Tres mujeres y un piano

20 octubre, 2018 § Deja un comentario

El piano …Viernes, cinco y media de la tarde. A esa hora me siento en la banca de madera pintada de verde, descanso y mirador, en el pasillo balcón que rodea el patio del Museo Maja de Jericó. Hace frío, el día ha estado frío, la lluvia no ha cesado, sin embargo, la luz de final de tarde es limpia. A pesar del frío la luz tiene un tono cálido. Un espacio azul se abre el cielo gris de todo el día, un espacio pequeño, invisible si no fuera porque la punta más alta de una hoja, aun por abrir, sobresale entre las tres palmeras guardianas del patio y guía la mirada. El momento y el lugar son especiales, el silencio, la luz, la sensación de estar en otro lugar. Escucho un piano, la maestra Teresita Gómez recorre el programa del concierto que dará el día siguiente, sábado en el auditorio del Museo. Las notas del allegretto en una Sonata de Beethoven que he escuchado en otros momentos, en otros lugares, pero ahora suena distinto, quizá la luz, seguramente el lugar, el final del día; los días grises y fríos vienen con cierta predisposición al allegro


Primera mujer
 …Mientras me dejo llevar por el piano y la punta de la hoja, aun cerrada, que señala el azul diminuto en medio de las nubes grises presiento una mirada; me siento observado, la mirada fija, sin pestañeo, viene de la sala principal del Museo. La sala y quien me mira están a mi izquierda, entonces sin previo aviso, sin mostrar intención giro hacia la figura que no me quita los ojos de encima y me encuentro con una mujer en la pared más alejada de la sala. La mujer viste de blanco, los hombros al aire y el pecho apretado, lo que parece no incomodarla. La mujer es una imagen, una fotografía más grande que natura muestra dos ángulos de la mujer, de frente y de perfil, delante de una pared tal vez verde a sus espaldas; una fuente de luz pone en valor el tono y la textura de la pared, su piel, la forma de su peinado y su mirada. Pero ella no me ve, la mirada vacía, no me ve, como no vio tampoco  al fotógrafo, Luis Morales, cuando hizo el retrato. Porque es el retrato de una mujer vestida de blanco con escote apretado en el pecho, pose tranquila y sin mirada; así es la mujer que no me ve y sin embargo siento que no me quita los ojos de encima. El piano de Teresita Gómez va por uno de los Nocturnos de Chopin, no ha callado un instante, la hora parece la misma. Entonces me acerco a la mujer de blanco y quien la mira ahora soy yo; a pesar de su boca triste, no roja o sí, roja, quizá de un rojo más oscuro, parece tranquila; lleva aretes blancos como el vestido, de dos adornos y no se mueve, debió permanecer así mientras Luis Morales hizo la fotografía; el vestido blanco aprieta. En la imagen de perfil sus senos se adivinan. En la imagen de perfil el cansancio está, los hombros caídos, la vida que pasa y pesa, el mirar sin ver que marca…


Segunda mujer
 … En la misma sala, también una fotografía de Luis Morales. La mujer de pie en medio de un salón inmenso, desierto, piso de madera, paredes blancas sin rastro de espejos o pinturas, solo la luz, espera. Imagino que está en el centro del salón. No hay doblez en ella, su pose no tiene intención, los brazos caen a lado y lado del cuerpo y los pies que, con sandalias blancas, contrastan con la ropa turquesa pegada al cuerpo, apenas se posan en el piso de madera; el espacio vacío y amplio alrededor la obliga a parecer pequeña. Hay algo en ella de ingenuo, quizá la mirada o la diadema de brillantes que sostiene el pelo con peinado despeinado y húmedo. La mujer se encuentra frente a una ventana que no veo; la luz que define su figura sugiere la ventana grande con vista a un espacio amplio, seguramente con árboles, un parque, que ella no mira, ella me mira, no, no me mira a mí, mira al fotógrafo, yo soy el espectador, el intruso, en la intimidad del momento indescifrable. La mujer ¿espera?, ¿teme?, ¿pregunta?, y  mira en segunda instancia; es eso de lo que se trata, de sostener su mirada. Todo alrededor son preguntas, suposiciones. Lo concreto, con peso y cuerpo son los tatuajes que comienzan en el hombro y llegan casi a la mitad de su brazo. Son tatuajes en línea, sencillos, sin color; el primero: una “S”; debajo un corazón de Cupido cruzado por una flecha; tocando la punta de la flecha con letra desigual, difícil, un nombre o un sobrenombre: “Chiqui”; en la culata tocando también las plumas de la flecha un nombre: “Sandra”. Más abajo cerca de la articulación, la inicial del sobrenombre “CH” y debajo un “Te amo” marcado con la misma letra desigual. Me digo entonces que ella es Sandra y que “Chiqui” quien quiera que sea, hombre, mujer, niña o niño es su amor eterno; los labios a punto de decir y la languidez de su mirada son solo el trazo de la espera…


Tercera mujer
 … Frente a Sandra, al otro lado de la sala pero frente a ella otra mujer se recuesta al lado del ventanal, quizá el mismo que no veo cuando veo a Sandra. La luz es la misma pero la mujer es distinta. Viste como si fuera para la calle, está arreglada, peinada, maquillada, lleva aretes de perla y tacones plateados con moños de cinta del mismo color plata; vestido sin mangas, blanco o gris muy claro y bolso; solo veo una esquina del bolso. Su mirada no es ingenua, tampoco alegre, en su boca se esconde una sonrisa pequeña como la tristeza o la ausencia que sus labios no disimulan; sin embargo, parece la energía misma, quizá por la mano en la cintura o la pose con la rodilla hacia adelante; cualquiera diría que hace poco está allí y que no se quedará mucho tiempo; es posible que le sea difícil quedarse quieta, no cesa de recorrer las aceras y las calles, porque su energía o porque la vida no se lo permite. Nada en ella sugiere un nombre, podría llamarse Julia, Marilyn o incluso Genoveva. En esta sala no tiene nombre, responde al título de una fotografía: “Cuerpo 5”. Prefiero llamarla Julia, y va de salida, está allí porque vio al fotógrafo y más allá del ojo del fotógrafo ve a todos los que pasan frente a ella. Cuando no hay nadie entre ellas, espectadores como yo, Julia y Sandra se miran sin interrupciones pero no hablan. Es en la mirada de Luis Morales donde dicen todo…
El piano … Mientras duró el cruce de ojos, Beethoven, Schubert, Chopin, Luis A. Calvo, Adolfo Mejía, Oriol Rangel, Fulgencio García, pasaron por el piano de Teresita Gómez, deslumbraron y se pasearon por todos los rincones del Museo…
Argumento. No son ojos porque te ven, sino porque los estás viendo… leí hace años en un libro de cuyo título no me acuerdo… Sin embargo, así se comienza a mirar…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…
© Saúl Álvarez Lara 2018

Aquí y ahora. Fotografías de Luis Morales en el Museo Maja de Jericó
Exposición abierta al público hasta el 23 de noviembre de 2018

En librerías encuentra “365 fragmentos de nada”
Pregunte por él en la Editorial UPB o donde su librero de confianza

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