Silla 7

16 febrero, 2019 § Deja un comentario

… No las hay sin historia…

El vacío de la historia

Allá, al final de un salón hasta el tope de objetos en desorden que bordean pasillos por donde apenas es posible caminar, está el arrume y encima de él, la silla; allá, los objetos se amontonan unos contra otros. Hay mesas, tablones, espaldares de camas, marcos pesados, con y sin adornos, con espejo o con pintura y sin lo uno o lo otro. Llegar hasta esas profundidades no es posible sin el consentimiento de las dos mujeres que reciben los visitantes y los dejan perderse por los vericuetos estrechos hasta que encuentran lo que buscan o se antojan de lo que no buscan: objetos discontinuados, floreros, copas nonas, vajillas antiguas, mesas de centro, baúles o sillas que esperan. En ocasiones encuentran tesoros; los visitantes en general buscan tesoros. Iba yo casi a mitad de camino entre la entrada donde reciben las dependientas y el fondo del salón cuando vi lo que no fui a buscar resplandeciente entre formas de muebles arrumados. La silla con asiento y espaldar tapizados en paño ocre decorado de arriba abajo con puntos rojos, amarillos y oscuros en filas paralelas, resaltaba en el desbarajuste. En apariencia no había sufrido los avatares del desorden. El pasillo, sinuoso y estrecho, dificultaba llegar a ella, debía pasar entre muebles altos y bajos, tapices enrollados y mesas de vidrio con objetos encima; la poca luz impedía ver bien dónde poner el pie, el peligro de pisar algún objeto y dañarlo o algún tesoro, nadie sabe dónde saltan los tesoros, era inminente. Me acerqué paso a paso, no solo por la dificultad sino por aquello de los tesoros, nadie sabe dónde están, sobre todo porque lo que no es tesoro para mí seguramente lo es para otros. A uno o dos obstáculos de la silla sobre el arrume, un señor con voz de señora, se plantó entre ella y yo. Llegó por otro pasillo, invisible para mí, y anunció: “… ésta es la mía…” y como el señor era solo músculos en pantalón corto y camiseta apretada, de un tirón la bajó del arrume y la transportó sobre su cabeza, esquivando obstáculos, hasta la entrada donde estaban las dos mujeres. Allá, con voz agitada notificó a pleno pulmón: “… conmigo es así, ¡ya! es ¡ya!…” y salió a la calle con la silla en alto como un trofeo. De este cruce me quedó la foto de la silla y el vacío de la historia que sin duda tenía para narrar…

Hechos…

… La número 14 es la primera silla Thonet que en 1841 se fabricó en serie. La técnica que permitió moldear listones de madera maciza con vapor a presión se convirtió desde entonces en símbolo de la cultura vienesa…

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