Una voltereta

13 octubre, 2018 § Deja un comentario

Esta Marginalia inicia por el argumento que siempre va al final. Es una voltereta, como las imágenes que la ilustran…


… Soy el A-20. Quien me vaya a llamar me llamará por ese número, sigla, código o como lo queramos llamar. Una mujer en uniforme negro con camisa verde será quien me anuncie el llamado. El llamado lo hacen por pantallas que solo ella ve. Tengo la esperanza de que la mujer en uniforme me anuncie rápido. El tiempo pasa, la mujer en uniforme, un poco extraña, como dormida, aparece, desaparece y reaparece hasta que desaparece del todo. No la vi más. Ese día no llamaron el A-20…


… Al día siguiente ya no soy un número, ya no espero aparecer en una pantalla digital, soy yo, mi nombre, y estoy en un listado. Delante de mí en el listado hay otros nombres, no sé decir cuántos porque no hay fila y sin fila lo que hay es un desorden. En la sala, pequeña, estrecha, los otros del listado se acomodan como pueden, unos por aquí, otros por allá. Así que no sé donde está mi puesto. A pesar del aparente desorden, todos parecen tranquilos. La encargada detrás de un mostrador alto llama mi nombre, me entrega un papel pequeño con una cifra escrita en él y me pide que vaya al fondo del pasillo hasta la puerta abierta, allá hay una doctora que me va a registrar las huellas digitales, dijo. Son unos quince metros de pasillo estrecho mal iluminado por lámparas de neón. La puerta abierta se encuentra al fondo, es la última. Desde la puerta veo un cubículo pequeño con una silla de plástico frente a la ventana. Allí solo hay espacio para una persona, frente a la ventana hay un escritorio con un computador, una silla para visitantes y detrás del computador una mujer morena, grande; grande pero no gruesa, grande. Su cara, su peinado, sus manos, sus uñas, son de mujer grande. No me mira y tampoco me habla, le pregunto si me puedo sentar en la silla del visitante, responde con una seña. Apenas me siento pregunta el número de mi cédula. Se lo digo. Lo teclea con su mano inmensa, no me mira; pregunta mi grupo sanguíneo, se lo digo; teclea de nuevo. Todo en ella es grande, los ojos maquillados y las pestañas largas, los labios, la boca incluso los dientes son grandes. Su voz, en cambio, es un murmullo que distingo con dificultad. Me pide que coloque mi índice derecho en el lector de huellas, como su voz es menuda no entiendo y debe repetir, sin embargo no repite más fuerte, lo hace en el mismo tono; alcanzo a descifrar la palabra índice y lo coloco en el lector; ella hace una operación con el “mouse” diminuto bajo su mano inmensa con uñas rojas, grandes y perfectas; me pide que cambié el índice derecho por el izquierdo, no la escucho por aquello de su voz pero como imagino que es la secuencia lógica de la entrevista coloco el índice izquierdo en el lector; la mujer repite los movimientos que hizo con el “mouse” cuando leyó mi índice derecho. No me mira, tampoco se mueve, lo único móvil en ella son los ojos, las manos y cuando murmura, la boca; con una seña me indica que terminó el examen y que debo regresar donde la otra mujer detrás del mostrador en la entrada. Salgo de la pieza, pequeña, estrecha, demasiado para el tamaño de la mujer, salgo sin mirarla, estoy seguro de que ella tampoco me miró. Regreso a la fila que no es fila. Quedan pocos hombres en ella, caigo en la cuenta de que aparte de una mujer joven con casco que hace parte del desorden, la mujer grande en la pieza del fondo y la que recibe y coordina los movimientos del listado, todos son hombres, incluso, imagino, las otras personas que ejecutan los exámenes en otros cubículos son mujeres pero eso es solo mi imaginación. Entre los que esperan hay uno que ve poco y habla o por lo menos intenta hablar con los otros; y hay otro, mayor, pelo blanco y gafas, ropa bien planchada, peinado sin un pelo fuera de lugar que parece recién bañado, limpio y rígido, solo mira al frente, quizá no mira a los lados por temor a despeinarse. Cuando lo llaman del fondo del pasillo para pasar el examen con la mujer grande quedo solo en la sala porque el que insistía en encontrar con quien hablar desistió y se fue. Quedé solo en la sala estrecha. En ese momento ignoraba que me faltaban otras tres filas, más largas, dispendiosas, igual de desordenadas y ponen a prueba la paciencia…


… El lugar es uno que aparenta poco, nada, pero es donde la gente espera. Mucha gente espera. Los observo, es posible que ellos hagan lo mismo, sin embargo parecen chateando, jugando o solo matando el tiempo, miran el aparato sin importarles lo qué miran. El único que no espera, porque camina de un lado para otro, es el guardia uniformado. Va desde el fondo hasta la entrada, mira el piso y mientras camina muerde un tubo de plástico de los que sirven para revolver el azúcar en los pocillos desechables. El guardia es bajito y grueso, quizá demasiado  bajito y grueso para ser guardia de seguridad. Lleva uniforme gris oscuro con letreros color naranja en la espalda y en el frente; encima del bolsillo izquierdo, es decir, encima del corazón su nombre y apellidos: Otoniel Azuero. Un nombre extraño, me digo, de alguien que seguramente llegó de otras tierras, es posible. Otoniel es moreno, tiene pelo quieto cortado a ras en los costados y alto encima de la cabeza, es la moda, imitación mohicano. Los desplazamientos los hace despacio, paso entre paso, sin embargo no todas las veces va hasta el fondo del salón, en ocasiones de detiene en la mitad, da una mirada periférica, imagino que cuenta o constata cuántos y quienes esperan allí y retorna sobre sus pasos. Es posible que un reloj marque el ritmo de sus recorridos, sin embargo cada ida y regreso tiene una extensión menor, en la medida que hace recorridos y el tiempo pasa su fatiga es mayor, a pesar de que tiene el tiempo medido decae su agudeza visual y como cada vez que va y viene el número de los que esperan es distinto, a veces más, a veces menos, con el paso de las horas la fatiga lo alcanza. Los recorridos largos se hacen lentos y los cortos también, si estuviera en él decidir ya habría abandonado los recorridos, incluso lo ha comentado con algunos compañeros, pero como son subalternos y además temerosos de perder el puesto prefieren callar. Es es la razón por la cual Otoniel mastica el pitillo de plástico, como si masticara el tiempo, el trabajo, los jefes, los compañeros, los que esperan, mastica todo. Sin embargo el pitillo no disminuye, ni se daña, ni se tuerce y él tampoco lo bota. El pitillo es lo único que le queda…


… Detrás de mí hay una mujer mayor con un búho tatuado en el hombro. Un búho sobre un lecho de rosas. Lo miro rápido para que la mujer no note mi interés. Su cara seria, cuadrada, con gafas pesadas y gruesas es lo contrario a la expresión alegre del búho. La mujer como la mayoría de las mujeres usa ropa una o dos tallas menos y se ve atrapada en ella, como quieta, sin movimiento; el balanceo de sus piernas es una manera de liberarse de la incomodidad de las tallas menores. Lo único suelto, en apariencia libre y a sus anchas es el búho en el hombro. El búho parece sonreír…


Argumento. Aquí siempre va el argumento que hoy va al comienzo…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2018

Desde hace días está en librerías “365 fragmentos de nada”
Pregunte por él en la Editorial UPB o en su librería más cercana

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