Tiempo quieto

22 septiembre, 2018 § Deja un comentario

Inmovilizar el tiempo, que el día o la noche no lleguen, que las manecillas del reloj no giren, que las gentes en la calle sean estatuas al final o al comienzo del movimiento. Aparcar el tiempo un instante, un segundo, una acción, una coincidencia, aunque alrededor todo sea ruidos, voces, sirenas, roces, es suficiente para que la ficción ejerza. Aquí van cuatro…

… En una columna estrecha hay un reloj imitación cu-cu, suizo, que funciona con pilas y marca las horas con tonadas navideñas. Un aviso copia de los años veinte anuncia perros calientes con mostaza por veinticinco centavos, “Los mejores en la ciudad” reza el eslogan debajo de la salchicha caliente, con un arabesco de mostaza, entre el pan. Un dibujo a la punta fina de Edward Duigenan artista irlandés de Jericó representa las distintas partes de una máquina de café, firmado por él con fecha del ocho de diciembre de dos mil quince, escrito a lápiz en la parte baja del marco, fuera del dibujo, el título: “Café Saturia”, un lugar en Jericó donde pasan el buen café del suroeste. Debajo del dibujo de Duigenan el objeto de esta nota: una pintura pequeña, un óleo, con marco tallado, dorado y decorado con adornos de estilo, el marco parece excesivo para la pintura, sin embargo van bien juntos; la pintura representa unas flores, cartuchos blancos con pistilos amarillos, que surgen del centro del pétalo enroscado hacia la base donde se une con el tallo y deja de ser blanco para pasar al verde. Se alcanzan a ver detalles de hojas y tallos. Son cinco flores recortadas contra un cielo azul con escasas nubes casi transparentes. La pintura siempre está torcida. Muchas veces la he enderezado pero minutos después o cuando la vuelvo a mirar está torcida de nuevo. He revisado el aplique en la parte de atrás del marco para arreglar el desnivel y no tiene aplique, tiene una cuerda. Revisé que la cuerda estuviera equilibrada, pegada a la misma altura de cada costado. Si alguien se toma el trabajo de colgar el centro de la cuerda del clavo en la columna la pintura debería sostenerse derecha. Sin embargo se desnivela. Debe ser la gente, mi mujer o alguna de mis hijas o yo, o algún pariente que al pasar cerca no la mira y ella, sensible, se inclina al paso de quienes no la ven  o la ven pero la ignoran como sucede con cientos de objetos…

… En el restaurante donde la especialidad son los frisoles bostonianos en El Carmen de Vivoral, mi puesto está frente a dos copias de Alejandro Obregón, una de Manuel Hernández y otra, copia también, de un pintor que no conozco. El salón con mesas incontables, seis sillas por mesa y una persona por silla es un nido de murmullos, de ruido de platos, de voces, de cubiertos que chocan y de órdenes que se demoran en llegar a la mesa. Los frisoles bostonianos son buenos, quizá un poco grasos; el plato, una suerte de cazuela con salchichas y chicharrones picados corto, llegan a la mesa hirviendo. Hay que esperar antes de probarlos. La técnica de preparación, imagino, debe ser sencilla: cocinan los frisoles a primera hora del día, quizá varias ollas al mismo tiempo y los dejan reposar; en ese estado, mientras enfrían, pican menudo los agregados ya cocidos. En el momento en que llegan al servicio los pedidos de la sala las cocineras mezclan todo: frisoles y agregados y los llevan entre diez o quince minutos al horno de carbón. El horno no es amplio, caben entre ocho y nueve cazuelas durante el tiempo indicado, mientras tanto, otros cocineros, preparan el plato que acompaña: arroz, ensalada de repollo picado fino, una rodaja de tomate, una porción de aguacate y dos tajadas de plátano maduro. Pasado el tiempo de horno, cuando la cazuela hierve, la llevan a la mesa; unos instantes después llega el plato con los acompañantes. El servicio es lento y los comensales terminan por mirar para todo lado con ojos perdidos porque su pedido no llega y el hambre acosa. La mejor salsa es el hambre dicen los expertos en lides culinarias y los propietarios de “La Frisolera” la ponen en práctica con excelentes resultados: los clientes se comen todo lo que llega a sus mesas y además, les parece exquisito. En esos momentos de flotamiento, mientras los comensales no saben qué hacer y el hambre acosa, lo que queda es mirar las copias de las pinturas de Obregón, de Hernández y, por supuesto, la del pintor desconocido que, quizá, no es copia…

… Las nubes son un misterio de forma, contenido y densidad. No se quedan quietas, se mueven al deseo del viento, suben, bajan, se desintegran hasta convertirse en jirones, fragmentos diminutos o nada, solo rastro; siempre hay rastro de nubes, aun tras el cielo azul compacto, limpio y claro “como ojos de gringa” reza el poema de Gonzalo Arango, tras una veta que se abre paso en el azul del cielo, aparece la nube. Antonio Tabucchi escribió la historia de un hombre sentado frente al mar Adriático que observa las nubes, practica “nefelomancia”: el arte de adivinar el futuro observando las nubes. Desde mi puesto, no frente al Adriático como el personaje de Tabucchi, sino frente al paisaje con montañas lejanas verdes y azules y verdes oscuras con bosques aquí y allá mezclados con los cientos de tonalidades de verde en todas partes, del oriente de Antioquia observo las nubes, las descubro, hago intentos por descifrar alguna de las formas que llegan, sostienen la pose unos segundos y cambian. Recuerdo alguien que encontraba en las nubes los números que más tarde jugaría a la lotería. Aunque los busque no identifico números; lo más perceptible es el movimiento lento, lentísimo, que apenas se siente. Escribo lo que el lector viene de leer y cuando levantó los ojos la forma en el cielo es otra, no es número, es solo la punta final de una masa que va lejos o no va más porque solo tuvo su momento frente a mí en el instante en que no la miré. La punta desapareció, fue consumida por otra masa que se desplaza detrás, delante, más abajo o más lejos. A pesar de la densidad y el tamaño, las nubes son ligeras pero llevan en ellas el suspenso del momento, la forma y por supuesto el número, pero hay que verlo…

… Hago tiempo antes de una cita y entro a un lugar amplio donde solo hay mujeres. Pido un salpicón que consumo cucharada por cucharada, despacio. Ocho mujeres. Seis en tres mesas, hablan, hacen visita, se desatrasan o trabajan, es posible; difícil saberlo porque el salón es grande y no alcanzo a escuchar lo que dicen. Las otras dos están solas frente a sus computadoras, igual a las anteriores: trabajan, se desatrasan o visitan el mundo paralelo. Solo dos de las que están en grupo consumen algo, desde mi puesto parece un helado pero no lo puedo asegurar. Mientras observo las mujeres solas y las que están en grupo llega otra, joven, rubia, flaca y alta, acompañada por un hombre rubio, flaco y alto como ella. La diferencia entre ella y él está en la barba de tres días. Ella y él llegaron con bandejas en la mano y desde que ocuparon su mesa, paralela a la mía, comen sin hablar y sin mirarse, entre mordiscos a algo parecido a un sánduche chatean, como tienen la boca llena prefieren conversar por celular; hablan entre ellos, me digo. Mientras observo la pareja otra mujer llega sola y ocupa un lugar a mis espaldas, lleva coca-cola y pastel en una bandeja de plástico gris que deposita en la mesa y sin sentarse aun toma el pastel entre sus manos y le da un mordisco, no veo su cara pero escucho el celular que suena al lado de la coca-cola. No puedo decir que ese celular fue el primer ruido pero a partir de él, poco a poco los ruidos aumentan en el salón. No sé de dónde vienen. El zumbido de motores, el golpeteo de martillos como almádanas y el roce de metales cada vez más cerca me acorralan, entonces, sin terminar el salpicón, salgo el salón de las mujeres que, aparentemente, no escuchan nada…
Argumento. No tengo tiempo, dijo el primero. Lo mismo repitieron el segundo y el tercero. El cuarto se llevó la mano al cuello y dijo: el tiempo se detuvo, la historia no…
Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “Marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas Graham Greene apuntaba tramas y diálogos para sus novelas o divagaba sobre política y cine en las márgenes de los libros que tenía a mano…

© Saúl Álvarez Lara / 2018

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