Cosas 4

25 enero, 2020 § Deja un comentario


Tragedia

No es “El moro de Venecia” carcomido por los celos y los chismes, pero podría ser. Tampoco es uno de los personajes articulados que se encuentran con alguna frecuencia en talleres de restaurador; el cuerpo sin pulir, las articulaciones a la vista, la cabeza y las manos perfectas como si fueran de porcelana incluso los ojos con mirada que fue lo que encargué. Mis expectativas estaban lejos del personaje que recibí. La primera impresión no fue importante, me entregaron un envoltorio apretado, como una momia, en celofán adhesivo; parecía a punto de caer en pedazos y como no era posible verlo, por lo apretado, esperé llegar a casa donde, con curiosidad, despegué el celofán, capa por capa, hasta que el cuerpo articulado, cabeza, brazos y piernas apareció. En lugar de pelo una forma amarilla como a una boina ceñida alrededor del cerebro; la piel morena, tal vez negra pero con facciones delicadas, labios rojos, pequeños, casi un punto; la nariz alargada en proporción con el tamaño de la cabeza, también alargada; los ojos desorbitados y profundos. La mirada azorada la definían dos puntos blancos, fijos. A primera vista me pareció un retrato Otello, “El moro de Venecia”, que me miraba sin pestañear. Fue una primera impresión. Sin embargo era en el cuerpo donde venía la verdadera sorpresa. Ninguno de los miembros estaba en su lugar, el brazo derecho en el lugar del izquierdo y las piernas, en costados intercambiados, como los brazos, y en sentido contrario al natural, obligaba a que las rodillas doblaran al revés y no correspondieran con la posición de la cabeza y el resto del cuerpo. Otello me pareció un nombre apropiado porque le venía de adentro a pesar del poco parecido con el Otello de Orson Welles en el cine y, a pesar también, de los defectos que saltaban a la vista y nadie iba a notar. Después de considerar el personaje y su desbarajuste y por razón del nombre que le cayó a la medida, llegué a la conclusión de que Otello, el de Shakespeare, alteró su interior ante los pedidos de Desdémona y las mentiras de Yago de la misma manera cómo el Otello entre mis manos había alterado su cuerpo. La mirada azorada, convertida en puntos blancos, era la confirmación del revolcón. Lo que en principio vi como error se convirtió en el retrato de la tragedia…

Cosas…

“… Las cosas dependen de cómo las distorsionamos…” dijo, palabras más, palabras menos, Woody Allen en una de sus películas…

Museo Maja, Jericó / Exposiciones abiertas hasta / 26 / 01 / 2020

Cosas 3

18 enero, 2020 § Deja un comentario


La Libreta

Ha pasado por bolsillos, carteras, mesas de dibujo, escritorios; la han abierto o cerrado cientos de veces; ha estado en innumerables reuniones; ha puesto en valor los trazos negros que la pluma marca con precisión. La apariencia de que todo aquello que le hubiera podido suceder le ha sucedido: puntas dobladas, bordes curtidos, cinta correctora en la tapa para disimular rasgaduras como cicatrices que desbordan, no es gratuita. En sus más de treinta hojas, treinta y dos, para ser precisos, numeradas en el reverso por el artista, la libreta fue el soporte de historias que comienzan, terminan o se repiten distinto cada vez que algún curioso la hojea porque no siempre se mira lo mismo o no siempre se busca lo mismo. La hora, el lugar, la luz, la cercanía o la distancia con lo que se espera del momento tiene su influencia. Los dibujos que van de la primera a la última hoja parecen sin conexión a primera vista y pueden convertirse, cada uno por su lado y según quien los mire, en el inicio de una historia. Es posible, también, que el artista haya imaginado una sola historia de principio a fin, una suerte de narración gráfica con treinta y dos escenas, las llamo de esa manera porque el artista, Humberto Pérez Tobón, autor de El Teatro Leve, creaba sus pinturas como escenas únicas en el instante mismo en que la acción inicia. No sucede lo mismo con La Libreta, un intento de narración con planos, contraplanos, personajes principales y secundarios que asumen momentos de una historia en la cual la protagonista aparece en la primera escena, desnuda, en una silla que apenas se ve, con el cabello suelto y una corona que lo sostiene mientras mira, fijamente, más allá del límite de la libreta otro personaje que se acerca lentamente y disimula tras su capa, amplia, un tercer personaje con bastón, tres pájaros al acecho sobre sus hombros y un crucifijo colgado del cuello que cubre hasta la mitad de su cara. Es la tercera escena. La única desnuda es la mujer, los otros dos personajes visten túnicas amplias. Es evidente que los recién llegados y la mujer esperan la llegada de otros invitados a una cena, a una reunión, a un encuentro donde todos tendrán su voz. De escena a escena los dibujos cambian de primeros planos de caras a planos abiertos donde es posible ver partes de la escenografía: máquinas, poleas, nubes y también horizontes bajos como en el plano dieciocho; o caballos que esperan golpeando el piso con los cascos en el once; y en el veintinueve un hombre que vuela atado a unas alas de papel. Seguramente no es una reunión familiar, parece más bien un cónclave donde se toman decisiones importantes según es posible entrever por la conversación, en voz baja, de dos participantes en el plano veintidós, en el veintiocho; y en el retorno a la sala de dos mujeres iguales, en el plano trece, después de murmurar afuera. Es posible que la finalización del cónclave no haya llegado aun en la escena treinta y dos donde aparece la mujer del inicio, la anfitriona, de espaldas, aun desnuda, mirando la audiencia por encima del hombro mientras se aleja. Es posible que las conclusiones del cónclave se encuentren en otra o en otras libretas, desgraciadamente no las tengo. Esta que vengo de narrar la recibí de Humberto Pérez, el artista, un medio día mientras conversábamos en su estudio…

Cosas…

… Dos conocidos de otras épocas se cruzan pero no se recuerdan. Comparten el descanso de una escalera. Se olvidaron o no se conocieron. Así son las cosas…

Museo Maja / Exposiciones abiertas al público hasta / 26 / 01 / 2020

Cosas 2

11 enero, 2020 § Deja un comentario


El Trapecista

La primera vez en el taller de Rafael Castaño la sorpresa por el desborde de imaginación que se colaba por todas partes se convirtió en sobresalto. No podía ser menos. Cada objeto, cada máquina, cada pieza, cada cosa, sacada del contexto habitual y reinventada en significado y forma fue un descubrimiento. Sucedió hace algunos años cuando fui allí por primera vez; íbamos a hablar de sus máquinas fantásticas para un texto que publicó un periódico local. Sabía que Rafael Castaño era el compilador de una amplia colección de juguetes en la cual un “Tío Sam” en hierro colado del siglo XIX era la pieza más antigua. En los altos del taller donde creaba las máquinas, en la avenida Carabobo con la treinta y cuatro, en Medellín, Rafael instaló, en vitrinas, El Museo del Juguete con cientos de ejemplares de todos los tamaños, colores, formas y aplicaciones. Algunos años después cuando me enteré de que iba a cerrar, y cerró El Museo del Juguete, regresé al taller de la avenida Carabobo. Durante aquella primera visita habíamos hablado de la relación artista/objeto/contexto; del manubrio de bicicleta convertido en cornamenta por Picasso; de Tinguely y su trabajo, mezcla de piñones y movimiento; de Duchamp y la relación entre la manufactura y arte. También hablamos aquel día de “El Circo” de Calder creado con alambres plegados y ensamblados. Recordamos aquella conversación y entonces vino a la memoria el Trapecista. Lo tengo por aquí, dijo, mientras buscaba en las mesas desbordantes de objetos, estructuras en curso, papeles, bocetos, herramientas, piezas sueltas; por aquí un punzón que seguramente convertiría en el pico de un ave pequeña con cuerpo de jeringa, quizá un picaflor; por allá un carrete de pesca, una hélice de ventilador, un destapador que por causa de su nuevo contexto estaría a punto de volar; yo veo un avión, Rafael seguramente tiene en mente algo distinto, un ave del paraíso, por ejemplo. Y entonces apareció. Entre vueltas y volteretas, el Trapecista. Lo dejó en mis manos y dijo: es tuyo, lo habíamos hablado desde la primera vez. La sorpresa fue grande y lo recibí con gusto. Desde aquel día el Trapecista de Rafael Castaño hace parte de mis objetos cercanos; claro está, en ocasiones pasan días en que lo veo poco, pero también hay días en que su presencia es permanente. Cuando lo hago girar, con un impulso suave, el cuerpo de alambre ejecuta volteretas y malabares que resultan cada vez más inesperados… 

Cosas…

… Las cosas, en su contexto, tienen el sentido de la función para la cual fueron diseñadas, manufacturadas, definidas. En otro contexto las mismas cosas son historia, imaginación, fascinación, ficción. Son otra cosa…

Museo Maja / Exposiciones abiertas al público hasta / 26 / 01 / 2020

Cosas 1

4 enero, 2020 § Deja un comentario


Rompecabezas

La mañana del “rompecabezas” amaneció antes de la hora. Era martes y como siempre los martes bajo al centro en busca de nada. Es bien sabido que las cosas, las personas y los encuentros se dan aunque no se busquen. Junín con la Playa la esquina más puntual del centro de Medellín poco antes de las once de la mañana es un hervidero, gente que va, que viene, que interrumpe el paso de unos y otros; vendedores de flores, de lotería, de cachivaches, de chicles y cigarrillos al menudeo, de minutos de celular; repartidores de volantes que anuncian masajes gratis con fotografías de mujeres en poses seductoras pero mal impresas o que invitan a tentar la suerte en el templo de algún adivino o adivina a la vuelta de la esquina. En medio, mejor, en los costados de las aceras los vendedores de agáchese con la mercancía extendida en el piso, sobre telas o vitrinas inventadas, promueven sus productos a viva voz. El cruce de Junín, peatonal, con La Playa abierta al tráfico, tiene algo de rompecabezas al que faltan o sobran, piezas. Entre los vendedores, un hombre flaco, con camiseta de color indefinido, quizá naranja, sin letreros, y cachucha azul oscura que lo protege del sol y apenas deja ver sus ojos, arma y desarma rompecabezas de dos piezas, en alambre o clavos retorcidos, que pliega, ensambla y anuda allí mismo. Todos se arman y se desarman, hay que saber hacerlo, claro, y él es un experto. Una veintena de piezas con formas de corazones, arcos, enlaces, círculos, flechas, exhibe sobre una tela pegada al piso con ladrillos en las puntas. El hombre hace su trabajo en silencio, no anuncia su mercancía, se concentra en crear los ensambles y vigilar por debajo de la visera el interés de los pasantes. Si alguien pregunta, responde con pocas palabras pero prefiere desarmar y rearmar los rompecabezas en exhibición como una manera, prueba irrefutable, de que todos funcionan a la perfección. Me detuve a su lado, miré cómo hacía su trabajo, cuando intenté desarmar alguno de los rompecabezas en exhibición, no logré hacerlo; al tercero o cuarto intento, el hombre, que seguramente me había vigilado desde debajo de la visera de su cachucha, dijo: es muy fácil, mire… con agilidad sacó el corazón del arco donde estaba enlazado, separó las dos piezas para demostrar la independencia de cada una, y sin otra explicación las reenlazó. Con una posible sonrisa convertida en reto me entregó el corazón y el arco ensartados en alambre grueso. Compré los rompecabezas que tenía en exhibición, unos doce o quince, y me los llevé a casa con la idea de aprender a armarlos y desarmarlos para volver a demostrarle mis habilidades. Nunca lo intenté. Los guardé tan bien guardados que los perdí de vista. Como las cosas aparecen y desaparecen sin avisar, hace pocos días los reencontré, recordé aquella mañana de martes y no intenté desarmar ninguno, era inútil…    

Cosas…

… 20/20 es la medida de agudeza visual. El primer 20 es la distancia, en pies, a la que se encuentra el objeto del sujeto; el segundo 20 es la distancia a la cual el sujeto ve el objeto en detalle. Si se dan estas medidas la agudeza visual es perfecta. Esperemos que en el 2020 que llega, la agudeza no sea solo visual; que también sea para escuchar, para entender, para distinguir verdades de mentiras, política de politiquería, para hablar menos y hacer más, para vivir y dejar vivir…

¿Dónde estoy?

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