Silla 30

27 julio, 2019 § 1 comentario

…Coincidencias con Felisberto…

“El primer concierto”

Las coincidencias, inicio de la ficción, comenzaron a obrar en la tarde cuando llegó a mi correo “Mi primer concierto”, el cuento de Felisberto Hernández. La contraparte de la coincidencia sucedió la tarde siguiente cuando, sin la pretensión de interpretar un concierto, me encontré por primera vez en el banco del pianista. La sala desierta y el piano abierto en el centro de la escena parecían a la espera del público y del pianista. Como su personaje, Felisberto era pianista, solo fue verme en el banco frente a las ochenta y ocho teclas cuando se apoderó de mí algo que entre el público nadie imagina pero los entendidos sospechan, me atrapó el miedo, el terror. La escena se convirtió en tortura. Recordé los ires y venires del pianista del cuento mientras calculaba cómo llegar al piano en el centro del escenario: rápido como lo haría un mensajero que trae bajo el brazo una encomienda, la deja donde puede y parte a la misma velocidad; o despacio, con la tranquilidad de quien no está en su primer concierto, sabe dónde se encuentra y se mueve con la parsimonia evidente de quien maneja la situación; o como lo haría un modelo de pasarela, midiendo los pasos y tomándose la mano derecha con la izquierda en un intento por abrochar el botón de la camisa. Nunca, insisto, me había sentado en el lugar del pianista, en escena, con el piano abierto y el auditorio, sin público, a la espera de que el murmullo de quienes entran a ocupar sus asientos comience de un momento a otro. Vinieron al recuerdo, seguramente en desorden, las posibilidades que el pianista del cuento supuso para su primer concierto. Y entonces la duda cayó sobre mí como un balde agua fría. Está bien, me dije, entro, el pianista entra, como sea posible, sin dejar notar el pánico, me acomodo, él se acomoda en el banco frente al teclado, blanco y negro, tan extenso que no alcanzaría a los agudos o los graves aunque tuviera prolongaciones en los brazos. Pero, una vez allí, ¿qué hago?, ¿qué toco? El pianista de Felisberto duda y emprende una serie de improvisaciones que, quizá la sorpresa, causan impresión en el público. El otro pianista o digamos mejor el simulacro de pianista, yo, que coincide con la ficción de Felisberto cae en las profundidades de lo inmóvil, queda en blanco, deja extraviar la memoria; las notas no se oyen, el silencio resuena, la rigidez sube desde el piso pasa por las manos y convierte los dedos en troncos inmóviles; dedos, que en las manos de un pianista de verdad tendrían la virtuosidad del movimiento. Tiene razón Paul Auster cuando dice que las coincidencias están al inicio de la ficción. “El primer concierto” de Felisberto, coincidió con el piano en el centro de la escena, abierto, a la espera del pianista. El auditorio desierto ¿me esperaba?, ¿que hacía yo por allí?, ¿ocupar el lugar del pianista del cuento? o el de Felisberto ya que él era pianista, ¿convertirme en su personaje?, ¿en Felisberto? Ahí vamos…

Hechos…

William Hogarth fue pintor, ilustrador, caricaturista, impresor, crítico. Vivió en Londres hasta mediados del XVIII. Una silla con patas en forma de “S” y respaldo recto apareció con frecuencia en sus pinturas y caricaturas, la llamaron la silla Hogarth. Pocos saben que era la única silla en su estudio y la dibujaba de memoria…

Próximas exposiciones. Museo Maja de Jericó. Sábado 3 de agosto

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