… Gente todos los días…

8 diciembre, 2018 § Deja un comentario


La habitación de una clínica. Entre fría y caliente, dijo el amigo que me contó la historia que sigue: … tres días allí y no logramos controlar cuándo frío o cuándo calor. Las esperas en estos lugares donde no se puede hacer nada distinto a esperar son largas y tediosas. Las enfermeras entran por tandas, por oleadas se podría decir, no entran cuando las necesitas o las llamas con el timbre de alarma. No vienen porque están acostumbradas a escucharlo y el noventa por ciento de las llamadas son para resolver urgencias inútiles o temores infundados de pacientes temerosos: que tengo frío, ¿por qué será?; que tengo la mano hinchada, ¿por qué?; el aparato está pitando, ¿qué pasa?; ¿a qué hora viene el doctor? Es posible que para todas esas dudas y para otras más, la lista es larga, la enfermera de turno tenga respuesta pero no responde, no dice lo que sabe, se limita a mirar con desgano, a sonreír con simpatía y a callar sin dar pistas. Llevamos, continuó mi amigo, tres días en esta habitación y puedo asegurar que las preguntas que enumeré las hicimos todas, puedo asegurar que hicimos otras que se traspapelan ahora en los entresijos de la memoria y puedo asegurar también que la actitud de las enfermeras, han pasado ocho o diez distintas, en atención a su trabajo de cuidar y velar por el bienestar de los pacientes ha sido la misma de ausencia, no en cuanto a su trabajo que ha sido correcto, sino, en cuanto a solucionar los interrogantes corrientes de gentes que se encuentran en una situación por lo menos extraña comparada con la cotidianidad…

… La cotidianidad de los pacientes, no de las enfermeras u otro personal de la clínica para quienes la cotidianidad es así, agregó mi amigo con un punto de inquietud en su voz, mirá lo que pasó ayer sábado: en el salón de espera, continuó, la antesala al pasillo de veintiséis metros con doce habitaciones, seis a cada lado, un grupo de personas en actitud de extrema calamidad, mujeres que lloraban y rodeaban a otra de apariencia mayor que lloraba más que todas; hombres que parecían compungidos y como no lloran a la vista, lloran para adentro, miran el piso o hablan entre ellos en voz baja. Los vi en la mañana, dijo mi amigo, cuando salí de nuestra habitación rumbo a los ascensores para ir en busca de un café a la planta principal de la clínica. Cuando regresé con el café recalentado hasta quemarme los dedos y una bolsa de papel con dos pandeyucas que llevaba en la misma mano del pocillo desechable para evitar el quemón, el grupo todavía estaba en la sala de espera, quizá habían cambiado de lugar o los grupos eran distintos pero la cantidad de personas y la intensidad del dolor eran los mismos. Me deslicé por un lado de la antesala, sin mirarlos, y fui hasta la puerta de nuestra habitación. Mientras abría alcancé a ver tres mujeres que consolaban a otra en el otro extremo del pasillo cerca de otra habitación, a dos puertas de la nuestra, unos seis metros, que parecía ser la habitación de ellos o, por lo menos, la habitación donde estaba la causa de su dolor…

… Cerré la puerta con cuidado para no hacer ruido que molestara a los dolientes del pasillo o a mi mujer que dormía conectada a dos catéteres por donde pasan analgésicos, antibióticos y suero. El café estaba caliente, recalentado y su sabor era tan estresante como el dolor de los vecinos de piso, sin embargo me lo tomé amalgamando sorbos de café con mordiscos de pandeyuca. Las veces que, durante el día, salí de nuestra habitación para estirar las piernas o para ir a la planta baja en busca de algo, vi los dolientes en grupos distintos, en ocasiones más numerosos, en ocasiones menos, pero siempre a punto del llanto. Al caer la noche vi el grupo en la antesala, hablando en voz baja, como si estuvieran preparándose para algo inevitable. Nosotros, mi mujer y yo, seguimos nuestra rutina de medicamentos, catéteres y demás funciones que tienen lugar en las clínicas cuando se está como paciente. A eso de las nueve de la noche apagamos luces con la esperanza de dormir, claro está, con el sueño interrumpido por las entradas a revisar equipos, agujas y medicamentos, sin embargo dormimos; los ruidos del exterior fueron los mismos de siempre, tal vez con más ires y venires de los dolientes de la habitación vecina. Alrededor de la media noche las voces en el pasillo se multiplicaron y subieron de tono, escuché lamentos, lágrimas y voces angustiadas, todo parecía indicar que el desenlace que habían estado esperando durante el día había llegado. Los movimientos, pasos acelerados, roces de metales o de cuerpos, como si el pasillo súbitamente se hubiera estrechado duró mientras tomaron consciencia de la situación y los funcionarios de la clínica, enfermeros y tal vez personal administrativo encontró la solución…

… Deduje, por los indicios que presencié durante el día, el desenlace. Los sonidos de la tragedia confirmaban la llegada de la muerte, esperada, dolorosa y temida. De un momento a otro, después de una buena media hora de ruidos, el silencio se asentó en todos los rincones, quizá apagaron las luces y el sueño nos ganó otra vez. Con las interrupciones habituales para revisar la situación de la paciente durante el resto de la noche, dormimos hasta el amanecer. Pensamos que la muerte de un paciente era un hecho notable y si preguntábamos a las enfermeras de turno en la mañana nos hablarían de lo sucedido. Interrogamos a tres de ellas y ninguna dijo estar enterada de un paciente muerto en ese piso la noche anterior, ni siquiera parecían enteradas de la presencia del grupo, numeroso, de dolientes que siguió el desenlace desde la mañana hasta la media noche. A todas las que preguntamos nos miraron con los ojos que no ven, la sonrisa que no significa nada y la voz queda para decir, no sé, nadie ha dicho nada. El único que adelantó un poco más con respecto a nuestras preguntas y al deseo de saber si lo que imaginamos había ocurrido fue el médico de turno que, cuando estaba de ronda por nuestra habitación, respondió: no sé, nadie ha dicho nada pero no me extrañaría, aquí muere gente todos los días…

Argumento …Y también nace gente todos los días, en otros pisos, claro, pensó mi amigo… con la certeza de comenzar otra historia…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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Cerro Tusa

1 diciembre, 2018 § 1 comentario


Hace cincuenta millones de años no había Cerro Tusa. Surgió de la tierra, como vía escape de un volcán, afirman los expertos y lo confirma el cráter en la cima. A pesar de su altitud, 1850 m.s.n.m., el Cerro Tusa es considerado único en el mundo por su forma de pirámide. Huellas con valor arqueológico que datan de 800 años d.C. descubiertas en sus alrededores referencian el lugar como uno de los principales santuarios precolombinos en el departamento de Antioquia. En 1541 el capitán Jorge Robledo encontró en este territorio, habitado por los Zenufanáes, una tribu dedicada a la agricultura y al cultivo del algodón que tenía el Cerro como lugar de culto y ceremonias. Aun hoy es posible ver los once peldaños tallados en la piedra que conducen al “Altar de los sacrificios” y desde allí la “Cara de la Diosa” un megalito con proporciones de rostro humano que sobresale en la ladera del Cerro…

… La carretera que va de Medellín a Bolombolo y de allí rumbo a Jericó, parece girar, antes de llegar a la ribera del río, alrededor del Cerro Tusa, con el objeto único, me lo he dicho siempre, de mostrarlo desde todos sus ángulos. Después de una curva cuando se inicia la bajada, aparece el Cerro como una pirámide verdeazul en la distancia y no desaparece más, va y viene entre las curvas, las ramas de los árboles o en contraste con la señalización de la vía; en ocasiones solo deja ver la cima, en otras el costado empinado y en otras su forma terminada en punta casi perfecta, como una pluma, en todo su esplendor. Esa vista y la analogía formal con la pluma descubrieron formas, sensaciones, elementos: el cielo, la lluvia, las nubes, el viento, las hojas, los árboles, la distancia, las tormentas, las noches estrelladas o los días de sol, formas y percepciones que la naturaleza en la forma única del Cerro sugiere…

Y así, de a pocos, después de cada paso alrededor del Cerro la pluma entró en ejercicio y las vistas en trazos de tinta, cortos, comenzaron también su recorrido. Las montañas, tienen el encanto de lo grandioso por su forma, su lugar, su historia. Las vistas del Cerro Tusa tienen origen en una relación pasajera pero intensa con su presencia y también en la experiencia de maestros del arte: Shen Zhou el maestro chino que en 1647 pintó el Monte Lu, el lugar donde François Cheng descubrió la belleza; las treinta y seis vistas del Monte Fuji que Katsushika Hokusai representó en grabados excepcionales; o las cuarenta y seis pinturas del Monte Santa Victoria que Paul Cézanne pintó entre 1882 y 1906. Incluso las treinta y tres versiones de la fachada de la Catedral de Rouen, otra montaña, que Claude Monet pintó en 1890, en distintas épocas del año, porque tenía el convencimiento de que la luz define la forma…

… El Cerro es reflejo. Texturas en el reflejo superior oscurecieron, dieron lugar a transparencias, quizá aéreas. En el reflejo inferior se completó la escalada y otras texturas de tierra tomaron forma. A la mañana siguiente veo otra cosa en el cerro Tusa que inicié la noche anterior, agrego tres líneas y amplío una sombra. Toma forma esta “Vista del Cerro” la primera. El momento en que ya no queda más por hacer está cerca, la escalada llega a punto, quizá falten uno o dos detalles. No los distingo…

… En cada triángulo suceden cosas distintas. Las partes no son reflejo, solo la forma, versión invertida de la otra que permite accidentes y trazos distintos de una a otra a pesar de que por ahora, o de una vez por todas, una suerte de poste, marca o punto de referencia parece clavado en la parte inferior y sube hasta la mitad de la parte superior, ya texturada por los trazos de la pluma gruesa, quizá demasiado gruesa para el resultado que espero obtener. Es uno de los aprendizajes a lograr…

… Entre las hojas se adivina la forma, el ángulo agudo apunta al cielo. El día se disimuló  entre  los árboles, las nubes abundan, anuncian lluvia pero no llueve.  Los troncos crecen y se cruzan, las hojas que parecen suspendidas forman barreras que disimulan la cima. Aparecen las estrellas…
… Y entonces a la mañana siguiente llegó una nube, seguramente vendrá seguida de otra. Entre las nubes y delante del cerro aparecen los reflejos, las sombras, es posible que llueva. De repente la lluvia viene de lejos y cae en la cima del cerro. Tres días después retomo la segunda vista del cerro Tusa bajo la lluvia, llueve más, ahora el agua rueda por sus laderas y las nubes se hacen pesadas…

… Cada vista comienza igual, nueve trazos, líneas tan rectas como posible, que dibujan los triángulos opuestos por la base; en ocasiones intercalados por la cima. Los trazos son iguales, salvo las imperfecciones del pulso, después vienen las formas, nubes o distancias; rutas para llegar o barreras para interrumpir. Los sentimientos sugieren o el recuerdo toma forma. Siempre es igual. Llegado el momento cuando el trazo llega al límite, cuando ya no hay más por hacer, el Cerro Tusa igual, siempre igual, pero distinto aparece en la hoja…

Argumento. En el 2019 ¡Sí! dijo… y ahí comenzó todo…

Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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