Silla 39

28 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… La silla de director…

Silla en equis

Sencilla en apariencia, con espaldar de lona, madera ensamblada y estructura en equis, la silla de director está al origen de una historia que viene desde el Antiguo Egipto donde su uso determinaba el rango, incluso la divinidad, de quien la utilizara. Una silla del mismo estilo, quizá con asiento y espaldar en piel o cojinería fue utilizada en Roma, durante la República y el Imperio, por magistrados o personajes con la categoría o el poder para ocuparla. Algunas de estas curules, su nombre en latín es Sella curulis, no tenían espaldar y esto obligaba a los patricios que las utilizaban a inclinarse hacia adelante, una actitud que aportaba significado y convicción a sus palabras en público. Por práctica, la Sella curulis fue conocida entre la soldadesca y las gentes de a pie como la Silla de tijera y con ese nombre perdió el aura de divinidad y poder que la había precedido. A finales del siglo XIX una empresa de mobiliario para exteriores presentó, con base en la silla de tijera, un modelo que llamó: Silla de director. A partir de mediados del siglo XX la Silla de director comenzó su carrera en el cine, pasó de ser el lugar insignia del poder para convertirse en el trono de las estrellas de Hollywood con sus nombres en letras de molde marcado en el espaldar. Recuerdo una fotografía de Rita Hayworth y Orson Welles, jóvenes y sonrientes, mientras posan en sillas, marcadas con sus nombres, en el set de la Dama de Shanghai; también recuerdo a Federico Fellini levantando los brazos desde su silla en el set de La Dolce Vita; y la bella Marilyn Monroe en pose sugestiva durante el descanso de alguna de sus películas, quizá Niágara. La denominación Silla de director pasó a través del tiempo, mientras que sus predecesoras la Silla curulis y la Silla de tijera se quedaron estancadas entre los vaivenes de la historia. Recuerdo que en el mobiliario de sala de una casa donde viví había por lo menos cuatro Sillas de director con asientos y espaldares que cambiaban de color con la frecuencia necesaria para que no parecieran envejecidos. La Silla de director pintada de negro, algo desgastada, plegada contra la pared entre cables y extensiones eléctricas, tuvo tiempos mejores; la vi una tarde en el estudio de un pintor amigo que seguramente la tuvo como modelo en alguna de sus obras…

Hechos…

Ludwig Mies van der Rohe diseñó La silla Barcelona, una de las más famosas del diseño moderno. Su estructura es de acero cromado y lineal con cojines de cuero. El respaldo y las patas en una sola pieza de acero tienen forma de equis como la Silla de director.

Museo Maja de Jericó / Inauguración 05 / 10 / 2019 / Auditorio del Museo

Silla 38

21 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… “Invierta la imagen: nada de más, nada distinto, nada”…

Nada distinto

“El imperio de los signos” es el título de un libro de Roland Barthes donde el signo, en el país del dibujo y la escritura con pincel, es el centro. “… El lugar del signo en este libro, escribe Roland Barthes, no está en el arte ni en el folclor y tampoco en la civilización. Está, continúa, en la calle, el almacén, el teatro, la cortesía, los jardines, incluso en la violencia; también en algunos gestos, poemas o alimentos; pero sobre todo está en las expresiones, las miradas, y los pinceles con los que todo esto se dibuja pero no se escribe…” La escritura convertida en dibujo. Entre las páginas sesenta y cuatro y, sesenta y cinco, en doble página, se encuentra la fotografía de un pasillo interior con ventanas, a la izquierda del lector, divididas por recuadros de marco pequeño tapizados con papel de arroz; a la derecha puertas corredizas que miran al salón principal. A pesar de que la fotografía es en blanco y negro, el piso y el techo de madera, con incrustaciones preciosas, asumen la perspectiva. Al pie de la fotografía, una frase escrita a mano: “Invierta la imagen: nada de más, nada distinto, nada”. La primera vez que tuve el libro en mis manos hice lo que indicaba la nota al margen, le di vuelta y me encontré con el mismo pasillo, la misma luz y la misma imagen; el techo tomó el lugar del piso, el piso invertido era ahora techo y los ventanales y puertas en lados opuestos pero en su lugar. La sensación de encontrarme en el pasillo con la posibilidad ir y volver sin moverme de mi puesto de lector fue trastocante. El pasillo era pasillo al derecho y al revés. La frase al pie de la imagen da cuenta de la sutileza japonesa que, con base en pictogramas, símbolos, escritura, dibujos, líneas, luz, representa todo y nada a la vez. Hace poco entré por primera vez, después de años, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes de Medellín. Estaban en plena labor de restauración, sin embargo fue posible recorrer los primeros salones y también admirar la belleza estancada en el tiempo de ese edificio. Desde una de las dos poltronas de cuero blanco que había por allí, admiré, presentí el tiempo y al levantarme, seguramente por una costumbre ya enraizada, tomé una fotografía de la poltrona; la combinación con el piso en baldosa verde y gris agua era especial. Esa misma noche mientras miraba la fotografía en mi casa, un movimiento inesperado la hizo girar ciento ochenta grados y me encontré frente a la poltrona del Palacio de Bellas Artes al revés y sin embargo, igual. La sensación trastocante que encontré en el pasillo de “El imperio de los signos” al derecho y al revés volvió. Se me ocurrió entonces que podía confirmar que los objetos, las imágenes o las imágenes-objetos, llevan en ellos su derecho y su revés, su aquí y su allá. Todo igual, nada distinto…

Hechos…

… Frank Owen Gehry creó una silla con ondulaciones hacia adelante y hacia atrás llamada “Wiggle side” o “Silla ondulada” por su base entretejida con tiras de cartón y madera para mayor consistencia. Fue producida industrialmente pero su precio la sacó demasiado pronto del mercado…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 37

14 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… No es una nube cualquiera…

La Nube de los miércoles

Un final de tarde que no era de verano y tampoco de invierno, caminando por una calle amplia del Barrio Chino, barrios chinos hay en muchas ciudades y el encuentro hubiera podido suceder en cualquiera de ellos, me encontré frente a frente con la nube. Puedo decir que a fuerza de perseguirlas, ellas, me persiguen y la que encontré aquella tarde gris, quizá de lluvia, era mi nube. Como no la esperaba a la vuelta de la esquina, el encuentro fue una sorpresa, aun para mí, perseguidor, coleccionador de nubes; les tomo fotografías, las dibujo, las pongo en lugares inesperados. Una nube en el cielo, si tenemos en cuenta la variedad infinita que circulan, es una nube en su elemento; pero, esa misma nube en otro contexto es un misterio, una representación de la ficción. Y la de aquella tarde en el Barrio Chino era ficción pura, podía incluso pararme a su lado o sentarme en ella. Debo decir que nos perseguimos desde una mañana en la puerta de mi casa. La vi cuando iba rumbo a la parada de bus; era una nube solitaria quizá pequeña en comparación con el espacio infinito que la rodeaba. Me pareció una de esas que se cruzan siempre en el camino y apenas la miré. Cuando llegué a la parada continuaba allí; no había cambiado de forma, era la misma, idéntica, con trazo como de pintura al óleo. Aquello era extraño porque las nubes cambian de forma todo el tiempo, es su mayor virtud. Esa mañana ocupé uno de los puestos de adelante al lado de la ventanilla. La mañana estaba despejada y aquella nube, única en el cielo, parecía seguir el bus. Si otro automóvil se interponía, la nube esperaba justo a la vista de mi ventanilla. Cuando se detuvo, sin cambiar de forma, tamaño o densidad, mientras el semáforo pasaba de rojo a verde, y arrancó de nuevo cuando la luz cambió, ya no pude quitarle el ojo de encima. Era miércoles. Al atardecer ya de regreso a casa la vi de nuevo, parecía esperarme iluminada a ras por la luz rojiza del poniente. La mañana del jueves amaneció lluviosa y los otros días fueron grises y encapotados. El miércoles siguiente, una semana después, la mañana fue azul con la nube en el mismo lugar, igual en tamaño, densidad y forma de la semana anterior. Fue imposible no caer en la cuenta de que esa nube única que no cambia de forma ni tamaño, que se deja ver los miércoles sin falta, es mi nube y entonces, como cualquier vecino salí, y aun salgo, a pasear con ella. A veces, es mejor decirlo ahora, también era miércoles el día del encuentro en el Barrio Chino, ella me juega bromas, se disfraza y se planta en lugares inesperados a ver si la reconozco…

Hechos…

Los clásicos son iguales en todas partes, solo cambian de material. En algunos lugares llevan listas de madera en el respaldo; en otros, el mismo respaldo es tejido de bejuco. En otros, es en cuero, en metal o en tablilla con grabados. Aunque parezcan distintos son, siempre, el mismo…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

Silla 36

7 septiembre, 2019 § Deja un comentario


… La lámina y la silla…

La huella

El tiempo no pasa en vano, dicen. Me crucé, muy de mañana, en el pasillo de una casa ajena con algo que no debió dejarme dudas respecto al tiempo que pasa. Su huella es indeleble. La lámina, con marco de madera, del arriero cargando la mula con sacos de café, colorida y luminosa como una mañana de verano en otra época, era, en ese momento, azul, pálida, después de pasar horas, días, quizá meses, en un lugar donde la luz del sol fue inclemente. La silla de mimbre también tuvo épocas mejores, no debió pasar horas a la luz del sol en algún pasillo al borde de un patio pero si soportó el peso cada día mayor, supongo, del dueño o la dueña de casa. Ambas, lámina y silla, viven con la huella del tiempo presente. El tiempo es cosa seria. Nos mantiene pendientes de sus argucias y desplantes. Que el tiempo pase tiene poco o mucho de bueno, su martillar sin reposo abruma o exalta. Hace años, he ahí el tiempo, me detuve frente a una vitrina donde un aparato que nunca había visto marcaba un movimiento. No era un reloj cualquiera, en caso de que hubiera sido uno, ni siquiera era digital. Se trataba de una canaleta metálica, brillante, por donde una esfera del mismo material y diámetro de la canaleta se deslizaba con ritmo continuo; los tramos, cortos e iguales, unos diez, se inclinaban a medida que la esfera los recorría; al llegar al final de un tramo el peso de la esfera invertía la inclinación y, sin detenerse, recomenzaba el movimiento en el siguiente. Un sin fin parecido al tiempo. Llegué a la vitrina de día. Sin notarlo y sin que la esfera se detuviera bajo el impulso de su propio peso, la noche cayó. El tiempo se deslizó, como la esfera en la canaleta y marcó su huella entre el día y la noche. No hace mucho escuché esta conversación en una mesa vecina: “¿qué horas son? fue la pregunta. Las horas no son, las horas pasan, fue la respuesta. ¿Qué horas pasan? insistió el que pregunta. No sé respondió el otro, como no las escucho pasar, no sé por dónde ni cuándo pasan, nunca las he visto pero dejan huella y por eso las reconocerá, agregó.”

Hechos…

… La Silla Butaque, parece una adaptación de la silla de la Savonarola y de otra de origen español. Se dice también que la Butaque tiene origen en otra silla de montar femenina llamada jamuga o de tijera…

Museo Maja de Jericó. Exposiciones. Hasta el 25 / 09 / 2019

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para septiembre, 2019 en .