Cosas 20

25 abril, 2020 § Deja un comentario


Nubes

Lao Tse era, lo dijo Confucio, el dragón que cabalgaba los vientos y las nubes. Los pensamientos son como nubes en el cielo, sopla suavemente sobre ellas y verás el universo, reza el proverbio budista que resultó, quizá, de las palabras de Confucio. Ikkyu Sojun fue monje zen y poeta que murió casi desconocido en 1481 a la edad de ochenta y siete años. Desde muy joven Ikkyu  mostró su talento y a pesar de su origen japonés escribió sus poemas en chino: … Muchas sendas arrancan / del pie de la montaña / pero en la cumbre / todos vemos la misma / nube brillante y sola… Treinta años recorrió el país y firmó sus poemas como “Nube Loca”, (Kyo-un), expresión derivada de (Un-sui): “Nube agua”, que señala los monjes vagabundos del camino. Años más tarde, en occidente, Walter Benjamín las escribió así: … Y aprendí a disfrazarme en palabras que propiamente eran nubes… Las nubes pasan, no permanecen, mutan y no vuelven. Me pregunto, entonces, si pintores excepcionales como Katsushika Hokusai o Giovanni Antonio Canal conocido como Canaletto o William Turner o Jan Vermeer o Joaquín Sorolla o David Hockney pintaban de memoria los cielos con nubes de invierno o de verano. Los inventaban con el talento para inspirar su paso, su cambio de forma, color y densidad, incluido el viento que acerca la lluvia. Pierre Lahaut, profesor de dibujo, trabajaba con una técnica que durante mucho tiempo hice mía: lápices de colores sobre papel. Lahaut dibujaba en capas sucesivas paisajes con cielos cambiantes y también dibujaba bodegones. Una vez escribí la relación entre él y un bodegón con nubes en la ventana, la titulé: El pintor y el tiempo: … Pocas nubes en el cielo. Es temprano. Más allá del caballete el bodegón con frutas frescas. Lápices verdes, de todos los tonos que se encuentran en la naturaleza, listos para la jornada; el cuadro será tan grande como la naturaleza misma. Estoy listo, pero dudo, dice. Si comienzo por la manzana, cuando llegue a la sandía su color tal vez no será el mismo que veo ahora, en ese momento tendrá manchas oscuras en la piel y las nubes habrán cambiado. Cuando llegue a las peras, el verde de la mañana se habrá transformado en amarillo quizá ocre; pero eso no es todo, si vuelvo a la primera manzana su piel también habrá cambiado como en las otras frutas, y, si me aplico a pintar cada fruta con el color y las nubes del momento, mi trabajo solo acabaría cuando, después de su propia evolución, cada una alcance el mismo tono seco del final y las nubes se queden quietas. Al terminar, el bodegón no será el mismo de la mañana y yo tampoco, agrega. Mientras Lahaut ve el correr del tiempo, las nubes pasan sin detenerse. De cúmulos, pasan a cirros y luego a nada, pasan y solo son un instante. La duda será siempre la misma frente al bodegón que nunca termina…

Cosas…

… Las cosas cambian según el momento, la hora, el lugar, la luz y quien está cerca. ¿Será que a la “cosa” que nos acorrala le sucede lo mismo?

La otra cara del retrato exposición virtual, se puede visitar en: http://paf.re/g/marginalia hasta el 23 de mayo. El libro con igual título y contenido puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solicítelo a saulalvarezlara@gmail.com. Un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

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Cosas 19

23 abril, 2020 § Deja un comentario


Libro&Expo

23 de abril “Día del Libro”. Hoy abre al público La otra cara del retrato exposición virtual y libro. La exposición se puede visitar en: http://paf.re/g/marginalia hasta el 23 de mayo. El libro puede recibirlo gratis en su correo hasta la misma fecha. Solo debe solicitarlo a saulalvarezlara@gmail.com y un ejemplar en PDF será enviado al correo que usted indique.

“… Es mal pintor el pintor que ha pintao aquel día, pues me pintó por afuera porque adentro no veía…” cantó Atahualpa Yupanqui hace años a quien quisiera escucharlo. En una afirmación más cercana en el tiempo he escuchado el decir de artistas que pintan lo que sienten y no lo que ven. La otra cara del retrato no son retratos en el sentido de la representación, la técnica y seguramente la evocación. No son eso. Son fotografías que van y vienen entre la función que cada uno construye de sí frente al mundo, y la mezcla con doce líneas de texto que no pertenecen al sujeto que las inspiró; pertenecen a otro que encuentra en las calles un universo de ficciones, evidentes algunas, un poco más soterradas otras, a flor de piel muchas, imaginadas la mayoría. Los gestos, las poses, los colores y vestidos que elegimos para aparecer frente al mundo no son gratuitos. Y el retrato, como todo, tiene otra cara, la de adentro que cantó Yupanqui. Y si no parecen retratos es bueno recordar lo que Picasso dijo a una dama que protestó porque no se encontraba parecida en el retrato recién pintado “… Se parecerá…” dijo Picasso…

Cosas…

… “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído…” Jorge Luis Borges

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Cosas 18

18 abril, 2020 § Deja un comentario


Gafas

Benjamín Franklin veía poco y borroso y por esta razón en 1784, diseñó a su medida una montura con vidrios de aumento para su uso personal. Esto no quiere decir que, como siempre sucede, un chino no aparezca mezclado en el origen del artefacto. Dijo Marco Polo que los chinos utilizaban lentes de aumento para mejorar la visión desde mucho antes del siglo XIII. Según esto los chinos utilizaron lentes de aumento para ver mejor y también, como lupa, para encender el fuego. Durante el siglo I d.C., para aumentar el tamaño de los objetos pequeños se utilizó un vaso con agua como lente de aumento. La historia menciona a Séneca como usuario de dicho lente pero es probable que el descubrimiento venga de la China, según decir de Marco Polo. El uso de lentes para mejorar la visión era, digamos, de uso corriente desde tiempos inmemoriales, Nerón acostumbraba a llevar al Coliseo un monóculo tallado en berilo para ver en detalle los gladiadores y en otro tiempo, la historia confirma que las primeras gafas europeas fueron diseñadas por el italiano Salvino Degli Armati hacia 1285; igualmente, uno de los monjes de El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco, lleva gafas. Es frecuente, entonces, desde la Edad Media el uso de gafas para quienes tienen poca vista. En 1517 Rafael pintó el retrato del Papa León X con gafas, pero fue, sobre todo, después de la invención de la imprenta que las gafas pasaron a ser un objeto de primera necesidad para aquellos primeros lectores. Hoy en pleno siglo XXI son indispensables frente a las pantallas de los computadores y desempeñan un papel visible, sea el caso de decirlo, como artilugio de la moda. Hace algún tiempo escribí una historia que iniciaba con esta frase: “Para lo que hay que ver… con un ojo basta”. En ella narraba que esa frase era lo que se decía para manifestar la poca importancia de los acontecimientos que suceden alrededor. La frase podría significar que si con dos ojos veo el cien, con uno veo el cincuenta, o sea, lo que verdaderamente vale la pena. Lo constaté cuando llegó a mí correo el número doscientos treinta y cinco de la revista Graphis. La cubierta de ese número representaba el retrato de un hombre pintado por Brad Holland. La fuente luminosa permitía que su cara pasara de la sombra a la piel iluminada; el lado derecho sobresalía en el claro-oscuro y la cabeza se desvanecía hacia la izquierda. “Ciclopeia” era su título. El saco, la corbata, la boca, las facciones tranquilas existían en su realismo perfecto, pero lo que sobresalía porque tenía mirada era el ojo solitario detrás de la montura de un solo aro que me seguía. Desde el primer momento constaté en él una vitalidad inesperada. Para comprobarlo desplacé la revista frente a mí y el ojo me miró. A la derecha primero a la izquierda después, alejé la revista unos centímetros y la pupila brillante casi se sale de su órbita. Pensé entonces que para volverlo a la normalidad, nuestra normalidad de ojos repetidos, debía pintar otro ojo al lado de ése, único, que me miraba sin pestañear a través de la montura de un sólo aro que se sostenía sobre su nariz recta. Entonces me di cuenta de que era inútil pintarle un segundo ojo pues él ya lo llevaba puesto en la gafa de un sólo eslabón que le permitía verme mejor… A propósito de gafas un amigo me contó que un amigo suyo, desconocido para mí, debía emprender un viaje pero perdió sus gafas y como era temeroso tomó la decisión de no viajar. Otro amigo le cedió las suyas con el argumento de que no necesitaba ver más de lo que veía sin ellas. Además, agregó el otro amigo, mis gafas le sirven a todo el mundo. El amigo de mi amigo aceptó y partió a su viaje pero nunca regresó y tampoco devolvió las gafas al amigo que se las prestó y nunca más las volvió a ver…

Cosas…

… Varias veces en los últimos días he recibido mensajes donde la última frase es: abrazos pandémicos. Me parece que es una buena manera de amaestrar la “cosa” que nos acorrala…

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Cosas 17

11 abril, 2020 § Deja un comentario


Papel hecho a mano por Aquari / Barcelona / 10 X 7.5 cms / 250 g/m2

Papel

La historia del papel se remonta a los primeros siglos de nuestra era, incluso a siglos anteriores. La viví en sus inicios cuando fui asistente de Ts’ai Lun, su inventor, aunque él no pareció darse por enterado de mi presencia, tan ocupado estaba por aquellos años. A pesar de que los egipcios grababan jeroglíficos en la piedra que cubría los muros de los templos o en papiros elaborados con una hierba común en los meandros del Nilo quizá tres mil años, o más, antes de que Ts’ai Lun, mi jefe, eunuco y Consejero del Emperador Guang Wu Di de la Dinastía Han inventara el papel. Ts’ai Lun, lo llamaré Ts’ai, se pronuncia Cai, curioso por naturaleza buscó, hasta encontrar, una forma, un material, que abriera el contacto del Emperador con los súbditos, con otros eunucos o con los cortesanos y cortesanas que abundaban en los alrededores de palacio. El resultado de años de ensayos en el cobertizo detrás del palacio con telas viejas, cortezas del cáñamo y del árbol de la mora y fibras de red de pesca, mezcladas y hervidas hasta convertirlas en una masa maleable, fue la materia prima que mezclada con pega a base de harina y agua, y extendida sobre un tamiz de madera, dio el resultado esperado. Resultado que después de numerosos ensayos Ts’ai dejaba a la luz del sol durante días, en ocasiones meses, hasta que destiñera (el tiempo de blanqueado dependía del color de las telas de base), fue el papel. Desgraciadamente no presencié el momento en que Ts’ai  levantó del tamiz la primera hoja de papel como siempre la había imaginado, debió ser emocionante, quizá más larga que ancha y un poco más gruesa que otras que produjo después, pero con las características necesarias para el uso de científicos, artistas y calígrafos que entonces trabajaban sobre reglas de bambú, madera o rollos de seda natural. En este momento ustedes se preguntarán quién soy yo. ¿La historia me menciona? No. Mi nombre no tiene importancia. Lo único que puedo asegurar o lo mejor, es que Ts’ai Lun, mi jefe, aceptaba mi presencia en el cobertizo detrás del palacio donde hizo los experimentos y no se opuso cuando le anuncié que iba a seguir el devenir de su invento. Devenir que, en ese momento, no tenía idea hasta dónde me iba a llevar. Ahora puedo asegurar que lo seguí hasta verlo convertido en soporte sin igual para la creación, en las artes, la ciencia y la literatura, incluso para la comunicación en los tiempos modernos y más aun en este último siglo cuando la luz ha reemplazado la tinta y todo o casi todo es digital, el invento de mi jefe Ts’ai sigue siendo de vital importancia. Pero volvamos al inicio. La invención del papel llevó al uso de sellos de madera con pictogramas, como caracteres móviles, que permitieron la impresión múltiple sobre papel del Bencao Gangmu, un tratado de botánica medicinal china; y además, la divulgación de las artes y la cultura. Algunos años más tarde en el siglo XV Johannes Gutenberg utilizó la misma técnica de los caracteres móviles para la impresión de El Misal de Constanza y La Biblia, los primeros libros impresos sobre papel en occidente. A mediados del siglo XVI, un orfebre grabador cubrió con tinta una plancha de metal marcada por los surcos del buril, limpió la tinta sobrante dejando únicamente la que se incrustó en los surcos y luego, con un rodillo, presionó sobre la plancha una hoja de papel humedecido hasta que los surcos aparecieron reproducidos en él, fue entonces cuando el papel se convirtió en soporte del arte. Ts’ai Lun, mi jefe, murió a los setenta y un años reconocido y respetado por todos en la corte, incluso por los cinco Emperadores a quienes sirvió como Consejero, de la misma manera que, imagino, hoy es reconocido y respetado por todos…

Cosas…

… El papel de cada uno es cuidarse de la cosa que nos acorrala y quedarse en casa. Algo más sencillo que inventar papel…

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Cosas 16

4 abril, 2020 § 1 comentario


Botón

Más chinos. Se dice que de no haber sido por los chinos la humanidad se estaría amarrando las vestiduras con nudos de seda, los ricos; de cargazón, los pobres. Hasta 1350, año en que los cruzados trajeron los primeros botones a occidente, nadie de este lado del mundo había oído hablar de una posibilidad semejante para ajustar la ropa al cuerpo. Este aporte significó una de las mayores evoluciones en la manera de vestir, ya que se pasó de una sastrería elemental, consistente en camisones que caían hasta el piso para las mujeres o sacos sin mangas, con atadura en la cintura y tubos deformes para las piernas a veces ajustados o recogidos con botas o polainas, para hombres y mujeres. A partir de 1350 todo cambió, la nobleza y la burguesía de la época pudieron ajustar sus atuendos al cuerpo o dejarlos libres y cambiar de estilo cuantas veces fuera necesario hacerlo. Los botones, fueron considerados como un elemento estético de primer orden y se fabricaron de madera, marfil, porcelana, concha nácar, metal común o precioso con incrustaciones, grabados o con el monograma de la familia y aunque eran conocidos con la denominación de botones y fabricados artesanalmente con elaboradas incrustaciones no pasaban de ser adornos, en muchos casos, sin la función práctica para la cual se habían creado, por una razón sencilla: les faltaba el ojal. El 2 de febrero de 1421 el Emperador Zhu Di, inauguró la Ciudad Prohibida frente a invitados llegados de todos los rincones del mundo conocido. El Emperador y su corte, se presentaron a la celebración ricamente vestidos con prendas ajustadas a sus cuerpos por botones sostenidos en pequeñas ranuras con bordes reforzados, que más tarde, mucho más tarde, fueron conocidas como ojales en el mundo occidental. Aquellos fueron los primeros botones que cumplieron su labor a plenitud. La invención de la máquina de coser aumentó la producción de prendas de vestir pero agravó la situación del ojal hasta que un sastre francés ideó una máquina con un tipo especial de puntada que le permitió dar solución al ojal. Sin embargo hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX los ojales eran hechos a mano con la ayuda de una cuchilla en forma de hoz que al penetrar en el tejido permitía rasgar la tela que luego se reforzaba a mano con puntadas apretadas. Alrededor de los años sesenta una máquina de coser llegó con la posibilidad de reforzar los bordes del ojal, sin embargo, la rendija  por donde pasaría el botón debía abrirse a mano. La tecnología encontró la respuesta mediante un programa que se activa en las máquinas de coser y proyecta el número, el tamaño y el lugar donde se deben abrir los ojales en las prendas de producción industrial. Ni siquiera la invención de la cremallera ha rebajado la importancia del botón, pero es fundamental tener en cuenta que para que un botón sea un botón y no un adorno, necesita de un ojal que lo ajuste…

Cosas…

… La cosa que nos acorrala sigue ahí… Solo entre todos podremos convertirla en otra cosa…

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