Trances

29 septiembre, 2018 § Deja un comentario


… Una servilleta llega a mi mesa sobre un plato de loza blanco, pequeño y redondo. Encima de la servilleta, un alfajor de maicena. La servilleta, por los grabados que vienen impresos en ella, me sirve de parapeto contra el ruido que abunda en el salón, amplio, con techo de doble altura y ventanales sobre la avenida de la altura del techo. Mi mesa está en el centro del salón, la elegí a conciencia pues imaginé que en el centro, en el eje, el ruido y el movimiento serían mitigados precisamente porque fenómenos así se mueven del centro a la periferia. Se alejan del centro. La servilleta es cuadrada de papel reciclado con quince centímetros de lado; impresos en su superficie, veinte grabados antiguos, pequeños claro está. Los grabados ilustran plantas y frutos referentes al café y utensilios de uso en su preparación. Están allí en filas ordenadas el fruto del café, el del cacao, un atado de tabacos, un manojo de maíz, un croissant, una balanza, un molino de grano seco, una taza, una cafetera, un juego de cubiertos: cuchara, tenedor y cuchillo, una mezclador de mano, un rodillo para amasar, una batidora de manivela y un frasco que podría ser de canela en polvo. Me protejo de las inclemencias del ruido con esa servilleta y me dejo llevar por las evocaciones que provocan los grabados de otro tiempo, seguramente de antes de la tecnología, incluso de la era industrial, cuando la preparación del café y sus acompañantes era artesanal y los grabados también, se dibujaba con buril sobre planchas de cobre y luego se imprimían en prensas manuales. La cocina del grabado es elaborada y precisa, avanza lentamente y solo permite ver aciertos o errores en copias de prueba donde la corrección es en ocasiones imposible. Mientras los grabados me llevan por parajes transitados en el tiempo, el ruido alrededor del eje del salón donde imaginé mi refugio parece difícil de acallar. El movimiento en el salón es imparable; mientras me dejo llevar por los grabados y en ocasiones, cuando debo buscar una palabra o un recuerdo, he levantado la mirada y cada vez me he encontrado con personajes distintos en las mesas vecinas. Seguramente porque la servilleta con grabados como parapeto es efectiva, solo después de un buen rato caigo en la cuenta del revoloteo de hombres y mujeres con uniforme, recogiendo utensilios, acomodando mesas, corriendo taburetes, incluso barriendo y limpiando mesas aunque estén ocupadas; uno de ellos alcanzó a levantar la servilleta de la base del plato donde la tenía pisada para que no se la llevara el viento. El uniformado era joven, con gafas de vidrio grueso, un poco desparramado, seguramente cansado de circular entre las mesas acomodando, quitando o recogiendo; sin preguntar tomó la servilleta de mi mesa y la iba a tirar al cajón de los desechos que empujaba sobre cuatro ruedas, cuando interrumpí su impulso y le quité, le arrebaté, la servilleta de las manos. El uniformado me miró a través de sus vidrios gruesos; ignoro si me vio a mí o solo vio mi sombra pero no alcanzó a decir nada; tomé la servilleta, con cuidado de no estrujarla más de lo que ya había sido maltratada y la guardé en el bolsillo de mi camisa. Después me levanté y como si no tuviera nada más que ver allí, me fui en busca de algún personaje que me llamara la atención…


… Con la servilleta bien plegada en el bolsillo de la camisa y no lejos de la mesa que me perteneció, me crucé con dos personajes. En este lugar son vecinos. Pero en la llamada realidad de sus historias nunca se vieron, ni siquiera se imaginaron porque vivieron épocas alejadas en el tiempo y en bordes opuestos. El de la derecha es un guerrero de terracota de la Dinastía Qin doscientos años antes de la era cristiana. El otro es un pariente cercano del Capitán América, creación gringa de los años de la Guerra fría. Nada debería siquiera acercarlos, fueron creados, vivieron y viven aun en espacios que en apariencia no se cruzan. Sin embargo aquí son vecinos. Una coincidencia gastronómica los puso donde están ahora: un restaurante de comida rápida china y otro de de comida rápida gringa; cuando uno vende noddles el otro vende hamburguesas. Sin embargo en la expresión de sus caras, los ojos entrecerrados, la mirada fija al frente, está la esencia del encuentro; uno carga con la fuerza de la historia y el otro con la voluntad del consumo; los dos heroicos y sonrientes dispuestos a lo que se sea; seguramente, si se lo proponen, nada los detendrá, el poder los apoya, los empuja. Desde otro ángulo, la llamada realidad como las ficciones tiene varios ángulos, es posible que la sonrisa no sea de suficiencia sino de temor, nada más cercano que la suficiencia y el temor. Son dos caguetas juntos por la necesidad del comercio…


… Llego con cierto desasosiego a un lugar público, el aburrimiento me acosa. Pido un capuchino y un pan de chocolate, dicen que comer es buen antídoto para el desasosiego. Como no veo sobre qué escribir, la gorda gorda y el flaco, flaco, que ocupan la mesa cercana a la mía los he reseñado varias veces y si no son ellos, he reseñado otros muy parecidos a ellos. La mujer, en la mesa del frente que ojea una revista del corazón también lleva tiempo en el mismo lugar y ya pasó por mi cedazo y la otra mujer, detrás de la que ojea la revista, parece invisible y aunque es una buena posición la ignoro y decido leer. Las bellas extranjeras narraciones cortas de Mircea Cărtărescu, lo busco en mi morral y leo la primera parte de “Antrax”. El personaje, Cărtărescu en persona, recibe una llamada donde le dicen que un sobre llegado de Dinamarca a su nombre está en las oficinas de una revista y debe pasar a recogerlo, como el único danés que conoce es Hamlet, la curiosidad lo obliga a ir en busca del sobre. Por la descripción de las calles, el edificio donde debe ir, la secretaria que se lo entregó, incluso su abrigo, la ciudad es fría, gris, decadente, aburrida. El mismo Cărtărescu escribe en otra narración que Bucarest es la ciudad más aburrida del planeta. El sobre también tiene esa apariencia. Cărtărescu Intenta rasgar el sobre, pero solo alcanza hacerlo en una de las puntas y un polvo blanco ensucia sus dedos, Cărtărescu duda, piensa que el polvo es ántrax, un veneno que utilizan los terroristas para atacar objetivos lejanos. Cărtărescu no entiende por qué se lo envían a él y tira el sobre en un basurero. La narración es tensa. Mientras leo, la música de una balada que parece endulzada con exceso de almíbar suena por todos los rincones, nada más opuesto al texto de Cărtărescu. Sin esperarlo me encontré entre la jalea exagerada de la música y el frío casi oscuro del texto, entonces dejé de leer. Levanté los ojos y me encontré con que la mujer invisible había desaparecido y en su lugar había un joven, grueso, con barriga, bluyines rotos como manda la moda, zapatos con suela blanca y pelo engominado. El joven tenía poca barba, como es la moda no se afeitó y con la cara sucia parecía clavado en el celular, quieto, con todos los sentidos puestos en la pantalla, no estaba incómodo ni estresado, es posible que se encontrara, como yo, en algún lugar entre la música edulcorada y el aburrimiento…


… Hace calor. Se nota en las caras sin expresión de las gentes al final del día. Una joven con audífonos blancos tan grandes como su cabeza, contrastan con su pelo negro, mira el vacío y sonríe; otra, también joven, sentada en frente lee un libro con desgano, lo toma con la mano derecha, con la izquierda sostiene su cara quizá para que no se hunda en el libro abierto, y lee; no me parece que lea; como toma el libro por una esquina con la mano derecha, el libro abierto cae hacia la izquierda y las letras de la página de ese lado deben ser ilegibles; sin embargo la mujer joven no se mueve y su pose de lectora permanece. Es el resultado del calor apabullante. Al lado de la mujer joven que parece leer, quizá duerme, un hombre con gafas duerme, parece acostumbrado a dormir sentado y acosado por el calor porque nada en él desentona con el momento…
Argumento. ¿Qué más argumentos que los que corren las calles de arriba abajo el día entero todos los días? Basta con mirarlos pasar … Así comienza la historia…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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