Tabucchi

17 noviembre, 2018 § Deja un comentario


Nunca he estado en Lisboa. Un amanecer, hace años, se presentó la ocasión de subir a un tren que me llevaría pero alguna razón que persisto en ignorar, miedo a la distancia, a lo desconocido, lo impidió. No fui en aquella ocasión y en ninguna otra. No se presentaron más. Preferí lo seguro, lo conocido, lo cercano. Esto me recuerda algo que un amigo me dijo, “…Unos días antes de iniciar un viaje al otro lado del mundo una amiga triste por mi partida me dijo: si pudiera, te acompañaría hasta Lisboa. ¿Lisboa?¿y por qué hasta Lisboa? preguntó preguntó mi amigo. Porque más allá de Lisboa es muy lejos, respondió ella…” Me quedé con la anécdota y durante años, cuando alguna situación viene al caso la recuerdo, sin embargo, es la primera vez que la publico.


Nunca he estado en Lisboa y varias veces he escrito sobre historias que allí suceden. En una ocasión el sabor del Vinho Verde y las sardinas en aceite de oliva durante una conversación de amigos en alguna terraza frente al mar, ocupó buena parte de una historia sobre aromas y sabores. En otra, el itinerario de Pessoa por sus calles “… las
plazuelas solitarias intercaladas entre calles de poco tránsito y sin más tránsito, ellas mismas, que las calles… (El Desasosiego)”, me persiguió buen trecho de una página. En otra historia un personaje se disimuló de sus perseguidores, sentándose al lado de la escultura de Pessoa en la terraza del “Café A Brasileira” en el barrio del Chiado. Y entonces apareció Tabucchi. Dicho así parece como si en algún viaje me hubiera cruzado con él en una calle empinada que lleva del río al castillo, o en el tranvía que pasa por la Plaza de Figueira, o comiendo una tortilla de las que tanto gustaban a Pereira, o me encuentro con él compartiendo mesa en el pequeño restaurante indio donde iba con frecuencia a comer Balcão de pollo. No conocí a Tabucchi pero eso poco importa, fue en algunos de sus libros donde lo conocí.


El primero, “Pequeños equívocos sin importancia” lo encontré en la estantería de una librería una tarde que no tenía nada para leer. Como no conocía el autor, nunca había oído hablar de él, compré el libro porque el título me atrajo y estuvo bien porque allí encontré relatos que me pusieron frente a una ficción desconocida, una ficción entre estar allá y pasar acá sin condición. Luego, también por casualidad, vi en televisión “El Nocturno Hindú” la película que Alain Corneau realizó de la novela de Tabucchi del mismo nombre. Busqué el libro y lo compré. El viaje, la búsqueda que se pierde en el personaje, la India profunda y encantada de la que ya Tabucchi había hablado en “Los trenes que van a Madrás”, uno de los relatos de “Los pequeños equívocos…” Sentí cercano y posible estar allí, entonces tomé prestado el nombre del hotel donde baja el personaje del “Nocturno Hindú” en Calcuta para hospedar allí un personaje lejano, casi invisible, de una novela que escribía por aquellos días, “La silla del otro”.
Tomé prestadas situaciones, a veces palabras, en ocasiones frases completas de Tabucchi y siempre se lo dije entre comillas. Lo seguí después por las calles de Lisboa tras la figura de Pessoa en “Réquiem” y de allí tomé prestado el menú, vino incluido, que toma con su personaje en el restaurante de Goa, siempre tan conversador, que reseñé en una revista de vinos para la cual escribí algunos textos. Nunca vi a Mastroianni en Sostiene Pereira,  la película de Faenza, el día que pueda lo haré sin dudarlo, sin embargo lo veo perfecto en la figura del atormentado Pereira y como ya dije, si algún día voy a Lisboa espero probar una de aquellas tortillas que tanto le gustaban.


Me encuentro con Tabucchi en muchas partes, incluso en el diálogo de “Nubes” el relato de “El tiempo envejece deprisa” donde habla de la “Nefelomancia”, el arte de adivinar el futuro observando las nubes. Conocí una persona que practicaba el mismo arte pero no para adivinar su futuro, sino para confirmar sus números de suerte. Dudo, sin embargo, que lo haya seguido bien porque hay detalles, situaciones que se confunden y seguramente los coloco en lugares donde no deben estar, como una historia que me atrajo particularmente, he puesto en práctica, y sitúo e
n “Pequeños equívocos sin importancia” aunque es posible que esté en “Recuerdos inventados” de Enrique Vila-Matas, él sí amigo de Tabucchi. En ese relato un personaje escucha frases sueltas en la calle y uniéndolas construye la historia que los fragmentos escuchados le sugieren. Y como tengo la costumbre de seguir a Tabucchi y en muchas ocasiones los detalles se unen para hacerlo, traigo a cuento una situación que ya mencioné en otras Marginalias: el trasteo que sucedió como un incendio. Entramos en la segunda fase del proceso: desempacar lo empacado. Hablo en particular de los libros, el segundo detalle. El primero es Tabucchi y su narración construida con frases ajenas. Desempacando libros lo recordé y entonces tomé al azar frases de algunos que sin orden pasaban por mis manos, como si las escuchara en la calle. Una frase de cada libro. Por supuesto, cada frase es una historia, sin embargo siguiendo los pasos de Tabucchi, es posible que una se construya.


“… Desde entonces… Los verdaderos secretos… Como fue imposible convencerla… A unas cuantas cuadras en el mismo Paris… Al despertar el día… Desde el balcón… Terminamos de cruzar el salón… Es de izquierda porque ama las masas… La luna se puso grande y redonda… Hablemos del amor pero no hablemos de amores… Cuando una hora después Milly… Sin embargo no dejé correr mucho tiempo las lágrimas… El Director me habló… Una de las tribus de indios americanos… Esperar, lo decían todos… Louis Le Grand, donde realizó sus estudios solamente hasta tercero… Toda mi vida desde que era un muchacho… Hoy ha muerto mamá… Casi todas las mujeres sensibles… Ya lo ve príncipe… En pleno medio día de un día de fines de septiembre… Como casi ninguno de ustedes me conoce… ¿Cómo, dónde y cuándo comenzó todo esto…? Ya lo advirtió Borges… Esto no es un Magritte… Era verano y el muchacho estaba recostado en el heno… Como casi todo en la India… Cuando tenía once años… Para el viaje no se requiere sino el deseo… Los primeros años de mi vida los pasé junto al fuego… Ese mismo día ya llegados a… Un nuevo mundo de sabores… La primera vez que se sorprendió a sí misma… El ajo siempre ha sido más que un condimento… Prometí a usted que de regreso de Venecia… No hay duda de que Guernica… Menos de cincuenta años nos separan… El ritmo de la cámara en movimiento… Todos los seres humanos… Supe de este artista… En una carta datada en junio de 1946… Habíase establecido en Brujas… Lo que había visto en esta imagen… A hombres de todos los tiempos… Su gran mérito aparte de su producción literaria… Todas las técnicas que ha practicado… Estamos ahora en el otoño… Hace algunos años teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo…” 
Aquí voy, diría un amigo mío.
Argumento. La historia, como Tabucchi, vendrá en el momento menos pensado, y entonces solo hay que seguir sus pasos… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2012 / 2018

“365 fragmentos de nada” se encuentra en librerías
Pregunte por él en la Editorial UPB o donde su librero de confianza

Anuncios

Células e historias

10 noviembre, 2018 § 2 comentarios


Hace pocos días leí una frase que me produjo un sin fin de sensaciones; la primera de ellas es que la hubiera querido escribir yo. “… Los seres humanos no solo están compuestos de células, también están compuestos de historias…” La leí y luego, en el vaivén de los días, pasó a segundo plano; no la olvidé, pero sí olvidé dónde la leí y quién la escribió; sé que está en algún lugar del mundo paralelo, la busqué pero no la encontré. Quiero, entonces, pedir a su autor que me disculpe por no citar su nombre. La frase hizo su camino, me parece que es lo importante, y como paso los días y las horas al encuentro de las historias de otros y siempre hago el cruce con las mías, recordarla es parte de la historia y las células que van conmigo y todos llevamos cada día, cada hora, a todas partes. He aquí algunas de ellas…


… A las dos y cincuenta y siete. Las personas solas en una mesa de restaurante me causan curiosidad. En la mesa vecina un mujer joven, sola, toma agua de un vaso largo y lee, no alcanzo a ver qué lee porque su bolso sobre la mesa no deja ver si lee un libro, una carta o un volante de publicidad, imagino que lee porque al lado del bolso hay dos libros; de repente deja de leer, una de las señoras del servicio le trajo un plato y ella interrumpió la lectura. Leía el celular, seguramente chateaba o miraba fotografías. A las tres y quince, el hombre que lleva la camiseta marcada con el número tres y entró adelante de los que iban con él, lo voy a llamar “el capataz”, es un maleducado o no quería estar con los que está, su mujer, su hija y el marido de la hija. Digo el marido de la hija porque si ella fuera la novia del hijo y como él se siente el patrón del rebaño, sería más amable con ella, incluso trataría de seducirla un poco. Las dos parejas entraron por la terraza interior donde hay mesas libres; si no es porque mi mujer y yo estamos allí, la mujer que lee en el celular y otra en una mesa lejana que cuida un perro vestido con abrigo de lentejuelas, la terraza estaría desierta. El capataz, digo capataz porque tiene actitud de tal, entró adelante de los otros, eligió la mesa más pequeña de las disponibles, todas estaban disponibles, mesas para cuatro o incluso para seis estaban disponibles, la mesa más pequeña era como una mesa auxiliar para dos; el capataz se adueñó de la única silla libre y se sentó aun antes de que los otros se hubieran aproximado y antes de que las mujeres del servicio se propusieran acercar otra mesa para completar los cuatro puestos, el capataz pidió la carta. Cuando los cuatro estuvieron acomodados, las dos parejas frente a frente, el capataz ya tenía decidido que iban a tomar sopa y ordenó cuatro sopas. Esperaron. Las dos parejas esperaron sin hablar la llegada de las sopas. No alcancé a notar si pidieron algo más…


… A las diez y cuarenta y nueve de la mañana hago una fila, es la segunda fila del día y seguramente faltan otras. La mujer delante de mí esta nerviosa, afanada porque esta fila como la mayoría de las filas es lenta. La mujer que viste ropa deportiva maneja su afán moviéndose de un lado a otro, balanceándose en un pie, luego en el otro, como lleva tenis con suela de caucho los movimientos parecen fluidos, se nota que está acostumbrada al ejercicio. No deja de moverse hasta que le llega el turno, se acerca al cajero, saca una libreta de notas y la deposita abierta al lado del teclado del cajero, las hojas donde quedó abierta están llenas con número escritos en tinta negra, ilegibles desde mi puesto en la fila. Supuse que eran números con los que ella debía hacer transacciones, entonces quien comenzó a sentir angustia y a balancearse sobre un pie y sobre el otro con movimientos no tan fluidos como los de ella, fui yo. La mujer frente al cajero ya no se movía, concentrada entre el teclado, los números y las cifras que debía transferir, lo único visible, desde mi puesto, eran dos dedos de su mano derecha que sostenían el lapicero verde fluorescente con el que indicaba dónde iba en la lectura de los números. Lo que imaginé sería una operación que tomaría el tiempo suficiente para escribir un cuento en mi celular duró unos segundos, al cabo del segundo número la mujer organizó la libreta y el lapicero en el bolso, sacó el celular y buscó un número que seguramente tenía registrado porque solo hizo un movimiento sobre la pantalla, se retiró a un lado, me miró, era la primera vez que veía su cara y la había imaginado distinta, y me dijo siga usted que mis números están malos…


… A las nueve y cincuenta de la mañana me encuentro con una señora que me dice que tiene memoria de pollo. ¿Qué habrá querido decir? Si es que los pollos no tienen memoria, me temo que está equivocada, porque los pollos sí que tienen memoria, si no, ¿cómo recordarían dónde está la gallina o el gallo? Mientras espero que sean las diez y quince entro a un lugar donde más de la mitad de los presentes está pegado al celular, me tomo un capuchino con un pandebono, coincidencialmente, me enteré esta mañana que el creador del pandebono fue un señor de apellido Bono hijo de panadero que creó su propio pan cuando heredó el negocio y se hizo rico; el capuchino y el pandebono estuvieron bien, cuando terminé de consumirlos todos los usuarios de celular en la terraza donde me encontraba se habían ido y la terraza estaba a mitad desierta. A las diez y diez abandoné el lugar y dejé sobre la mesa el charol con el pocillo desechable vacío, dos servilletas arrugadas, un tubo pequeño y delgado de plástico para revolver, y una galleta de mantequilla, pequeña, que acompañaba el capuchino, sin probar. Me levanté y me fui, era hora…


… A las diez y veintidós llegó un hombre a la mesa vecina como si estuviera buscando escondite, no escuché sus pasos y cuando noté su presencia ya había pasado a mi lado y estaba a punto de ocupar una de las cuatro sillas de la mesa desierta. Era, sin duda, un hombre extraño; pequeño, vestía ropa de deportista una o dos tallas más grande que la suya, no tenía pelo y su cara ajada parecía el fuelle de un acordeón. Nadie se acercó, nadie le preguntó qué quería o por qué estaba allí, en medio de una terraza en el punto más visible con la actitud de quien se esconde. Desde el momento en que ocupó la silla quedó rígido como si la falta de movimiento lo mimetizara con las mesas y las sillas y el reflejo en el ventanal. Desde mi puesto veía su perfil en punta por culpa de una nariz en apariencia desproporcionada, quizá la falta de pelo y la oreja, visible desde mi puesto, aumentaban el tamaño de la nariz; quizá la quietud contribuía también a la desproporción entre cráneo limpio y oreja con nariz puntuda. Pensé en Cyrano de Bergerac pero el hombre no parecía, para nada, dueño de esa energía. De repente, dos movimientos cambiaron la imagen. Primero apareció el mesero con un café en pocillo pequeño, un expreso, y lo dejó justo debajo del mentón del hombre que, como dije, era bajito y su mentón casi pegado a la mesa quedó cerca del pocillo; segundo, tal vez para evitar el vapor caliente del pocillo, el hombre buscó apoyo en la mano derecha que colocó debajo del mentón. Desde mi puesto su figura de perfil, sin relieves ni sombras parecía la de un pensador y sobre todo, disimulaba la diferencia de tamaño entre la nariz y el resto de la cabeza. El hombre no cambió de pose, por lo tanto no sé decir si se tomó el café o si hizo algún otro movimiento con su mano o con su cuerpo. La verdad es que no lo vi más, su intención de mimetizarse en el lugar, como el camaleón, fue un éxito…
Argumento. El error de la ficción es hacer creíble la realidad, dijo o escribió John Le Carré… Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2018

“365 fragmentos de nada” se encuentra en librerías
Pregunte por él en la Editorial UPB o donde su librero de confianza

 

El corrector y el ascensor

3 noviembre, 2018 § Deja un comentario



Despertó sin razón aparente. Se había acostado, como de costumbre, después de tomar una tisana y lavarse los dientes. Lo sorprendente era que ahora, cuando tenía los ojos bien abiertos en medio de la noche, se encontraba en un lugar distinto a aquel donde se había acostado la noche anterior. Se tocó por todas partes para cerciorarse de que realmente era él, debo estar soñando, dijo en voz baja. Cuando vio donde estaba gritó. Estaba en el ascensor del edificio de su oficina. Gritó otra vez, oprimió el botón de alarma y los números de todos los pisos, golpeó las puertas, pero nadie lo escuchaba. Después de unos momentos alcanzó a percibir que lentamente, muy lentamente, las paredes del ascensor se desplazaban hacia el centro dejando cada vez menos espacio para él. Gritaba pero nadie parecía escucharlo, ni siquiera su mujer. De repente en el tablero con números el botón con dos triángulos en sentidos opuestos que indica puertas abiertas, comenzó a titilar, inmediatamente tuvo el reflejo de tocarlo pero las paredes habían reducido el espacio y al intentar levantar el brazo no pudo. Decidió girar su cuerpo, cuando logró hacerlo tuvo unos segundos de respiro pero las paredes volvieron a comprimir su pecho, con esfuerzo alcanzó a tocar el botón que titilaba. La presión cedió, las paredes volvieron a su lugar y las puertas se abrieron, dio un paso al frente, dudó en dar el segundo porque afuera estaba oscuro, pero se decidió por miedo a encontrarse de nuevo encerrado. Salió a su habitación. La respiración de su mujer era tranquila, los ruidos lejanos de la ciudad eran los mismos de siempre y el tic tac del reloj mantenía el ritmo. Estaba exhausto, la respiración agitada y la piyama húmeda por el sudor. Volteó para buscar el ascensor detrás de él pero sonó el despertador. Las cinco y media de la mañana. Ese día subió hasta su oficina por la escalera. ¡Quince pisos! El día se hizo largo. Los quince pisos por las escaleras lo tenían más fatigado que la pesadilla. Aunque estuvo somnoliento todo el día, sólo recordó la pesadilla al final del día cuando esperaba frente a la puerta del ascensor, apenas vio el interior estrecho sintió terror. Bajó por las escaleras.


Se quejó de dolor de cabeza al llegar a casa. Su mujer le ofreció dos aspirinas, con el tiempo tan húmedo, le dijo, lo mejor es que te metas a la cama ya mismo. Se tomó las aspirinas con la tisana caliente mientras miraba la telenovela que no alcanzó a ver hasta el final, porque se quedó dormido y se encontró de nuevo en el ascensor de su oficina. No lo creyó. Trató estar tranquilo pero las paredes del aparato se cerraban sobre él. Intentó, como la noche anterior, oprimir el botón con los triángulos en sentidos opuestos pero no pasó nada. Le pareció ver las caras de sus compañeros y su jefe sonriendo y haciendo gestos de despedida. Como la noche anterior, estaba ahogado por la presión de las paredes cuando una luz brilló en el tablero. Esta vez fue el número cinco. Con dificultad alcanzó el botón, lo oprimió y las puertas cedieron. Saltó fuera sin dudarlo y se encontró en su habitación en el mismo instante en que el reloj señalaba las cinco y treinta minutos de la mañana. Su mujer despertó y al verlo parado al lado de la cama como si no supiera qué hacer le preguntó ¿para dónde vas? No respondió. Era evidente que, en solo dos noches, el efecto de lo vivido o soñado, había dejado marcas tenía aspecto demacrado con ojeras y se dolía de los brazos, pero lo más inquietante era el brillo del miedo en sus ojos. Su mujer se lo dijo cuando le sirvió el café antes de salir para la oficina. Estaba retrasado y se lo tomó de pie al lado de la puerta, debía hacer esfuerzos para mantener la cabeza derecha y los ojos abiertos. Cada vez que sus párpados pesados se cerraban, el color verde agua del ascensor lo rodeaba. Ese día volvió a subir a la oficina por las escaleras.
Su trabajo de corrector consistía en revisar y corregir ortografía y redacción en folletos, plegables, publicaciones y libros. Esa mañana luchó para no quedarse dormido corrigiendo unas cartas. Un paquete de textos para chequeo en su escritorio lo medio despertó. Lo mismo sucedió en la tarde con otro paquete de publicaciones para revisión urgente. Estuvo varias veces a punto de ser vencido por el sueño y no podía concentrarse en la lectura. Con esfuerzo logró entregar el trabajo del día y a las seis de la tarde en punto salió para su casa. Bajó por las escaleras. Al llegar a casa dijo a su mujer que había tenido un día terrible y que se iba directo a la cama. Más se demoró en poner la cabeza sobre la almohada que en quedarse dormido. Como las veces anteriores, las paredes del ascensor comenzaron a cerrarse sobre él en un movimiento que nada podía detener. Como las veces anteriores buscó el tablero con los botones que indicaban los pisos pero todos titilaban como si hubieran enloquecido. Comenzó a apretar botones en desorden, ninguno respondía a sus llamados y las paredes del ascensor continuaban cerrándose, el sudor corría por su espalda empapando su piyama. Cuando vio un botón que no titilaba, el número quince, lo apretó desesperado y las paredes cedieron su presión, la puerta se abrió, salió a su habitación y como en las ocasiones anteriores el despertador sonó. Eran las cinco y media de la mañana. Como no dijo nada, su mujer no se dio por enterada de la situación ni de su aspecto y lo dejó tomarse el café parado en la puerta de la cocina. Ya estaba retrasado.


Pasaron varios días en los que la falta de sueño y el pánico a los ascensores se reflejó en su aspecto y en su trabajo. Los quince pisos por las escaleras se sumaban a la fatiga por la falta de sueño. Una mañana, después de pasar la noche frente a la pecera, lo único que encontró para distraerse que no hiciera ruido, llegó a su escritorio con una hora y media de retraso. En ese momento sonó el teléfono, era el jefe. Venga a mi oficina, fue la orden. Estamos muy preocupados, dijo el jefe desde el otro lado del escritorio. Los socios, la empresa, la organización entera ha puesto las más altas expectativas en usted y su trabajo. Nos hemos dado cuenta de que no está cumpliendo a cabalidad, hemos detectado errores, ninguno hasta ahora, menos mal, ha sido irreparable; lo vemos cansado, adormilado, disminuido, pero no le vamos a preguntar nada, la vida privada es asunto de cada uno. Mire, agregó el jefe en un tono falsamente amigable, yo lo estimo, si no fuera por mí usted ya no trabajaría con nosotros. Le voy a dar una oportunidad, insistió, será la última y le señaló un paquete. Este relato será un éxito de ventas, lo necesito corregido esta misma semana.
Regresó a su puesto para comenzar la lectura del manuscrito. Al final de la primera página leyó: “… despertó sobresaltado, soñó que había pasado la noche encerrado en un ascensor que lo aprisionaba…” Con sorpresa constató que al personaje de ese manuscrito le sucedía lo mismo que a él, separó las primeras quince hojas y leyó en la siguiente: “… Los socios, la empresa, la organización entera ha puesto las más altas expectativas en usted y su trabajo. Nos hemos dado cuenta de que no está cumpliendo a cabalidad, hemos detectado errores, ninguno hasta ahora, menos mal, ha sido irreparable; lo vemos cansado, adormilado, disminuido, pero no le vamos a preguntar nada, la vida privada es asunto de cada uno. Mire, agregó el jefe en un tono falsamente amigable, yo lo estimo, si no fuera por mí usted ya no trabajaría con nosotros. Le voy a dar una oportunidad, insistió, será la última, advirtió y señaló un paquete. Le voy a dar una oportunidad…”


Quedó desconcertado. Era lo mismo que le había dicho el jefe. Buscó la primera página para ver el nombre del autor pero no había autor ni título ni primera página. Dejó a un lado las hojas que ya había leído, buscó el final pero temblaba y las hojas caían de sus manos; en la que parecía ser la última, leyó: “… las hojas caían de sus manos. Leyó hasta la última línea de la última hoja, buscó un final que no encontró. Leyó y releyó hasta que la fatiga y el sueño lo dominaron y se encontró en el ascensor estrecho con paredes color verde agua que se cerraban sobre él… ” Entonces cerró los ojos abrumado, leyó hasta la última línea de la última hoja, buscó un final que no encontró, leyó y releyó hasta que la fatiga y el sueño lo dominaron y se encontró en el ascensor estrecho con paredes color verde agua que se cerraban sobre él…
Argumento. Todo se repite, a veces igual, a veces distinto, aquí o allá, se repite… Así comienza una historia repetida…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2006 / 2018

En librerías encuentra “365 fragmentos de nada”
Pregunte por él en la Editorial UPB o donde su librero de confianza

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para noviembre, 2018 en .