Cosas 15

28 marzo, 2020 § Deja un comentario

Llave

Como en todo, o en casi todo, hasta en la “cosa” que nos acorrala, hay un chino. En el origen de la llave también, aunque primero fue el aldabón para mantener ajustados, pegados uno contra otro, dos tablones que determinaban un límite. Cerrados, dijeron cuando la necesidad de mayor seguridad dio origen a la cerradura. Después, vino la llave que debía servir para despegar los tablones que luego llamaron puerta, cofre o escondite. “Bajo llave” se dice cuando alguno de los objetos mencionados está cerrado. Durante el Imperio los cerrajeros romanos hicieron llaves de hierro, de bronce o de cobre, incluso de oro que abrían cerrojos de los mismos metales, y fueron más allá, crearon la clave que solo la llave podía descifrar con medio giro sobre su eje. Llegaron a tal punto de minuciosidad que las hicieron de cualquier tamaño, a prueba de intrusos curiosos y crearon llaves tan pequeñas que perdían la figura de su función y más parecían adornos pero estaban hechas para abrir cofres secretos donde las damas o los caballeros, guardaban joyas, armas o venenos que utilizaban para sacar de escena enemigos o rivales. Con el paso de los siglos, las llaves, más no las cerraduras que necesitan de la llave para ser lo que son, adquirieron el estatus de símbolos. La costumbre de entregar las llaves de la ciudad a visitantes ilustres tomó fuerza desde el siglo IV. En la Edad Media, el candado, que ya había sido inventado por un chino, fue promovido por los ricos mercaderes y terratenientes para proteger sus fortunas. Candados grandes, de formas diversas y con adornos se pusieron de moda, sin embargo la llave llevó la delantera, para qué un candado sin llave. Los candados pasaron a segundo plano en el siglo XVIII cuando apareció la llave con muescas, cercana de la que conocemos hoy, con la posibilidad de abrir cerraduras más complejas, con mecanismos más precisos, y por supuesto, más seguras. Hace años a los amigos se les decía “Llave”, entonces sinónimo de amistad. “Salir del llavero” significaba que la amistad se acabó, fuera del llavero no había nada. Generalmente llevamos una llave en el bolsillo, en el bolso o en el morral, porque en algún lugar tenemos que entrar: una casa, un armario, un carro. Mi llave va engarzada en el mismo llavero desde hace años, se le nota el roce con la tela del bolsillo donde siempre la guardo, es el bolsillo a la derecha del pantalón que fue creado por los diseñadores de pantalones, estilo bluyin, para llevar monedas, en algunos lugares lo llaman “monedero”. En ese bolsillo que no fue concebido para llevar llaves van las mías cada vez que salgo a la calle. La llave y la billetera, a veces con billetes y con la cédula por si la policía me para y me pide papeles de identificación, son lo único permanente en mis bolsillos. Claro, lo no permanente cambia con frecuencia: un papel doblado, tres monedas que no van al monedero porque ahí ya están las llaves; un billete de dos mil pesos y una moneda de quinientos para el bus. Lo que nunca va en mis bolsillos son el pañuelo, la peinilla o la navaja, como se acostumbraba en otros tiempos. A pesar de que las llaves han cambiado de forma y tamaño, ahora son electrónicas y algunas funcionan a larga distancia, otras son solo un botón, somos poco conscientes de la historia que llevamos en los bolsillos…  

Cosas…

… Solo una cosa y depende la acción de todos…

Muy pronto circulará en nuevo número de Ficción La Revista… “Espérela”

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