención se encontrara el deseo de ver aunque fuera de lejos al mismísimo don Tomás tomando café y conversando con sus amigos. El lugar, hoy, no tiene parecido con el Café de antes, la clientela parece apurada, consume sin hablar y libera la mesa tan pronto termina. Aparte de la mesa vecina donde dos hombres mayores tomaban un desayuno abundante en silencio, tal vez están allí desde las épocas de don Tomás, en las otras mesas no se notaba la intención de mirar la gente, conversar o escuchar, como antes, alguna historia de boca de don Tomás. Por un lado el ruido de la calle que no deja hablar ni escuchar y por el otro, una cierta presión en el ambiente que obliga a partir. Solo los dos hombres mayores en la mesa vecina parecían protegidos de aquello, incluso llegaron a cruzar entre ellos palabras que no pude escuchar. Terminé mi café y como es costumbre fui a hacer la fila frente a la caja para pagar mi consumo. Delante de mí, seis personas con sus tiquetes en mano esperaban que un joven vestido de negro con peinado en puntas engominadas y brazos tatuados recibiera tiquetes y dinero. Cuando llegué a la fila el joven sostenía un intercambio de palabras y billetes con el cliente que encabezaba la fila. Con el siguiente fue igual y con el siguiente también. La fuerza indefinida que incitaba a partir y el ruido me obligaron a espiar la causa de la demora. Alcancé a notar que un billete era objeto explicaciones, demoras y devoluciones. El cliente delante de mi pagó su consumo, revisó el cambio y cuando llegó al billete en cuestión lo devolvió al joven quien, con un gesto de impotencia, lo recibió y lo cambió por otro. Mi turno sucedió como en cámara lenta. Los brazos tatuados, la mirada precisa, el teclado de la registradora, el recibo de mi consumo y la voz por encima de todos los ruidos: tres mil novecientos pesos, fueron como una acción eterna. El joven recibió mi billete de cinco mil pesos, inscribió el valor, esperó que la registradora entregara el tiquete con el monto de la devuelta, tomó el billete que nadie quería del lugar donde siempre lo dejó y me lo entregó disimulado bajo el recibo de caja, blanco con cifras negras, casi tan grande como el billete, además de una moneda de cien pesos. Esperó que yo lo recibiera. Todo esto en cámara lenta tomó una eternidad. Recibí el billete marcado con una escritura azul por las dos caras, quizá una declaración o una historia que quise conocer, mientras el joven esperaba mi reacción. Una fracción de segundo, eterno, se deslizó entre su mirada precisa y el movimiento de mis manos al doblar el billete por la mitad y guardarlo en mi billetera, como si nada. Respiró con alivio y liberado de semejante peso se dispuso a recibir el dinero del cliente que seguía en la fila. Entonces salí a la acera de aquel Café con historia, con la seguridad de llevar en mi billetera otra historia marcada en el billete…

Cosas…

… Dicen que la “cosa” vino para quedarse. Lo que pasa es que nadie quiere saber dónde, ni cómo, ni con quién…

Ficción La Revista está aquí… Haga “click” en la imagen y listo…

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para junio, 2020 en .