Silla 24

15 junio, 2019 § Deja un comentario


…Si encuentra una no se siente en ella…

La silla del otro

“El otro” vino a mi memoria cuando vi la silla en el salón desierto de una casa desconocida y, en apariencia, sin habitantes. Si no fuera por la planta en la esquina y el bodegón disimulado en el rincón diría que allí no vive nadie. Alguien colgó el bodegón en el rincón y es posible que el mismo alguien riegue la planta cada dos días, pero debe ser de plástico. La silla era señorial, bien presente es cierto pero sin ocupante a la vista. Por la ausencia de dueño la historia vino a mi memoria. Como en “La silla del otro”, la novela que me devolvió el recuerdo, el personaje central, una suerte de alabancioso mediocre, espera que el dueño de la silla, “el otro” del título, muera para adueñarse de su silla preferida, representación física del poder y  la riqueza que “el otro” poseía. La seguridad absoluta de que con la silla vendría la heredad obligó al alabancioso a concebir un plan sencillo: esperar, porque era incapaz de matarlo, la desaparición del “otro” que, a pesar de su edad, no moría. Hubiera podido ser el padre del alabancioso pero su salud parecía a prueba de contratiempos, enfermedades y mentiras. A tal punto llegó la obsesión del alabancioso que en un arranque de ingenio, ordenó, con dinero de “el otro” por supuesto, la fabricación de una docena de sillas idénticas a la original que instaló en lugares, a los que “el otro” no iría nunca, donde matar las horas eternas de la espera sentado en una silla igual, aunque fuera una réplica, y soñar con que el dueño del poder, la riqueza y el probable respeto que el puesto otorgaba, era él. Alguna vez adormilado en una de las réplicas, soñó que los habitantes de la casa que compartía con “el otro” y su familia lo trataban como si él fuera “el otro” y en la medida en que el trato se hacía más y más respetuoso los parabienes llegaban y “el otro” se desvanecía sin que nadie se preocupara por su suerte porque solo tenían ojos para él. No diré cómo terminó la historia, quizá, mientras el alabancioso envejece esperando la desaparición “del otro”, éste rejuvenece. Es posible. El azar de los días me llevó a aquella casa de apariencia desierta donde encontré esta silla que podría ser una de las réplicas que el alabancioso instaló en todas partes para soñar que él no era él sino “el otro”. No me senté en ella, solo tomé la fotografía y recordé la historia…

Hechos…

La Silla Hitchcock, fue creada por Lambert Hitchcock en el siglo XIX. Las patas delanteras torneadas, las traseras rectas y prolongadas hasta la altura del respaldo en ángulo recto, el asiento de madera decorado con adornos de época. Dijeron que era una silla para enderezar espaldas torcidas de señoritas o señoritos sin arreglo…

Exposiciones abiertas en el Museo Maja hasta el 29 de julio de 2019

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Silla 23

8 junio, 2019 § Deja un comentario


…Lugar público con silla…

Soy un bolso

A Lilly Palmer contadora de historias con sus carteras

Un lugar público. Por la hora, temprano en la mañana, poca gente en los alrededores, no fue difícil encontrar un lugar donde sentarnos. Ni para mi socia, la llamo así cuando salgo con ella porque soy yo quien lleva sus cosas, ni para mí, se trataba de descansar; se trataba, más bien, de mirar alrededor, ver la gente pasar, con calma, desde un lugar que no despertara sospechas ni fisgoneos de curiosos que en un arranque de astucia me agarre por las cuerdas y desaparezca conmigo. Soy un bolso en el más estricto sentido de la palabra. Soy de la clase de mochilas tejidas a mano por artesanos aplicados que, como a mis congéneres, nos venden en ferias o puestos de artesanía. Ser un bolso implica una responsabilidad de peso en todos los sentidos. En la silla donde seguramente voy a pasar el rato esta mañana mi apariencia no es propiamente cómoda a pesar de que parezco recostado contra el espaldar ranurado que permite el paso del aire en horas de calor. Como es de mañana el tiempo es más bien fresco. Digo que mi apariencia deja ver cierta incomodidad, pliegues inesperados y puntas que sobresalen en el costado debido a lo que llevo dentro y no me atrevo a mencionar, es un secreto, y nadie, distinto a mi socia mete la mano en mi interior que, para decir la verdad, es un revoltijo que ni yo mismo comprendo. Pero qué llevo dentro, se preguntarán. Es más, si alguien se atreve a tomarme por la cuerda y desaparecer conmigo al vuelo, no es por mí, es por lo que llevo dentro. Llevo de todo lo habido y por haber; desde un lápiz hasta un recibo de caja; desde una monedera hasta un estuche para gafas sin gafas porque las gafas están enredadas en el fondo con un llavero de cadena y llaves que ya no abren nada; desde un celular hasta un sobre con papeles que es la causa de la protuberancia visible en el costado. El inventario no es completo pero como nadie creería lo que llevo dentro, lo que queda es preguntar a la silla qué tanto pesa mi peso. Es posible que para algunos parezca liviano pero mi peso verdadero, en este momento, es mayor que el que cualquier pasante podría calcular. Si la silla negra de material ranurado donde me encuentro hablara, escucharíamos su queja a pesar de que mi forma y mi tamaño permiten que el aire circule entre sus ranuras.…

Hechos…

La Silla de pala común en salones de clase viene con un solo brazo, de pala, donde escribir. Las hay con pala a la derecha para diestros y a la izquierda para zurdos, aunque éstas son más escasas…

Exposiciones abiertas en el Museo Maja de Jericó

Silla 22

1 junio, 2019 § Deja un comentario


¿…Aló, aló, aló…?

Autor: Jorge Zapata / Título: La Cole / 27 cms x 30 cms / Acrílico sobre papel / 2008

El teléfono y la silla

Para los presentes, tres mujeres y cuatro hombres, fue más visible el teléfono rojo, la chica con blusa blanca, ombliguera, y el sonido del timbre como una alarma de incendio, que la silla de plástico azul oscuro. Ninguno esperaba nada del aparato. Desde el día en que los técnicos de las Empresas Públicas lo instalaron no había sonado. Hasta esa tarde. Y como no estaban acostumbrados pensaron que no era con ellos. Ninguno se inquietó. Para ellos, tres mujeres y cuatro hombres, el teléfono era una puerta cerrada hasta que la chica de la ombliguera blanca la abrió. Cuando el timbre sonó, el único movimiento vino de ella. Entró, se paró frente al aparato, ignoró la silla de plástico azul, descolgó el auricular y dijo: ¿aló?, ¿aló?, ¿aló? Los presentes, con los ojos fijos en ella, quedaron a la espera de lo que iba a seguir. La chica se plantó frente al aparato y esperó la voz que debía llegar desde el otro lado. Entonces repitió ¿aló? tres veces más. Después del segundo intento y de no recibir respuesta, su cuerpo pareció relajarse, quizá los presentes pensaron que se iba a sentar y entonces sí, verían su cara. La silla parecía puesta allí para uso de quien hablara por teléfono pero como el aparato no había timbrado desde su instalación nadie la había ocupado. La primera iba a ser la chica de la ombliguera, fue lo que supusieron los presentes. Sin embargo, no fue así. Ella se quedó de pie, de espaldas al salón, con el auricular sostenido entre la oreja y el hombro, mientras, con ambas manos, enredaba y desenredaba el cordón metálico del aparato. El silencio se estancó y todo quedó a la espera. La chica también. La fuerza inicial de su voz se diluyó hasta convertirse en murmullo incomprensible cuando aparentemente alguien habló del otro lado. No era una conversación, los murmullos eran recortes de frases, de respuestas equivocadas o de silencios donde parecía evidente la duda; quien hablaba del otro lado hablaba con fuerza y preguntaba cosas que seguramente ella ignoraba; a cada respuesta equivocada, su pose, que no cambió porque siempre sostuvo el auricular entre la cabeza y el hombro, de espaldas al salón, tenía el sobresalto del pillado fuera de base, o mejor, la exageración del que inventa y no sabe cómo disimularlo. Los treinta segundos, que transcurrieron entre su entrada y el momento en que el teléfono timbró por segunda vez, con ella simulando una conversación que no existía fueron una eternidad…

 Hechos…

Charles Mackintosh, diseñador escocés, líder del modernismo en el diseño de mobiliario, a principios del siglo XX, impuso las líneas ascendentes, las formas geométricas y las mezclas entre línea y forma, características de la silla que lleva su nombre…

Exposiciones abiertas hasta el 29 de Julio de 2019 / Museo Maja / Jericó

¿Dónde estoy?

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