Sistema

6 octubre, 2018 § 1 comentario

Una fila que se alarga frente a una ventanilla porque Sistema, con mayúscula y sin artículo, según la funcionaria detrás del vidrio de seguridad, se rehusa a trabajar; y una crónica de Reinaldo Spitaletta en su blog sobre su aventura con Sistema en un banco de la ciudad, me recordaron que hace cerca de diez años, cuando Sistema era aun poco conocido, servía de parapeto para disimular las ineficiencias y nos jugaba triquiñuelas insolubles, me crucé con él en el cubículo de un funcionario público. Hoy Sistema hace parte del día a día de todos pero es necesario certificar que aun se toma libertades, funciona cuando quiere y no cumple con la premisa establecida: Sistema, en las computadoras donde vive, solo hace aquello que le ordenan que haga…


… Un miércoles a primera hora de la mañana fui a la Administración Municipal. Debía cumplir con obligaciones que no me dejaban dormir tranquilo. Para evitar filas y congestiones llegué a la puerta de entrada al público antes de la hora. Tomé de la máquina dispensadora el ficho G22 que me acreditaba como primero en la fila frente a las ventanillas de despacho al usuario. La diligencia fue rápida, menos de tres minutos después iba camino al edificio donde despachan los abogados, a la vuelta de la esquina, porque la funcionaria de ventanilla no tenía autorización para confirmar mi diligencia sin la autorización de Jurídica, Sistema mostraba cifras que no correspondían con mi situación.
Hasta ese momento no había sucedido nada y todo estaba dentro del tiempo y los inconvenientes que siempre acontecen en ese tipo de diligencias. Lo bueno, si así se puede llamar, comenzó en la Jurídica, un espacio amplio con muros pintados de verde, pasillo de hospital, y ocho cubículos: cuatro a la izquierda, cuatro a la derecha. En aquel pasadizo entre cubículos y muros estaban las sillas para los usuarios frente al escritorio de cada funcionario y una fila de asientos, tres por módulo, recostados contra la pared para quienes esperan. A esa hora de la mañana, ocho y doce minutos no había publico y las conversaciones de un apartado a otro pasaban por encima. Cuando me acerqué al cubículo en la fila de atrás, que una dama vestida con uniforme de vigilante me indicó con un movimiento de manos, el funcionario, apoyado en su escritorio dijo: “qué caramelo tan escaso”, en referencia a otra persona, quizá compañero de trabajo, ausente en ese momento. La frase podía llevar a un sujeto amigable o extraño, lo contrario, o también alguien con quien no era posible caer en el descuido. Era sin lugar a dudas una advertencia…


… El funcionario me invitó a ocupar el asiento frente a su escritorio. Su disponibilidad parecía total. Expliqué la situación, le entregué las hojas que su colega de la ventanilla me pidió que hiciera revisar por los expertos de Jurídica y esperé. El análisis fue rápido, aunque me dio tiempo para escuchar desde una radio diminuta disimulada entre calculadora, relojes digitales y estampas del Sagrado Corazón, la voz de Julito y su mesa, preguntando, culpando y cortando a quien cayera entre sus ondas. El funcionario, Augusto de Jesús Rojas Tuta, según la escarapela sobre su camisa blanca, impecable a esa hora, lo identificó pero no me atreví a llamarlo por su nombre.
Augusto, lo seguiré llamando, aseguró que su colega de la ventanilla tenía razón y era necesario hacer algunos ajustes en la liquidación de los documentos. No hay ningún problema, dijo, Sistema está muy bien hoy. A esta hora es más veloz agregó para tranquilizarme. Eran las ocho y quince minutos de la mañana. Julito saltaba de una entrevista a otra. Las voces de los funcionarios en los otros cubículos se escuchaban alegres, hablaban de otros compañeros o de algún jefe. Augusto concentrado en la pantalla hacía los ajustes necesarios para solucionar mi caso, no los escuchaba y mi silencio parecía ayudarlo en la tarea. En ocasiones dejaba de escribir en el teclado y anotaba números en un papel diminuto. En ocasiones parecía reflexionar, más tarde me di cuenta que esperaba que Sistema hiciera su parte del trabajo. A las ocho y media, me miró con desgano pero no habló y yo, en mi función de espera, tampoco dije nada. Ocho o diez minutos después un hombre con camisa oscura y gordo llegó hasta el cubículo de Augusto y le preguntó por unos papeles oficiales. Augusto se desconcentró y dio indicaciones que el otro respondió con otra pregunta y Augusto se apresuró a dar otras indicaciones, luego otra pregunta y más indicaciones. Imagino que el hombre notó que estaba interrumpiendo algo porque entre una pregunta y otra me pidió disculpas por la intromisión. Entonces Augusto dijo al hombre que lo llamara en diez minutos, la diligencia conmigo no le tomaría más tiempo y en ese momento le entregaría la información necesaria. El hombre se disculpó y se fue. Faltaban cinco minutos para las nueve, Julito hablaba y su voz parecía salir de la estampa del Corazón de Jesús al lado de la radio y las conversaciones de los otros funcionarios iban de un personaje a otro sin detenerse. Augusto y yo no hablábamos para no interrumpir su labor…


… A las nueve y cuarto Augusto dijo, me dijo, no me da. ¿Qué pasa? pregunté. No encuentro la solución, respondió, Sistema reconoce ciertos datos y entonces no da por terminada la operación. A partir de ese momento Augusto comenzó a referirse al Sistema como si se tratara de otro allí con nosotros. Cada vez que la operación fallaba era él, Sistema, quien no quería responder o le hablaba de otra cosa. En ocasiones Augusto murmuró palabras incomprensibles y me di cuenta de que se dirigía a Sistema. A las nueve y media dijo voy a llamar al técnico. Descolgó el teléfono y marcó tres veces números equivocados, a la cuarta vez dijo: Wilson, tengo un problema con Sistema y se lanzó en una explicación sobre las actitudes que Sistema estaba tomando. Wilson debió dar indicaciones sobre la forma de tratarlo, sobre todo si se volvía voluble y creo que le aseguró que se encargaría de ponerlo en su sitio desde su lugar de trabajo. Las respuestas de Wilson tranquilizaron a Augusto, cesó de teclear, cruzó los brazos y miró fijamente la pantalla desde donde, imagino, Sistema lo miraba. Está esperando algo del Sistema, pensé. Eran casi las diez de la mañana cuando Augusto dijo, está bloqueado. ¿Quién? pregunté. Sistema ya no quiere hacer nada más. ¿Qué hacemos? pregunté. Augusto me miró con el mismo desgano con que Sistema lo miraba a él y preguntó, ¿no tiene otra diligencia para hacer?
A las diez sonó el teléfono. Imaginé que era Wilson con buenas noticias sobre el genio del Sistema, pero era una llamada personal para Augusto. Mientras hablaba sus intimidades, dinero, préstamos, una fiesta, miraba de reojo con la esperanza de descubrir al Sistema escuchando su conversación. Eran las diez y media, Sistema no se había recuperado de su rabieta, Augusto y yo no habíamos hablado nada, cuando el teléfono timbró otra vez. Pensé en Wilson y su habilidad para organizar la volubilidad del Sistema, pero no era Wilson. Por las respuestas me di cuenta de que era el hombre gordo de camisa oscura que había prometido llamar más tarde. Mientras hablaba, Augusto me miraba disculpándose con el hombre gordo por mi presencia allí. Sí, dijo antes de colgar, en diez minutos…


… Faltando dieciséis minutos para las once la situación no había cambiado, Sistema seguía bloqueado en su actitud y entre Augusto y yo las palabras no circulaban aunque hicimos intentos de conversar que siempre quedaron en las primeras frases. Sin embargo el silencio instalado entre nosotros, por supuesto acompañado en segundo plano por los ruidos, voces, Julito pontificando desde la imagen del Sagrado Corazón, me permitió notar el cambio que Augusto estaba sobreviviendo a medida que pasaban los minutos. Entre el funcionario bien peinado y recién planchado que encontré a las ocho y cinco de la mañana, al hombre de pelo parado, camisa arrugada, escarapela al revés, nudo de corbata caído y botón del cuello cerrado, como el doctor Mejía, había un mundo de diferencia. Pensé que Sistema estaba ganando su punto y la descomposición de Augusto era la muestra real de su derrota. A las doce llamó Wilson para decir que se iba a almorzar y que a las dos de la tarde daría solución al problema. Augusto me comunicó lo dicho por su colega, constató la hora, sintió hambre, me miró con la intención de saber si yo tenía la costumbre de almorzar y murmuró: “qué caramelo tan escaso”…
Argumento. Sistema se bloquea. El hombre apaga la computadora. Cuando la prende, Sistema le ordena: “no me apague más, de ahora en adelante yo soy tú y tú, ya sabes cómo se trabaja conmigo…” De ahí en adelante lo que Sistema quiera…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara 2007 / 2018

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